Me hubiera gustado publicar este capítulo el martes, como tenía planeado. Pero mi portátil y su cargador confabularon contra mí: uno se bloqueó, y el otro se rompió. Así que no ha sido hasta hoy cuando he tenido el ordenador donde tenía guardado este capítulo.

Para ti, Bella Scullw, con mucho cariño de tu AI.

Aunque los Días Oscuros y las pocas pistas que tenemos de ellos pertenecen a Suzanne Collins, la mayoría de los hechos de esta historia y sus personajes son invención mía.


Capítulo 3

El sol no comenzó a salir a las siete y media. No salió a las ocho ni a las nueve. Tampoco al mediodía. Y nunca atardeció ese día.

Lo tapaba una tupida nube oscura que no parecía tener ni principio ni fin, y hacía mucho viento.

Era una noche eterna muy extraña, porque éramos conscientes de que por detrás de aquella capa negra ya era de día, y a veces podíamos comprobarlo cuando algún rayito de sol se filtraba en una zona especialmente débil.

Aún así, ese día fuimos a trabajar (horas más tarde de lo habitual), a pesar de que mamá insistió e insistió que permaneciéramos en casa. No consiguió convencer a papá: era el jefe de su escuadra, y no podía permitirse perder un día de trabajo.

Curiosamente, en las noticias no se hablaba mucho del asunto. Los noticiarios de la CENA nos decían que en menos de dos días cubriría toda la Confederación. Los estatales nos dijeron que la nube procedía del volcán de la semana pasada, y que había llegado a eso de las cuatro de la madrugada a todos los rincones de North State. Nos aseguraban que no era peligrosa, y que lo mejor era continuar con nuestras vidas siguiendo nuestros relojes, porque nuestra orientación por el sol ya no servía de nada. Se preveía que en una semana se desharía por sí sola.

Y eso hicimos: continuar con nuestras vidas al igual que hicimos cuando nos dijeron que se había inundado el puerto de Louissiana, o que había desaparecido un estado entero (no recuerdo el nombre; yo tenía cinco años) en un maremoto y no había ningún superviviente al que poder rescatar.

Seguimos trabajando, durmiendo, comiendo… Puede que, en el exterior, no cambiáramos, pero por dentro había algunos que estaban dando la vuelta por completo.

Para nosotros los leñadores fue difícil adaptar la nueva situación de nuestros cielos a nuestro trabajo. No supimos de lo mucho que dependíamos de la luz hasta que perdimos el sol.

Al principio, empezamos iluminando todo el perímetro en el que estábamos trabajando por entonces con focos de metro y medio, como los de algunos estadios de béisbol. Al cabo de tres días teníamos un gasto enorme de luz y tres leñadores en el hospital.

Cuando todos los leñadores se reunieron en el Almacén para buscar una idea que nos sirviera, yo estuve allí, sentada con Lucas y algunos niños más en los montacargas manuales, con buenas vistas de todos los presentes. Era un caos organizar una reunión así: todo el mundo hablaba a la vez, y nadie callaba cuando los oficiales se dirigían a todos.

—¡Podemos dejar la producción durante esta semana hasta que el negro se disipe! —propuso uno gritando.

—Eso no es una opción —se negó uno de los oficiales. Creo que se llamaba Rell—. En el congreso han aumentado la tasa de producción. Ahora mismo necesitamos todos los recursos posibles para ir tirando.

Tras varias proposiciones más, saltó mi hermano Adonne.

—¿Y si lo estamos enfocando mal? ¿Y si no debemos pensar en cómo iluminar los sectores, sino todo lo contrario? Tenemos que pensar en cómo ver en la oscuridad: el uso de gafas nocturnas podría ser una solución.

Al día siguiente, un cargamento de gafas nocturnas había llegado al Almacén, y nos entregaron a todos y cada uno un par.

Me sentí realmente orgullosa: mi hermano había dado con la solución, aunque se desquitaba todos los méritos, demasiado modesto. En vez de ir en contra de la oscuridad se había dejado llevar por ella.

