Nota: Capítulo final, muchas gracias a todos los que leyeron esta pequeña historia, gracias por sus lindos comentarios a todos, en especial muchas gracias a Kriz y Amara, se los dedico. Sera un largo tiempo en lo que vuelva a escribir un fic , espero no defraudarlos.

Xlll: RECUERDAME (Capítulo final)

En ese momento la puerta se abre de golpe y veo el rostro del director, el de mis padres y la que supongo es madre de Elsa. Ella arrugó la carta y la mantuvo envuelta en su mano mientras miraba absorta a los intrusos. Sé que mi padre está enfadado, y madre está angustiada, pero cuando miro al padre de Elsa, siento pavor. Tiene las mandíbulas tan apretadas que parece que van a partírsele, y la mira a ella como si jamás la hubiera querido. Me mira a mí como si deseara mi muerte.

-¡QUÉ DIABLOS HACES, ELSA! -Gritó mientras entraba en la habitación y la agarraba con fuerza del brazo y se la llevaba a rastras.

-Papá, espera, ¡perdóname! ¡Lo siento, papá! ¡Perdón!-Gritaba ella. Su madre estaba llorando, y nadie hacía nada. Corrí tras ella e intenté sostener su mano. Pero él se detuvo como un enorme coloso y me echó una mirada de asco.

-Suelta a mi hija. -Musitó.

-Suéltela usted. Le está haciendo daño. -Repuse.

-¡Jack! ¡Basta! -Me ordenó mi padre acercándose a mí y agarrándome de ambos brazos. Me retorcí, pero no pude hacer nada.

Nos llevaron a la fuerza a la dirección del instituto, donde todos mantendríamos una charla. Mientras atravesábamos el pasillo, las miradas de todos los alumnos se clavaban en nosotros, humillados, como animales. Elsa aún sollozaba presa de la enorme mano de su padre. Miré a mi alrededor, con mis padres escoltándome, y vi a Ivan. Lo miré sin decir nada. Lo miré hasta que tuve que seguir adelante. Siento una rabia hedionda, porque sé que ni siquiera le pesa lo que ha hecho.

Nos sentamos todos frente al escritorio del director, pero esta vez no seria el director quien nos juzgara, si no alguien de a un mas alto rango, una superiora, una anciana monja muy austera y estricta, pero en la que yo depositaba mi último rastro de esperanza para que pusiera un poco de paz, sobre todo en el padre de Elsa. No sabía la cantidad de cosas que podría hacerle cuando estuviera a solas con ella en su casa, y eso me atemorizaba más incluso que no volver a verla. De las seis sillas, las nuestras ocupaban los extremos, y nuestros padres las centrales, como si por no ponernos el uno junto al otro fueran a conseguir algo. Miré con discreción a un costado, solo por ver si la encontraba mirándome también. Y así fue. Solo la miré, esperando que entendiera lo mucho que la quería y lo mucho que lo sentía.

(Ron Pope - A Drop In The Ocean)

-Como comprenderán no podemos admitir que los chicos sigan siendo alumnos del centro. -Explicaba la superiora con calma y la mayor dulzura que la situación permitía. -El escándalo ha sido muy grande, y el resto de padres no considerará justo que sucedan estas cosas en un centro religioso por el que pagan. Pero en absoluto me niego a hacer una buena carta de recomendación para que puedan entrar a cualquier centro de enseñanza, al fin y al cabo han sido excelentes estudiantes, y no puedo negarlo.

-Verás cuando lleguemos a casa. -Musitó el padre de Elsa, y ella solo agachó la cabeza. Dios, qué impotente me siento. Me gustaría poder romperle los dedos de la mano para que no volviera a agarrarla de esa forma.

-Ahora sería conveniente que los chicos se marcharan a hacer las maletas.

-Pienso ir contigo. -Amenazó otra vez el padre de Elsa.

