UN ÁNGEL NEGRO.

(Capítulo 4)

Salí de la mansión con la suerte de que el sol estaba a punto de ocultarse tras las montañas. Tenía la intención de buscarla, de volver a verla, conocer un poco más de ella. Pensé todo lo que pude y más, pero no ideé nada que pudiera hacerme verla de nuevo. Me dejé caer en un banco de una calle desconocida. Cómo iba yo a encontrarla si no sabía ni su nombre.

« ¿Tanto supone ella para ti? »

—Simplemente siento curiosidad. Creo que es comprensible después de... todo.

« ¿Todo? ¿Y qué es ese "todo"? »

—Son cosas mías, cosas en las que no deberías meterte.

« Estoy en tu mente y puedo meterme donde me plazca siempre y cuando tú me lo permitas. »

—Yo no te lo permito, ese es el problema. Que lo haces cuando te da la real gana.

« Lo hago porque tú lo necesitas. Me necesitas. Necesitas mi opinión. »

—En el hipotético caso de que pudieras ayudarme, dime... ¿Qué debo hacer? ¿Cómo y por dónde empiezo a buscarla?

« Así que deseas encontrarla... »

Bufé.

—Ya te he dicho que sí.

« En ese caso, sólo debes mirar atrás. »

—¡Oh! ¡Por favor! —dije molesta—. ¿No se supone que me ibas a ayudar? No sé, digo yo que sería lo de menos después de haberme hecho ilusiones al decirme que podrías ayudarme —pronuncié entre dientes—. Oh, genial. Y ahora te callas. Pues genial, sigue así, no te necesito —me levanté repleta de rabia del banco y sentí una punzada en el pecho al verla ahí, delante mía, sonriendo mientras mantenía alzadas ambas cejas, con la cabeza un poco gacha. No supe reaccionar, simplemente miré a mi al rededor como único impulso.

—¿Siempre hablas sola? —me preguntó.

—¿Eh? N-no estaba hablando sola...

—Ya, bueno, si no quieres decírmelo no me lo cuentes.

¿Qué? ¿Qué estaba pasando? Esa no era para nada la respuesta que esperaba... Me quedé aún más paralizada y carraspeé torpemente.

—¿Qué haces aquí?

—Estoy esperando el bus. Vivo lejos —explicó, como viéndome en los ojos que yo no era de por aquí y no tenía ni idea.

—Me imagino —aclaré.

—No eres de por aquí, ¿verdad? —dijo mientras se sentaba. E ahí mis dudas aclaradas. Al final resultó que sí pensaba eso de mí.

—Más o menos.

—¿Más o menos? —preguntó divertida.

Sus... labios eran diferentes, eran... ¿se los habría pintado? Estaban sonrosados. Miré por un instante sus ropajes. Era primavera, no hacía frío así que ese no podía ser el motivo. Y sus mofletes, sus mofletes parecían ser tan suaves y tiernos que daban ganas de estrujar.

—Más o menos —repetí despegándome de todos aquellos pensamientos que se habían acumulado en un segundo en mi mente.

—Veo que no me vas a contar nada...

—¿Qué quieres saber? —dije de pronto con otro tono de voz.

—¿Yo? Nada. ¿Qué voy a querer saber yo de una desconocida?

Y de nuevo me sorprendía. ¿Por qué decía todo lo que yo no esperaba que diría? Esto nunca me había pasado, me resultaba tan fácil anteponerme a las respuestas de las personas... Pero no con ella, eso ya tenía que empezar a asimilarlo. Un silencio incómodo se adueñó de la situación, y gracias a Dios, ella lo rompió.

—Joder...

—¿Qué pasa?

—Que necesito llamar a mis padres. Creo que me he dejado las llaves.

—¿Quieres que te deje mi teléfono?

—Ah, ¿pero tú tienes teléfono? —rió.

—Pues claro que tengo teléfono —contesté molesta.

—Vale, vale —dijo apurada pero divertida.

Saqué mi teléfono rápidamente y se lo entregué.

—Qué hipster... —dijo sorprendida, burlándose.

—¿Qué? ¿Por qué dices eso?

—¿Un iPhone?... ¿Eres de marcas?

—No, simplemente me gusta el diseño.

