UN ÁNGEL NEGRO.
(Capítulo 7)
—Tengo que irme...
—¿Qué? —frunció el ceño—. ¿Por qué? Pero si acabamos de quedar.
—Lo sé, y créeme, no quiero irme. Es una orden dictada por un superior —expliqué aunque sabía que no tenía ni idea de lo que le estaba hablando.
—Mira, si quieres irte me lo dices, pero no te inventes excusas. Y menos tan estúpidas.
—O sea, primero me acusas de no ser humana, y ahora que te digo esto me dices que son excusas... ¿A qué estás jugando?
—Bueno, pues nada, vete. Pero que sepas que he anulado cosas importantes para verme contigo.
—Judith, sólo tengo 10 minutos...
—¡¿Y para qué me haces venir hasta aquí para 10 minutos?! —me preguntó alterada. Pero no gritó, al menos lo hizo con una voz extraña. Algo así como gritar flojo.
—Escucha, no pensé que pasaría esto. Me encantaría quedarme aquí contigo, te lo prometo. Pero tengo que irme.
—Que vale, que muy bien, pues adiós —dejó de mirarme para mirar a la nada. No quiso sostenerme la mirada.
—Te has enfadado.
—Pues mira, sí.
—No quiero que te enfades conmigo...
—Y yo no quiero que te vayas.
Sentí algo extraño en mi interior. Algo que no supe qué nombre ponerle. Pero era..., placentero.
—Volveré. Volveré a verte. Confía en mí.
—Me dijste que hoy me dirías tu nombre y no me lo has dicho. Me ocultas cosas, me hablas de órdenes superiores que te dicen que tienes que irte en 10 minutos... No puedo confiar en ti.
—Susan.
—¿Qué?
—Me llamo Susan.
—Pues encantada, Susan —dijo sin mucho ánimo.
Quise agarrar sus pómulos para que me mirase fijamente, pero lo reprimí con todas mis fuerzas.
—¿Puedo acompañarte a casa?
—Vas a acompañarme a casa —me ordenó.
Sonreí, pero ella de pronto pareció recordar.
—¿No decías que te tenáis que ir en 10 minutos?
Cerré los ojos maldiciendo con cautela a Viktor en mi mente.
—Y es cierto. ¿Crees que no quiero quedarme aquí contigo?
—Pues mira, no lo sé, no soy adivina.
—Pues mírame a los ojos y dime si es cierto lo que digo.
—No soy un polígrafo.
—¿Polígrafo? —pregunté confusa.
—Da igual, déjalo. Vete y ya está. Tienes mi número, ¿no? Pues me llamas cuanto te apetezca y listo.
Pero en su rostro se veía la decepción, el enfado, la duda, e incluso un leve temor. No confiaba en mí. Pude leerla fácilmente.
Eh... Es verdad. Pude leerla. Podía leerla. Profundicé más, intentando visualizar qué más había en su mente, pero mis ojos se perdieron por un instante entre la perfecta línea que dividía su labio superior del inferior. Arrugué la frente y retiré la mirada.
—Judith, te voy llamar. Te voy a llamar porque quiero verte otra vez. Con más calma. Más traquilidad.
—¿Más calma? Pero si aquí no hay nadie.
—Yo me entiendo. Tú sólo confía en mí. Si te defraudo esta vez, haz lo que quieras, ¿vale? Dame esa oportunidad.
—Vale...
—¿Puedo darte un abrazo antes de irme?
—No.
—¿Cómo que no?
—Pues que no.
—¿Por qué?
—Porque yo no doy abrazos.
Y de repente, sin previo aviso, dejé de poder leerla. Pareció haberse dado cuenta. Su frialdad y su hostilidad eran el candado que protegía su mente.
—Bueno, como quieras... Pero mañana te llamaré.
—Mañana no puedo.
—¿Por qué?
—Pues porque no. Y ya han pasado 10 minutos.
Abrí los ojos de par en par, la miré y sin pensármelo, la abracé respirando de cerca el aroma de sus cabellos. Solté el aire lentamente y me alejé, corriendo.
—¡Te llamaré! ¡Te lo juro! —le grité mientras me alejaba.
—¿Y eso es todo?
—¿Todo?
—No sé, decías que tenías algo muy importante que decirme.
—¿Te parece poco importante?
—Que te gusta una tía vale, sí. ¿Y qué?
—¡No me gusta ninguna tía!
—¿Desde cuando te fijas en los labios de las mujeres?
Fui a decir algo, pero el chico de cabellos desordenados y piel pálida me interrumpió.
—Nunca, hija, nunca. No sé por qué te molestas en ocultarme nada.
—Joder, Sam. ¿Pero es que no lo entiendes?
—Pero que sí, que no seas pesada, que ya te he escuchado.
—Mira, si lo sé ni te llamo. ¿Para esto hemos quedado?
—Es que no sé qué quieres que te diga —rió de repente.
—Pues que te lo tomes un poco más en serio...
—Pero a ver, ¿a ti te gusta la chica esta?
—Pues no lo sé, ese es el problema.
—No, el problema es que como se entere Viktor te revienta el hocico —se aguantó la risa, pero al ver que yo también estuve a punto de romper a reír, él no se cortó ni un pelo y los dos carcajeamos sin venir a cuento.
—¿Sólo porque es una chica?
—No, porque es humana.
—¿Y entonces qué hago?
—Pues mira, lo primero, pasar de ella. Y lo segundo hablar con Táralom para que le haga olvidar tu recuerdo.
—No.
—¿Pues entonces qué quieres?
—¿Crees que puedo convencer a Viktor?
—A ver, piensa una cosa. Viktor sólo te llamó porque había una reunión importante, nada más. Mientras la tal Joanne no se entere... —le interrumpí de repente.
—Judith —corregí.
—Judith, no se entere de lo que eres y somos, creo que no habrá ningún problema.
—Pero es que creo que ya lo sabe...
—¿Qué va a saber?
—No sé, dice cosas muy extrañas, como si me conociera a fondo.
—¿Tú has visto su habitación?
—¿Cómo voy a ver su habitación?
—Bueno, tú coge y cuando puedas haces que te lleve a su casa. Si tiene libros en su habitación, perfecto. Míralos y memoriza los títulos en tu mente. Luego me los dices y ya te cuento.
—¿Y qué tiene que ver eso?
—Pues que los humanos leen muchas cosas sobre todo tipo de seres, criaturas, mundos lejanos, esas cosas.
—¿Insinúas que sabe lo que soy sólo porque lo ha leído en un libro?
—Pero vamos a ver, que tú todavía no sabes si ella sabe lo que eres.
—Ya pero cuando ella sepa que yo sé que ella sabe que yo sé que lo sabe, entonces tendremos un problema.
—Siempre me ha costado concentrarme para esas frases. ¿Qué has dicho?
Volvimos a reír.
—Pues no lo sé muy bien. Es decir, lo sé pero no me apetece volver a pensarlo. ¿Qué? Me apetecía decirlo, quedaba bien.
—Pues yo tengo hambre.
—¿Quieres ir a algún sitio?
—Acompáñame a los chinos esos, anda.
Sam se levantó y yo hice lo mismo pasados unos segundos. Caminé sin tener ni idea de por dónde me estaba llevando. Yo vivía en las afueras, cerca de los bosques, él en cambio tenía en su mente todo nombre de calles, plazas, pueblos etcétera sin siquiera haberlos pisado nunca antes.
—Tú intenta no reírte —me aconsejó justo antes de entrar en una pequeña tiendecita.
—¿Reírme?...