-No, señor director. -Lo detuvo la superiora. -Creo que ya ha sido suficiente humillación para ambos por hoy. Lo mejor es que se encarguen ellos mientras hablamos los cinco. -Enseguida nos levantamos de la silla y salimos.

Cierra la puerta y nos encontramos solos en el interminable corredor. Tiene la mirada clavada en el suelo y yo la observo. Cómo odio todo esto. ¿A quién hemos hecho daño? ¿A quién hemos perjudicado para acabar de esta forma, sabiendo que estamos a punto de no volver a vernos jamás? Levanta la vista, y con los ojos aún llenos de resto de agua salada, me mira y me da la mano. Sonríe. Sonrío. Y luego suelta una dulce y contagiosa carcajada.

-¿Qué te parece tan gracioso? -Pregunto sin poder evitar reír. Ella se muerde el labio mientras sonríe, y mientras examina mi rostro, su semblante vuelve a cambiar. Se cuelga de mis hombros y me da el mejor beso de mi vida. La quiero. La quiero conmigo, siempre. Vuelve a tomar mi mano y tira de mí, para salir corriendo por el pasillo. -¿Qué haces Elsa? -Grito lleno de una graciosa angustia que me hace carcajear.

Llegamos corriendo al patio. Están todos los chicos. ¡Todos los chicos que nos habían mirado mientras nuestros padres nos arrastraban al despacho! Todos los que habían hablado, comentado, juzgado y acusado. Estaba Ivan, estaba Burdina. Estaba el único chico que nos prestó ayuda, Gale, y nos miraba con una sonrisa imposible de ocultar. Pero solo sonreía porque también estaba la chica con la que yo saltaría desde un acantilado. Estaba mi valkiria, y sonreía. Elsa y yo nos iríamos para siempre, y jamás nos veríamos otra vez. Ivan habría ganado, se quedaría al mando. Elsa subió su falda lo justo para descubrir su muslo y la cinta negra que lo rodeaba. Tiró de una de las puntas para deshacer el lazo, levantó la mano y dejó que ondeara con el viento, como una bandera. Sonrió otra vez, y luego la soltó, dejando que se alejara volando. Todos la miraban absortos, incluso yo. Se giró sobre sí misma, se asió a mi cuello y volvió a besarme. Nosotros también habíamos ganado.

Elsa es una loca, una suicida. Hicimos las maletas entre risas y llantos. Nos despedimos de Gale de la misma forma, y nos quedamos a solas en la habitación sin tener el valor suficiente para irnos, sabiendo que ese era el final. No quedaba nada en las paredes ni en los armarios, ni rastro de que habíamos pasado por allí y nos habíamos amado sobre esa cama. Solo las cosas de Gale, al que pronto le encontrarían un nuevo compañero. Uno junto al otro, con la mirada perdida, cada uno en sus pensamientos que resultaban ser los mismos: "ojalá no tuvieramos que dejarnos". Posó su mano sobre la mía y me dedicó una tierna sonrisa coronada por unos ojos llenos de lágrimas.

-No llores más, por favor. -Le supliqué secando sus pestañas con el pulgar. Ella soltó una corta risa y bajó la mirada.

-Mi padre me va a matar y va a colgar mi cabeza encima de la chimenea. -Sonrió. -Y no me arrepiento de nada.

-¡Estás loca! -Reí tirando de ella hasta tumbarla de espaldas y tumbarme yo junto a ella. Reímos, reímos, a carcajadas, hasta asfixiarnos, hasta que no nos llegaba sangre al cerebro y la vista se nos nublaba a ratos. Reímos hasta que nos dolió el cuerpo, y aún así seguimos riendo. Pero de pronto recordamos por qué llorábamos y nos envolvió otra vez el silencio.

-¿Qué pasará ahora? -Me preguntó.

