Capítulo 5
Aquella no sería la única manifestación que Noth State presenciaría. Dos semanas después, cuando el ambiente se calmó y los agentes de la paz abandonaron las calles, la congregación de personas volvió a darse, esta vez en una de las plazas principales. La gente detuvo los vehículos oficiales de nuestros representantes, que quedaron atrapados en una marea humana por horas. Los agentes regresaron, y desde entonces la vigilancia se volvió exhaustiva. No hubo un toque de queda oficial, pero estaba más que claro que si te veían salir a horas sospechosas no te librarías de un interrogatorio.
No fuimos los únicos, lo que demostraba que algo no iba bien. Gran Missouri dejó de exportar textiles durante varios días, y en Texas tomaron su propia iniciativa, negándose a trabajar para llegar a la cuota mínima por ganadero. Lo peor fue cuando Nueva Ohio se acogió a su derecho de huelga y todos los medios de transporte intercontinentales se detuvieron por un mes. No pude ver a mi abuelo durante casi dos meses. Nos las tuvimos que arreglar con las escasas llamadas telefónicas que podíamos permitirnos.
En nuestro estado, imitando el modelo de Texas, nos negábamos a cubrir la cuota mínima de extracción forestal. Muchos leñadores decidieron quedarse en sus casas (Adonne entre ellos), pero muchos otros no pudieron permitirse el lujo de perder un sueldo diario.
Aunque el verdadero problema estaba en nuestro sistema de trabajo: nosotros, los leñadores, trabajábamos en grupos de treinta o más, y antes de las huelgas luchábamos todos juntos para cubrir las cuotas mínimas y superarlas, de forma que todas las familias tuvieran suficiente sueldo para sostenerse. Por ello, por mucho que durante las huelgas fueran a trabajar, a veces no conseguían ganar gran cosa.
Es por ello por lo que mi padre no hizo huelga durante esos meses. Era el encargado de una escuadra a la que le debía todo. Asistía al trabajo para poder ayudar a los que lo necesitaran a ascender su cifra de extracción todo lo que pudieran. Yo también iba, más que nada por ocupar mi cabeza e intentar olvidar los problemas con los que teníamos que lidiar.
A nosotros aún nos iba bastante decente para estar en la situación que estábamos, pero eso no quitaba que el hecho de que mi padre y mi hermano no se hablaran no fueran graves problemas. Yo no sabía cómo comportarse, y mi madre mucho menos, dividida entre su marido y su hijo. Adonne procuraba pasar el menor tiempo posible en casa, y papá trabajaba todo lo que podía para no volver tampoco. Ninguna de las dos veía la hora de que llegaran a casa, no solo físicamente, sino también volver a recuperarlos.
Por lo que yo también intentaba no quedarme mucho sola en casa. Salía con Lucas la mayor parte de las veces, porque los padres de Suse no dejaban salir de casa a mi mejor amiga a menos que una fuerza mayor les obligara, y era evidente que pasar tiempo conmigo no era una fuerza mayor.
Pasábamos tardes enteras recorriendo la ciudad, Lucas hablándome de las familias que conocíamos, si los hijos de esos formaban parte de los grupos bandalistas o los de aquellos se habían unido a los agentes de la paz para luchar contra los rebeldes, como se empezó a llamar a los manifestantes. Juntos, tras varias tardes, empezamos a darnos cuenta de que nuestra ciudad, y todo nuestro estado, se estaba dividiendo en dos bandos, y nadie podía evitarlo.
¿Estaba bien que nos bajaran los sueldos por una "buena causa"? ¿Realmente estaban usando ese dinero para una "buena causa"? ¿Qué "buena causa" era aquella de la que no paraba de hablar la presidenta de la CENA, Nora Bonham?
¿Acaso existía alguna "buena causa" que justificara el sacrificio de millones de personas que morían de hambre por ella?
Un día, Lucas se detuvo frente a la casa de Jem.
—¿Sabías que Jem ha dejado el trabajo?
Mire la puerta blanca, la entrada a la casa del chico del que estaba colada.
Jem llevaba mucho tiempo sin ir al trabajo, pero miles de leñadores también.
—Pensaba que estaba de huelga.
—No. Lo ha dejado para siempre —me confesó Lucas—. Me lo ha dicho mi hermano.
—¿Sabes por qué? —pregunté con disimulo, como si fuera curiosidad por aburrimiento.
—Max dice que tiene otro trabajo mucho mejor. Que le pagan mucho más y eso.
Continuábamos frente a la casa cuando se abrió la puerta y de ella salió Jem, vestido con un pantalón elegante y una camisa azul marino. Estaba guapísimo.
—¡Mira! —señaló Lucas.
Dejé de mirar cómo la camisa le marcaba los músculos del pecho y me fijé en el lugar a donde se dirigía. Con unas llaves abrió un coche bastante lujoso (dejándonos claro que era suyo) y arrancó para marcharse por la carretera dirección a la avenida principal.
Nos miramos asombrados.
—No sabía que su familia tuviera un coche —comenté sin poder ocultar mi asombro.
