UN ÁNGEL NEGRO.

(Capítulo 9)

—Judith... ¡JUDITH! —grité en voz alta casi desgarrando mi garganta.

El hombre se giró al escuchar mi voz con la navaja aún en su mano y el brazo a la altura del cuello de Judith. La miró con rabia y colocó la navaja en su mandíbula. Ella agarró la muñeca de éste para impedir que se acercase más.

—¿La has llamado tú? —le preguntó entrando en cólera.

—No —dijo Judith recuperando su seguridad.

Me acerqué lentamente concentrando toda mi fuerza en un único punto: su cabeza.

—Apártate —amenacé.

Él se giró con una mueca divertida.

—Vamos a hacer una cosa, ¿vale? Vamos a hacerlo bien. O te largas y cierras el pico y haces como que no me has visto en tu vida, u os mato aquí a las dos. Eso o me das todo lo que tienes en los bolsillos y la dejo ir.

Bajé la mirada hacia mis bolsillos y vi que el iPhone sobresalía. Le miré y asentí.

—Cuando te separes de ella y la dejes ir, te doy todo lo que tengo en los bolsillos.

—Estás tardando.

Le hice una señal a Judith con la cabeza, indicándole que se alejara. Ella me miró dubitativa a mí y al hombre y se separó de nosotros a un paso lento y cauteloso.

—Venga —me ordenó haciendo un gesto de llamamiento con la mano. Tenía la lengua medio fuera, como mordiéndosela, era repulsivo—. Dame el móvil y vacías los bolsillos. Que no quede nada. Y tú —se dirigió a Judith—, tú quietecita ahí. Que te vea.

No perdí el contacto visual en ningún momento. Apreté la mandíbula con fuerza aguantándome para el momento propicio. Me mantuve seria y firme, saqué el teléfono de mi bolsillo y se lo entregué. Él lo miró y se lo guardó en uno de sus bolsillos. Me apuntó con la navaja y después señaló con ella los míos, metiéndome prisa.

Arqueé por un instante el labio e introduje mi mano izquierda en el izquierdo de mi pantalón. Rebusqué y saqué un par de céntimos y algún que otro euro. Él los guardó también, y procedí a hacer la misma acción pero con el bolsillo y la mano contraria. Apreté el puño en el interior de mi éste y con velocidad y fuerza saqué la mano golpeando su estómago. Le agarré del cuello arrastrándole hasta la pared de ladrillos justo delante de nosotros. Él agarró mi muñeca y con su diestra clavó la navaja en mi vientre. Siseé y me gemí malherida colocando mi mano libre justo en el lugar en el que acababa de sacar la navaja. Mi camisa se comenzó a empapar de sangre, alcé la mirada hacia él de pronto, y un destello de luz cubrió mis ojos transformando el color miel del que siempre se revestían, por un color azul celeste intenso.

Abrió los ojos de par en par atemorizado y empezó a clavar su navaja en cualquier ápice de carne visible al que alcanzaba a llegar su brazo.

Judith dio un paso al frente gritando algo que no pude oír, estaba demasiado concentrada rebuscando en la mente de él su punto débil.

—¡QUÉDATE AHÍ! —le grité deteniendo al hombre todo el tiempo posible.

Ella me hizo caso, y el verla preocupada, fue lo que me dio las últimas fuerzas para conseguir lo que quería.

Por cada golpe y cada puñalada que daba, su espalda se erguía hacia delante y a su derecha. Mi mirada se fijó en su hígado. Observé por un momento la esclerótica de sus ojos ligeramente amarillenta.

Su punto débil era ese. Levanté mi rodilla con todas mis fuerzas golpeando el talón de Aquiles de todo hombre. Éste se agachó lamentándose y entonces hundí mi puño justo en la parte superior derecha de su cavidad abdominal, bajo el diafragma. Le oí gimotear y sonreí con la mirada perdida, cual criminal esquizofrénica.

