Como ayer la página nos estuvo mareando a todos un poquito, no pude publicar el segundo capítulo que prometí... Así que os lo traigo hoy.
Para ti, Bella Scullw, con mucho cariño de tu AI.
Aunque los Días Oscuros y las pocas pistas que tenemos de ellos pertenecen a Suzanne Collins, la mayoría de los hechos de esta historia y sus personajes son invención mía.
Capítulo 2
Fue un inicio muy silencioso y progresivo, invisible para el ojo humano… Rectifico: invisible para el ignorante.
No cundió el pánico. Hacía siglos que no sucedía. Era un volcán, por favor. Tan solo había que esperar a que las cosas volvieran a su cauce y a la noticia de otra catástrofe que nos hiciera olvidar el volcán. La gente no detuvo sus vidas: no dejó de acudir al trabajo, no gastaron todos sus ahorros en refugios subterráneos, no guardaron suministros… En realidad, ni siquiera se hablaba de ello. Continuamos respirando, comiendo, durmiendo. No dejamos en ningún momento de ser felices o desgraciados, de tener hambre o sentir sueño. No dejamos de enamorarnos y desenamorarnos, de encontrarnos y perdernos, de ir y volver.
Como decía: fue invisible. Se fue deslizando entre nosotros hasta instalarse en cada uno, y más tarde se hizo brillante, casi deslumbrante para hacernos sentir como unos ineptos totales. Pero antes de sentirnos mal fuimos lo otro: ignorantes, y por lo tanto felices. O al menos yo lo siento así.
La semana pasó, y nada cambió. No hubo incidentes destacables en nuestra escuadra, ni tampoco en casa. Quedé con Suse un día y me descubrió mirando embobada a su hermano. Adonne se hizo un esguince en la muñeca manejando un hacha (pero no por eso dejó de trabajar). Mamá nos preparó un día para cenar mi plato preferido: guiso de ternera…
Estuvimos viendo imágenes del inicio de la erupción durante toda la semana, camufladas entre las de la inundación de Louissiana y una tormenta eléctrica en East Coast que dejó a mi abuelo sin línea telefónica. No supimos nada de él hasta tres días después, cuando llamó de madrugada, mientras desayunaba. Como mamá estaba en la cocina y papá y Adonne ya se habían marchado, lo cogí con la boca llena de pan.
—¡Abuelo!
—¡Hola, hojita mía! Te echo de menos.
—Yo a ti también. ¿Qué ha pasado por allí? Hemos oído que hay una tormenta.
—Ya ha pasado lo peor. Nos hemos quedado sin electricidad durante estos días, y tengo una ventana destrozada. Pero estoy seguro de que mañana podréis venir.
El tercer fin de semana de cada mes lo pasábamos en East Coast, en casa de mi abuelo. Teníamos la suerte de que, a pesar de las subidas de impuestos, las tarifas de trenes fueran intocables. Nos podíamos permitir cuatro billetes de ida y vuelta mensuales, y eso cuando venían mi padre y mi hermano. Mi madre y yo nunca nos saltábamos un solo fin de semana con el abuelo.
Me alegraba que ese mes no fuera a ser distinto. Había llegado a preocuparme por la tormenta: quería estar con el abuelo, comer pan con orégano tostado en la chimenea (aunque en realidad eso solo se hace en las bodas) y escuchar las historias que tenía que contarme ese mes, historias reales escritas en los escasos libros de historia que nos quedaban desde la Gran Catástrofe.
Así que, con tormenta o sin tormenta, al día siguiente mi madre y yo esperamos en la estación al tren de las seis y media. Mamá había ido a recogerme al Almacén con mi mochila morada para despedirse de papá y Adonne e ir directamente conmigo a la estación, donde esperamos menos de diez minutos. Llegó el tren, subimos y realizamos un viaje de casi doce horas en dirección al este. Atravesamos montañas, valles, ríos y lagos secos. Todavía era de noche (ya sábado) cuando llegamos a York. El abuelo nos esperaba, y nos llevó en coche hasta su casa.