Los niños, cuando dejábamos de trabajar, nos dedicábamos a jugar por las calles con las gafas mientras los adultos nos decían que no era instrumental para ello, que debíamos cuidarlas. Si las perdíamos, deberíamos pagarlas. Aunque el verdadero origen de todas esas advertencias siempre fue el creciente temor que iban teniendo los mayores por lo que estábamos viviendo. Habíamos pasado inundaciones que hacían desaparecer estados enteros; heladas mundiales que nos dejaron sin cosechas ni animales atrapados en casa; olas solares que quemaron millones de hectáreas del planeta y nos obligaron a permanecer bajo tierra. Cambios en la atmósfera, en el aire, en el agua…

Pero jamás nos habíamos enfrentado a algo así, e inspiraba temor.

Aquello para nosotros los niños al principio no era una catástrofe, sino una nueva forma de ver el mundo a través de una bruma verde que nos proporcionaban unas gafas.


Dos semanas después, la nube continuaba ahí arriba. Empezaron los casos de depresión y falta de vitaminas (que solo afectaron al sur de la CENA, poco acostumbrados a la ausencia de luz).

A la tercera semana nos anunciaron que el estado de Nueva Oregón estaba trabajando junto con el Capitolio para buscar una solución en la tecnología. Entre mis amigos se habló de un ventilador gigante que se llevaría la nube muy lejos. Las cosechas de Atlanta iniciaron un proceso de decrecimiento: las plantas de cultivo básicas (esas de días) detenían su ciclo para morir.

Fue en la cuarta semana cuando empezaron los primeros síntomas.

Recuerdo vagamente que Adonne se mareó un día y terminó vomitando todo lo que tenía en el estómago. Lucas tampoco se encontró muy bien, y faltó un día al trabajo. Pero de todos los que conocía que hubieran sufrido el síndrome fue Reebo el que se llevó la peor parte.

Estábamos trabajando, como de costumbre. Reebo me estaba enseñando a asegurar el equipo de los "colgantes" (así llamaba yo a los leñadores que se descolgaban de los árboles más altos para podarlos); qué debía comprobar y cómo debía hacerlo. Qué cuerdas usaban, qué arneses estaban viejos y cómo saber cuándo había que jubilarlos. Me estaba enseñando a montarlos para que pudiera ayudar de vez en cuando a los colgantes.

Tras ponerse por tercera vez el equipo se lo quitó y me dijo que se lo colocara yo ahora.

Y en eso estábamos. Estaba ajustando las correas de su cintura y las protecciones del pecho. Reebo se llevó una mano a la cabeza y gruñó levemente.

—¿Lo he apretado demasiado? —pregunté.

—No, no. Continúa, que vas muy bien.

Coloqué el arnés con esmero, y comprobé las correas un par de veces dando tirones. Entonces, Reebo apoyó una mano sobre mi hombro apretándolo. No, no apretaba, sino que dejaba parte de su peso sobre mí. Alcé la vista (no era muy alta a esa edad) y vi su rostro más pálido de lo normal. Tenía los ojos cerrados, y al abrirlos, pude ver lo irritados que los tenía. Apretó los dientes, gruñó de nuevo y, poniendo los ojos en blanco, se dejó caer al suelo, justo a mis pies.

Empezó a temblar y soltar ruidos raros, y yo para acompañarle grité realmente asustada. Me arrodillé a su lado, y vi que en realidad estaba tosiendo, solo que el sonido venía desde lo más hondo de su pecho. Era un sonido hueco y anormal que me aterrorizaba. Yo no valía para las emergencias.

Por fin se acercó alguien. Algunos leñadores nos rodearon, y mi padre se agachó a mi lado. Yo intenté apartar la mirada de Reebo porque la situación en la que estaba le daba un carácter indefenso que era incapaz de relacionar con el hombre que yo conocía.

Medio minuto después, junto a las toses escupía algo negro y espeso que nos dejó desconcertados. Era como si Reebo se estuviera ahogando en ese líquido parecido al petróleo. Adonne tiró de mí para levantarme del suelo y me abrazó muy fuerte. Me pareció bien poder refugiarme en los familiares brazos de mi hermano.

Consiguieron una furgoneta (¿de dónde la sacarían?) y unos cuantos se llevaron a Reebo al centro de salud. No volví a tener noticias de él hasta que papá llegó a casa por la noche, agotado y con ojeras.

