NOTA: Lo siento muchisimo por la tardanza, pero tenia demasiado trabajo este es el penúltimo capitulo que lo disfruten de mi exageración.
XII: La carta
Yo estaba flotando. Intenté calcular cuánto tiempo había pasado desde que se había largado enfadada conmigo y con el mundo por hacerla presa de un romance prohibido. Todo está muy frío, y me duele tanto que ya ni me duele. Pero Elsa está aquí, y solo quiero sonreír.
-¡Basta! -Gritó. Inmediatamente me soltaron. Es natural... A pesar de todo ella sigue siendo la soberana. Y diga lo que diga, será. No veo nada a mi alrededor, y ni siquiera puedo reaccionar cuando tiran de mí. Estoy fuera del agua y el viento que me golpea hace que vuelva a sentir dolor. Mi piel no puede dar más de sí. Está tan fría y pétrea que creo que en cualquier momento va a romperse, o a rajarse. Ahora estoy de vuelta sobre la tierra, y tengo la cabeza recostada sobre algo cálido. Pestañeo y abro los ojos con dificultad.
-Gale. -Incluso sonrío. Me alegra verlo ahí.
- -Lo siento mucho, perdóname. -Yo sigo sonriendo. Alguien envuelve mi mano inerte y húmeda.
-Ya estoy aquí. -Me susurró. Es Elsa. Elsa está conmigo.
-Vaya, la que faltaba en la fiesta. -Dijo Ivan poniéndose de pie y cruzándose de brazos. -¿Tú también quieres bañarte?
-Cállate. -Le ordena mi valkiria. -Eres un asqueroso chiflado y solo deseo que te mueras.
-Seré un asqueroso chiflado, pero al menos no soy un rey derrocado. -Elsa no le responde. Sigue concentrada en darme calor. Pero sé que eso que ha dicho Ivan le ha dolido, le ha calado hasta los huesos, y que ahora estará rondando en su cabeza como un gusano parásito.
-Jack, ¿me oyes? -Yo asiento con la cabeza. -Tienes que ayudarme, tienes que ponerte de pie para que podamos ir al instituto. -Vuelvo a asentir, pero lo cierto es que dudo poder hacerlo. Nada en mi cuerpo es ya voluntad mía. Solo quiero dormirme. -No cierres los ojos, quédate conmigo. Vamos a ir a tu cuarto y te vas a dar un baño caliente, ¿me oyes?
-No, no vas a ir a ninguna parte. El se queda aquí. -Dijo Ivan, pero Elsa siguió ignorándolo.
-Jack, por favor, no cierres los ojos. Estoy aquí, quédate conmigo. -Me suplicó. Si decidía dormirme entraría en shock. Gale la ayudó a ponerme de pie y rápidamente cruzaron mis brazos sobre sus hombros para evitar que volviera a caer.
-¿Estás sorda, o eres estúpida? -Increpó Ivan. Ya no siento miedo, ahora el perfume de Elsa me inunda, y el calor de su cuerpo junto al mío, entumecido y mojado. -Si te vas le diré a todo el mundo las cosas que has hecho por las noches, con este bastardo. -Casi no puedo soportar lo mucho que le duele a Elsa escuchar eso. Ivan es inteligente, sabe qué palabras usar y cómo usarlas para hundirla. -Todos sabrán que eres una **** cerda, tus padres te odiarán. -Elsa giró la cabeza hacia el.
-Haz lo que quieras. -Le dijo. -Pero seguirás siendo un fracasado, una segundon y un imbecil. -Pero mi valkiria es insumergible, y me lleva a un lugar en el que estoy a salvo. Ella me ha salvado.
(Zahara - Con las ganas)
El vapor se dispersa por todo el cuarto mientras la bañera se llena. Elsa cierra la puerta y se queda conmigo. Empieza a desnudarme desabotonándome la camisa, y el contraste de sus manos contra mi gélida piel me hace sentir que floto. Estoy encorvado, mis músculos están rígidos, y aún tiemblo. Ella no habla, solo se descalza y me ayuda a meterme en la bañera dándome la mano y asiéndome por un costado. Quisiera poder dejar de tiritar para poder disfrutar de su contacto, pero mi cuerpo hoy es mi enemigo. Me siento y noto cómo ese calor va aflojando el entumecimiento. Cierro los ojos otra vez. Ella mete un pie, y luego el otro, y me rodea con las piernas, abrazándose a mi espalda y dándome un suave masaje en los brazos. Está vestida, y no le importa estar mojando el uniforme. Su principal prioridad en este momento es mitigar mi hipotermia. Sonrío. Me echa agua en la cabeza y acaricia mi nuca, mis omóplatos y envuelve con sus manos mis costillas. Mi cuerpo aprende a quedarse quieto y a disfrutar.