Me encantaba viajar en el coche del abuelo. Por aquel entonces había muy poca gente que tuviera transporte privado, y el abuelo era uno de ellos. Conservaba una vieja camioneta que había pertenecido a su abuelo, y que resistía todo lo que se le echaba encima. Aunque hacía ruidos extraños o dejaba escapar humos negros que me asustaban un poco. Había veces que incluso parecía que nos fuera a dejar tirados. Pero por el momento no nos había fallado nunca.
El abuelo vivía en un barrio residencial donde la mayor parte de los inquilinos eran ancianitos de noventa años. Mi abuelo era el joven del lugar, el que se dedicaba a arreglar en sus ratos libres la radio estropeada de la señora Timer o el horno de la entrañable pareja que vivía a su derecha, los Marshall. Era demasiado activo como para pasar unos minutos descansando. Mamá siempre ha sospechado que mi hiperactividad viene del abuelo.
Cuando llegamos, yo me había quedado dormida apoyada en mi madre, y solo me espabilé durante unos segundos cuando mi abuelo me cogió en brazos para meterme en casa y acostarme en la antigua habitación de mamá, esa que ahora era mía. No volví a ser persona hasta el mediodía.
Me desperté con el ruido de varias voces, demasiadas como para solo ser las del abuelo y mamá. Cuando bajé descubrí que varios hombres con monos grises estaban apartando una manta colgada con cinta aislante en una ventana. O el hueco de lo que una vez fue una. Iban a colocar un nuevo cristal, ya que la tormenta eléctrica había derribado un viejo árbol del jardín del abuelo. Una de las ramas había ido a dar con la ventana de la sala de estar y el cristal se había hecho añicos. Por suerte, el abuelo se encontraba en el piso de arriba, durmiendo.
Mamá y el abuelo estaban en la cocina, y me ofrecieron un plato suculento de tostadas y bacon.
¡Bacon! El único estado que aún podía permitirse tener algún tipo de ganado era Texas, y era difícil encontrar un lujo como el bacon.
Cuando pregunté de dónde lo había sacado, el abuelo me sacudió el pelo y me invitó a comer todo lo que quisiera.
—Tengo un amigo en Tucson que me envío un paquete por la mitad del precio estándar. Además, tu cumpleaños fue hace dos semanas. Te merecías una sorpresa.
Lo probé por primera vez desde hacía años. Era tan tierno y sabroso como lo recordaba.
Pasamos la mañana en casa del abuelo, ya que no podíamos dejar a los técnicos solos en casa. Jugamos a las cartas, nos dimos un paseo por su trastero buscando tesoros y fuimos a comprar pan para tostar esa noche.
Antes he dicho que los ignorantes no nos enteramos de nada hasta que el problema estuvo ante nuestras narices. ¿Por qué digo esto?
Porque mi abuelo sospechó algo desde el principio.
Lo comentó mientras comíamos. Hacía media hora que se habían ido los obreros, y nos habíamos puesto manos a la obra en la cocina, preparando un estofado de cerdo con ciruelas, una receta de mi abuela.
—Habréis oído ya lo del volcán, ¿no?
—Quién no, papá —suspiró mamá.
—Toda una catástrofe —comentó el abuelo sentándose en la mesa de madera. Yo me coloqué a su lado, en mi sitio.
—Más catástrofe me parece la de los Estados de Louissiana. Y encima ahora tendremos que apretarnos todos los cinturones para reconstruir el puerto —masculló mi madre.
—Eso no me parece mal, hija mía. Sabes lo importante que es el puerto. Estaban empezando ya con las exploraciones.
Mamá soltó una carcajada, aunque sospecho que fue irónica.
—¿En serio crees que hay algún trozo más de tierra después de esa Gran Catástrofe? Si no hemos recibido aún noticias es porque no hay nadie ahí fuera que pueda mandarlas.
—Mel, nosotros hasta ahora no nos habíamos recuperado lo suficiente como para aventurarnos a buscar a más gente, más gobiernos, más tierras; y ya han pasado tres siglos. El resto puede estar en las mismas condiciones, ¡o peores! No debemos perder la esperanza.
Adoraba como hablaba el abuelo. A esa edad (y todavía) me parecía que, dijera lo que dijera, siempre tenía razón. Quizá es porque siempre ha sido la figura que más he admirado, y la que siempre traté de seguir. Para mí siempre representaba la voz de la razón, la que había que seguir.
