Nota: Acercamiento , ya ya, saludos.

Capitulo Vlll : La sorpresa

Lo peor de toda mi estancia llegó con las vacaciones de Navidad. Echaba de menos el lago, al que iba con Elsa casi todas las tardes, echaba de menos a Gale, e incluso un poco a Iván, pero no demasiado. El hecho de que compartiera más ratos con Elsa había hecho que nos distanciáramos por su evidente odio subyugado. Echaba de menos las tardes de Tenis en el patio, y estar tan cerca del bosque, de la nada. Volver a la ciudad me hacía sentir humano otra vez, y eso me sentaba bien, pero aquí en casa no puedo ver a Elsa.

-¿Quieres postre?

-No. -Le contesté a mi madre con la cara aplastada contra mi mano, mientras jugaba con el último guisante del plato, intentando pincharlo con el tenedor. Rodaba y huía de mi poderoso tridente de cuatro puntas, girando sobre la superficie de la cerámica para salvar su vida.

-¿Qué te pasa? ¿Estás bien? -Se sentó frente a mí y me miró con preocupación.

-Sí, pero no quiero postre. -Tras unos segundos retiró el plato, haciendo que mi atención se fijara totalmente en ella.

-No te han gustado tus regalos de Navidad, ¿es eso?

-Que no, mamá. Me encantan mis regalos de Navidad. -Repuse desganado. Lo cierto es que no recuerdo qué me regalaron por Navidad, y fue hace dos días. ¿O tres?

-Entonces ¿qué te pasa? Y no me vuelvas a contestar que nada porque no es cierto. -Recorrió mi pelo con los dedos y luego acarició mi mejilla. -¿Va todo bien en ese colegio? ¿Te pasa algo con alguien? ¿Te tratan mal? -Yo negué con la cabeza mirando al plato. Ella se sentó acercó su silla a la mía y me envolvió con los brazos. Me besó la cabeza y se quedó así un rato. Supongo que pensó que sufría, y supongo también que no tuvo el valor de seguir preguntando por qué.

( coeur de pirate - Place de la République )

Me eché sobre la cama, con las manos detrás de la nuca. Ese colchón me quedaba grande, o quizás yo era demasiado pequeño cuando se trataba de acordarme de Elsa. Me tapo la cara con las manos y bufo de pura frustración. ¿Qué es lo que me pasa? ¿Qué podría haberme sucedido en apenas dos meses para sentirme como me siento ahora? ¡Estoy totalmente loco! Me gusta una chica, una chica que apareció de la nada, sin que yo la esperara. Y simplemente está ahí, haciendo imposible que yo pueda dormir, haciendo imposible que pueda comer, o hacer otra cosa que no sea esperar a estar cerca de ella. ¡Parece no importarle que yo sea tan vulnerable! Quizás ni siquiera se dé cuenta de cuánto la necesito para no enfermarme de angustia. ¡Ojalá pudiera controlar lo que me pasa! El caso es que, esté donde esté, si no estoy con ella, es vacío, es sin sentido.

Amaneció y yo estaba sentado mirando hacia la ventana. No había podido descansar de tanto pensar, y lo sentía en la pesadez de mis párpados que, testarudos, insistían aún en permanecer abiertos. Apoyé los antebrazos, uno sobre otro, en la cornisa, y mi barbilla sobre el tope de esa montaña. Me vestí y salí a caminar por el parque después de desayunar. Apenas quedaba una semana para volver a verla, y dentro de mí pasaba como un milenio entero. Me senté sobre el césped a deshojar una flor. No era una flor bonita, las flores bonitas no sobreviven al invierno.

¿Qué sucede si se lo digo? Me pregunté acariciando los toscos pétalos de aquella gorda flor. Si se lo digo, me odiará. No querrá ser mi amiga, jamás. Hay otras chicas que no se alejarían de mí. Si se lo digo ya no volveré a ser uno de la logìa. Puede que eso sea bueno. Me cambiarán de habitación, y las chicos no podrán seguir hablándome, Elsa me evitará, y quizás algún día esto se me pase. Solo por tenerla lejos, tiene que irse. ¡Le pediré a mamá que me deje volver a casa e ir a un colegio normal!

