Notas de Autor: ¡Hola, hola! Aquí con una nueva historia —se nota que estamos en exámenes, la inspiración siempre viene a mí en exámenes, hdp e.e—. Espero que no se me haga un fic muy largo, calculo que unos cinco o seis capis como mucho. A ver si así logro acabarla en poco tiempo y no desaparecer como usualmente hago xD —matarme 8D—. En fin, espero que disfrutéis de esta historia :)

Disclaimer: Inuyasha y sus personajes no me pertenecen blablablá(?).

¡Espero que os guste! :)


Capítulo I
Desengaño

·

—¡VIVA LOS NOVIOS!

Kagome gritó felicitaciones junto con el resto de los invitados, mientras cogía un puñado de arroz de una pequeña bolsa de plástico y lo lanzaba contra la pareja que sonreía, ella ampliamente mientras se cubría de las ráfagas de arroz blanco que le lanzaban, él algo más sutil manteniéndose sereno en todo momento.

Todos los allí presentes se acercaron a felicitar a la pareja, y media hora después se dispusieron varios vehículos para trasladar a los invitados al lugar donde tendría lugar el banquete nupcial. A Kagome le tocó compartir coche con personas que no conocía, aunque a decir verdad eso no le resultaba sorprendente, no conocía a nadie ahí. Se mantuvo callada todo el viaje hasta el salón del banquete, apenas prestando atención a la conversación que mantenían los otros invitados que iban con ella, a pesar de que en un par de ocasiones intentaron entablar conversación con ella —sin éxito, pues apenas les daba una contestación escueta que no daba pie a más—.

Al llegar al lujoso salón donde ya todo estaba dispuesto para su llegada, la mandaron sentar en la mesa de los familiares, al menos ahí estaba su madre —y otros familiares de ambas partes—, aunque esta estaba muy entretenida conversando con los padres del novio y ella prefería mantenerse, nuevamente, fuera de la conversación.

Después de un brindis inicial, todos se dispusieron a comer. El asiento a su lado todavía permanecía vacío. Se preguntaba a quién correspondería ese sitio, aunque tenía una ligera idea. Apenas un minuto después de que los camareros sirvieran los primeros entrantes vio una larga cabellera negra que se acercaba entre las mesas y pudo ver sus sospechas haciéndose realidad. El hombre se sentó a su lado, saludando a sus padres y a los demás compañeros de mesa, de reojo Kagome pudo ver que tenía una sonrisa maliciosa pegada casi permanentemente en su cara y una pequeña marca roja en la piel apenas visible sobre el cuello de la camisa de su traje impecable.

Resopló mientras rodaba los ojos incrédula. Qué cliché.

—¿Kagome? —preguntó él de pronto, reparando en su presencia.

—Hola, Taisho —saludó con indiferencia. Vio como él fruncía ligeramente el ceño, como cuando alguien rayaba el fondo de un plato con el cuchillo y el sonido resultaba tremendamente desagradable.

—No me llames por el apellido, ¡ahora somos cuñados! —le sonrió socarrón—. Llamame Inuyasha.

La morena lo miró apenas unos segundos y devolvió su vista a su plato, mientras continuaba peleando con el marisco. No le caía bien, desde antes de que su hermana le presentara a Sesshomaru como su futuro marido y poco después al hermano pequeño de este. Conocía a Inuyasha desde hacía un par de años, y aunque en todo ese tiempo podía contar las veces que se habían visto con los dedos de ambas manos, definitivamente no era el tipo de persona con la que ella podría llevarse bien algún día. Se habían conocido a través de Miroku, el novio de su mejor amiga Sango. Era el mejor amigo de Miroku, así que habían coincidido cuando iban a alguna fiesta del primero y Kagome se veía en la obligación de acompañar a su amiga que apenas empezaba su relación con su novio.