Ahora hay veces que pienso que le decepcioné, aunque son cosas que él jamás admitiría.
—Volviendo a lo del volcán… —Retomó el abuelo.— Ha sido muy… imprevisible.
Lo dijo con aire pensativo, atusándose la barba blanca que tanto me gustaba acariciar cuando era más pequeña.
—Ya sabes lo que dicen. Las evidencias pudieron ser pasadas por alto.
—Sí, pudieron… Pero no en este caso.
—¿A qué te refieres, papá? —dijo con tono cansino mamá, como si estuviera ya harta de las suposiciones del abuelo.
Y es que al abuelo le encantaba confabular, imaginar… suponer, sacar cosas donde no las había. Siempre pensé que era por todo el tiempo libre que tenía desde que dejó su trabajo como profesor de historia: demasiado tiempo sin nada que hacer y mucho para pensar. Papá decía que no era bueno que las personas mayores pensaran mucho, porque entonces empezaban a preocuparse más de la cuenta y se ponían enfermos.
—Quiero decir que nos suben los impuestos, y después el puerto se hace pedazos; nos anuncian una bajada de sueldos y estalla un volcán.
Mamá alzó una ceja, algo que yo llevaba tiempo intentando hacer sin éxito.
—Dos situaciones aparentemente relacionadas pueden ser casualidad, coincidencia… Pero más de dos ya requieren un facto común, ¿no crees?
Bufido. Ceja alzada. Brazos cruzados. Pie golpeando rítmicamente el suelo.
—¡No me mires así, Mel!
—¿Y cómo quieres que te mire?
El abuelo negó con el cabeza, derrotado.
—Sólo digo que hace tiempo que están pasando cosas.
—Como lleva pasando desde que el mundo es mundo —le interrumpió mamá—. ¡Ya nadie recuerda un planeta sin inundaciones ni terremotos ni volcanes activos a diario!
El abuelo me miró y me dijo:
—Hojita, tu madre es demasiado escéptica. Pero yo sé que tú las pillas al vuelo. Estate atenta, y prepárate para lo que sea…
—¡Papá, deja de meterle a la niña cosas raras en la cabeza! —Le miró realmente enfadada, y después se centró en mí. —Cariño, no hagas caso a las tonterías de tu abuelo. Se aburre mucho.
Dijo esto último como una acusación. Mamá siempre le estaba diciendo que tenía que buscarse algo más que hacer, quizá un hobby o iniciar la limpieza del trastero de una vez. También solía estar en la lista deshacerse de algunos libros y ordenar los de historia universal que guardaba en cajas.
Claro, él ya no los necesitaba. Se los sabía de memoria.
Nada más darse mamá la vuelta, el abuelo le sacó la lengua y me guiñó un ojo. Yo reprimí la risa que amenazaba con saltar directamente del corazón. Cuánto le quería.
Hicieron las paces horas después, cuando empezó a anochecer y el abuelo encendió la chimenea. Para ellos era imposible estar enfadados durante mucho tiempo, y en parte tenía que ver con el hecho de que no se veían tanto como les gustaría. Más de una vez le habíamos propuesto al abuelo que dejara York para marcharse con nosotros al norte y tenerle mucho más cerca. Pero el abuelo no podía hacer lo que mamá había hecho años atrás porque no se veía capaz. Existían miles de cordones invisibles que lo ataban a su ciudad, miles de historias y trocitos de su corazón esparcidos por todos los rincones de su casa como para abandonar el lugar sin miramientos. Muchos de esos cordones tenían que ver con la abuela, su difunta esposa desde hacía tres años.
Nos pusimos los tres a tostar nuestras rebanadas de pan y les espolvoreamos orégano por encima. El calor del pan explotaba luego en nuestras bocas, y te encontrabas segundos después tostando otra rebanada prácticamente sin darte cuenta. Era un buen vicio. Y así podíamos pasarnos la noche entera.
—Bueno, hojita, como fue tu cumpleaños hace nada, tú decides de qué época va la historia de hoy.
Me toqué con el índice la barbilla, pensativa.
