De nuevo, el cargador se ha roto y he tenido que hacer malabares para pasar la historia a otro ordenador. Bendito Google Drive...
Para ti, Bella Scullw, con mucho cariño de tu AI.
Aunque los Días Oscuros y las pocas pistas que tenemos de ellos pertenecen a Suzanne Collins, la mayoría de los hechos de esta historia y sus personajes son invención mía.
Capítulo 4
La primera carta que recibí del abuelo fue a mediados de diciembre, una semana antes de Navidad. Fue casi como un regalo adelantado, y la leí en cuanto la saqué del buzón, en la calle. En ella el abuelo me recomendaba una receta de la abuela para poder dormir con tranquilidad: un vaso calentito de leche con canela y miel. Decía que lo probaríamos cuando viniera a North State el próximo miércoles.
Para mí, aquellas fiestas siempre habían sido la mejor parte del año. Nos reuníamos todos en casa: mis abuelos paternos, los dos hermanos pequeños de mi padre y sus esposas. Hasta mi abuelo cogía un tren y venía a visitarnos desde York.
Lo que nunca se me ocurrió pensar es que fueran a ser las últimas navidades normales que tendríamos.
Cuando el miércoles llegó el abuelo, estábamos ya todos en casa. Nuestro periodo de vacaciones había comenzado el día anterior, y habíamos pasado la mañana decorando la casa para recibir a la familia esa noche.
Primero abrazó a mi hermano con fuerza. Hacía tiempo que no se veían. Después, me cogió en brazos, y no me soltó mientras besaba las mejillas de mamá o le daba un apretón de manos cariñoso a mi padre.
Aquella noche, tras la cena familiar (que consistió en un plato único de puré de patatas, verdura y pollo) nos sentamos en la sala de estar a hablar. Eran más de diez voces reunidas hablando a la vez en una pequeña sala, lo que convertía mi casa en mi verdadero hogar.
Supongo que cuando pierdes todo esto descubres precisamente la diferencia abismal que existe entre tu casa y tu hogar. Aunque yo cuatro años después haya vuelto a casa, todavía no he encontrado mi hogar. Ni en mi habitación, ni en el salón. Tampoco en las calles del barrio ni en los bosques.
A medianoche, procedimos a darnos los regalos. Por el aire volaron los envoltorios de todos nuestros presentes, y nos probamos gorros, colgantes, calcetines de algodón… Mis abuelos me regalaron un pijama nuevo, y mis tres tíos una delicada pulsera de cuero con colgantes de madera tallados al detalle. El abuelo me trajo desde York la colección de hojas que hacíamos ya terminada en un álbum. Habíamos comenzado hacía cuatro años, cuando me llevaba a dar paseos por el sendero y yo no dejaba de preguntarle el nombre de todos los árboles y sus frutos. Esas navidades, el abuelo se había dedicado a completarlo, y ahora tenía todo un álbum de hojas disecadas con sus nombres.
Adonne me regaló unos guantes nuevos para el trabajo verdes, mi color preferido. Papá y mamá (aunque sospecho más de mi madre) decidieron que era ya mayor y me regalaron un conjunto de ropa interior de algodón rosa crema. Al abrirlo, me sonrojé. Fue el primer sujetador que tuve, y me dio vergüenza tener que abrirlo delante de toda la familia.
Por la noche, no conseguía dormirme. Me levanté de la cama y sorteé el colchón que había en el suelo, donde Adonne roncaba con suavidad. Le había dejado su cama al abuelo. Me puse una chaqueta y salí a la calle, sentándome en las escaleras de nuestro porche. Era de noche, pero una noche demasiado profunda y oscura para ser normal. La gran nube llevaba cubriendo la luna todas las noches desde hacía casi cuatro meses, y el sol no siempre conseguía filtrarse entre los vacíos de aquella espesura. Cuando lo hacía, proyectaba un halo de luz sobre un trocito de tierra que nos hacía sentir bendecidos. Los niños nos dirigíamos corriendo hacia ese haz que solía durar un minuto o dos. Nos bañábamos de cálidos rayos hasta que desaparecía la luz. Entonces, volvíamos a nuestros juegos nocturnos.