A ojos de la chica, Inuyasha era un joven arrogante y en ocasiones, por lo que había visto, con bastante mal genio, demasiado pagado de sí mismo, y sin ningún sentido de la responsabilidad. El típico hijo de un gran empresario que siempre había estado podrido de dinero y nunca tuvo dudas o miedos sobre su futuro así que se dedicaba a salir de fiesta, tirar de la tarjeta de crédito de su padre, y llevarse a la cama a cuanta chica se le ofreciera. O al menos, esa es la conclusión que ella había sacado de todos sus encuentros. Y el hecho de tenerlo ahí, a su lado, en la boda de su hermano y con un chupón recién hecho en el cuello, no la hacía cambiar de idea.

—Ya, como quieras.

Comieron en silencio durante un rato. A veces la madre de Inuyasha, Izayoi, le hablaba y lo metía en la conversación de sus padres. Luego volvía a comer en silencio. Finalmente decidió intentar entablar conversación con ella.

—¿Estás feliz por la boda de tu hermana? —Kagome lo miró sorprendida. De todas las preguntas que pudiera hacerle esa no se la esperaba. El moreno se llevaba el tenedor a la boca, mientras su vista estaba clavada en la mesa nupcial donde Kikyo charlaba por lo bajo con el que ahora era su esposo.

—Claro, no veo porque no iba a estarlo. Si ella es feliz yo me alegro por ella —dijo finalmente mientras hacía un ligero movimiento de hombros indiferente y daba el tema por zanjado. Siguió comiendo, sin embargo, la pregunta seguía dando vueltas en su cabeza—. ¿Tú no estás contento por tu hermano?

—¿Contento? ¿Por qué? ¿Por qué posiblemente pase un año embobado y dominado por una mujer con la que terminará tirándose los trastos a la cabeza, divorciándose, y perdiendo la mitad de su patrimonio? —preguntó con tono irónico—. Estoy impaciente por verlo —sentenció con una mueca burlona.

—¿De verdad crees que Kikyo está con tu hermano por su dinero? —preguntó ella incrédula, no sabiendo si estaba más sorprendida o ofendida. Inuyasha le devolvió una mirada intensa, en la que casi creyó ver sus ojos oscurecerse levemente durante unos segundos, hasta que finalmente se giró de vuelta a su plato y continuó hablando tranquilamente.

—No digo que esté con él por eso —explicó con tranquilidad—. Sólo digo que es así como terminan todos los matrimonios.

—Está claro que no tienes ni idea de lo que es estar enamorado —le recriminó ella con una mirada casi ofendida, y añadió por lo bajo—: Aunque eso nunca lo dudé.

—¿Crees que porque salgo y me divierto con chicas no se lo que es el amor? —Kagome no sabría decir si el chico estaba enfadado, tratando de convencerla de algo, o simplemente entretenido con la situación—. Seguramente sepa más del amor que tú. Sólo eres una niña.

—¿Qué? —vale, ahora sí empezaba a enfadarse—. No sabes de lo que estás hablando. ¿Crees que porque no me acuesto con cientos de hombres soy una niña incrédula e inexperta? Tú no sabes nada mi vida, o del amor en general —insistió, ofuscada y terriblemente sonrojada, mitad por la vergüenza mitad por el enfado.

—¿Y tú sí? —inquirió burlón—. Seguro que eres la típica chica que apenas había dado sus primeros besos antes de encontrar al hombre de su vida cuando apenas era mayor de edad y lleva desde entonces con el mismo hombre durante años. Tu novio, ¿cómo se llamaba? ¿Houjo? Seguro que es el único novio que has tenido en toda tu vida.

—¡No ha sido mi único novio! —exclamó furibunda, aunque inmediatamente se sonrojó y agachó la cabeza al ver que su madre y los señores Taisho se volvían a mirarla. Carraspeó un poco antes de continuar hablando y removiendo la comida en su plato disimuladamente—. Es verdad que empezamos muy jóvenes, pero tuve otro novio antes que él.