—Hmm… Quiero algo sobre… Eh…
—Piénsatelo bien, cariño —me animó mamá. A ella también le encantaba escuchar al abuelo hablar, en parte porque era el único momento del día en que me tenía sentada quietecita.
—Algo sobre griegos —respondí tras medio minuto pensándolo concienzudamente.
Aunque normalmente me gustaban más las historias de nuestro país, de cómo descubrieron la tierra que ahora pisamos (unos tipos llamados colonos procedentes de otras tierras al otro lado del charco), los griegos siempre me atraían más, ya que estaban mucho más lejos y eran un pueblo mucho más antiguo que el nuestro. Eran ingeniosos, valientes y aventureros, aunque a veces un poco salvajes.
—Algo sobre griegos que aún no te haya contado. A ver, a ver…
Ahora fue el abuelo el que tuvo que tomarse un tiempo para pensar. Yo esperé pacientemente, aunque por dentro estaba muriéndome de ganas por oír una nueva historia.
—Bueno, lo que te voy a contar no es exactamente sobre griegos. No son los verdaderos protagonistas hoy, pero intervienen las civilizaciones que precedieron a los griegos. Porque esta historia sucedió mil años antes de que a los indoeuropeos se les ocurriera bajar al sur de esas tierras que desaparecieron hace mucho tiempo. O eso se cree.
»Existía una isla llamada Creta. Creta no era famosa por sus bosques, como en tu casa. Ni tampoco era reconocida por su suculento bacon, como el de Texas. Es más, la fama que precedía a Creta no era precisamente buena. Creta era conocida por su poder, un poder que ejercía injustamente sobre Atenas —esa ciudad que tanto te gusta, hojita mía— tras haber perdido esta una gran batalla librada contra los cretenses. Y por su laberinto.
—¿Un laberinto? —pregunté.
—Ajá, un laberinto. Como el juego de mesa ese que le gustaba a tu hermano cuando era pequeño. Lo construyó un tal Dédalo, un inventor muy inteligente que elaboró en ese laberinto infinidad de caminos no conducían a ninguna parte, y solo existía una salida. Pero eso no era lo más especial del laberinto. En ese laberinto, estaba encerrado el Minotauro: mitad hombre, mitad toro. Un asesino. Por eso nadie encontraba nunca la salida; antes le encontraba el Minotauro.
»Creta era poderosa. Mucho. Y le gustaba que Atenas no lo olvidara. Para ello, cada nueve o diez años ordenaba a sus más fieles soldados que partieran rumbo a Atenas y escogieran al azar a siete doncellas y siete jóvenes del lugar. Los llevaban a Creta y los metían en el laberinto, para que el Minotauro saciara su hambre diabólica y a la vez los atenienses se llevaran su lección bien aprendida: que no había nada más fuerte que Creta. Era matar dos pájaros de un tiro.
»Pero los atenienses no se quedarían de brazos cruzados. Bueno, al menos hubo uno que fue incapaz de ver partir a catorce inocentes a su muerte: Teseo, el hijo del rey de Atenas. Así que se ofreció voluntario y embarcó en el barco de velas negras con la promesa de que volvería vivo a Atenas tras haber matado al Minotauro.
»Teseo no habría conseguido esto si, al llegar al palacio de Minos, la princesa Ariadna no se hubiera enamorado de él. Como no soportaba la idea de verle morir, le entregó una reliquia, un ovillo que podía señalarle la salida del laberinto, para evitar que se perdiera entre tantos pasillos. Así que Teseo entró por la única salida que existía, y fue desenrollando el ovillo, dejando un hilo que lo conduciría de vuelta. Encontró al Minotauro, y se dice que tan solo con sus manos lo mató, liberando a Atenas de su desgracia y del tributo que debía pagar.
—¿Cómo pudo matarlo solo con sus manos?
—Se decía que Teseo era en realidad un semidiós, hijo de Poseidón y la reina Etra. Los semidioses tenían una fuerza sobrehumana. Y eran muy inteligentes.
—¿Y Ariadna? ¿Por qué iba a ayudarle si apenas le conocía?
—Estaba enamorada de él —contestó mi madre, como si aquello fuera suficiente.