—Es que no lo tenían hasta ahora.
Cuando regresé a casa ese día me encerré en mi habitación y empecé a escribirle una carta al abuelo, cuya última llamada había sido hacía ya tres semanas. Por el camino había comprado sellos y había preguntado cuando salía la última tanda de cartas de mañana.
Querido abuelo,
Hace mucho que no hablamos. El pasado martes te llamé por la noche y no contestaste. ¿Estás ocupado? ¿Has tenido que volver a trabajar? No soy pequeña, y aunque mamá no me deje, el otro día puse las noticias cuando estaba sola en casa y me enteré de que han cancelado este mes las subvenciones de jubilados.
Si has tenido que ponerte a trabajar me parece bien. En realidad, es genial, porque mamá dice que cuando no tienes nada que hacer te pones a pensar más de lo necesario y acabas recordando a la abuela. Y dice que eso no te sienta bien.
Y si no estás trabajando o muy ocupado, espero que puedas pronto devolverme la llamada, a ser posible en cuanto leas esta carta (si no hemos conseguido contactar aún para entonces).
Es difícil esto de no poder vernos. Todos te echamos de menos, pero ya sabes la costumbre que hay aquí de no hablar sobre nada. Literalmente, no hablamos de nada durante un tiempo. Apenas veo a Adonne, y papá solo llega a casa para cena y dormir. Mamá está más histérica que de costumbre.
¿Qué crees que debería de hacer? Sé que la solución para alejarnos de todo esto sería ir a verte, pero las cosas en cuanto a transportes tampoco va muy bien.
¿Cómo van las cosas por allí? ¿También están de huelga los mineros? ¿Qué fue de tu amigo, el señor Everdeen? ¿Se recuperó del accidente en la mina? Hace mucho que no me hablas de él.
Por cierto, ¿tú sabes cuánto cuesta un coche?
Besos,
Thea.
Doblé la carta y la metí en el sobre antes de escribir la dirección y pegar el sello. La cerré y la dejé en el recibidor para recordar llevarla mañana temprano antes de ir al sector en el que estábamos trabajando.
Me pregunto si por aquel entonces para la Thea de catorce años escribir cartas era una terapia como lo es para mi yo de ahora.
Al día siguiente, Lucas quiso acompañarme a hacer el informe del siguiente sector, como en los viejos tiempos. Durante todo el camino no dejó de juguetear con las gafas de visión nocturna, quitándoselas y volviéndoselas a poner.
—¿Le pasa algo a tus gafas? —le pregunté, vencida por la curiosidad.
—No creo. Es solo que me pican los ojos —masculló mientras se los frotaba.
—Déjame verlos —le pedí.
Lucas se quitó las gafas, subiéndoselas a la cabeza y desordenando su mata de pelo. Abrió desmesuradamente los ojos y yo se los examiné con la ayuda de las luces de nuestro casco.
—Los tienes algo rojos. A lo mejor te ha entrado algo.
Sus pupilas dejaron de mirar el cielo para clavarse en las mías, y Lucas soltó todo el aire de golpe, como si le hubiera entrado fatiga. Fui a apartarme, pero me agarró de la muñeca para mantenerme en mi sitio, junto a él.
—Espera —me pidió.
Supongo que sería la inexperiencia. Que solo hubiera imaginado besos, y que esos besos fueran tan solo con Jem pudo haber entorpecido mi capacidad para interpretar las situaciones. Quizá fuera eso, quizá el hecho de que solo viera a Lucas como un amigo hasta el momento. O quizá fueron las cenizas, que nublaron mi mente.
Me miró con los labios entreabiertos, como si quisiera decir algo y no supiera el qué. Le sonreí sin saber, y entonces se acercó todo lo que pudo hasta que su nariz tropezó con la mía y sus labios rozaron los míos. Después, los apretó contra los míos con más seguridad y los movió hasta que le respondí sin saber muy bien por qué. Lucas deslizó su mano por mi brazo.
Fue en ese momento, al retumbar un trueno en el bosque, cuando nos apartamos bruscamente para mirar hacia arriba. Las nubes oscuras que llevaban ya un año cubriendo nuestros cielos se arremolinaban en el cielo de forma sospechosa, formando espirales peculiares sobre nuestras cabezas. Otro rayo iluminó el cielo, y el trueno le siguió con rapidez.
—No es bueno que estemos en el bosque si va a desatarse una tormenta —murmuré sin apartar mis ojos de la oscuridad.
Lucas me miró antes de volver a frotarse los ojos.
—Dios, si que escuecen.
—Deberías ponerte por si acaso las...
Entonces, se desató el concierto. Una serie de truenos hicieron eco por toda la ciudad (más tarde sabríamos que fue lo mismo en toda la CENA), sin darse tiempo los unos a los otros. Era un sonido atronador constante, seguido. Ramalazos, ecos... Te dejaba sordo.
Tapándonos los oídos, nos miramos realmente asustados. ¿Qué estaba sucediendo?