Ese veinticinco de diciembre estaba helando cuando me senté en el porche. La temperatura había descendido bruscamente en el último mes, y todos habíamos empezado a tirar más de la calefacción, lo que había producido en la última semana una subida vertiginosa del precio del gas. Aunque yo a la tierna edad de los trece no entendía muy bien lo que suponía todo aquello para mi familia, no era tonta, y había sido consciente de los cambios que se habían producido en nuestras vidas: papá había comprado bombillas de bajo consumo, y mamá compraba muchas más marcas blancas. Adonne siempre iba detrás de todos apagando todas las luces posibles, y los baños que a veces nos dábamos mamá y yo juntas con burbujas para "relajarnos" fueron sustituidos por duchas rápidas.
Aún así, la vida no fue menos feliz. Nos apretábamos todos más los cinturones, pero en nuestra asfixia aún éramos capaces de encontrar cosas bellas. Y en eso consistió el año nuevo que vino.
Ese nuevo año nos trajo más heladas y más costes. A mediados de enero, el frío era insoportable, y compramos nuestra última barra de pan antes de que todas fueran apartadas por la escasez de cosechas.
En febrero, llegaron los últimos casos de gripe, que habían sustituido durante el invierno al síndrome de la oscuridad. Ese al que ya casi todos nos habíamos hecho inmunes. Para nosotros, la oscuridad había pasado a ser parte de nuestro día, y ya no recordábamos qué era capaz de darnos el sol. Las vitaminas hacían su efecto.
Con marzo, llegó la primera bajada de sueldos, y por consiguiente el correspondiente comunicado de nuestros ministros. Jill, Zyne, Larouxe y Walkinson se sentaron frente a las cámaras y con caras serias enumeraron las distintas bajadas.
—Sector leñador: una bajada del veinticinco por ciento del sueldo bruto.
Puede que ya no fuera al colegio, pero sabía qué suponía una bajada del veinticinco por ciento.
Mis padres no se tomaron muy bien la noticia, pero parecía que a Adonne se le hubiera atascado ese porcentaje en la garganta, porque empezó a ponerse rojo, como a mí me sucedía cuando Jem me miraba. Terminó soltando palabras muy malas que no me dejarían repetir, y al final mamá le "invitó" a dar un paseo para que se tranquilizara. Yo salí detrás de él, y le abracé por la espalda en el porche.
—No pasa nada —le aseguré—. Vamos a estar bien. Somos tres sueldos.
Mi hermano se dio la vuelta y me abrazó. Susurró en mi oído:
—¿Y el resto de las familias? ¿Y esas que no tienen más que un sueldo? ¿Qué será de ellas?
Lo pensé apoyada en su hombro.
—Les ayudaremos.
Adonne ahogó una carcajada en mi pelo, y me apartó de él con suavidad.
—¿Adónde vas? —le pregunté al ver que no me seguía hacia el interior de la casa.
—He quedado con Max. Diles a mamá y a papá que no me esperen para cenar.
Algo me advirtió de que estaba mintiendo. Puede que fuera el tono de su voz, o el hecho de que se marchó en dirección contraria a la casa de Max.
No le di demasiada importancia, cuando en realidad fue ese instante, ese segundo en el que mi hermano giró la cabeza hacia mí, hacia su hogar antes de desaparecer en la esquina, en el que el destino de su familia, la mía, y del resto de familias de toda la CENA cambió.
Pero yo entré en casa, y no volví a preocuparme por Adonne hasta que estuve a punto de acostarme, cuando una marea de sirenas y luces bañaron nuestra siempre tranquila calle. Me asomé por la ventana, y vi varios coches de agentes confederales bajando la calle, en dirección al centro de la ciudad.
Salí de mi cuarto, y vi que mis padres habían salido a la entrada de casa para ver qué sucedía. Uno de los coches se detuvo frente a nuestras casas; salió de él un agente con un megáfono.
—Permanezcan en sus casas hasta nuevo aviso. Es una orden.