Negué con la cabeza, extrañada. Había cosas que no me cuadraban.
—¿Y sólo por eso traiciona a su padre? Vale que los de Creta eran los malos, pero estoy segura de que Ariadna quería a su padre.
Mi abuelo me miró con una cara extraña que no supe interpretar.
—¿Y qué crees que impulsó a Ariadna a ayudar a Teseo?
Me encogí de hombros y le di un mordisco a mi cuarta rebanada.
—Tal vez la historia está mal. A lo mejor Ariadna no estaba ayudando a Teseo, sino a los atenienses. Quizá no estaba de acuerdo con lo que hacía su padre, a pesar de quererle.
Porque no concebía la idea de traicionar a tu familia por amor. Y sigo sin hacerlo.
Nos quedamos en silencio durante unos instantes.
—Pues yo sigo creyendo que Ariadna estaba profundamente enamorada de Teseo —dijo mi madre.
—Eres una romántica empedernida, Mel. Tu hija tiene más cabeza que tú.
Mi madre se rió.
—Puede ser. Al fin y al cabo, Teseo abandonó a Ariadna en la primera isla con la que se toparon.
Aquello me indignó profundamente.
—¡Ah, encima la abandona! Qué bonito por su parte.
—Sí. Ariadna estaba ciega —estuvo de acuerdo mi abuelo.
Mamá se levantó y se despidió de nosotros, alegando estar agotada. Creo que ella no había dormido desde que habíamos bajado del tren.
El abuelo me contó varias historias más, y yo me obligué a dejar de lado las rebanadas tostadas, mi gran debilidad. Un par de horas más tarde decidimos que ya era muy tarde, así que nos preparamos para ir a la cama.
—Thea —me llamó el abuelo antes de que subiera las escaleras hacia mi cuarto—. Tu versión de Teseo y el Minotauro me gusta más que la original. Es más coherente.
Sonreí, y aquella noche dormí del tirón sin ningún sueño.
El día siguiente, nuestro último día con el abuelo hasta el próximo mes, lo pasamos en el centro de la ciudad, dando vueltas por el mercado semanal. Mamá aprovechó la ocasión y compró especias que no podíamos encontrar en ningún lugar de North State. El abuelo y yo rebuscamos por los puestos hasta dar con un paquete de folios, sobres y sellos para poder compartir correspondencia, una idea que se nos había ocurrido anoche mientras me contaba una historia que originalmente había sido escrita en forma de cartas. Tenía ganas de llegar a casa y poder abrirlo para escribir mi primera carta y poder echarla al viejo buzón de nuestro barrio, ese rojo que nadie parecía usar.
Al final, el abuelo tuvo que llevarnos a la estación a las tres de la tarde, y se despidió de mí con un gran abrazo, un beso y un «pórtate bien y cuida de todos».
Esa solía ser la parte más triste de esos fines de semana. La despedida. Lo único que me hacía capaz de subir el tren era el pensamiento de que, en cuatro semanas, volvería a ver al abuelo, a comer pan tostado y a oír sus historias.
Llegamos al anochecer a casa. Papá y Adonne estaban frente al televisor, poniéndose al día con las noticias. Nos saludaron con besos, y Adonne nos puso la cena recién calentita. Mientras comía con ganas, oí de pasada algo sobre la muerte repentina de uno de los científicos que investigaba la erupción volcánica. A los cinco segundos de oírlo, lo olvidé por completo, y no sería hasta meses después, incluso pasado un año, que lo volvería a recordarlo como una miguita de pan que nos dejaron y no supimos interpretar.
Pero no os he contado todo esto (la monótona semana, el viaje a casa de mi abuelo…) por nada. Lo cuento para que os deis cuenta de lo que perdimos gradualmente: para mostraros cómo era mi vida de sencilla y feliz un día, y cómo pasó a complicarse al día siguiente.
Desgraciadamente, las historias más terroríficas y tristes son las que menos palabras requieren.
Nunca volvió a amanecer.
N.A.
Sweet dreams 86, ¿otro final impactante?
Gracias por los comentarios que habéis dejado. No esperaba tales reacciones, en serio. Estoy muy orgullosa :D
