UN ÁNGEL NEGRO.

(Capítulo 10)

—Venga, cuéntamelo... —puso una voz dulce, muy persuasiva, como una niña pequeña pero a la vez adulta. Le sonreí, y me senté en la cama, junto a ella.

Poco a poco fue acomodándose más, medio tumbándose mientras le contaba todo lo que sabía y podía contarle.

—¿Qué quieres saber exactamente?

—¿Por qué te tuviste que ir aquel día?...

—¿En serio? ¿Eso? —reí.

—Me dijiste que fue una orden de un superior. ¿Qué superior?

—Bueno... En la vida siempre hay alguien que manda más y otros que manan menos. Pues en nuestra especie tenemos unos cuantos..., jefes, por así decirlo. Uno de ellos es Marcus, fue uno de los primeros vampiros de nuestra raza. Y después está Viktor, uno de sus descendientes, algo así como su hermano. Cuanto más lejos estás de la sangre de ellos, más débil eres, y cuanto más cerca estás, más fuerte eres.

—¿Lejos? ¿Quieres decir que si te alejas de ellos estás...

—No, no. A ver, no me he explicado bien. Para que alguien te convierta, tiene que morderte, transferirte la ponzoña. Si yo te mordiese a ti, y tú mordieras a alguien, y ese alguien después muerde a otra persona, la última de la fila será más débil porque la sangre de Viktor no ha sido transferida directamente, sino que ha pasado por diversos tipos de sangre, no sé si me entiendes.

—Creo que sí. ¿En qué puesto estás tú?

Sonreí.

—A mí no me mordió uno de ellos en especial.

—¿Cómo que no?

—Me mordieron tres vampiros.

—¿Tres? —exclamó.

—Tres.

—¿Y no moriste?

—Bueno, técnicamente ya estamos... 'muertos'.

Ella me miró extrañada, desvió su mirada por todo mi cuerpo, mi cuello, mis brazos, mi piel y finalmente mis ojos.

—Nunca he entendido eso... Si estáis muertos, ¿cómo es que podéis vivir? Incluso has sangrado cuando te han atacado.

—Cuando un vampiro te muerde, no mueres. Simplemente la ponzoña te consume. Es como una enfermedad. Sigues siendo tú, sólo que menos..., vivo.

—¿Quién te mordió a ti?

Sonreí mordiéndome el labio, suponiendo que no me creería.

—¿Conoces Drácula?

—De Bram Stoker.

—Sí.

—No me digas que...

—Sabía que no me creerías.

—¿Entonces existe?

—Por supuesto que sí. Hay muchas cosas que vosotros los humanos no creéis por el simple hecho de que no podéis explicarlo o nunca lo habéis visto. Tú a mí nunca llegaste a verme y sin embargo existía. ¿No es así?

—¿Pero existes?

—Judith, ¿me lo estás preguntando en serio?

—Es que yo ya no sé ni qué pensar.

Rei.

—No te preocupes, es normal. Muchos incluso se desmayan al enterarse.

—¿En serio?...

—No.

Me golpeó sin hacerme daño, y yo le sonreí.

—¿Qué más?... —me preguntó.

—¿Te refieres a quién más me mordió?

Asintió.

—Drácula fue el primero. Después me envió aquí por una extraña razón que desconozco, y encontré a Viktor, al que no le faltó tiempo para saber lo que era. Imagínate, Drácula es uno de los primeros vampiros reales. Su sangre circulando por mis venas —negué mordiéndome el labio, recordando—. Me vieron como un manjar. Pero no quisieron convertirme, quisieron utilizarme para fortalecer a sus víctimas, a sus..., 'hijos'.

—¿Y qué hicieron contigo?

—Oh... Intentaron muchas cosas. Pero ya sabes, como te he dicho antes, cuanto más cerca estás de la sangre, más fuerte eres. No podían acercarse a mi cuerpo por el simple hecho de que mi sangre les era más que una droga. Si me mataban no podían aprovecharlo, y si intentaban acercarse para coger la sangre que necesitaban, el olor les volvería completamente locos, probarían de mi hasta exprimirme cual naranja.

—Y si no podían acercarse a tu sangre, ¿cómo te convirtieron?

—Con mucho esfuerzo —asentí.

—¿Te importa si me tumbo?

—Por favor, estás en tu cama.

—Sigue contándome. ¿Cómo lo hicieron? —se tumbo.

