UN ÁNGEL NEGRO.

(Capítulo 6)

—No tardaré, ¿de acuerdo?

—¡Susan Bathory! ¡Vuelve aquí inmediatamente!

—¡Oh, vamos! ¡Erik por favor! ¡Llego tarde!

—¡Te recuerdo que vives bajo mi techo! Y mientras eso siga así, acatarás mis normas.

—¡Por favor! ¡Que no eres mi padre!

—¡Está bien, pues vete! ¡No me cuentes nada! ¡Nunca lo haces!

Pegué un portazo. ¿Para qué seguir con eso? Sí, ya, lo sé, lo sé. Sé que os cae bien Erik y que no debo tratarle así, pero. ¡Es que es un pesado de pesadilla! Bueno, al grano. Me encaminé hasta el lugar de la... maldita sea, ¿era una cita? ¿Fue una cita? ¡Por los dioses! ¡Que alguien me diga que no! Voy hecha un horror... Vaqueros, converse desgastadas, camiseta negra... Si de verdad era una... No, no podía ser una cita. Ella era una chica, por Dios... Negué y continué con mi camino levantando la mirada cada vez que veía un gran cartel sobre mi cabeza. ¿Dónde estaría la Plaza Silenci? Me acerqué a interrogar al personal. Ancianos, los ancianos sabrían la respuesta. Justo cuando mi dedo índice de la mano derecha se fue a posar sobre la hombrera de un abrigo de color beige algo desgastado, algo me hizo alzar la mirada hacia un cartel que acababa de intercambiar un anuncio de ZARA por el del nombre que buscaba. Recogí mi brazo y al girarme, me sobresalté repentinamente.

—¡Pero qué demonios!

—Eh... Tranquila, mujer —dijo como si yo estuviera exagerando o algo—. Ni que hubieses visto a un fantasma.

Tú eres casi peor, créeme. Pensé.

—Simplemente no me lo esperaba... ¿Siempre vas a aparecer así? ¿De repente? Madre mía —me llevé la mano al pecho, sin contestación alguna.

—Ni que te hubiese pegado un grito o algo —alzó la ceja.

—No se trata de eso.

—¿Ah, no? ¿Y entonces de qué? —sonrió traviesa.

« Díselo. »

¿Qué? Ni hablar...

« Vamos, díselo. »

No pienso decirle esa estupidez. ¡Acabo de conocerla!

« No acabas de conocerla. »

—Eh... Hola —interrumpió en mis pensamientos, moviendo la mano frente a mi rostro, como si hubiese perdido el conocimiento.

—Sí, lo siento. ¿Qué decías?

—¿Estás nerviosa? —se mordió el labio arqueando de forma sugerente una ceja. Aquellas palabras me provocaron un escalofrío que por suerte logré no fuera visible para ella. Por si no tuviese suficiente con la voz que tenía, aún encima jugaba con esos tonos vocales tan sumamente atractivos.

—Sí —me limité a contestar.

Se sorprendió por mi sinceridad y asintió empezando a caminar. La seguí.

—Yo también.

—¿En serio? Porque lo dudo bastante —reí.

—¿Qué pasa? ¿Yo no puedo estarlo?

—No es algo de esperar con el carácter que tienes.

—Oh... Así que ya me vas conociendo.

—Por eso que acabas de decir, me da la sensación de que todo ese carácter tuyo es una simple fachada.

—Uy pues siento decirte que te equivocas.

—¿Eres así de borde por naturaleza?

—Sí —dijo con redundancia. Como si serlo le encantase.

—Pues es horrible.

—Eh, soy borde y me gusta serlo. ¿Algún problema? —me desafió. Cual felino defendiendo lo que era suyo.

—En absoluto —pronuncié casi entre dientes.

—Vale, me ibas a decir cómo te llamabas, por si no te acuerdas.

—¿Mi nombre?

—¿Tienes un iPhone y no sabes lo que es un nombre?

—No he dicho que no lo sepa.

—Lo sé, sólo es una evasiva. Pero me dirás tu nombre.

—¿Cómo estás tan segura de ello?