Los agentes confederales no eran de lo más común en los estados. Lo normal es que de los asuntos estatales se encargaran los agentes estatales. Tan solo veíamos a los agentes confederales en asuntos políticos interestatales, de guardaespaldas de gente realmente importante y en los Congresos del Capitolio. Aquí, en North State, los veíamos tan solo puntualmente en el Ministerio Central, cuando la presidenta de la CENA, Nora Bonham, visitaba a nuestros ministros.
El nombre oficial de estos agentes eran agentes confederales o la guardia blanca. Pero por su uniforme, impoluto de blanco, y sus intenciones pacifistas (no iban armados, y por regla general no usaban la violencia), coloquialmente les llamábamos los agentes de la paz. Y todos los niños soñamos alguna vez con ser uno de ellos. Bueno… hasta hace cuatro años.
Papá se acercó a hablar con uno de los agentes, y a él se le unieron un par de vecinos. Mamá entró en casa y yo me quedé fuera, queriendo averiguar qué era lo que estaba sucediendo.
Al final, papá se acercó al porche. Estaba algo tenso, y si hubiera habido más luz habría visto su rostro algo más pálido de lo habitual.
—¿Qué pasa, papá? —le pregunte.
Me pasó un brazo por los hombros y se quedó mirando cómo los agentes blancos intentaban tranquilizar a nuestros vecinos.
—Hay una manifestación en el Ministerio Central. Desde que dieron la noticia hay una congregación de personas que rodean el edificio y los ministros están dentro atrapados.
Mamá salió de casa con el rostro desfigurado por el miedo al haber oído las palabras de papá.
—Adonne todavía no ha llegado a casa.
Mis padres se miraron (una mirada que jamás olvidaré), y papá entro dentro corriendo. Cuando salió, se estaba poniendo el abrigo encima del pijama.
—Voy a buscarle. No quiero que se meta en un lío. Es raro que estos hombres estén aquí.
—¡Yo voy contigo! —dije al instante.
Mi madre se descompuso de terror.
—¡No. Tú te quedas aquí!
—¡Pero yo quiero ir a buscar a Adonne!
—¡Que no, Thea!
—Pues voy a escaparme —sentencié.
Quizá no os parezca un argumento muy lógico, pero pronuncié esas palabras con soltura, sabedora que serían el billete a la victoria.
No sería la primera vez que me escapaba. Y ellos preferían que me fuera con mi padre. Al menos mi padre me tendría controlada.
—Ponte un abrigo —me ordenó mi padre, y mi madre le miró con una furia contenida—. ¡Qué! Mejor que venga conmigo, ¿no?
Me puse el abrigo sin cambiarme como mi padre y salí. Papá me agarró de la mano y dimos la vuelta al jardín para que los agentes no nos vieran.
Tardamos veinte minutos en llegar al centro de la ciudad. Normalmente, este trayecto podía durar diez, pero tuvimos que esquivar las calles principales para evitar a los agentes de la paz. No querían que más gente se uniera a la manifestación, y aunque les hubiéramos explicado que solo íbamos a por mi hermano, no nos hubieran dejado continuar con nuestro camino.
Yo nunca había visto una manifestación ilegal. Ni siquiera una manifestación normal. Tan solo en la televisión, y nunca sucedían en North State.
Así que puedo decir que me impactó bastante la visión de tanta gente junta, gritando por las bajadas de sueldos, quemando cubos e intentando acercarse a las rejas que rodeaban el Ministerio Central. Eran contenidos por agentes de la paz, estáticos y con escudos transparentes. Rodeaban todo el edificio, pero no actuaban. Como era habitual.
Papá apretó los labios.
—No tendrías que haber venido, Thea. Este no es lugar para una niña.
Todos eran adultos, pero en su mayoría eran jóvenes veinteañeros, los que se veían más cabreados. Empezamos a sumergirnos en la marea de gente, la mano de mi padre firme en mi muñeca, en busca de Adonne.