Abrí los ojos hasta que los párpados me dolieron, para cerrarlos después con tranquilidad, como si el tiempo se hubiese detenido de repente. Entreabrí la boca lamiendo mis dientes superiores, sintiendo cómo mis colmillos crecían poco..., a poco. Jadeé, pero no de hambre, sino de ira al recordar, al pensar, al imaginar lo que ese hombre que tenía justo delante podría haberle hecho a ella si yo hubiese tardado un minuto más... Un sólo minuto y mi vida hubiese cambiado por completo. Sin ella. Sin...

Ya pude sentir la carne de aquel ser despreciable en mi boca sin haberme a penas acercado a su piel, pero no tardé mucho en hundir mis dientes en su hombro, desgarrando su trapecio. Lo oí gritar y mi rostro tembló de euforia mientras mis dedos se engarrotaban y mis manos se apretaban. Lo empujé contra la pared con fuerza, lo que ocasionó que mis dientes y su carne se separasen bruscamente, despedazándole. Le vi en el suelo, apretándose la herida con fuerza y dolor, y le miré como si fuese una insignificante cucaracha. Me acerqué lentamente, mirándole directamente a los ojos, metiéndome en su mente, desquiciándola, volviéndole completamente loco. Haría justo lo que yo quería que hiciese.

Me lo imaginé todo en mi mente. Y mientras lo esbozaba y ordenaba en mi razón, estaba ocurriendo en la realidad.

Su mano inquieta, vacilante y espasmódica acercándose su propia navaja a la garganta. El temor y el horror en su mirada rogando clemencia, pidiendo amnistía... Negando incesante y con constancia.

Para..., nada.

Clavó tal y como le ordené a su mente el cuchillo en su gaznate, y junto a su último aliento, se despidió de la vida. De una insalubre, tétrica, repugnante, infecta, viciosa y deshonesta vida que jamás llegó a merecer.

Me quedé ahí observando el inerte cuerpo del agresor sin lástima ninguna. Giré mi rostro hacia lo único que me importaba ahora en el mundo. Ella.Y entonces la vi, parecía asustada, insegura. Limpié mi boca con la manga de mi camiseta y me acuclillé al lado del cuerpo indagando en sus bolsillos mis pertenencias y las de Judith. Me levanté guardando mi teléfono y mi dinero, y me acerqué lentamente a ella para no asustarla.

No se movió, no hizo nada, sólo me miraba, como yo a ella. Cuando estuve lo suficientemente cerca, le entregué el teléfono, impregnado de sangre. Lo miré y volví a elevar la mirada hacia sus ojos. Cuando cogió su móvil, me coloqué a su lado y empecé a caminar para que me siguiera. Así lo hizo, sin que yo se lo pidiera.

Me miraba sin retraimiento pero yo a ella no. Aún no...

Parecía estar siguiendo mis pasos, pero en realidad eran los suyos los que yo seguía, y me condujo justo a donde yo quise; su casa. De pronto se detuvo quedándose atrás, yo la imité, pero no me volteé a mirarla todavía. Simplemente agaché la cabeza esperando a que dijese algo que rompiese ese incómodo silencio.

—Vivo aquí.

—Lo sé.

—Al final sí que me has acompañado a mi casa.

—No como quise hacerlo.

Me miró interrogativa.

—Lo que ha pasado hoy no tendría que haber pasado.

—No te pongas dramática. Estas cosas pasan a menudo y no tendrían que pasar, pero la vida es así.

—¿Dramática? —fruncí el ceño mirándola con desconcierto—. Podrías estar muerta ahora mismo.

—Si le hubiese dado mis cosas no me hubiera matado.

—¿Eso crees? —pregunté con desprecio—. No sabes lo que estaba pensando hacerte. No te haces ni la menor idea.

—¿Ah, y tú sí?

—Puedo.

—¿Puedes leer mentes?

—Puedo manipularlas, pero no puedo leerlas. Al menos no siempre.

—Estás sangrando...

—No te preocupes. No me molesta.

—Ya, pues a mí sí me molesta.

La miré con sorpresa.