—Porque si no lo haces, me iré y no volverás a verme.

—Tengo tu número.

—Ya no.

—¿Qué? —fruncí el ceño—. ¿Cómo que no?

Se quedó en silencio. Saqué el móvil delante suya sin remordimientos y busqué en los contactos. Su número seguía ahí, intacto.

—Porque por lo visto puedo manipular tu mente a mi antojo.

Eso me molestó.

—Nadie puede manipular mi mente.

—¿Por qué? ¿Porque te crees la única que puede manipular mentes?

¿Cómo sabía ella todo eso? ¿Quién se lo había dicho?

—Yo no manipulo mentes.

—Lo que sí es cierto es que la mía no podrás manipularla.

Agucé los ojos observándola esta vez seria.

—¿Qué eres? —le pregunté.

—Humana. ¿Qué eres tú?

—H-humana.

—Te diré lo que eres. Eres una mentirosa.

—Te he dicho la verdad.

—No. No puedes engañarme. Y espero que te entre pronto en la cabeza porque sino te dejarás en ridículo a ti misma varias veces.

—¿En serio crees que existe algo más que nosotros?

—No lo sé.

—Y sin embargo sospechas de mí y de mis...

—¿Tus?

—Nada, olvídalo. ¿Dónde estamos yendo?

—No, ahora me lo dices.

—Poderes —espeté en un tono misterioso y más moándome que otra cosa.

—Tienes poderes —afirmó casi sin dudarlo.

—¡Claro que no! No digas tonterías. Si tuviera poderes no me hubiese sobresaltado al verte porque ya hubiese sabido dónde estabas en todo momento.

—Quizás es porque conmigo tus poderes no funcionan...

La conversación se basaba en "hablar en broma yendo en serio". Ella probaba suerte preguntando cosas que me ponían nerviosa, y yo las contestaba a veces sin pensar la respuesta. Era demasiado lista.

—Hm... Es una teoría.

Ella sonrió satisfecha.

—¿Y qué poderes se supone exactamente que tengo?

—Creo que tienes poder sobre las mentes ajenas.

—¿Tengo poder sobre tu mente? —adquirí un tono aterrador, exagerado y divertido.

—Ni de coña —dijo con puro ego, y con una voz pícara.

—Pero te asusta que algún día llegue a tenerlo.

—Uy, sí... Justo eso, eh —dijo con sarcasmo.

—¿Entonces?

—¿Entonces qué?

—¿No te doy miedo? ¿Ni un poquito?

—Me darías miedo si no fueses humana. No, espera, ni aún así.

—¿Cómo que ni aún así? —exclamé indignada.

Carcajeó.

—No das miedo —me miró de arriba a abajo.

—¡Eso no es verdad!

—Por supuesto que lo es —continuó burlándose, con una risa.

—Lo que tú digas.

—¡No te enfades! —me agarró del brazo.

Sí, me agarró del brazo.

El tiempo se detuvo. Sentí un escalofrío tan exagerado que incluso me moví. Y cuando digo que el tiempo se detuvo, es porque fue cierto. Ahí se quedó su imagen, congelada. Su sonrisa, esos mofletes sonrojados y esos labios carmesinos y carnosos.

Todo oscureció, incluso ella.

—Márchate. Ahora —ordenó una octogenaria, grave y ronca voz.

—No puedo hacerlo...

—¿¡Osas desobedecerme!?

—Por favor...

—Vete. Déjala ir...

—No... Por favor —supliqué.

—¡Silencio! Si vuelves a desobedecerme sabes cuál será tu castigo.

La imagen continuó inmóbil, ella, su sonrisa. Cerré los ojos repleta de ira y suspiré como rendición.

—Dame 10 minutos...

Escuché un gruñido.

—Sólo serán 10 minutos. Te lo ruego...

—En tus manos está la vida de esta humana, Carnesîr.

Y la voz desapareció, y ella volvió a moverse como si nada hubiera sucedido. Y sus cabellos cobraron de nuevo vida, y su olor se apoderó de mis fuerzas, llevándolas hasta la oscura y conocida tentación.