—Ahora mismo está estable, pero no saben qué le ha pasado —nos contó a los tres.

—¿Y qué era lo que escupía? —preguntó Adonne.

Papá se encogió de hombros, pero parecía furioso.

—Lo han calificado de origen desconocido, y cuando he preguntado cuándo iban a analizarlo me dijeron que no había presupuesto para algo sin importancia. Dijo que eran casos muy poco frecuentes y aislados.

—¿Ha habido más? —mi madre habló con voz alarmada.

—Sí, a lo largo de esta semana y la anterior se han dado diez casos aquí en North State, y también en el resto de estados.

Esa noche tuve pesadillas. Estaba en el baño y escupía el líquido negro en el lavabo. Me ahogaba, y no podía respirar. Pero no moría, sino que aquella tortura se alargaba horas y días, y parecía no tener nunca fin.

Me desperté sudando y llorando, y de repente la oscuridad empezó a parecerme terrorífica. Una parte de mí se avergonzó de ello (el miedo a la oscuridad ya lo había superado hacía años); pero la otra parte me hizo salir de la cama y atravesar como un rayo el pasillo hasta la habitación de Adonne, donde me colé sigilosamente.

—¿Adonne? —susurré muy bajito.

Mi hermano se agitó, aunque no despertó. Le sacudí el hombro.

—Adonne, despierta.

—¿Qué pasa? —masculló frotándose los ojos. —¿Qué quieres, Thea?

Me costó algo admitirlo.

—Es que… Es que… he tenido una pesadilla —murmuré al fin—. ¿Puedo dormir contigo?

Adonne dijo algo por lo bajo que sonaba como si estuviera maldiciendo, y volvió a cerrar los ojos; estaba molesto por haberle despertado. Pero su lado más bueno, ese que adoraba a su hermana tanto como ella a él, le hizo apartar las sábanas y dejarme un hueco. Me refugié en el calor de su cama y me acurruqué junto a él.

Al final acabó abrazándome medio dormido bajo las sábanas, y yo me sentí tan segura y querida que juro que pensé que nada podría pasarme si permanecía así, junto a mi hermano, para siempre.


Lo llamaron la Vida Negra. Ironías de enfermos.

Reebo nunca llegó a recuperarse del todo, y aún hay veces que cuando paso por su casa a verle tose mucho y muy fuerte. Más tarde descubriríamos que se dieron más de mil casos en toda la CENA, y setecientos ochenta y tres personas murieron a causa de ello.

Aquel humo que nos cubría le ha destrozado los pulmones desde dentro, y le ha hecho perder el setenta y nueve por ciento de su capacidad de captación de oxígeno. Sé que por las noches duerme conectado a un aparato asegura que su respiración no se detenga durante la noche, y si en algún momento vuelve a tener una parálisis de las funciones del pulmón su muerte será cuestión de minutos.

Pero si todos respirábamos el mismo aire… ¿Por qué no enfermamos todos? Los científicos de Nueva Oregón dicen que seguramente todos tengamos algo de ese humillo negro impregnado en los pulmones, solo que unos se vieron más expuestos o tenían un sistema de inmunidad más débil.

Dos días después del ataque que sufrió Reebo, estuve hablando con el abuelo por teléfono. Cuando le describí lo sucedido con todo lujo de detalles (me gustaba contar historias tanto como a él), no le resultó tan extraño.

—Me recuerda al síndrome del minero —comentó.

El abuelo había sido minero en sus tiempos mozos, cuando aún no había empezado a ejercer de profesor. Me había contado historias de compañeros cincuentones que llevaban en las minas durante años, y que durante las vacaciones se acatarraban y expulsaban el polvo del carbón acumulado en los pulmones. Podía llegar a causarles verdaderos problemas. Por suerte, mi abuelo encontró pronto un trabajo en un colegio antes de empezar a sufrir el síndrome del minero.

La Vida Negra no fue lo único que nos asoló.

Estuvieron los cambios de temperatura, de presión atmosférica. Los mareos, las fatigas, los temblores, las fiebres y el insomnio. Aunque yo era bastante amiga de este último desde siempre, empezó a empeorar. Las noches las pasaba completamente en vela, leyendo los libros que el abuelo me dejaba o viendo las noticias en la televisión. Los días se convertían en un infierno, porque seguía siendo de noche, y mi cuerpo me pedía descansar. Era como si me instara a darle la vuelta a mi reloj: dormir durante el día y trabajar por la noche.