—¿Quieres subir? En casa tengo yodo y cosas para ocasiones de este tipo.

—"¿Ocasiones de este tipo?" ¿Te encuentras con ladrones que te amenazan con navajas a menudo? —bromeé.

Ella sonrió casi riendo.

—Va...

Accedí acercándome a su posición mientras buscaba sus llaves en el bolso. Ahora era yo la que la miraba. Disfruté de su imagen cada segundo que pude aprovechar. Repasando desde el nacimiento de sus cabellos hasta el abismo de sus ojos.

—Pasa.

Entré con ella en el portal y tocó el botón llamando al ascensor. Entramos, y no dejé de mirarla ni un instante, en ningún momento.

Como si pudiese siquiera intentarlo...

De repente ya estábamos en su habitación, y casi ni me había dado cuenta. Cerró la puerta y yo eché un vistazo a todo a mi al rededor. Una larga y gran estantería repleta de libros, un escritorio bajo una ventana, un ordenador, la cama justo a mi izquierda, un par de pósters sobre ésta...

—¿Esta es tu habitación?

—No, si te parece es la de mis padres.

—Eh, que acabo de salvarte la vida, sé un poco más amable, ¿quieres? —dije con una sonrisa que acabé por contagiarle.

—¡No, no te sientes en la cama!

Me detuve en seco y la miré.

—Que la vas a llenar de sangre, tarada...

—¿Tarda? —pregunté ofendida.

—No te tomes las cosas al pie de la letra. Espérate que voy a ver si hay alguien y de paso a coger eso que te he dicho.

—Estoy justo donde quiero estar, no pienso moverme.

Pero no estuvo para oírlo. Ya había salido por la puerta, y yo aproveché para curiosear un poco más. Me acerqué a la estantería de los libros, recordando las palabras de Sam:

Memoriza los títulos en tu mente.

Pasé mi dedo índice por los tomos de todos éstos e intenté memorizar los epígrafes tal y como él me dijo, pero mi atención se desvió a un marco de fotos que había en el primer estante. Lo cogí y ojeé. Era una niña pequeña junto a un hombre que la sujetaba en su regazo. Ella le daba la espalda, pero parecía estar tumbada sobre él. Aquella imagen me hizo sonreír, al entrar y verme con la foto, se acercó rápidamente para quitármela y coloqué el marco tras mi espalda.

—¡¿Qué haces?! —fingió estar molesta.

—Curioseo.

—Pues curiosea en tu casa, no te jode. Dame eso.

—¿Por qué no quieres que lo vea?

—Pues porque no me da la gana, son mis cosas.

—Pues lamento decirte que ya la he visto.

—Pues muy bien por ti, dámelo.

—No —dije con voz pícara. Me gustó por un momento aquello, un pequeño juego. Ella me miró desafiante con una sonrisa parecida a la mía.

—¿Que no? —me agarró del brazo intentando retorcérmelo y di la vuelta sobre mí misma con cuidado intentando liberarme—. Dámelo, Susan. Te lo digo en serio.

—¿Quién es?

—Es mi padre —forcejeó—. ¡Que me lo des!

—Toma, toma. Qué marimandona eres, ¿eh? —se lo di finalmente.

—¡Encima!

—Eres tú la que ha querido subirme a su casa.

—Pues como mínimo tú podrías comportarte.

—Soy una criatura salvaje, no entiendo de modales.

—No, si ya.

—¿No vas a preguntarme nada de lo que ha pasado?

—Pues mira no.

—Vamos... No seas aburrida. Llevabas toda la semana restregándome que yo no era humana y ahora que te lo he puesto en bandeja de plata te niegas a hablar del tema. Espera... ¿No será porque crees que todo esto no ha sucedido en realidad, verdad?

—¿Me ves cara de estúpida?

—No. Pero es lo que suele pasar.

—Ah, que ya has hecho esto más de una vez.

—¿Estás celosa? —adopté un tono pícaro.

—¿Estás tonta? —me imitó, burlándose.