-Pues... Nos echarán un largo sermón en casa. Tú irás al psicólogo, yo al exorcista y durante el verano intentaremos normalizar nuestras vidas. -Comento con naturalidad. -Tú estudiarás Medicina en la Universidad. Yo probablemente me dedique a recoger cartón en la basura para ganarme unas cuantas monedas con las que pagar cigarrillos. -Ella sonrió, para volver a ponerse seria instantes después.

-¿Te acordarás de mí? -La miré a los ojos.

-¿Cómo se supone que iba a olvidarte? Te recordaré cada minuto, de cada hora, de cada día de mi vida hasta que sea viejo y tenga miles de arrugas por todo el cuerpo. Y si tengo nietos les contaré sobre ti y sobre cómo me cambiaste la vida. -Se mordió el labio y apretó mi mano. Se ladeó y me miró de frente.

-¿Te he cambiado la vida? ¿Cómo?

-¡Me salvaste de morir de hipotermia! -La he hecho sonreír, y me gusta saber que ha olvidado el dolor durante un segundo. -Elsa, me has cambiado la vida y me has cambiado a mí. Mírame... Siempre he sido unrebelde, un narcisista, y todo ha tenido que hacerse cuando yo quiero y como yo quiero. Lo único que quiero en este momento es estar contigo, y estarlo hoy, mañana y el resto de los días que me quedan. Pero me has hecho madurar, aceptar que la vida a veces te tira piedras, te escupe y re ríe de ti. Y yo estoy aceptando que tengo que renunciar a ti... Y soy lo suficientemente maduro para no patalear y malgastar estos mágicos momentos antes de que nos digamos adiós y cada uno vaya por su lado. -Sus lágrimas mojan las sábanas que nos envolvieron la noche anterior. Le beso la frente. Y un dolor me presiona el pecho cuando la acurruco. Y también lloro. Quiero patalear y desafiar al mundo a que me asuma, y asuma lo que siento por ella. Pero no servirá de nada, y nada me dolerá más que no disfrutar de esto: tenerla junto a mí. Sentir su corazón latir junto al mío, sus manos enredarse entre las mías, sus lágrimas acompañando a las mías. -Te quiero. Te quiero y no lo olvidaré jamás.

-Yo también te quiero. -Me dijo con la voz entrecortada.

Nuestros padres se estrechan las manos. Se dedican unas últimas palabras frente a la puerta del instituto, tras los interminables barrotes negros. La miro a los ojos. Le sonrío. Ella me sonríe. Le saco la lengua y la hago reír. Su padre le da un empujón y tira de su brazo, llevándosela con su característica violencia hasta el coche. Ella sigue mirándome y sigue sonriendo. Mi madre me da la mano y me lleva por el camino contrario y empezamos a alejarnos.

-¡Elsa! -Le grito.

-¡Jack! -Me responde entre risas.

-¡Quiero que hagas mucho ejercicio y muchas pesas para que algún día puedas patearle el culo al imbécil de tu padre! -Mi madre se apresura a cerrarme la boca, pero yo aparto su mano y sigo sonriendo.

-¡Lo haré!

-¡Y quiero que leas y estudies mucho, no importa que te digan que eres una nerd y una ñoña!

-¡Lo haré! ¡Yo quiero que dejes de fumar para siempre! -Me eché a reír.

-¡No dejaré de fumar!

-Respondí viéndola llegar al mismo coche del que salía la primera vez que la vi. Y me enamoré, y supe que moriría de insomnio por ella. -¡Elsa! -Le grité antes de que se metiera en él. -¡TE QUIERO!

-¡Y YO A TI! -Mi madre fue compasiva durante unos minutos, y me dejó detenerme en aquel lugar hasta ver cómo el coche arrancaba y Elsa se iba para siempre. Me despedí agitando la mano, y me quedé congelado hasta que el vehículo desapareció de mi vista.

