UN ÁNGEL NEGRO.
(Capítulo 8)
Entramos en una pequeña tienda que parecía alargarse al entrar. Estaba repleta de cosas, objetos extraños, otros no tanto.
—Buena talde —dijo la vocecilla aguda y empalagosa detrás del mostrador.
—Buena talde —contestó Sam, burlándose de ese acento.
Abrí los ojos de par en par y le di un codazo para que no continuara con eso.
La mujer de rasgos asiáticos nos miró de reojo, sabiendo que nos estábamos mofando de ella. Avanzamos hasta el interior de la tienda, por uno de los 4 pasillos que había. En uno de ellos había montones de juguetes mal empaquetados y llenos de polvo. Juguetes de acción, para chicas, animales, armas de plástico, montón de chatarra en resumidas cuentas.
—¿Aquí hay comida? —le pregunté bastante dudosa.
—Aquí hay juguetes —me contestó Sam con sorna, como de costumbre.
—Va, no me vaciles. ¿Sí o no?
—Y yo que sé.
—¡¿Pero entonces para qué me haces venir?!
—¿Os puedo ayudar en algo?
Una voz masculina dulce y atractiva cortó nuestra conversación de repente. Ambos nos giramos. Era un chico de pelo moreno, ni muy largo ni muy corto. Tenía los ojos verdes y unos labios carnosos y rojizos. Era bastante pálido, y de una complexión mediana, estaba algo fuerte, pero no parecía ser del gimnasio.
—No, gracias, estamos mirando —contesté.
—Estarás mirando tú —me debatió Sam—. Sí, sí que puedes. Estaba buscando unas libretas de mano con pentagramas.
—¿Una libreta de pentagramas?
—Sí, básicamente eso.
Yo me desentendí rápidamente dándome la vuelta y curioseando por las estanterías que tenía cerca como excusa para darles un mínimo de intimidad.
—Sígueme por aquí, por favor.
—Sí. Susan —me gritó Sam.
—¿Sí? —respondí girándome.
—¿Vienes?
—No, no. Tranquilo. Ve tú.
Se veía de lejos que en el fondo era un: Quédate ahí y déjame a solas con este pedazo de tío. Negué con una sonrisa mientras agarraba un cubo de Rubik bastante grande. Al quitarlo de la repisa, vi un cabello ensortijado y del mismo color que el de Judith justo delante de mí, y con torpeza el cubo cayó sobre mis pies. Lo recogí nerviosa y volví a asomarme por el hueco que había dejado al retirarlo, pero ya no estaba. ¿Tanto había tardado en dejar el cubo en su sitio o es que ella era muy rápida? Corrí a buscarla entre los pasillos, -o mejor dicho laberinto, porque aquel sitio era enorme-, y justo cuando la tuve delante, se giró sin que yo le dijera lo más mínimo.
« ¿Y no será que se giró porque vio a una loca aparecer de repente por el pasillo en el que estaba ella tranquilamente? »
También puede ser...
Al grano: no era Judith. Por desgracia.
Miré hacia otro lado para que no supiera que la estaba mirando a ella y no hacerla sentir incómoda, y me coloqué en la entrada de la tienda a esperar a Sam.
Era la primera vez que me ponía tan nerviosa al ver un cabello así, igual al suyo. Al confundirla con otra persona.
Y era extraño, inusual. Mi mano se deslizó hasta mi bolsillo izquierdo prácticamente sola y saqué el teléfono.
Tengo que llamarla... Y eso hice, marqué su número, pero no hubo respuesta alguna. ¿Estaba apagado? Me impacienté por momentos.
« Quizá está en un sitio en el que no hay cobertura. ¿Qué tal el metro? »
Sin prestarle el más mínimo caso a la voz de mi interior, volví a intentarlo y esta vez, sí lo cogió.
—¿Judith? Judith, soy Susan.
—...
—Oh, vamos... Sé que estás enfad... —pero una voz masculina procendente del teléfono de Judith, interrumpió la mía.
—Vas a darme todo lo que tienes en los bolsillos y en el bolso. Y si gritas, o haces algo en mi contra, te rajo aquí mismo.
—No llevo nada... —dijo ella, con la voz quebradiza.
—¿No?
Escuché su grito ahogado y me tembló la mano.
—Pues entonces la plaza Abetos se ensuciará con tu sangre.
—Por favor... —suplicó ella.
Los músculos se me paralizaron. Apreté el teléfono con fuerza en mi mano hasta hacerme daño. Miré a la dependienta llena de ira y me acerqué hasta ella brúscamente.
—¡¿Dónde está la plaza Abetos?!
—¡Voy llamal a la polisia!
—¡PUES LLAME A LA POLICÍA! ¡ESTÁN ATRACANDO A UNA AMIGA MÍA!
—¡Voy llamal polisia tú vení a lobal!
—¿A robar? ¿¡A robar!? —no podía controlarme, estaba demasiado nerviosa.
—¿Qué pasa? —apareció Sam, sorprendido junto al chico de antes, con la libreta en la mano.
—¡Están atracando a Judith!
—¿Pero cómo que atracando, cómo lo sabes?
—¡NO PREGUNTES Y AYÚDAME! Necesito que pienses. Búscame la Plaza Abetos lo más rápido que puedas...
—¿La Plaza qué?
—¡SAM! ¡POR FAVOR!
—¡VALE, PERO NO ME GRITES QUE ME PONES NERVIOSO!
Él cerró los ojos y forzó la mente, tanto que pude notar su presión en mi nuca. Estaba empezando la conexión.
—Muéstramela —le dije con la mirada fija en sus ojos. De pronto un destello sólo visible para nosotros se introdujo en mi mente, como un golpe frío y caliente al mismo tiempo. Cogí aire y sin soltarlo, me centré en la imagen que Sam acababa de transmitirme. Me tembló la cabeza de tanto pensar y por fin aparecí en aquella plaza. Una plaza repleta de gente caminando de un lado a otro.
Me moví con rapidez y nerviosismo, interrogando a todo el mundo que pasaba por mi lado:
—¡¿Ha visto a una chica con cabello rizado color avellana?!
Después de 5 personas, una de ellas me señaló hacia un callejón estrecho y sin apenas luz. Se lo agradecí cerrando los ojos y corrí hasta allí sintiendo como el fuego se apropiaba de mis venas.
Una chupa de piel de color negro y unos vaqueros desgastados y una navaja en mano ocultando a Judith, fueron lo único que pudieron ver mis ojos antes de que un grito angustiado con el matiz de su voz me helase la sangre.
—Judith...