—Con rapidez. Primero se acercó Marcus, y después Viktor. Les costó trabajo parar, no imaginas cuanto.

—¿Cómo crees que lo consiguieron?

Me quedé con la mirada perdida en algún punto de esa habitación, más oscura que al inicio de esa conversación, pues era tarde, muy tarde. Recordé aquel momento pero sin permitir que mi mente me dejara verlo de nuevo. Las voces y los gritos, tanto míos como los de Marcus y Viktor hacían eco en mi cabeza. Cerré los ojos para concentrarme en responderle y terminar ya con eso.

—Tuve que meterme en sus mentes.

—¿Pero no decías que no podías hacerlo siempre?

—Este era un caso especial. Además, lo que te dije que no podía hacer, era leerlas. No es lo mismo aunque parezca que sí. Puedo manipularlas, hacer lo que yo quiero que hagan. Pero leerlas es algo mucho más distinto que sólo puedo hacer en algunos casos. Cuando estoy en peligro lo consigo. Por eso hoy cuando te vi ahí con ese tipo, pude..., hacerlo. Pude meterme en su mente. Y no solo meterme, sino manipularla, desquiciarla...

—Pero tú no estabas en peligro.

—¿Cómo que no? Mi vida estaba en peligro.

—¿Tú vida? —alzó las cejas, indignada.

—Mi vida.

—Lo que tú digas.

Sonreí al saber que no lo había comprendido.

—¿Quieres que continúe?

—Sí, bueno —dijo esta vez más pasota.

—Lo que ocurrió no fue lo que esperaron. Cuando lograron parar, sentí como todo mi cuerpo ardía por dentro. Dos mordeduras en un mismo minuto es algo extremo incluso para un vampiro. No sé bien lo que ocurrió en mi interior, pero sé que fue algo espantoso.

—¿El qué?

—No lo sé —dejé de mirar a mis rodillas para mirarla a ella—. Y creo que prefiero no saberlo...

—Pero... ¿qué pasó luego? ¿No notaste nada diferente?

—Creo que..., morí.

Se quedó en silencio.

—Viktor y Marcus se arrepintieron al instante de haberlo hecho. Discutieron entre ellos. No sé bien lo que decían, lo oía todo lejano, como si estuviera a punto de desmayarme. Sentía que el cuerpo no me pesaba, era como...

—¿Como...?

—Como si algo dentro de mí se estuviese desprendiendo de mi cuerpo. Como si lo que quedase de mi alma, se alzara para marcharse.

—¿Entonces estás muerta ahora?

Negué lentamente mirando de nuevo a la nada.

—No sé qué pasó entonces. Me..., inyectaron algo. Pude sentir un líquido ardiente por mi brazo. Algo que llegó hasta el hombro. Fue un impacto, como si una bocanada de aire cayese sobre ti y de pronto pudiese respirar como nunca antes lo había hecho. Me erguí de un resorte, sentada en aquella camilla. Todo estaba lleno de sangre, ellos me miraban angustiados, preocupados. Creo que ni ellos mismos sabían qué ser habían creado.

—¿Qué eres?...

La miré y le dediqué una leve sonrisa.

—Si te lo cuento ahora no vas a dormir en toda la noche.

—¿Y quién te dice a ti que yo quiero dormir?

—Vas a dormir porque sino me iré.

—No me voy a dormir sólo por decirme que si lo hago te irás.

—No te he dicho eso. Es más bien lo contrario.

—¿Y si me duermo qué harás? ¿Me morderás?

—No —sentencié seria e incluso molesta—. Nunca te haría eso.

—¿Es algo malo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Haré una lista de cosas negativas y positivas sobre esto, y entonces te la daré y tú misma deducirás por qué.

—Me parece bien.

—Y a mí.

—¿Estás enfadada?

—No.

—Pues lo pareces.

—Tú parecías odiarme hace días.

—Qué exagerada.

—No es verdad. No lo soy. Digo la verdad. Siempre.

—¿Ah, sí? —preguntó con una voz pilla.

—Confiaré en que no me pondrás en una situación comprometida.

—Sabes que sólo con eso ya me hubieras respondido a cualquier duda, ¿no?

—Depende de la duda que sea.

—¿Te has metido en mi mente?

—No.

—¿Porque no puedes?

—No. Porque no lo necesito.

Alzó las cejas con una sonrisa leve.