Tardamos casi media hora en dar con él. Estaba subido a un cubo de basura con dos amigos (uno de ellos Max) gritando las injusticias del gobierno y hablando sobre coalición. En ese momento, yo no entendí mucho qué quería decir mi hermano. Vale, sabía que no era justo lo que nos estaban haciendo. Pero yo sabía esto porque era lo que escuchaba decir a los leñadores de la escuadra o en mi casa. No entendía hasta qué grado estábamos sufriendo, porque mi mente aun no madura tendía a deformar la realidad, o a ignorarla.
Solo comprendí que mi hermano podía llegar a asustarme de verdad.
Papá tiró de él para que bajara del cubo, y Adonne se sorprendió cuando le vio.
—¿Papá? ¡Qué haces aquí! Has venido a unirte a nosotros, ¿no?
Mi padre le dio un tiró y lo alejó de la gente congregada en torno al cubo.
—¿Es que estás mal de la cabeza, joder? ¡Las cosas no se hacen así, Adonne!
—¿Y cómo quieres que las hagamos? ¡Cuándo! ¿Cuándo nos tengan muertos de hambre y no tengamos fuerzas para nada?
Ahora me doy cuenta de que Adonne no estaba muy desencaminado. Era lo que realmente querían conseguir.
Y lo que han conseguido.
Después, no sé muy bien por qué, mi padre le abrazó. Muy fuerte. Y fue cuando mi hermano me vio tras él.
—¡¿Has traído a Thea?! ¿Estás loco?
—¡No es momento de discutir eso ahora! Vámonos.
Y empezó a arrastrar a Adonne. Mi hermano se sacudió el brazo de mi padre y dijo:
—Yo no pienso marcharme. ¡Nada es justo! ¡Nos estamos muriendo de hambre!
A mi padre se le crispó el rostro.
—¿Te estás muriendo de hambre, Adonne? ¡Porque que yo sepa no te falta un solo plato ningún día!
Adonne se sonrojó de la rabia.
—Puede que aún no, papá. Pero pronto Thea no tendrá nada que comer.
—¡Pues cuando llegue ese momento, te dejaré manifestarte y arriesgar la maldita vida que te dio tu madre todo lo que quieras! —mi padre dijo alzando la voz, porque la multitud empezó a gritar con mucha más pasión y fuerza. Nos aplastaban los unos contra los otros.
—¿Y qué hay del resto de familias? ¿Dejamos que se mueran de hambre? —le respondió mi hermano, que ya gritaba. Entonces, nos empujaron con mucha más fuerza hacia delante, en dirección a las rejas del Ministerio Central. Entre mi padre y mi hermano consiguieron ponerme entre ellos para que no me perdiera en la multitud.
Mientras ellos seguían discutiendo, yo no pude dejar de pensar en si verdaderamente había gente en nuestro estado que estuviera muriéndose de hambre.
Ahora me gusta pensar en ese momento como en los primeros segundos de mi vida en los que la verdad me iluminó. O más que iluminar, podría decir que me apagaron todas las luces y me di de bruces contra la oscura verdad.
Empecé a repasar todo lo que había oído y no había "escuchado". El volcán había destruido todas las cosechas, y el ganado de toda la CENA se moría. Los precios se habían disparado, y nos estaban bajando los sueldos. En mi casa entraban tres sueldos, a veces cuatro. Pero había casas, familias enteras que se mantenían con solo uno. Las enfermedades que habían traído las nubes, la tasa de suicidios que había salido a la luz hacía un mes…
Nos estábamos pudriendo. Poco a poco.
Un nuevo empujón, esta vez más fuerte que los dos anteriores, nos hizo tropezar. Solo que esta vez era en dirección contraria. Mi hermano me cogió en brazos por un momento y, al mirar sobre sus hombros, vi lo que estaba sucediendo.
Los agentes de paz habían dejado de ser agentes pasivos por primera vez.
Antes, la gente estaba empujando en dirección a las rejas para poder entrar al edificio, un edificio que estaba rodeado de agentes confederales cada vez más cabreados.
Habíamos tirado demasiado de la cuerda, y ahora nuestra propia fuerza nos estaba arrastrando hacia ellos.