Pasé lo que duró el viaje mirando por la ventanilla y viendo pasar los postes, y los pájaros, y aquel día volverse gris, y oscuro a medida que anochecía. Mis padres intentaron darme conversación, tratando de compensar el haberme dado la peor tarde de mi vida. Yo no les respondí, me sentía un ganador porque la había transformado en algo increíble. Pero sentía un nudo en el estómago, un nudo hecho de acero que no parecía desatarse nunca. No podía comer, ni dormir... Me aferraba al recuerdo de Elsa, y quise llamarla. Y la llamé cuando pasaron días suficientes. Pero aquel número "no existía". Y tampoco el de su casa. Elsa había desaparecido. Lloré, por supuesto que lloré. Hasta quedarme vacío y roto en mil pedazos. Fueron seis meses horribles; sin clases, sin deseo de ver a nadie, sin nada que me hiciera sentir siquiera un poco mejor. Solo mi **** cinta negra y la carta de Elsa. La leía y la releía.

Aquel mes de septiembre tuve mi primer día de clases. En un instituto normal. La rutina me devolvió el aspecto saludable e incluso las ganas de comer. Hice amigos, e incluso tenía cierta fama entre los alumnos porque me habían expulsado por ser parte de una lògia y estar con la hija del director. Salí con algunas personas. Algunas chicas. Mis padres terminaron pidiéndome perdón y nuestra relación de familia disfuncional mejoró bastante.

Volví a ver a mis amigos viejos, a esos que dejé cuando me metieron en el internado. Volví a sonreír, a reír y a disfrutar de los paseos, de las reuniones con los camaradas, de las tardes de cine y de los primeros besos. Volví a ser yo en gran parte, pero en mí quedó esa huella de aquella chica. Aquella chica que me enseñó miles de cosas. Que las personas son un mundo, que todos tenemos nuestra historia. Jamás la olvidé, y creo que no la borré de mi mente ni durante un segundo. Se quedó como parte de mi propio cerebro e incluso tenía vida propia. Confió en mí, me quiso, luchó por mí y conmigo. Se entregó a mí como jamás se había entregado a nadie. Jamás olvidaré aquella imagen de libertad; de nuestra libertad ondeando y gritándonos que nadie podía impedirnos querernos como nos queríamos.

FIN.

Epílogo

(OneRepublic - All This Time)

¡**** sea! ¿Por qué demonios soy tan vago? ¿Por qué diablos no devolví ayer el **** libro de Economía? Se me ocurre dejarlo para el último día, que además es un sábado y me quedan exactamente treinta y siete minutos para que la biblioteca cierre y me pongan una penalización de dos semanas. No puedo permitirme dos semanas sin libros, no quiero tener que repetir el primer curso de la carrera. ¡**** sea! Si no me hubiera gastado el dinero que me dieron para los libros en la fiesta de cumpleaños de Lav, ahora no estaría pasándome esto. Pero... ¡qué diablos! Fue la mejor fiesta de la historia, no me arrepiento de nada. Le di un grito de despedida a mi madre mientras salía corriendo de casa con la mochila mal colgada de un hombro y dos enormes libros en las manos intentando no tropezar y caerme.

Me derretí de puro cansancio sobre el mostrador mientras esperaba a que la bibliotecaria me atendiera. Esperé a que mi respiración se normalizara después de la carrera de dos kilómetros que acababa de hacer desde mi casa y empecé a golpear los dedos contra la madera para llamar la atención de la funcionara. Porque tengo que volver a casa a ducharme antes de ir a casa de Lav para la reunión semanal con cervezas y póker en su piso de estudiantes. Sus compañeros son gente interesante. Dignos rivales.

-¿Qué desea? -Me preguntó la señora sentándose nuevamente en la silla que no debería haber abandonado.

-Devolver este libro. -Dije depositándolo delante de su nariz.

-Mm muy bien. -Murmuró echándole un vistazo al código de barras y registrándolo como devuelto. -Perfecto, muchas gracias. -Dejó el ticket en el mostrador y yo lo arrugué dándome la vuelta para salir corriendo.