—¿Qué?

—Nada, nada —suspiró y bostezó después.

—¿Tienes sueño?

—Depende.

—¿De qué?

—De si te vas a ir o no.

—Ya te he dicho que no voy a irme, Judith. Duérmete.

—Dormir es perder el tiempo.

—Pues yo lo echo de menos.

—¿No duermes?

—¿No decías que habías leído Drácula?

—¿Acaso todo lo que pone en ese libro es cierto?
—Algunas cosas no. Ya te he dicho que yo soy diferente a los demás vampiros.

—¿En qué sentido?

—Joder, Judith. Me mordieron tres vampiros. Dos de ellos de una especie diferente, y me inyectaron a saber el qué. No puedo saber lo que soy porque se niegan a contármelo.

—Vale, vale, tranquila...

—...

—Pues entonces tiene que ser algo horrible.

—Gracias, eso me tranquiliza mucho.

—No pretendía-

—Lo sé, no te preocupes. Sólo duerme.

—Pues cuéntame más para que me entre sueño.

—¿Para que te entre sueño?

Asintió cerrando los ojos.

—Si te entra sueño cuando te cuanto algo es porque te aburre.

—¡Eso no es verdad! —dijo sin abrir los ojos.

—Pues a mí es lo que me han enseñado toda la vida.

—¿Cuántos años tienes?

—18.

—Me refiero en general.

—18.

—¿Pero los vampiros no sois muy viejos?

—A mí me convirtieron el año pasado.

—Entonces tienes 19.

—No llegué a cumplirlos.

—Pero si te convierten cuando tienes 18 y pasa un año, entonces tienes 18 años humanos y 1 año vampírico, entonces tienes 19 años en total.

—¿De dónde te has sacado eso? —comenté divertida.

—De ningún sitio, es pura lógica.

—Una lógica un poco extraña.

—Para nada, es completamente racional.

—Lo que tú digas.

—Venga, cállate ya y cuéntame más.

—…

—Susan.

—…

—Susan...

—...

—¡Susan!

—Dime.

—¡Que me lo cuentes!

—Has dicho que me calle.

—Agh, de verdad. ¿Eres idiota, o?

—Insultarme no es la mejor manera de conseguir que haga lo que tú quieras, ¿sabes?

—Ale pues no me lo cuentes.

—Vale.

—...

—...

—...

—...

—¡Susan...! —se quejó con un tono agudo y voz de niña pequeña.

Sonreí.

—Dime, Judith...

—¡Que me cuentes eso!

—Pues pídeme perdón.

—No.

—Pues entonces no te lo cuento.

—Pero que te pida perdón no va a cambiar nada.

—¿Cómo que no? Claro que cambiará. Me hará sentir mejor a mí y a ti.

—A mí no me va a hacer sentir mejor pedirte perdón.

—Pues no lo hagas por ti y hazlo por mí.

—No.

—Buenas noches, Judith —me levanté, pero en seguida sentí cómo su mano me agarraba del brazo. Sonreí.

—Que no.

—¿Que no qué?

—Que no te vas.

—Estoy yéndome.

—No, no te estás yendo.

—Porque no quiero tirarte de la cama.

—No puedes tirarm-

Hice fuerza y la moví de pronto, dejándola justo al borde de la cama.

—VALE VALE —gritó asustada pero divertida.

—¿Me vas a pedir perdón?

—Perdón —dijo con un tono extravagante, sin sentirlo.

—Eso no me vale. No lo has dicho de corazón.

—Vete a la mierda.

Volví a repetir la acción, tirándola de la cama esta vez.

—¿De qué vas? —me dijo desde el suelo.

Reprimí una carcajada y coloqué mi dedo bajo mi nariz, como si así pudiera aguantar mejor la risa.

—Pues a mí no me hace ninguna gracia —dijo cabreada, mientras se subía a la cama otra vez.

—Si tú no hubieses sido tan egoísta conmigo, yo ahora no lo sería contigo y me sentiría mal por ti.

—Eres una rencorosa.

—Tú también lo eres. Cada vez que nos peleemos o tengamos alguna discusión me sacarás lo que acabo de hacerte ahora sin sentido alguno.

—¿Y tú qué sabes?

—Lo sé, tiempo al tiempo.

De pronto vi una sonrisa pícara e insidiosa dibujarse en su rostro, estaba planeando algo contra mí, y le dejaría hacer.