—A decir verdad sí.

—Va, que ya te he traído el alcohol y el yodo.

—¿Alcohol? No pienso dejar que te acerques a mí con eso.

—¿Qué quieres? ¿Que se te infecte? Igual tenemos hasta que ir al hospital para que te pongan puntos. Y vas a ir tú solita porque a mí los hospitales me dan mucha grima y paso.

—¿Puntos?

—Sutura. Que te cosan, vamos.

—Eso no hará falta.

—Pero cómo que no. Que te han apuñalado.

Me levanté la camisa dejando ver las heridas, que estaban casi cerradas.

—Cicatrización casi inmediata —aclaré con una sonrisa.

—Pensándolo mejor, sí. Sí que quiero que me cuentes qué cojones eres y qué ha pasado ahí.

—Recibí tu llamada, moví un par de hilos que me llevaron hasta ti, y te rescaté.

—No estamos en un cuento de hadas para que digas "rescaté" como si yo fuese una princesa en apuros.

—Eras una princesita en apuros.

—Por favor... —replicó con una mueca de asco.

—Y ahora eres una princesita cabreada.

—Eso es de The Mentalist...

—¿Ves El Mentalista?

—Lo veía. Además no estamos hablando de eso. ¿Por qué mataste a ese tipo? ¿No podrías haberle dejado ahí y ya?

—Yo no lo maté —respondí seria.

—¿Te recuerdo que yo estuve delante?

—Sus actos le mataron. Él fue su propio verdugo.

—¿Pero por qué hablas como si esto fuese un cuento? Es irritante.

—Te he salvado la vida, creo que tengo el derecho de hacer lo que me plazca.

—Sí hombre.

—¿Qué crees que soy? —dije cambiándole de tema, curioseando entre los libros.

—Pues así lo primero que se me pasa por la cabeza es que eres un vampiro.

—Lo dices como si aún no te creyeses que lo soy.

—Es que aún no me lo creo, la verdad. ¿No era que a los vampiros no les podía dar el sol?

—Y es cierto. Sólo que en todas partes hay excepciones.

—Y tú eres una de ellas.

—Así es.

—¿Y debería tenerte miedo? —se burló.

—Deberías.

Chasqueó mofándose.

—Te lo digo en serio, Judith. Si yo fuera tú, lo primero que hubiese hecho sería alejarme.

—Pues no pienso alejarme. Y menos ahora.

—¿Qué ha cambiado?

—Te lo diré cuando lo sepa.

—¿De qué son estos libros?

—Cuáles.

—La mayoría de los que tienes aquí. El género.

—Fantasía y demás.

—Así que es por eso. Quieres sonsacarme información de los de mi especie —dramaticé, cachondeándome.

—Uf, sí. Una cosa...

—Nuestra especie tiene una leyenda, como la mayoría, no es nada nuevo.

—¿Nada nuevo? No todos los días se encuentra uno con un vampiro.

—No soy del todo un vampiro.

—¿Y entonces qué eres?

—Ni siquiera yo lo sé.

—Ah, muy bien —se pitorreó.

—Es largo de contar.

—Pues cuéntamelo.

La miré y me quedé en silencio por un momento.

—Se está haciendo tarde. Ya es de noche...

—Quiero escucharlo.

—¿Y si vienen tus padres?

—No están en casa, se han ido de viaje el fin de semana.

—¿Y tu hermano?

—¿Cómo sabes que tengo un hermano?

—Porque hay tres habitaciones, que yo haya visto, y está la puerta cerrada. Si fuera la habitación de invitados estaría abierta.

—No tiene por qué.

—El caso es que he acertado.

—De pura potra.

—De lo que sea, pero he acertado. ¿Entonces estamos solas?

—Sí, y no tengo miedo.

—No seas idiota, no lo decía por eso.

—Venga, cuéntamelo... —puso una voz dulce, muy persuasiva, como una niña pequeña pero a la vez adulta. Le sonreí, y me senté en la cama, junto a ella.