UN ÁNGEL NEGRO.

(Capítulo 5)

Se había ido. Otra vez. Y yo seguía sin saber cómo volver a contactar con ella. Bufé exasperada y me contuve para no darle una patada al banco. Apreté los puños y sentí la sangre hirviendo por mis venas. Sentí incluso que se hinchaban. Me miré las muñecas y los antebrazos, y en efecto, se me habían marcado de pronto todas ellas.

Ya sabes cómo...

Le di vueltas a aquellas plabras sin lograr darle un significado. Todo lo que decía ella era tan... selectivo. Ni siquiera sabía si esa era la palabra correcta, pero no me importaba. Lo que sí me importaba era que no tenía su número. Ni su número ni su dirección, ni nada de utilidad. Alcé la ceja mirando al suelo. Escuché cómo alguien se acercaba por mi izquierda. Volteé la mirada hacia el lado contrario dando a entender que no quería saber nada de nadie en ese momento a no ser que fuese ella, y me giré para comprobarlo por si acaso, con una estúpida y lamentable esperanza.

No, no lo era, y lejos estaba siquiera de parecerse. Era una señora mayor con un vestido largo que caía por sus tobillos. Llevaba un bolso marrón casi incrustado bajo el brazo. Claramente no se fiaba. Se sentó a mi lado y no dejó de mirarme hasta que lo le devolví la mirada con una sonrisa falsa pero creíble. Ella hizo lo mismo con las gafas a la mitad del tabique.

—¿Que tienes hora?

Me preguntó. Fruncí el ceño arrugando la frente y murmuré algo asintiendo. Saqué el móvil y desbloqueé la pantalla.

—Las 20:00.

—Gracias, bonita.

¿B-bonita?... Hice un gesto de contrariedad y por los pelos no se dio cuenta. Cuando se giró de nuevo hacia mí, forcé una sonrisa que quedó totalmente hipócrita.

—¿Que me prestaría su teléfono para hacer una llamada?

—¿Qué? Oh, no, tome... —lo volví a sacar de mi bolsillo y se lo entregué desbloqueado. ¿Qué pasa? ¿Que me habían visto cara de cabina gratuita o qué?

—No, no. Márcame tú que yo no veo de cerca...

¿Y para qué llevaba las gafas?... En fin, daba igual. Cuando abrí la aplicación de Teléfono encontré ahí un número. De pronto todo a mi al rededor se tornó gris y sólo se enfocaba aquella aplicación con aquel número. Recordé rápidamente y me levanté del banco de un resorte.

—¿Me disculpa un momento, por favor?

La anciana casi pegó un salto y se agarró a su bolso con más fuerza cuando hice aquel movimiento. Se ajustó las gafas mirándome con los ojos abiertos como platos y asintió nerviosa. Me alejé unos pasos y arrastré mi dedo espasmódico hasta el icono de llamada.

Cerré los ojos y tragué saliva. De nuevo aquel nerviosismo y aquella presión en mi pecho se adueñaban de mí. ¿Qué estaba haciendo?... Ese era el número de sus padres... Bueno, por lo menos sabría su nombre...

« ¿Su nombre? Si llamas a sus padres no te van a decir su nombre. ¿En qué diablos estás pensando? »

Justo cuando me separé el teléfono de la oreja y fui a colgar, un contador apareció en la pantalla.

00:03

—¿Sí? —dijo una voz. Su voz. Con aquel tono de falsa interrogación. Pues sabía a la perfección que la que había llamado era yo.

Me quedé en silencio, en un silencio torpe, pues se oía mi agitada respiración—. ¿Hola?

—¿Por qué no me dijiste que me habías dado tu número ya?

—No me lo preguntaste... —contestó ella divertida.

—Te dije que me lo dieras.

—Pero no me preguntaste si te lo había dado.

—¿Por qué me has dado tu número?

—Porque tú lo querías.

—Me lo diste antes de que yo te dijera que lo quería.

—No me lo dijsite, pero lo pensaste.

—¿Ahora puedes leerme la mente? —comenté con un tono de voz sarcástico y algo molesto.

—¿Puedo?

—Es de estúpidos contestar una pregunta con otra pregunta.

—Vaya... Una lástima que sea una estúpida.

De pronto dejé de oír su voz por un molesto pitido constante.

—¿Qué demonios? —me despegué el móvil de la oreja para comprobar lo que pensaba, y sí. Me había colgado. Eso o se le había perdido la señal. Volví a llamarla, para comprobarlo.

—¿Qué?

—¿Por qué me cuelgas? —dije únicamente para verificar que sí lo había hecho.

—Uy. ¿He colgado? Perdona, eh. Es que no me he dado cuenta —dijo con puro sarcasmo.

Decidí dejar el tema aparcado y no darle más vueltas a eso.

—¿Por qué me has dado tu teléfono?

—Y yo que sé, porque me apetecía.

—Entonces te apetece conocerme.

—Pues sí, sino no te hubiera dado mi teléfono, ¿sabes?

—Asi que ha sido eso.

—Mira, luego si eso me llamas, que estoy dentro del bus y no se oye bien. Ale.

—Espera —dije casi gritando.

—Qué.

—Que no me cuelgues otra vez. Espera. Por favor...

—Vale —dijo como si la estuviera presionando, con un tono algo agudo.

—¿Cómo te llamas?

—Bárbara.

—¿En serio?

—Tú ya sabes cómo me llamo.

—No. Por algo lo pregunto.

—¿Para qué quieres saber cómo me llamo?

—Para agregarte a mis contactos.

La hice reír, auqnue duró poco.

—Judith.

—¿Judith qué más?

—¿No te basta con eso?

—No.

—¿Tengo que empezar a asustarme?

—No. Aún no.

—Royaume. Ale, ¿contenta?

—No del todo.

—Agh. ¿Qué más quieres?

—Quedar contigo.

—Vale. Mañana a las 12:00 en la plaza Silenci.

—Vale.

—¿Cómo te llamas tú?

—Te lo diré mañana. Así me aseguro de que vienes.

—¿Y tu nombre depende de que vaya o no? Pues ya puede ser bonito...

Sonreí.

—Adiós, Judith.

—Adiós, señorita misterios... —se despidió con un tono espeluznante y misterioso.

Colgué a duras penas, queriéndome haber quedado ahí hablando con ella durante todo el día. Me giré, y la señora ya no estaba. A lo lejos se veía cómo otro autobús se perdía en la lejitud.