Justo en el momento de tomar impulso, y sin haberme girado del todo me choqué con la persona que esperaba detrás de mí haciendo que todos sus libros volaran por los aires para terminar en el suelo. Sigo mi camino, ya el karma o Judas vendrán a hacer que pague por este tipo de cosas, ahora no puedo. Tengo que llegar a tiempo a casa de Lav, y ya se me está haciendo tarde. Escucho un chasquido de dientes a mis espaldas, y me doy cuenta de que, ni aún siendo yo, podría hacer algo tan desconsiderado. Me vuelvo, dispuesto a yudar y a pedir perdón. La veo arrodillada en el suelo recogiendo el estropicio que yo causé. Está de espaldas, y su largo cabello está más rubio, casi blanco, pero es imposible no darse cuenta. Es ella. ¡Es ella! Rápidamente levanto los cuatro libros que quedan tirados y extiendo la mano delante de su rostro.

-Discúlpame. Iba con prisa y soy muy descortés cuando tengo prisa. -Ella se dispuso a hablar, pero al ver mi mano se paro en seco. ¿Es que acaso aún recordaba esos pequeños detalles de mí? Levantó la vista como si tuviera miedo de lo que pudiera encontrarse, y nos miramos. Sonreí.

-¡JACK! -Exclamó dejando caer nuevamente los libros y colgándose de mis hombros para darme un gran abrazo. La estreché contra mi cuerpo no queriendo soltarla nunca. Olía igual de bien que hacía tres años. ¡Tres largos años! Era como si el tiempo no hubiera pasado para mi corazón... Pero ella estaba distinta, estaba incluso más guapa. Y era difícil ¿eh? Pero ya se había hecho una preciosa mujercita. -¡Dios mío! ¡No puedo creerlo! -Decía con los ojos abiertos, llenos de sorpresa, mirándome de arriba abajo.

-¿Cómo has estado? ¿Cómo estás? -Tenía tantas cosas que preguntarle que no sabía por dónde empezar. Tenía la cabeza llena de dudas que se agolpaban atolondradas.

-Dios Santo... Estoy genial. Cuando empezó el curso seguía en casa de mis padres, pero en cuanto cumplí dieciocho accedieron a pagarme un apartamento cerca de aquí, cerca de la universidad. -¿Y dónde había estado todo este tiempo? No quería interrogarla... ¿Dónde estaba la casa de sus padres? Quería saber todo lo que había sido de ella desde la última vez que la vi. -¿Y tú?

-Aún vivo con mis padres, y voy a la universidad. Dios, maldigo al Estado por hacerla tan grande... Quizás nos hemos cruzado en algún momento y no te he visto y...

-¡Oye! Acabamos de encontrarnos, no puedes quejarte. -Sonrió. Esa sonrisa sigue causando en mí el hormigueo de siempre. Yo correspondo al gesto y miro al suelo, demasiado abochornado y abrumado, no sé qué debería decir, o si debería seguir calmando mis dudas. –Vaya que has crecido, y ya no eres nada delgado. -comento con un tierno gesto.

-Y sigo fumando, como te prometí. -Ella sonrió. -¿Hiciste ejercicio y le pegaste una paliza a tu padre?

-No. -Negó con la cabeza y rió. -Pero no hizo falta. Con los años aprendí a ponerlo en su lugar solo usando palabras. Lo visito de vez en cuando pero...

-Entiendo. -Asentí. -Sigues leyendo, por lo que veo. -Observé echándole un vistazo a la enorme cantidad de libros que había traído y yo hice que dejara caer.

-Yo también cumplo mis promesas. -Volvimos a mirarnos. Suspiré del ahogo que me producía volver a tenerla cerca. -Déjame adivinar. Te llevaron al psicólogo y ahora estás cursando Medicina. -Se mordió el labio.

-No puedo creer que aún recuerdes eso.

-Te dije que lo recordaría todo. -Su sonrisa, imborrable, se extendió.