—¿Qué estás planeando?

Me agarró del brazo tirándome en la cama, con ella y se puso encima mía, sacando de debajo de su almohada una bufanda de color azul marino. Forcejeé fingiendo que no quería aquello, pero no me molesté mucho en hacer fuerza.

—¿Qué estás intentando hacer?

Se movió ágil y grácil sobre mi cintura, atándome las manos por encima de mi cabeza, y para asegurarse aún más, apretó mis muñecas contra la almohada.

—¿Ahora qué, eh? —me preguntó jactanciosa.

—Tú me dirás.

—Que no puedes moverte.

—Curiosamente a ese detalle ya había llegado yo.

—Sé que te reconcome por dentro no haber podido evitar esto.

—¿Eso crees?

—No lo creo, lo sé.

Me reí. Me reí de ella, mirando hacia otro lado.

—¿Qué? ¿De qué te ríes? —dijo algo alarmada, pensando que me reía porque sabía cómo liberarme. Y pensando que lo haría cual vampiro astuto y sigiloso.

—De que no tienes ni idea de nada.

—No soy yo la que está atada sin poder moverse.

—¿Crees que puedes detener a un vampiro con una —alcé la cabeza, inclinándola hacia atrás para determinar el color—, bufanda de color azul marino?

Alzó las cejas enojada y retiró la mirada.

—Eh, mírame.

—No.

—Mírame, Judith.

—Que no.

—Mírame —susurré.

—No te voy a mirar, Susan.

—Ya lo has hecho.

Me miró, para reprocharme que no lo había hecho, pero en seguida al ver mi sonrisa traviesa, se dio cuenta de lo que pretendía y entonces volvió a retirar la mirada.

—Estás muy mona cuando te enfadas.

—Uy sí, una cosa...

—¿Por qué piensas que no eres guapa?

—¿Porque no lo soy? —me contestó con un tono vacilante, algo repelente.

—Sí lo eres.

—Venga, que sí.

—¿Puedes liberarme?

—Puedes hacerlo tú solita.

—Quiero que lo hagas tú.

—No. ¿Para qué?

—Lo sabrás cuando lo hagas.

—Pues me quedaré con las ganas de saberlo.

—No podrás.

—¿Que no?

—Tenemos toda la eternidad para saberlo. Yo al menos. Pero tú necesitas dormir, comer...

—¿Qué pasa si te suelto?

—Tú misma has dicho que me puedo soltar cuando quiera.

—¿Y?

—Suéltame, Judith...

Me miró fijamente.

—Suéltame —le susurré persuasiva, con una suave voz.

—No te voy a soltar, Susan...

—Lo harás, porque cuando lo hagas no te arrepentirás.

—Me arrepentiré. Sólo por decirme eso ya sé que me voy a arrepentir.

—¿No lo sientes?

—¿El qué?

—Mírate... Tus párpados.

—¿Qué le pasan a mis párpados?

—No seas absurda, no puedes verte los párpados. Pero yo sí... Están cada vez más abajo. Tienes sueño, y tu cuerpo sí lo siente. Estás cómoda sobre mi regazo porque sientes mi cercanía y eso te gusta. Ahora sentirás mi brazo circulando por tu muslo hasta tu brazo, y descansará en tu mejilla izquierda sonrojada por estas palabras. Tienes sueño y necesitas descansar, sabes que no me voy a ir.

No voy a dejarte. Sabes que no podría hacerlo. Sabes que no lo haré...

Sus ojos se cerraban lentamente, y sus muñecas perdían fuerza. Comencé a soltarme muy lentamente mientras seguía hablándole.

—Vamos... Quieres dormir, quieres que yo esté a tu lado cuando lo hagas. Que coloque tus cabellos tras tu oreja, que te acaricie mientras sueñas con esa playa y ese sol que calienta tu cuerpo. Estás allí, y yo estoy a tu lado, siempre...

Sus ojos se cerraron, y se desplomó cuidadosamente sobre mí. Cerré los ojos enterrando mi mano en sus cabellos y los separé de su mejilla, respirando el aire de su piel.

—Buenas noches, Judith... —me giré para que ella cayese lentamente en un lado de la cama. Con lentitud, para no despertarla, y me quedé tumbada de lado, mirándola. Coloqué uno de sus ensortijados mechones tras su oreja y sonreí sintiéndome en paz por primera vez en mucho tiempo.