Nota: Esto ya se coció (?), saludos a todos y déjenme sus comentarios (L)

X: Confesión

Fueron semanas terribles. Guardarme toda aquella información era como tragar ácido. No quería comer, no podía dormir, y ver a Ivan rondando cerca de mí me daba auténtico pánico. Sabía que lo mejor era esperar a que se me ocurriera algo antes de decírselo a Elsa. Gale me había dado su palabra de que no diría nada a cerca de lo que ambos sabíamos y me prevendría si algún ataque se ponía en marcha. Era evidente que Ivan quería destronar a Elsa, pero era inteligente y demasiado prudente como para actuar de forma tan precipitada. Ahora que Burdina sabía de la existencia de la logia tenía a alguien más de su parte y no le quedaba más que esperar a las circunstancias oportunas para rematar su estrategia.

Todo me causaba inseguridad. Moverme, hablar, e ir al lago con Elsa. ¡Todo se había transformado en horror! No podía hacer las cosas que más me gustaban, y en cada beso a escondidas, en cada sonrisa, sentía la mirada de Ivan clavada en mi nuca. Gale insiste en que no lo sabe, pero es mucho más listo de lo que todos piensan. Ivan lo sabe todo, y se limitará a recopilar información útil hasta poder utilizarla en nuestra contra.

(The Weeknd - High for this)

Sin embargo, y entre tanto pavor, había algo que salía a la superficie y reinaba más alto que todas aquellas miserables sensaciones. Era Elsa. Y me hacía sentir como que nada más importaba además de nosotros dos, que estábamos juntos, que nada podía con nosotros. Y gracias a ella, los meses se pasaron volando, y una nueva amargura me amenazaba: las vacaciones de Semana Santa. ¡No podía creer que acabara de volver de las de Navidad y ya tendría que dejar de verla durante otra semana! Era injusto que dos meses y medio se hubieran pasado como dos días. Me senté en la cama, cuando hubo oscurecido y el toque de queda se hubo impuesto y miré por la ventana a ver si veía a Gale llegar de dondequiera que se hubiera metido. Eran cerca de la una y aún no regresaba... Empecé a preocuparme. Pero lo oí entrar en la habitación y pude echarme sobre la almohada y relajarme, y ver si esa noche sí podría dormir. Cuando levanté la cabeza, vi que no era Gale.

-Eh, ¿qué haces aquí? -Susurré casi con desesperación en aquella oscuridad que me ahogaba. Ella no dijo nada, se acercó lentamente, como si sus pies no estuvieran pegados al suelo. Se tumbó sobre mí y se desvistió sin decir una palabra. Ella llevaba un pequeño porro entre los labios dándole caladas intensas, y yo solo la miraba atónito -Elsa... -Alcancé a susurrar. Se irguió y me miró a los ojos. En silencio.

Volvió a encorvarse con el blanco torso desnudo. Acaricié su espalda, que era una hoguera de hilo, y fingí que no me sorprendía su visita. Jamás había sentido así de cerca a nadie a quien deseara tanto, y con tanto cuidado. En ese momento controlaba todo en mí; mis manos, mis movimientos, e incluso mis pensamientos, si acaso ella pudiera leerlos, y, aunque pudiera, a mi cabeza solamente venían ideas sobre lo precioso y perfecto que era el momento en que nos entregáramos hasta aquel punto. Se tumbó boca arriba y terminamos de desnudarnos. Me posé sobre ella como se posaría una pluma sobre una burbuja de jabón, para no romperla, para dejarla flotar. La miré a los ojos otra vez, la acaricié, me puso el pequeño porro en los labios y aspire tan fuerte que sentí como me ahogaba por dentro, después me tomé unos segundos para tomar conciencia de que estaba ahí, conmigo, y no podríamos estar más cerca sin ser uno mismo. Sonreí, y ella me imitó.

-¿Estás segura? -Le pregunté, asegurándome de que supiera que, aunque fuera un no, yo seguiría igual de feliz.

-Sí, quiero hacerlo. -Dijo. Y sus labios temblaron, pero no sus manos. Mis pupilas se asomaron por sus clavículas de plata y su nerviosa respiración hizo que su pecho temblara. Besé sus labios, y luego su mejilla. La acaricié y sujeté su mano. Se aferró a ella como si fuera a caerse al abismo si la soltara.

Notaba la aprensión que sentía a que su voz retumbara en la habitación, y enmudecía sus cantos de victoria cada vez que me mecía sobre ella. Pero sus manos me hablaban, y se clavaban en mi espalda para decirme que ella deseaba aquello tanto como yo. Y cuando ya no pudimos soportarlo más, la vi explotar, y su nariz arrugarse; su mandíbula descender y un sordo aliento escapar de entre sus labios. La miré, disfrutando de aquel momento, y luego acaricié su nuca. Abrió los ojos. Parecía que los había tenido cerrados durante toda su vida. Sus pupilas decrecieron al tamaño de dos puntos, como las de un gato. Y sonrió. Y tembló.

-Eh. -Sonreí yo también.

La envolví con las sábanas y con todo mi cuerpo, nuestros cuerpos ardían.

Entrelazamos los dedos.

-¿Cómo estás?

-De maravilla. -Sonrió. Y luego rió. -¿Y tú?

-Mejor que eso. -Ella se giró y me miró con cierta indignación.

-¿Qué se siente mejor que la maravilla?

