UN ÁNGEL NEGRO.

(Capítulo 3)

—Susan. ¡Susan!

Un destello de luz se clavó en los ojos de la muchacha y despertó.

—¿Hmm?... —murmuró aún dormida.

—¡Por Luzbel! ¡¿Pero tú cuánta luz pretendes que entre en tu habitación?!

Susan se reincorporó y se atisbó de que un fogonazo de luz entraba por la ventana de su habitación. Su piel comenzaba a picarle y a escocerle. Se levantó de un resorte de la cama y se apartó de la luz.

—Maldita sea. Cierra esa cortina —dijo él.

—Baja la voz, Erik...

Erik era el compañero de piso de Susan. Un tipo bastante molesto. Pero por mucho que quisiera negarlo, Susan le tenía un especial cariño.

—No el que pensáis, no os equivoquéis.

¿Qué? ¿Qué demonios haces? Yo soy el narrador.

—¿Quién mejor que yo para contar mi historia? En primera persona. Algo que siempre me habría gustado hacer. Puedes largarte.

¡Pero aún no he cobrado!

—Te lo mandaré por correo, no te preocupes.

¡P-pero! ¡Eh!

—Fuera...

Bien... A partir de ahora yo seré quien narre la historia. Es molesto tener detrás de la oreja a un tipo detallando cada movimiento que hacen mis piernas.

Además, yo soy mucho más..., yo soy yo, dejémoslo ahí.

Como iba diciendo, la relación que tenemos Erik y yo es extraña. Algo así como amor-odio y odio-amor. Pero el anterior tipo tenía razón, en realidad le tengo cariño. —No debería siquiera dejarte seguir viviendo en esta casa. Eres una irresponsable.

Reí levemente ante el comentario y me acerqué a la ventana para cerrar la cortina.

—Está comenzando el ocaso.

—Te estoy hablando en serio.

—Y yo también. Mira —abrí un poco más la cortina y él se echó hacia atrás. Sonreí y cerré la cortina—. No refunfuñes tanto, anda...

—¿Que no refunfuñe? Te tomas a cachondeo todo lo que te rodea. Recuerda lo que te dijo Gabriel. No puedes exponerte al sol durante tantas horas.

—Tengo un don y quiero aprovecharlo.

—¿Don? Di mejor maldición. Susan... No puedes tomarte a pitorreo todo. Mírate. Estás ardiendo.

—¿Y cómo lo sabes si no me has tocado?

—No has visto tu piel. Has pasado de pálido a carmín.

—¡Hala, hala! Qué exagerado.

Alzó las cejas y arrugó la frente, mirándome negándome que yo tuviera razón.

Miré mis brazos, pero no le di la razón aunque la tuviera.

—Estoy bien. Preocúpate cuando no lo esté y punto —comenté despreocupada mientras pasaba por su lado.

—¿Has pensado en lo que te dije? —inquirió cruzándose de brazos justo cuando salí por la puerta. Me quedé paralizada.

—Sí.

—Tienes 3 días.

—¿¡Tres!?

—Tres, Susan. Son suficientes.

—Una semana.

—Tres días.

—Una semana.

—Susan —dijo molesto.

—Por favor —le supliqué mientras me daba la vuelta para mirarle fijamente.

—Oh, no. No pienso mirarte. Ya conozco tus artimañas. Esta vez no.

—Por fi...

—No. No y mil veces no.

—Erik... —puse cara de lástima, y ya vi cómo su gesto cambiaba.

—Eres una arpía. ¿Lo sabes, verdad?

Sonreí.

—Una semana. Ni un día más, ni una hora más.

—Creo que ese dicho no es así.

—No me hagas cambiar de opinión. No quieras dormir bajo un puente.

—Oh... Tú no me dejarías vivir bajo un puente... —sonreí con malicia, pasando mis dedos por su pecho.

Erik se apartó y rodó los ojos.

—Me voy a dar una vuelta —le informé.

—¿A dónde?

—A buscar a alguien.

—¿A alguien? ¿A quién?

Me alejé.

—Susan. ¡SUSAN!

Abrí la puerta y la cerré al salir.

—Esta chica un día acabará matándome... —se dejó caer en un sillón de los de mi habitación, y miró hacia la ventana con un gesto molesto, por los pocos rayos de luz que entraban filtrándose entre las telas de las cortinas.