Casi como si nos pusiéramos de acuerdo, echamos a correr en dirección hacia el sector que estaba trabajando nuestra escuadra. Nos quedaban cincuenta metros para llegar cuando el ruido y los rayos se detuvieron bruscamente, de una forma antinatural. También nosotros nos detuvimos.
—Quizá ya ha parado la tormenta —susurró Lucas, como si no quisiera romper la paz repentina.
No tardaron segundos en caer. Unos copos cálidos, grisáceos y silenciosos empezaron a flotar a nuestro alrededor. Primero unos pocos, luego más, hasta que se empezó a emborronar el horizonte.
—¿Está nevando? —pregunte asombrada, ahuecando una mano para recoger unos cuantos. Se acumularon en mi mano, pero en vez de derretirse, cuando la cerré se deshicieron. Me quité las gafas para observarlo mejor. También empecé a notar el escozor en los ojos.
—Son... cenizas.
Dejé que cayeran de mis manos, y vi que el suelo del bosque se estaba cubriendo de un manto gris a gran velocidad. Nuestros zapatos ya habían desaparecido bajo él.
Cuando lo recuerdo, sé que lo peor de todo era el silencio. Los pájaros no piaban, ni se escuchaban las motosierras en la lejanía. Tan solo nuestras respiraciones mientras las cenizas caían sobre nosotros. Sé que lo peor de todo no era saber que era una catástrofe, sino que fuera tan silenciosa.
Por eso nos escocían los ojos.
Para cuando llegamos al sector donde se encontraba nuestra escuadra, tan solo quedaban nuestros padres, esperándonos.
—¡Vámonos de aquí cuanto antes! —dijo el padre de Lucas—. No sabemos que está sucediendo exactamente.
Mi padre me agarró de la mano y me volvió a bajar las gafas para que cubrieran mis ojos. Salimos todo lo rápido que pudimos del bosque y nos refugiamos en varios porches hasta que conseguimos llegar a casa. Lucas y su padre tuvieron que continuar unas manzanas más antes de poder resguardarse en su casa.
Mamá y Adonne nos esperaban, preocupados y con el televisor encendido. Fue la primera vez en meses que mi hermano y mi padre olvidaron sus diferencias y se sentaron el uno junto al otro, mascullando teorías sobre lo que podría estar sucediendo.
Esperamos a oír algo en las noticias. Tardaron más de media hora en emitir un comunicado.
Las nubes que habían cubierto nuestro cielo estaban formadas por los humos del volcán, que al solidificarse se habían precipitado como lo que realmente era, cenizas.
Llovía ceniza.
Ahora que lo pienso, podríamos haberlo considerado un presagio de nuestros días futuros. Tendríamos que haber buscado un significado mayor. Pero tal vez nos lo ocultaron muy bien, o no lo había.
Sin embargo, mi hermano sospechó desde el principio.
—No tiene sentido. Esas nubes llevan allí arriba todo un año... ¿y se han solidificado ahora? Creen que somos idiotas. Aquí está pasando algo.
Miré a Adonne, que abría y cerraba las manos en puños. Sus palabras sonaban tan parecidas a las que había dicho el abuelo cuando todo había comenzado... Que no pude evitar empezar a creerlo. O mejor: a no creer nada de lo que me decían.
Papá no dijo nada. Con su silencio nos decía algo más: que estaba totalmente de acuerdo con Adonne.
En el comunicado, recomendaban que todas las familias permanecieran en sus casas hasta nuevo aviso. Y eso hicimos. Pasamos diecisiete horas y veinticuatro minutos encerrados en casa. Lo único bueno que obtuvimos fue que tanto papá como Adonne se reconciliaron (no sé en qué momento) y la normalidad volvió a nuestro hogar... dentro de todas sus posibilidades, dada la situación.
Por suerte, las líneas no se habían cortado (una de las ventajas de las tormentas de ceniza) y recibí una llamada del abuelo aquella noche. Hablamos de la tormenta, de las cenizas que continuaban cayendo a intervalos regulares y de como nos iban las cosas.
—En los tiempos en los que yo vivía no teníamos estos problemas, hojita —me dijo cuando le pregunté si antes había vivido algo parecido—. Eran tiempos buenos.
—¿Y estos tiempos qué son, abuelo?
Escuché un chasquido en el teléfono antes de oír su respuesta.
—Son tiempos de ceniza.
¡Hola! Es una liberación poder volver a escribir (¡bieeeeen, se acabó el curso por ahora!), y lo primero que he hecho ha sido acabar este capítulo. Estoy bastante orgullosa de él, y para mí es uno de los más importantes de la historia: el nombre de esta historia empieza a cobrar sentido, y es a partir de este punto donde la vida de Thea cambiará por completo.
Siento haberte hecho esperar tanto, Bella Scullw (al fin y al cabo es tu regalo), pero espero que te haya gustado este capítulo ;)
¡Un beso a todos!
PD: os he echado de menos a todas, Camila, Rebeca, Sweet (espero que todo vaya bien) y a todos los que comentáis. ¡He vuelto, y doy palmas por ello!
