UN ÁNGEL NEGRO.

(Capítulo 2)

Su cintura y su silueta comenzaban a fundirse con el alba. Acabó por perderse en el contonear de los cabellos de la chica mientras un suspiro emanaba de las puertas de su aliento. Negó cómo desprendiéndose de aquella ilusión y se quedó un momento más allí parada. A lo lejos ya no la veía, ya no la oteaba. Tragó saliva mientras bajaba la mirada hacia sus converse y poco después carraspeó para empezar a moverse sin rumbo. No sabía dónde estaba, pero tampoco quería volver a aparecerse de nuevo en la mansión.

Quién era ella. ¿Quién y por qué? Por qué todo aquel desconcierto y por qué aquel cúmulo de sensaciones.

« Quizá debí seguirla » pensó.

« ¿Seguirla? ¿Qué eres ahora? ¿Una acosadora? »

« No. Es sólo que... Da igual, no importa. »

Hacía tiempo que no discutía consigo misma, hacía tiempo que no se preocupaba por nada ni por nadie.

« Adelante. Síguela. Averigua todo lo que deseas. Luego soy yo la que tiene que soportar tus comederos de cabeza. »

—Es tarde para eso —dijo de pronto en voz alta.

« ¿Por qué no vuelves pues a casa?... » le tentó de nuevo su mente.

Susan se quedó en silencio pensando. Volvió la mirada por donde el sol acababa de ponerse, por donde aquella muchacha acababa de desaparecer. Cerró los ojos y apareció de nuevo en su mansión.

—No teníamos intención de devolverlo, no se preocupe, Sr. Zisman.

—¡Es de los mejores, se lo aseguro! —exclamó una voz anciana masculina.

—Lo sabemos, lo tendremos en cuenta.

—¡Los mejores!

—Sí, sí —dijo mientras conducía al anciano hasta la puerta—. S-Susan... —dijo de pronto al ver a la muchacha.

—Hola —contestó ella, seca.

—¿Estás bien? —aguzó los ojos, intrigado.

El hombre anciano se quedó mirando la escena extrañado.

—Sí, claro. Voy a —dijo mientras señalaba débilmente el piso de arriba con su dedo índice, sin terminar la frase.

—¡Hola, Srta. Bathory! —gritó de nuevo el anciano.

—Buenos días, Sr. Zisman —asintió ella dirigiéndose hacia las escaleras.

—Esta juventud... ¡ES EL AMOR! —bramó el anciano.

Susan subió hacia su alcoba y se encerró en su interior en silencio, taciturna. Se tumbó en la cama mirando al techo, recordando todo lo sucedido esa manaña.

Recordando los mechones del indomable cabello de la chica que acababa de conocer hacía no mucho tiempo.

« ¿Qué hago aquí tumbada a estas horas?... »

Cerró los ojos e intentó relajarse. Estaba cansada. No había dormido a penas y sus párpados cayeron lentamente con una sola imagen en su mente. Mientras aquella voz resonaba otra vez en su interior.

¡Lo siento!

Susan.

Susan...

—Susan. ¡Susan!

Un destello de luz se clavó en los ojos de la muchacha y bruscamente despertó.