—Kagome, darse la mano por la calle y darse un par de besos a la salida de la escuela no cuenta como 'salir con alguien' —le recriminó con sorna, cada vez más divertido con las reacciones de la chica. Ella le lanzó una mirada que podría haber asustado al más valiente, pero lo ignoró, después de todo ni siquiera ella creía que lo suyo con Akitoki hubiera sido una verdadera relación, pero eso él no tenía porqué saberlo—. En fin, el caso es que tú seguirás creyendo tontamente que a la tierna edad de diecisiete o dieciocho años encontraste a tu alma gemela, te conformarás toda tu vida hasta que él te pida matrimonio, tú aceptes, os caséis, y entonces te darás cuenta demasiado tarde de que has desperdiciado todos tus años de juventud por haberte obcecado en una falsa ilusión de amor.

—Oh, claro, tú eres el experto ¿no? Seguro que nunca has estado con la misma chica por más de dos meses, no me hables de amor o de lo que desperdicio. El hecho de que esté con Houjo no implica que deje de hacer otras cosas que quiera. No me arrepiento de nada —sentenció, segura de ser la que llevaba la razón. Ella amaba a Houjo, y estaba claro que Inuyasha nunca había amado a nadie que no fuera a sí mismo.

—Claro que te estás perdiendo un montón de experiencias importantes. Hay cosas que sólo puedes hacer cuando eres joven y soltero.

—¿Ah sí? —cuestionó ella, entretenida de nuevo en revolver su comida con indiferencia, convencida de que dijera lo que dijera no iba a cambiar la mentalidad del chico.

—Por supuesto. Incluso hay una lista —dijo con aire interesante, como si estuviera hablando de una ciencia irrefutable.

—Una lista —repitió, girándose hacia él incrédula—. ¿Me lo estás diciendo en serio?

—Totalmente. Las quince cosas que debes hacer antes de casarte.

—No me lo puedo creer. ¿Y qué se supone que contiene la lista? Seguro estupideces como 'tirarse en paracaídas', o cosas peores, como 'enrollarse con 5 chicas en una misma noche' —bufó.

—Claro que no, son cosas importantes que toda persona debe experimentar alguna vez en su vida —le explicó casi ofendido de que pudiera pensar que su lista era algo vano y superfluo—. Y para que conste, no tiene de malo enrollarse con cinco chicas en una noche —le lanzó una mirada socarrona que hizo que la chica rodara los ojos. Sólo era un mujeriego y un idiota.

—¿Entonces qué? Dime algún punto de tu lista —al final no pudo evitar sentir curiosidad.

—Por ejemplo, 'sufre de corazón roto al menos dos veces' —alzó la mano con dos dedos levantados hacia ella.

—¿Y eso es algo bueno? Nadie quiere tener el corazón roto, no veo el desperdicio ahí —sabía que lo de la lista iba a ser una estupidez, pero no se esperaba eso.

—Claro que sí, es algo por lo que todo el mundo tiene que pasar, para realizarte como persona debes experimentar de todo en esta vida —sentenció como quien habla de una verdad indiscutible.

—Como tú digas, ¿qué más?

—Ten, al menos, diez primeros besos.

—¿Qué? Eso es una chorrada. Un primer beso es algo importante y preciado para una chica, no algo que coleccionar —Kagome, inmersa en la conversación que finalmente había conseguido entretenerla completamente, se dio cuenta finalmente de que habían terminado los platos principales y pronto se levantarían los novios a cortar la tarta de bodas.

—Precisamente, el primer beso es el único que te provoca esa emoción y esos nervios capaces de acelerar tu corazón y alterarte más que acostarte con cualquier chica al azar —tenía una manera totalmente desvergonzada de hablar de su vida sexual y turbaba a la chica profundamente, aunque trataba de no demostrarlo—. Por eso el primer beso es el más importante, y es una experiencia que tienes que disfrutar todas las veces que puedas.