Soltó una carcajada que acabó convirtiéndose en una risa nasal.

—Perdona —se disculpó aún riéndose.

—Anda trae —lo cogí y lo desbloqueé para volver a entregárselo—. ¿Sabes marcar o es demasiado hipster para ti?

—No, no, tranquila... —dejó de reír y se puso a marcar el número mordiéndose el labio aguantándose la risa. De pronto su teléfono sonó y la miré extrañada.

—Deben de ser mis padres...

—Cógelo.

—Nah, da igual. No queda nada para que llegue el autobús —me entregó el móvil.

—Gracias, eh...

—De nada —contestó ella con narcisismo, balanceó sus cabellos ensortijados casi dándome en las narices y colocó su bolso encima de sus piernas.

—Y... ¿quieres que siga siendo una desconocida? —decidí retomar el anterior tema.

—Me es indiferente —pronunció seca, tan seca que sus palabras me cortaron.

Reprimí una mueca de disgusto.

—Entonces yo no puedo hacerle nada.

—¿No puedes convencerme? —dijo como poniéndome a prueba.

—¿Convencerte? ¿Qué te hace pensar que yo sí quiero ser tu... amiga? —qué complicada se me hizo aquella palabra.

—¿Quieres o no?

—S-sí —dije al final.

Ella sonrió.

—Pues convénceme de que eres alguien interesante a quien merezca la pena conocer.

—De eso nada —fruncí el ceño.

Ella volvió a alzar las cejas, como cuando me vio hablando sola.

—¿Qué? No voy a ponerme aquí a hacer el ridículo.

—¿Quién te ha dicho que tengas que hacer el ridículo? —preguntó confusa.

—¿ Y qué quieres que haga?

—Pues no sé, tú sabrás. Pero date prisa —estiró su brazo mirando su reloj—, porque en 10 minutos viene el bus.

—¿Siempre eres así?

—No sé, ¿quieres descubrirlo?

Una sonrisa se volvió a reflejar en su rostro, provocando que al final yo también acabase devolviéndosela. Bajé la mirada, algo intimidada y me senté a su lado.

—¿Me dejarías descubrirlo?

—Convénceme y te daré una oportunidad para hacerlo.

—¿Y cómo sé yo cómo convencerte?

Me miró fijamente, sin borrar esa tímida sonrisa de su rostro y un escalofrío recorrió mi espalda.

—Ya sabes cómo...

Aquellas palabras me impresionaron y al mismo tiempo atemorizaron. ¿Lo sabía? ¿Conocía mi secreto? Fruncí el ceño y di un suspiro. De pronto vi cómo se levantaba y la miré confusa.

—¿Ya te vas?

Ella no contestó, tan sólo señaló a lo lejos, y entonces comprendí. Ese maldito autobús...

—¿Te acompaño?
Alzó la ceja.

—¿Acompañarme a dónde? —pareció reírse de mí.

—Déjalo, da igual.

—Vale.

Y otra vez volvía a hacerlo. Sus respuestas nunca eran de esperar.

—¿Sueles venir por aquí?

—¿Quieres que te dé mi número o qué?

—Me vendría bien, la verdad.

Se quedó en silencio y echó un rápido vistazo al banco, para ver si se dejaba algo. Miré también en la dirección en la que se dirigían sus ojos, pero no vi nada.

—¿Y bien? —volví a preguntar justo cuando el autobús estaba a punto de parar enfrente nuestra. Me puse nerviosa, no quedaba tiempo. Ella no parecía volver a contestarme, y aquello me enervó tanto que sentí cómo mis puños se cerraban involuntariamente. Ella se acercó a la puerta del autobús que se abrió ante su figura, y subió sin decirme nada. Aquello me sentó como un disparo en toda la cara. Lo dejé estar. Me di la vuelta y me quedé mirando el campo de enfrente. Cerré los ojos esperando que ella me llamase, o que gritase el número o que me lanzase un mísero papel con él escrito... Pero nada. Escuché cómo las puertas se cerraban y el bus arrancaba tras mi espalda. Llevándose aquello que más deseaba yo en ese momento. Maldije en silencio aquel instante, y como la primera vez que la vi, me quedé oteando cómo se perdía en el horizonte.