Los agentes estaban avanzando. Habían sacado porras y armas eléctricas, cosas que ninguno hubiera pensado que tendrían ese tipo de agentes blancos. Estaban atacándonos, y estaba debatiéndose entre enfrentarse a ellos y huir.
Tiré de la manga de mi hermano, intentando que me hiciera caso; pero Adonne estaba demasiado ocupado discutiendo con papá. Al final, tuve que chillar para que me escucharan.
—¡Están atacando, papá!
Adonne me bajó de sus brazos y se dio la vuelta para ver lo que sucedía con sus propios ojos. Me empujó hacia papá y le dijo:
—¡Salid de aquí cagando leches! ¡Llévate a Thea!
—¡No, tú te vienes nosotros!
—¡Tengo que hacer algo!
—¡No tienes que hacer nada! ¡No tienes que hacerte el héroe, porque lo único que vas a conseguir es acabar muerto en el suelo!
—¡Lo que te pasa es que eres un cobarde, joder! ¡Siempre lo has sido!
A esas alturas, yo ya había empezado a llorar. No quería ver a mi hermano muerto en el suelo, y tampoco pensaba que mi padre era un cobarde. Tan solo nos quería sanos y a salvo a todos en casa.
Me abracé a Adonne y empecé a agitarme por el miedo y los sollozos que me cortaban la respiración.
—¡Po… Por fa… favor, vámonos… ¡Ya, Adonne, por favor!
Mi hermano agachó la cabeza.
Me miró.
Me abrazó con fuerza.
Y salimos de allí los tres como pudimos antes de que empezaran los disparos.
Llegar a casa fue mucho más fácil de lo que nos había resultado a papá y a mí salir a buscar a Adonne. La mayor parte de los agentes confederados se habían retirado, probablemente para actuar como refuerzos en la manifestación. Recuerdo que papá iba delante de nosotros, aunque miraba cada minuto hacia atrás para asegurarse no de que le seguíamos, sino de que mi hermano no había dado la vuelta.
Adonne no me soltó la mano en todo el trayecto, y cuando mamá, que estaba esperándonos en el porche, nos vio a los tres, echó a correr y abrazó a Adonne. Mi hermano se separó rápidamente, algo furioso y entró en casa. Mamá miró a papá, después a mí, y reparó en los surcos de lágrimas que me manchaban las mejillas, probablemente rojas.
—Oh, mi niña —me riñó a la vez que me acogía entre sus brazos. Yo empecé a llorar otra vez, porque la sensación de protección que sentía ahora comparada con terror anterior era demasiado contraste para mí. Era alivio—. Te dijimos que no fueras. ¡Es que te lo dije!
Mamá se debatía entre estar enfadada conmigo y no soltarme jamás. Entramos en casa, y papá fue al cuarto de mi hermano para asegurarse de que no se había marchado. Mamá me llevó a la cocina y me hizo uno de sus famosos tés verdes. Yo me quité el abrigo y dejé que me mimara un rato como hacía tiempo que no le dejaba hacer por el simple hecho de tener ya trece años.
Aun recuerdo aquella noche: papá y Adonne gritándose con la puerta cerrada, mamá aguantando las lágrimas y yo abriendo los ojos como nunca, a pesar de tener un sueño tremendo. Al final, mamá me llevó a su habitación, y nos acostamos juntas, ella pegada a mi espalda y yo sosteniendo sus brazos en torno a mí.
Al día siguiente, fui la primera en levantarme. Papá no estaba en casa, y fui a la habitación de Adonne a comprobar que seguía allí. Estaba dormido profundamente, como era de costumbre, y entré para quitarle los zapatos y taparle con la manta de la abuela. Apenas sintió el movimiento, y cerré su puerta.
Me senté en el sofá del salón y encendí la televisión. No solía hacer aquello muy a menudo, porque nunca encontraba nada de interesante en las noticias.