Kagome lo miró asombrada por sus palabras, no era su idea de lo que significaba un primer beso pero no podía dejar de darle la razón en todo lo que había dicho, y escuchar algo así de Inuyasha la sorprendió. Antes de poder contestar nada, vio como Sesshomaru se ponía de pie junto con Kikyo y se acercaban al centro del salón donde los camareros acercaban una preciosa tarta, totalmente blanca y de varios pisos de altura.

Después de que los novios cortaran la tarta, terminaron de comer el postre mientras las conversaciones animadas volvían a inundar el salón. Kagome creía que reventaría en el momento menos pensado como comiera un sólo bocado más. Entabló conversación un rato con su madre y los señores Taisho. Aunque el Señor Inu no Taisho la intimidaba un poco con su semblante regio y su aire casi aristocrático, Izayoi era una mujer encantadora, de trato dulce y sonrisa amable. Inmediatamente después del postre pasaron al salón de baile. Los recién casados abrieron el baile con el vals tradicional, y poco después el resto de invitados se unieron en la pista, exceptuando algunos más reticentes que se mantenían charlando junto a la zona de bebidas.

Entre unas y otras, se había hecho de noche y Kagome decidió que era hora de marcharse. No había vuelto a cruzar más de dos palabras con Inuyasha, y hacía rato que ni siquiera lo veía, seguramente habría ido a buscar nuevamente a la chica del chupón. ¿Y un mujeriego como él pretendía darle lecciones sobre el amor a ella? Absurdo.

Iba a despedirse de su hermana, pero esta estaba rodeada por varias personas y decidió no molestarla. Se dirigió hacia la puerta de salida y por el camino se cruzó con su madre.

—Mamá, me marcho ya a casa, despídete de Kikyo de mi parte —le dijo mientras le daba un par de besos en las mejillas a su madre para despedirse.

—¿Pero no venías esta noche a dormir a casa? Ya avisara a Souta y al abuelo, querían verte, hace meses que no vienes por casa —le recriminó suavemente su madre, incapaz de perder su manera dulce de hablar.

—Estoy cansada, mejor este fin de semana me paso por casa a comer con Houjo, ¿de acuerdo?

Con esto se despidió antes de encaminarse de nuevo hacia la puerta, sin dejarle tiempo a su madre para protestar. Cuando salió el aire frío de noviembre le golpeó la cara como una bofetada. Enterrandose en el cuello de su abrigo echó a caminar hacia la parada de taxis que había en la acera de en frente. Trastabilló ligeramente al bajar las escaleras del local y se llevó la palma de la mano a la frente, no había bebido mucho alcohol pero este recién parecía empezar a hacerle efecto. Continuó su caminata hacia el taxi, y justo cuando iba a abrir la puerta del coche una mano grande y morena se le adelantó haciéndolo por ella. Al girarse vio a Inuyasha con su típica sonrisa de lado abriéndole la puerta como el caballero que no era.

—¿Qué…? ¿De dónde vienes? —preguntó, sintiéndose algo desorientada por el alcohol. El moreno abrió la boca para contestar pero ella lo cortó—. Da igual, déjalo, no es asunto mío. Pero este taxi, en cambio, sí es mío. Buscate otro.

Inuyasha la miró incrédulo por la repentina actitud agresiva de la chica, aunque rápidamente reparó en sus ojos demasiado grandes y brillantes, las mejillas rojas, y sus infructuosos intentos por mantenerse recta y no tambalearse hacia los lados. Volvió a sonreír divertido.

—Tranquila, jamás osaría robarte nada —la tranquilizó burlón. —Pero creo que estás un poco borracha, así que te acompañaré a tu casa y luego me iré a la mía… si quieres —le lanzó una mirada sugerente, medio en broma, por el placer de hacerla rabiar. Medio porque tenía que reconocer que con ese vestido palabra de honor ajustado en el pecho, realzando su busto, y la falda varios centímetros por encima de las rodillas que hacía que sus piernas parecieran no tener fin, la idea de seguir a la chica hasta su casa no le desagradaba en lo más mínimo.