-No he hecho nada de eso. ¿Es que acaso tú fuiste a un exorcista y ahora te dedicas a recoger cartón para pagarte el tabaco?

-Shh, no lo digas tan alto. -Le susurré al oído agarrándola del codo. Ella se echó a reír.

-Y en tu tiempo libre aprendes Economía.

-Tengo una mente curiosa. -Creo que en ese momento los dos recordamos lo que había seguido a aquella conversación hacía tres años. Ella me había preguntado si la recordaría, y yo le había respondido que siempre. No supe adivinar si era apropiado decirle que no la había olvidado ni un solo segundo y que aún llevaba conmigo su carta, a buen resguardo en uno de los recovecos de mi billetera y que, a veces, cuando me sentía mal, o solo, la leía y recordaba lo que alguien tan especial como ella había sentido por mí. Nos habíamos quedado mirándonos a los ojos sin decir nada.

-La biblioteca va a cerrar. -Dijo la incompetente mujer que me había atendido. Yo hice un gesto de sorpresa ante la interrupción y, al verla encorvarse para recoger los libros con prisa, la ayudé. Llevamos los libros hasta el mostrador y nos quedamos congelados de nuevo. Porque si salíamos de esa biblioteca, como cuando salimos de mi habitación en el internado, todo volvería a acabarse. -Lo siento, chicos, tengo que cerrar. -Repitió la mujer, esta vez con menos paciencia. Me contuve de respirar mientras miraba a Elsa sin saber cómo abordarlo, porque entonces me vino a la mente la posibilidad de que ella ya estuviera con alguien. Ahora ya dudaba de todo, quizás lo que vivimos solo trascendió para mí, y para ella quedó simplemente como una etapa del pasado. Ella empezó a caminar hacia la salida esperando que yo la siguiera, pero yo no podía. No podía salir de esa biblioteca sin tener la seguridad de que volvería a verla.

-Elsa, espera. -Ella se detuvo, y yo la alcancé. Suspiré. La miré, frente a la puerta principal. Me miró con calma, como si no fuera evidente que le haría una confesión tremenda.

-Jack, tenemos que salir... -Me susurró.

-¡No, espera! -Le dije agarrándola de la mano. Ella quiso complacerme y lo hizo, se quedó mirándome. -Elsa, yo... -Tengo tantas dudas... Pero Elsa había tomado siempre el riesgo en nuestra historia. Ella besó primero, ella dio el primer paso para la primera vez, me salvó de una hipotermia y me escribió la carta. Esta vez me tocaba a mí ser valiente, pasara lo que pasara.

-¿Qué pasa? -Me preguntó.

-No sé cómo empezar... Tengo miedo de que para ti no sea igual. ¿Entiendes? -Ella asintió con la cabeza. -El día que te vi por última vez para mí acabó algo increíble en mi vida. Y me llevó mucho tiempo superarlo. Sé que éramos un par de niños, pero lo que te dije de adolescente, te lo repito ahora como adulto: tú me cambiaste la vida. Y renunciar a ti fue la cosa más difícil que hice, incluso hasta el día de hoy. Ha pasado mucho tiempo, y ha habido mil experiencias entre aquel día y este. Pero nos hemos vuelto a encontrar y... Ya no hay nada que nos impida estar juntos. Quizás para ti fue solo una etapa, y ya se te pasó. Quizás ahora estés con alguien y no quieras saber de mí después de lo que acabo de decirte. -Aún sosteniendo su mano, eché un suspiro. -Pero no podía dejarte salir por esa puerta callándome todo esto después de haberte encontrado, después de encontrarte pensando que te había perdido para siempre. -Ella se mordió el labio y apretó mi mano con sus dedos.

-La biblioteca va a cerrar. -Repitió la exasperada mujer.