-¡Jack! -Si se lo digo puede que deje de existir, porque es un instituto muy grande. Si se lo digo, desaparecerá, y puede que eso me convenga. -¡Jack! -Esa es su voz. Qué bien suena en mis recuerdos. -¡Jack! -Levanto la cabeza por el placer de imaginármela cerca de mí, tan lejos de nuestro lago, por el placer de verla caminar hacia mí en un lugar en el que nunca nos encontramos. Mi mente juega a juegos sucios conmigo. Es ella, viene hacia aquí. ¡Es ella! Sonríe, sin adivinar todo lo que se cruza por mi mente. Dejo ir la flor separando los dedos, y me pongo de pie rápidamente para recibirla, para ser la meta de ese alegre y ligero andar. Sonrío. Su pelo rubio no brilla, no hay sol. Pero su sonrisa sí que brilla, como nunca.

-¡Elsa! -Exclamo con la boca distendida. -¿Qué haces aquí? -Pregunto descolocado, como si le preguntara cómo ha conseguido meterse en mis sueños. Y en mi cabeza.

-He llamado a tu casa, tu madre me dijo que habías venido a pasear a este parque. -Se detiene frente a mí, y me quedo de piedra. Ya no soy el chico rebelde. Ya no soy el chico de las bromas pesadas. Ahora me siento sin pasado, sin armadura, me siento débil y avergonzado. Se me acelera el corazón.

-¿Has llamado a mi casa? -Consigo mascullar con una sonrisa. -¿Cómo has conseguido mi número? -Ella se encoge de hombros y levanta una ceja.

-Tengo mis contactos. -Afirma. Es una chica inocente, es pulcra, es buena, es frágil. Pero yo, que soy tonto y me he incrustado de ella, le cedo toda la fortaleza que tengo frente al mundo, y la transformo en la soberana de toda mi voluntad.

-¿Por qué has llamado? -Ella se siente libre y se sienta donde yo había estado antes de su llegada. La sigo y me tumbo junto a ella.

-Todo es un aburrimiento en casa… , no tenemos lago. No estás tú para escuchar mis interesantes charlas y mis respuestas perspicaces y bueno… Vine a ver a unos tíos que viven aquí. -Sonreí.

-No tenías mejor plan, ¿verdad?

-Claro que no. ¿Quién mejor que alguien a quien el lago le parece tan maravilloso como a mí? Casi todas las chicas de la logia viven cerca de aquí pero no me imagino teniendo con ellas ninguna charla que no sea sobre chicos o moda de temporada.

-¿Y de qué esperas hablar conmigo?

-No lo sé. Nada en concreto. Simplemente me gusta, pareces totalmente honesto, y me gusta la gente honesta. -Dejo de examinar su rostro, al que tanto había echado de menos, y mis ojos caen clavándose en la hierba bajos sus piernas. Volteo la cabeza, y allí, a lo lejos, miro una fuente sobrevolada por palomas.

-¿Qué tal han ido tus fiestas de Navidad?

-¡Buf! -Exhaló. -Horribles. Aburridísimo, me regalaron puros suéteres de abuela.

-A mí también. -Hice una mueca. -Hasta con bastón integrado -Bromeé. Ella río y me miró. Quiero decirle que la he echado de menos, pero no quiero que sepa cuánto.

-Eres tonto. -Sonrió.

-No eres la única que lo piensa. -La miré. -Pero eres la única a la que esa idea le parece divertida. -Me dedicó una mirada de esas que parece que te atraviesan como una bala. -Echaba de menos que alguien se riera de lo tonto que soy.

-Yo también echaba de menos que alguien me hiciera reír con sus tonterías. -Sonreí y volví a mirar a aquella fuente que parecía estar a mil kilómetros. Hacia tanto frío que no había nadie en la calle. -Conozco un lugar. No está muy lejos de aquí.

-¿Un lugar como el lago?

-No. -Sonríe. -No es tan especial. Pero también es tranquilo y bonito.

-¿Prometes no salir corriendo esta vez? Está oscureciendo y no quiero que te pierdas. -Ella sonríe mientras camina dando saltos por el parque vacío.