-Hmmm... No sé. -Me encogí de hombros. -No sabría decirte porque nunca me había sentido así. A partir de ahora, cuando me sienta incluso mejor de lo que cualquiera puede imaginar, diré: "me siento como cuando estoy con Elsa", y eso ya será... ¡buff! ¡Lo máximo! -Ella se echó a reír.

-¡Pero qué tonto eres! -Sonreí y posé los labios sobre su hombro. Presentí que su mirada, al igual que la mía, se había perdido en el juego que tenían delante de nuestros cuerpos nuestras manos enlazadas. -No quiero irme de vacaciones de Semana Santa...

-Yo tampoco. ¿Y si nos fugamos? -Bromeé. Ella sonrió con la boca, pero no con los ojos.

-Estás loco.

-Lo sé. Pero desearía no tener que separarme de ti nunca. Pienso que en un par de horas empezará a amanecer y te tendrás que ir otra vez, y después desayunarás con tus amigas, y nos ignoraremos todo el día hasta que quizás vayamos al lago.

-A mí también me gustaría estar siempre así. Pero ¿te das cuenta de lo que ocurriría si nos descubren? -Resoplé.

-¿Qué cosa tan mala podría ocurrir? ¿Te avergüenza que la gente lo sepa?

-No es eso... -Balbuceó. -Pero si se enteran las monjas, además de expulsarnos, se lo dirían a nuestros padres. Y sería bochornoso. -Volví a encogerme de hombros.

-Nos darían la charla de siempre. Quizás unos cuantos días de encierro para pensar en lo que hemos hecho, pero, al final, siempre está en nuestras manos decidir. ¿No?

-Claro que sí. Yo te quiero. Te amo. Y quiero estar contigo, es por eso que nadie debe saberlo. Debemos protegernos, porque cuando se sepa, querrán hacernos daño, querrán separarnos.

-Lo sé. -Ella volvió a girar la cabeza en mi dirección y me miró.

-Sabes cuánto te quiero, ¿no?

-Me hago una idea. -Sonreí con cierta desgana.

-¿Y tú me quieres a mí?

-Claro que te quiero. -Respondí clavándole las pupilas en los ojos.

Y ella se marchó en cuanto amaneció. A mí volvieron a inundarme las ganas diarias de no tener que fingir que no quería estar todo el tiempo a su lado. Y me entretuve jugando Tenis, y dando paseos con los chicos en el patio del fondo. Traté de no pensar en ella hasta que llegara la hora de la siesta, y todos desaparecieran, incluídos nosotros dos. Allí atrás, en el lago, nuestro lugar. La alegría que suponía tenerla y que me tuviera era imposible de eclipsar, pero la charla de aquella madrugada me había dejado la enorme inseguridad de que quizás ella se avergonzara de quererme, de sentir lo que sentía por mí. Y en realidad no podía culparla, ni tampoco evitar que me sentara mal.

Y aquella tarde me adelanté de camino al lago, confiando en que ella sabría que yo estaba ahí. Ahora que conocía sus inquietudes, había llegado a la conclusión de que lo más justo era contarle todo. Decirle a Elsa lo que Gale me había confesado había sido una de las cosas más difíciles que había tenido que hacer desde que estaba en ese internado. Al escucharme, fue como si su cuerpo se vaciara de carne, de alma, y solo quedara una estatua de ojos perplejos mirándome como si le hubiera clavado un cuchillo en la boca del estómago. Me sentía horrible, culpable, y solo deseaba poder volver atrás.

-¿C-cómo que se lo has dicho? -Masculló frunciendo el ceño.

-Es que... Pensé que lo sabía y...

-Oh, Dios. -Se llevó las manos a la cabeza y se sentó en una piedra, destruída. -No puede ser... No puede ser. -Musitó cerrando los ojos. Intentaba salir de esta realidad, o meterse en alguna que no supusiera su peor pesadilla.

-¡Pero solo lo sabe el! Y te prometo que fue un accidente... Si acaso me hubieras dicho que fuiste a interrogarlo, habría sabido que no debía decir nada. -Ella, con el ceño fruncido, alzó la cabeza y me fulminó al mirarme.

-¿Estás diciendo que es mi culpa?

-¡No! Yo...

-¿Y entonces por qué has dicho que no habría sucedido si yo te lo hubiera contado? -Me interrumpió. Y me di cuenta de que vendrían muchas interrupciones más.

-¡Solo lo he dicho para que supieras que no lo he hecho a propósito, ni con la intención de contárselo! -Resopló. Las piernas le bailaban de puros nervios.

-¿Por qué no me lo has dicho antes? Cuando sucedió, por ejemplo.

-Porque no quería que te enfadaras e hicieras alguna locura que nos perjudicara aún más. -Tenía los ojos llenos de furia. Su ceño volvió a arrugarse.

-¿Disculpa? -Inquirió poniéndose de pie. -¿Qué clase de mocosa estúpida te crees que soy para ir por ahí actuando con impulsividad? Llevo tres años controlando todo esto. -Dijo alzando los brazos. -Y no he cometido ni un solo error. ¿Con qué derecho me ocultas información? -Me quedé perplejo. No sabía qué contestar. Me sentía peor incluso que antes. No sabía qué de todas las estupideces que había hecho había conseguido ponerla así. Pero tenía miedo. No conocía esa faceta de Elsa. Negó con la cabeza, apretando los puños, y me esquivó mientras daba zancadas de vuelta al edificio.

-¿Qué vas a hacer?

-Nada que te incumba. -Respondió antes de desaparecer entre los árboles.