-Ya has dejado de temblar. -Me susurra. Aún no tengo fuerzas para responderle, o siquiera para levantar la mano en señal de que la he escuchado. Pero ella sabe que la he escuchado.
Casi me he quedado dormido con la mezcla del calor, su olor, y su aliento contra mi hombro. Me ayuda a levantarme e inmediatamente me envuelve con una toalla para sentarme y secarme con otra. Con una delicadeza extrema quita la humedad de mi pelo, revolviéndolo y dejándolo despeinado. Sonríe al ver el resultado. Yo todavía no puedo controlar mis expresiones, y la miro con los ojos y la boca abierta.
-Eres adorable. -Apunta sonriendo, y se pone de rodillas para secar mies pies. Me viste, con toda la paciencia del mundo, y luego me lleva hasta mi cama, donde me recuesta, me arropa y se acurruca tras mi espalda, envolviéndome. Se frota las manos para ganar calor. Agarra mi mano y estrecha sus dedos contra el espacio que hay entre los míos. Qué manera tan maravillosa de acabar un día.
Me desperté con la mayor resaca que había tenido jamás. Me dolía la cabeza, las manos, los brazos, y cada uno de los huesos. Me dolían huesos que ni siquiera sabía que tenía. Abrí los ojos y me retorcí en la cama para descubrir que solo la ocupaba yo. Vi a Elsa sentada sobre la cama de Gale, abrazada a sus propias rodillas, y absorta en el paisaje que veía a través de la ventana. La luz del sol le bañaba el rostro, y tenía la mirada perdida. Me pregunté en cuál de todas las cosas que podrían preocuparla en ese momento, estaría pensando. Giró la cabeza hacia mí, como si me hubiera oído despertar y se levantó inmediatamente, con una sonrisa enorme en el rostro.
-Ya te has despertado. -Se sentó junto a mí y me acarició la frente, y después la mejilla. -¿Cómo estás?
-Bien. -Sonreí mirándola a los ojos. Dios, es preciosa. -¿Qué hora es?
-Las once y media. -Yo me senté de inmediato, tanto que me mareé.
-¡Tenemos que ir a clase! ¡Llegamos tres horas tarde! ¡Nos matarán! -Ella me empujó de nuevo contra el colchón, con suavidad, y me tapó.
-Ya le dicho a la celadora que no te encuentras bien, que tienes fiebre, y que necesitabas a alguien que cuidara de ti.
-¿Y han accedido? ¿Sin hacer preguntas? -Ella se encogió de hombros y sonrió.
-Ventajas de ser yo. -Miré a un costado e intenté recomponer los recuerdos de la noche anterior.
-Entonces... las monjas no lo saben. Eso quiere decir que Ivan no ha dicho nada.
-No. -Hizo una mueca. -Pero lo hará esta tarde después del almuerzo. -Cruzó un brazo sobre mi cuerpo y lo puso al otro lado, encarándome. -Gale se ha enterado a través de una de las zorras que estaban allí anoche.
-Puede que solo lo haya dicho para intimidarnos.
-Si solo quisiera intimidarnos me lo habría dicho Ivan directamente a mí. Va a hacerlo de verdad... No quiere asustarme. Lo único que quiere es que yo desaparezca para poder ocupar mi lugar. -Decía con la mirada perdida en los dibujos de mi camiseta, y jugando a hacer círculos con el dedo índice sobre ellos. -Va esperar a esta tarde solo para que la humillación sea más pública y mayor. Vendrán mis padres, y los tuyos, y nos sacarán de aquí a rastras y por separado... -Se me hizo un nudo en la garganta.
-¿O sea que no volveré a verte?
-No lo sé. -Se acostó a mi lado y jugó con mi pelo. -Supongo que no.
-¿Estas son nuestras últimas horas juntos? -Se me escapó una de las lágrimas que había aguantado con tanto esfuerzo la noche anterior.
-Eso creo. -Susurró. Y luego me dio la mano.
-Pero yo no quiero dejar de verte.