Esto podría haber mejorado mis problemas de hiperactividad, pero fue todo lo contrario. Empecé a tener tics nerviosos, me temblaban las manos y parpadeaba muchas veces seguidas.

Fue en este momento cuando le escribí la primera carta al abuelo. En realidad, no le contaba en ella nada importante. Tan solo le decía que me emocionaba escribirle (a pesar de que habláramos bastante por teléfono cuando las tormentas no nos cortaban la línea) y que lo hacía por las noches por culpa del insomnio.

Al mes, parecía una muerta viviente. Mamá me llevó al médico un par de veces, y la doctora terminó recetándome unas pastillas para adultos que me costaba tragar. Caía rendida a los pocos minutos de tomarme la dosis, y por las mañanas me era imposible despertarme. Aunque fue una solución temporal, al cabo de varias semanas las dejé por voluntad propia y me receté mi propia medicina: trabajar el doble durante el día. Un vaso de leche por las noches y a dormir ocho horas del tirón.

En el trabajo, mis esfuerzos fueron notables. Mi padre me felicitó con un velo preocupado en los ojos. El resto de leñadores empezaron a tirar más de mis manos, lo que ayudó a mantenerme activa durante el día. Comencé a manejar adecuadamente un hacha, y al cabo de mes y medio pude empezar a perfeccionar mi técnica. Incluso Jem llegó a echarme una mano.

—Mira, si agarras el mango más abajo, la fuerza que usas se duplicará. Así…—Me agarró las manos y rodeo la madera gruesa del hacha.

Sentí su aliento en mi oreja, y sus piernas alineadas con las mías. Creo que dejé de respirar.

Con un movimiento fluido me hizo resbalar las manos más abajo, y juntos cortamos un trozo de madera bastante machacado con el que estaba practicando. Giró la cabeza para mirarme con una sonrisa de las suyas, y yo me sentí ridícula con las gafas nocturnas.

—Gracias —le dije sonrojada—. Tienes razón.

Más tarde, mientras caminábamos hacia el Almacén, Lucas estuvo pinchándome con el tema.

—Os he visto a Jem y a ti. Estabais muy juntitos.

—¡Qué dices! Mira que eres tonto.

Lucas se rió y me pellizco en el brazo para incordiarme.

—Ya, ya. A ti lo que te pasa es que gusta Jem.

No contesté. Me habría salido una voz chillona y estridente. Por toda respuesta, me puse roja.

—¿Sabes que es amigo de mi hermano? Un día de estos, cuando venga a casa, se lo diré.

Abrí los ojos desmesuradamente.

—¡Pero si no es cierto! ¡Eres idiota! ¡Como digas algo…!

Lucas se doblaba de la risa. Yo me crucé de brazos. Al final, me rodeo los hombros con su brazo y me empujó a continuar nuestro camino.

—Anda, vamos. Aún hay trabajo que hacer.


Un día, cuando ya estaba acabando noviembre, mi mejor amiga Suse y yo decidimos acompañar a nuestras madres al supermercado. Solían quedar juntas los sábados por la mañana para hacer la compra, y como hacía tiempo que no nos veíamos, aprovechamos la ocasión para pasar el día juntas.

Suse y yo nos conocimos el primer día de clase de nuestras vidas, y aunque al principio nuestra relación se basaba básicamente en que ella hablara y yo escuchara, pronto aprendí a ser más sociable (tenía cinco años y solo me había relacionado con mi hermano, Lucas y sus tres hermanos y dos hermanas) y a contarle cualquier cosa que me sucediera. Las dos teníamos más amigas, pero habíamos conectado realmente… Bueno, ahora que lo pienso, lo cierto es que no debíamos ser tan íntimas como pensaba. Hace un par de años que no sé nada de ella.

Mientras nuestras madres compraban, nosotras las seguíamos un par de metros por detrás, seguramente porque estábamos en esa edad en la que ir con nuestras madres al supermercado nos avergüenza a la vez que las consideramos nuestras heroínas y mejores confesoras. La edad en la que crecer nos suponía aceptarnos y acomplejarnos, y comprender que superarnos era nuestro objetivo.