Ese día, hice una excepción. Primero vi el noticiario estatal, donde tan sólo retransmitían imágenes de la manifestación de anoche desde que comenzó hasta pocos minutos antes de que los agentes de la paz se manifestaran. Me enteré de que los disparos que habíamos oído no eran más que armas de fogueo para deshacer la multitud, y que tan sólo había cincuenta y un heridos, la mayoría de ellos por heridas leves.
En cambio, en las noticias de la CENA tan solo estaba la presidenta Nora Bonham felicitando a todos los estados y sus ciudadanos por arrimar el hombro como estaban haciendo en la situación actual de la Confederación. Aseguraba que los científicos continuaban investigando los residuos del volcán que permanecían en el cielo, a la vez que cada estado tenía su propio grupo de científicos controlando la situación meteorológica. También comunicaba que se había puesto en marcha el proyecto que en un pasado funcionó a la perfección: utilizar las naves de reserva que teníamos en el norte, esas en las que se guardaban semillas conservadas de todo tipo de vegetales y cereales comestibles, para empezar a tirar de ellas en lo que durara la situación.
Estaba tan ensimismada en la televisión que no escuché a mi madre entrar en el salón. Apagó la televisión, y yo me quejé diciendo que estaba viéndolo.
—No son cosas para niños —respondió seca.
Quise decirle que yo había estado en esa manifestación, no ella, y que tenía todo el derecho a ver la televisión cuando quisiera. Odiaba cuando me trataba como a una niña, y me puse de pie en el sofá para estar más a su altura y quejarme como cualquier niña de ocho años haría.
Antes de que le dijera cualquier cosa, escuchamos la puerta de la entrada abrirse y luego cerrarse, y al poco papá estaba en el salón. Parecía que no había dormido absolutamente nada en toda la noche.
—Thea, tenemos que hablar —me dijo. Y el tono que usó fue suficiente para hacerme sentar de nuevo en el sofá.
Papá se acomodó a mi lado, y me apretó la rodilla cariñosamente con la mano.
—Escúchame atentamente: no puedes decirle a nadie que estuviste en esa manifestación, ¿vale? Tampoco que estuvimos tu hermano y yo. Si lo haces, pueden arrestarnos, y no es precisamente lo que necesitamos ahora mismo. Sabes lo que sucede si te arrestan, ¿verdad?
Claro. Cualquiera lo sabía. La diversidad de castigos eran espeluznantes: desde multas hasta trabajos forzados durante años, pasando por condenas; y siempre conllevaba cargos y quedar suspendido en el trabajo durante el tiempo que consideraran necesario. Justo esto último era lo que mi padre quería evitar.
Todo este sistema penal tan duro era antiquísimo, y venía a raíz de la desesperación que sufrió la gente hacía décadas, cuando el mundo cayó en declive. Violencia voluntaria, asesinatos, violaciones, atracos, torturas… Si lo conservábamos era por ser casi patrimonio histórico y porque en estos tiempos mantenía a raya todo eso, aunque ya no estuviéramos tan locos y desesperados como nuestros tatarabuelos.
—No diré nada —le prometí a mi padre.
N.A. (Algunas notillas que tal vez os interesa leer.)
En este capítulo iban a suceder muchas más cosas. Pero cuando he querido darme cuenta, se me estaba haciendo largo. Así que he decidido dividirlo. Y como tengo la sensación de que esta no va a ser la última vez que me pase, creo que esta historia va a ser mucho más larga de lo que me esperaba. Aunque si os está gustando, no creo que eso sea problema para vosotros.
Supongo que os preguntaréis por qué dejan a Thea ir con su padre. Podría volver a deciros de nuevo la misma respuesta que da la niña, que es hiperactiva y tiende a la desobediencia; y prefieren que ya que va a ir sí o sí, vaya con su padre. Esto hace parecer a los padres unos irresponsables y manejables por sus hijos. Pero como soy una persona de verdades, aquí tenéis la verdadera respuesta: porque, aunque lo haya hecho parecer un poco forzado, NO ME GUSTA EL CAMBIO DE NARRADOR en una misma historia. Y si empiezo este fic con Thea, con Thea se queda este fic hasta que acabe.
Un beso, y gracias por todos los comentarios. Sois todos unos amores :)