-Ni yo. -Respondió secando mi llanto escueto con su dedo pulgar. -No sé qué voy a hacer sin ti ahora. -Yo me revolví y me acurruqué en el arco que formaba su cuerpo, escondiendo mi humillante tristeza. Sentí su mano acomodarse en mi cuello, bajo mi nuca. -Ayer, cuando me fui y te dejé solo en el bosque, fui una idiota. Perdóname por eso. Perdóname tú, porque yo no puedo.
-Cállate, Elsa. -Le ordené, y mi voz retumbó contra su pecho.
-Mientras caminaba de vuelta a mi habitación, pensé en muchas cosas. Pensé tantas cosas que tuve que escribírtelas en una carta que iba a darte después, cuando nos reconciliáramos. -Despegué la cara de la almohada y la miré. -¿Quieres que te la lea? -Yo asentí con la cabeza limpiándome las lágrimas con la sábana. Cuando se levantó de la cama para ir hasta su mochila, sentí que me abandonaba y desperdiciaba lo poco que nos quedaba antes de no volver a vernos jamás. Me niego ante eso. ¡No! ¡Definitivamente no quiero! Pero ¿es que acaso puedo hacer algo además de llorar? Sí. Vivir este rato como si fuera el último de mi vida. Se sentó frente a mí y yo me incorporé, mirándola a los ojos. Ella desplegó el papel, y a contra luz se veía su cursiva caligrafía. Titubeó un par de veces, deambuló entre mis ojos y el papel, hasta que, tras tomar una fuerte inspiración, comenzó:
-Mientras venía de camino a mi habitación he contado las estrellas. Quizás consiga recordar a qué número llegué antes de dejar de hacerlo, porque en ese número me di cuenta de que lo único que pretendía era dejar de pensar en ti y lo que me has hecho. Me has enfermado, me has vuelto loca. No sé cómo, no sé quién eres para entrar así a mi cabeza y a mi corazón y ocuparlos todo el tiempo. He llegado a un punto en el que no soy nada sin ti, y cualquier cosa que haga, solo tiene sentido contigo. Eres un veneno, y haces que todo esté oscuro cuando estás lejos. Eres mis alas, y me haces volar cuando me abrazas. Tal vez algún día entienda por qué tú, por qué yo. Por qué nosotros con tanta gente juzgándonos a nuestro alrededor.
Noto cómo me miran los que ya lo saben. Los he oído decir que lo nuestro no durara. Que estoy en error, que esto no es amor de verdad. Es lo que dirían mis padres. Y es curioso que me duela escuchar todo eso, ¿sabes? -Su voz empezó a romperse, y sus ojos a aguarse, pero ella es una niña valiente, y no dejó de leer a pesar de las lágrimas.
-Porque jamás pensé que pudiera darlo todo por estar con alguien. Pero eres tú, y llegaste tú, y le diste la vuelta a mi vida, la pusiste patas arriba y sigues ahí, sonriendo y besándome, porque creo que no te das cuenta hasta qué punto me has llevado. Lo que siento por ti me ha hecho nueva, rebelde, desobediente. Me ha hecho disfrutar de esconderme aunque quiera gritarle al mundo que te amo sin que me digan que estoy mal. Te amo a ti. Y no podría amar a ninguna otro, porque pareces ser tú el que tiene la receta para hacerme perder el juicio.
Me cuesta entenderlo todavía. Escribo esto mientras tú estás en el bosque todavía, porque me he enfadado, porque te he gritado... Porque tengo miedo. Tengo miedo de tener que renunciar a ti. Ya no sé lo que haría si no estás tú. Pero no pienso averiguarlo. Si mi vida quiere seguir avanzando y obligarme a perderte, me niego. Que siga su camino. Yo me quedaré aquí sentada en el limbo, porque si ti no soy yo, sin ti no soy nada. Sin ti me niego a caminar. -Sus mejillas estaban rosadas y empapadas por el llanto. Su respiración ya estaba descompasada cuando llegó al final de la carta. No puedo siquiera figurarme lo afortunado que soy por ser yo quien la hace sentir así. Le di la mano y la besé. Quiero romper yo también a llorar, pero alguno de los dos tiene que ser fuerte. Y si ella ha roto su voto de ser introvertida, si ha abierto su pecho para enseñarme su corazón latiendo, seré yo quien aguante al pie del cañón y la ayude a no caer.
CONTINUARA...