Recuerdo que cogí mi caja preferida de cereales y la lancé en el carro. Suse me imitó con los suyos.

Mamá cogió la caja y empezó a mirar la tabla con los nutrientes. Lo hacía con cada producto que cogía antes de darle el visto bueno y dejarlo en el carro. Aunque ya me los había comprado varias veces, siempre lo hacía. Entonces, se fijó en el precio y su cara se desfiguró a un gesto de sorpresa.

—Maggie, ¿sabes si han vuelto a subir los precios?

La madre de Suse, que estaba escogiendo unas galletas de fibra, asintió vagamente.

Más tarde nos enteramos. Hacía dos días nuestros ministros habían lanzado un comunicado que no vio nadie de mi casa. Se sentaron en la sala del Ministerio Central de North State y con el escudo de nuestro estado de fondo anunciaron que la situación de las cosechas en Atlanta, y que habían aceptado en el último Congreso celebrado en el Capitolio la subida de impuestos en productos de cereales y sus derivados. Pronto le seguiría la carne de Texas.

—¿Por qué han aceptado sin pedir nada a cambio? —preguntó mi padre cuando aquella tarde encendimos la televisión para enterarnos del comunicado.

—Estoy seguro de que les habrán dado algo por detrás —gruñó mi hermano.

No entendía los comentarios de Adonne cuando veíamos en la televisión a nuestros ministros anunciar algún comunicado. Criticaba sin crueldad alguna a Terrence Jill, Pierre Larouxe, Max Zyne y Caleb Walkinson, nuestros representantes en los Congresos que se celebraban en el Capitolio. Debían defender los intereses de North State frente a los otros trece estados y evitar que nuestra producción fuera infravalorada en términos económicos. Pero a Adonne no le parecía que hicieran muy bien su trabajo. Papá a veces se ponía de parte de mi hermano, y mamá callaba, aunque su mirada siempre reflejaba lo que sentía verdaderamente. Yo era demasiado inocente e ingenua como para interpretarla, pero era una mezcla de impotencia y furia.

Había veces que cuando estábamos solas y le mencionaba de pasada las reacciones de Adonne ante los comunicados ella se reía y me decía simplemente que era muy pasional y rebelde. No llegué a comprender lo que quería decir hasta un año después.

—¿Has visto en qué casas viven, papá? Y nosotros aquí, desviviéndonos para poder cubrir la cuota.

—Al menos no nos pagan mal —comentó papá—. Y más ahora que Thea está progresando. —Se centró en mí y me sonrió con un deje de orgullo. —Por cierto, he estado hablando con el "jefe" y me ha dicho que en nada podrás pasar de aprendiza a una verdadera trabajadora, con un sueldo de verdad.

—¡Eso es genial! —dije emocionada.

Adonne me dio un par de palmaditas en el hombro.

—Entonces habrá que abrirle una cuenta. Para que pueda tener su dinero en un lugar seguro —sentenció mamá.

Mi hermano también tenía una cuenta, pero ya manejaba su propio dinero. Al fin y al cabo, tenía veinte años. Mamá estaba segura de que en el momento menos esperado nos presentaría alguna chica, se casaría y le traería un nieto, quizá dos, quizá cinco.

Es una pena que nunca tuviese la oportunidad de hacer su vida.


N.A.

Sadder, he tomado nota de tu comentario, donde me dijiste que se te había hecho largo. Aunque he intentado hacerlo un poco más ameno, este capítulo también te habrá parecido largo y un poco técnico. Pero te prometo que el siguiente es más entretenido, ya que se centra un poco más en Thea (que por cierto, ya para todos, se pronuncia Cía).

Si gran parte de esta historia es mía, creo que tiene mucha influencia (la situación de oscuridad) de un libro que os recomiendo especialmente: La Edad de los Milagros, de Karen Thompson Walker. Personalmente, me pareció muy bueno.

No sé exactamente cuando podré subir el siguiente, porque la próxima semana me hacen una intervención y a la siguiente empiezo los exámenes. Así que en cuanto pueda os prometo que lo subo.

¡Gracias por todos los comentarios!