-¿Tienes miedo de que te deje solo? -Se burla balanceando los brazos.

-No… No tengo miedo. Es solo que no quiero que te pierdas.

-¡No voy a perderme! Serás tú el que se pierda en cualquier caso.

¿Cómo es que ella conoce mejor mi propio barrio , que yo?

-Eres una mocosa. -Le digo.

-¡Habló el maduro!

-Soy muy maduro. -Confirmé viendo cómo me adelantaba para colarse en un callejón en forma de cuesta que llevaba a un lugar de mi ciudad que jamás supe que existiera.

-Hmm… -Murmuró. -El sexo hace maduros a los chicos, ¿no es cierto?

-No. No es cierto. Yo soy muy maduro y solo he tenido sexo unas… hmm… ¡tres veces!

-¿Con quién?

-¡Pues con mi novia!

-Vaya … -Meditó girando la cabeza, sin interrumpir la escalada, y dedicándome una divertida mirada. Me siento tan expuesto, como si pudiera leerme la mente.

-¿Y quién te gusta ahora? -Insiste poniendo un pie en la cima de aquella inclinada callejuela y contemplando un paisaje que permanecía oculto para mí. Luego se sienta y me ve llegar junto a ella. Frente a nosotros hay un enorme barrio de pequeñas casas cuyas ventanas brillan con luces amarillas. Siento como si las estrellas estuvieran a unos metros de distancia, como si estuvieran guardadas en esas casas.

-¿Cómo encuentras estos sitios tan bonitos? -Pregunto, asombrado

-Pues… ¡Buscando! -Ríe. -Es imposible encontrar algo si no lo buscas. -La miro a escondidas, mientras en sus ojos se refleja el dorado fulgor que desprende este pequeño barrio ante nosotros. -¿Ya has dado tu primer beso de año nuevo? -Susurra, mirándome con naturalidad. Parece simplemente que esa pregunta no la pone igual de nerviosa de lo que me pone a mí viniendo de ella.

-No. -Confieso. Con un nudo en la garganta. -¿Y tú?

-Yo tampoco. -Musita. Nos quedamos en silencio un rato. Es un rato que disfruto, pero que me hace sentir miedo. Un miedo casi placentero. -Tengo una cosa para ti. -Me dice.

-¿Y qué es?

-Una sorpresa. -Me dedica una mirada fugaz y se encoge de hombros.

-No me gustan las sorpresas. Me ponen nervioso.

-¿Por qué?

-Porque me hacen sentir inseguro y tener miedo.

-No es nada malo, en realidad. Pienso que te gustará. -Me dice. -Iba a esperar hasta volver al lago, y dártela allí. -Pero no he podido pensar en otra cosa durante todas las vacaciones. -Paso saliva.

-¿Y cómo sabes que me gustará?

-Tengo mis contactos. -Repitió, haciéndome sonreír a pesar de mis nervios.

-¿Cuál es la sorpresa?

-No, primero cierra los ojos. -Los cierro. Porque tengo miedo. Porque siento que sé lo que sucederá, y me cuesta afrontarlo, porque aún así lo veo demasiado lejano. -¿Los tienes bien cerrados?

-Sí.

-¿No ves nada de nada?

-Nada de nada.

-¿Seguro?

-Sí. -Exhalé. Sentí viento frío golpearme la cara. Y después sentí sus manos frías posadas sobre mis mejillas. Iba a suceder. Fue rápido, fue corto, pero fue suave como me lo imaginé en mis mejores ensoñaciones. Fueron sus labios en contacto con los míos, a pesar del frio de ambos, ardió y se sintió tan delicioso. Se alejó inmediatamente después, y yo abrí los ojos para descubrir su expresión de despreocupación. Como si aquel fuera su primer beso, como si supiera que yo me moría por él. La miro, sonrío. Ella sonríe. Vuelve a clavar sus ojos en aquellas casitas, y yo la imito. Su mano encuentra la mía, y nos quedamos así, con las piernas colgadas en esa cornisa imaginaria, y nuestros cuerpos unidos a través de nuestros dedos.