-¡Cállese un **** momento! -Increpé. La bibliotecaria me miró anonadada y luego se retiró a su puesto, supongo que a esperar a que Elsa y yo termináramos de hablar. -Elsa, no te estoy pidiendo que volvamos y sigamos donde lo dejamos cuando éramos un par de mocosos en un internado en medio de la nada. Ya somos un par de adultos, tú habrás cambiado y yo también. Pero... si algo fue capaz de unirnos una vez, por ti volvería a andar todo el camino, solo por asegurarme que no estoy dejando ir a la persona correcta.

-¿Tú... Tú has pensado en mí? -Musitó. De inmadiato dejé caer la mochila al suelo y saqué de mi bolsillo la billetera. Busqué la carta y se la di en la mano.

-La llevo siempre encima. Me ha sacado de pozos muy hondos, de crisis profundas. Me ha servido tantas veces de consuelo que me la sé de memoria. -Ella la desplegó y empezó a seguirla con la vista. Yo decía en voz alta todo eso que me había aprendido por necesidad: -Mientras venía de camino a mi habitación he contado las estrellas. Quizás consiga recordar a qué número llegué antes de dejar de hacerlo, porque en ese número me di cuenta de que lo único que pretendía era dejar de pensar en ti y lo que me has hecho. Me has enfermado, me has vuelto loca. No sé cómo, no sé quién eres para entrar así a mi cabeza y a mi corazón y ocuparlos todo el tiempo. He llegado a un punto en el que no soy nada sin ti, y cualquier cosa que haga, solo tiene sentido contigo. Eres un veneno, y haces que todo esté oscuro cuando estás lejos. Eres mis alas, y me haces volar cuando me abrazas. Tal vez algún día entienda por qué tú, -Ella bajó las manos, que sostenían la carta, e interrumpió mi discurso con un beso que me prendió desde dentro, y me hizo arder todo el cuerpo, hasta las entumecidas manos que finalmente conseguí depositar en su cintura. Oh, cómo había echado de menos aquello. ¡Era tan diferente a como lo recordaba! Sin embargo conservaba la escencia que hacía que los besos de Elsa fueran únicos en el mundo. Lentamente se despegó de mí a la par que abría los ojos para mirarme. -Elsa... Yo...

-Solo quería comprobar que el cosquilleo que sentí al verte no era producto de mi imaginación. -Yo sonreí.

-¿Qué has sentido con el beso? -Ella inspiró profundamente mientras sonreía.

-Quizás te lo diga en nuestra segunda cita.

-¿Segunda cita? -Arqueé las cejas sin poder parar de sonreír. -¿Me permites invitarte a tener la primera ahora mismo, tomando un copa en el bar de la facultad de Economía? -La invité mientras me agachaba para recoger mi mochila, caminando junto a ella hacia la salida.

-Claro, pero si mal no recuerdo ibas con mucha prisa cuando dejaste el libro. ¿O era una excusa para darme un empujón?

-Tenía un gran plan para esta tarde, pero apareciste tú... Y contra ti no se puede competir.

-Oh, abandonas tus planes por mí...

-Es lo menos que podía hacer por la chica que me hizo vivir la historia más efectiva para conseguir mujeres. La cuento y es como ¡pam! Comen de mi mano. -Ella me dio un golpe en el brazo.

-Qué idiota eres... -Yo sonreí.

-Elsa, cuando nos separaron intenté llamarte, intenté encontrarte.

-Mi padre se encargó muy bien de que es no sucediera. Cambió los números de teléfono y nos mudamos a la otra punta de la ciudad. -Yo la miré, caminando sin prisa hacia la boca del metro. Me embebí en ella y en cada cosa que decía. Para mí ya no había tiempo, ni nada excepto ella, y pensaba aprovecharla, disfrutarla y recuperar lo que un día perdimos por ser demasiado jóvenes. -Mi casa nueva era grande, pero tuve que acostumbrarme otra vez al cambio. -La vida nos había dado una segunda oportunidad, y ese beso era la prueba de que aquella era la chica. Y pensaba conseguirla.