—En tus sueños, Taisho —le cortó tajante mientras entraba en el taxi con aire digno. Todo lo digno que podía ser teniendo en cuenta que apenas podía moverse sin tambalearse hacia los lados.

Una vez dentro, emprendieron su viaje hacia la casa de la chica. Ella iba absorta, mirando por la ventanilla a la nada, mientras él la observaba de reojo y con muy poco disimulo. Finalmente, fue ella la que rompió el silencio entre los dos.

—Dime otro punto —soltó de pronto, mirándolo fijamente.

—¿Perdón? —preguntó él desorientado.

—De la lista. Dime otro punto que demuestre que no es sólo una soberana tontería y realmente me estoy perdiendo algo —le insistió, como quien tiene que explicarle algo obvio a otra persona que no es capaz de entender lo más simple.

—¿Otro punto? No se… —lo meditó durante casi un minuto hasta que finalmente una sonrisa maliciosa surcó su rostro—. Tener sexo en una tienda de campaña —dijo finalmente.

—¿Una tienda de…? —Kagome casi tiene que aguantarse un ataque de risa tonta, con toda seguridad incitado por el alcohol en su organismo. Unos segundos después soltó un bufido desdeñoso—. Como no, al final para los hombres todo se reduce a eso.

—No tiene porque ser una tienda de campaña, puede ser cualquier lugar público. El morbo y la excitación de hacerlo en un lugar público, a riesgo de que cualquiera pueda pillarte in fraganti, es algo que debes experimentar, y desde luego no lo harás después de casarte.

Kagome vio como el taxista los observaba curioso a través del espejo retrovisor. Carraspeó ligeramente antes de continuar.

—Eso es peligroso, desvergonzado, y apostaría a que casi ilegal —le recriminó avergonzada.

—Eso es porque nunca lo has probado, pero ya te arrepentirás —le sonrió con malicia.

—Señorita, hemos llegado.

La chica le lanzó una última mirada furibunda, totalmente colorada, antes de girarse al taxista, pagarle y agradecerle con una sonrisa. Salió del vehículo tras despedirse escuetamente del moreno, y en un par de pasos se adentró en el portal de su edificio. Subía en el ascensor mientras se preguntaba si Houjo estaría todavía despierto, esperándola. Le había avisado de que se quedaría a dormir en casa de su madre, pero cabía la posibilidad de que se hubiera quedado a ver la televisión en el salón. Llegó a su puerta, y tras intentar meter la llave en la puerta un par de veces finalmente esta se abrió. Dejó los zapatos en la entrada y se adentró en su casa descalza, tratando de no hacer ruido por si su pareja ya dormía. Sin embargo, cuando llegó al salón dejó caer su bolso al suelo con estruendo, desparramando su contenido en el suelo de parqué.

En el sofá, Houjo se giró a mirarla impresionado y con un rictus de miedo en los ojos, todavía con una joven con cara de molestia desnuda de cintura para arriba y sentada a horcajas sobre él. Vio como la apartaba haciendo ademán de levantarse, y entonces se giró rápidamente, sin recoger su bolso siquiera, y salió rápidamente por la puerta cerrandola de un portazo.

Escuchó como llamaba su nombre a lo lejos. No se paró a esperar el ascensor, bajó las escaleras a toda prisa, y milagrosamente consiguió llegar al rellano sin tropezarse y caer rodando por ellas. Salió del portal y corrió durante unos minutos que le parecieron horas, sin mirar atrás, sin detenerse, hasta que sus pulmones dijeron basta y tuvo que pararse a recuperar el aliento.

Todavía no asimilaba lo que había visto. Se llevó una mano al bolso para coger el móvil y llamar a Sango para quedarse en su casa, pero recordó que lo había dejado tirado en su casa.

—Tonta, tonta, tonta…

Se dijo a sí misma una y otra vez, apenas sin voz, mientras se dejaba caer de cuclillas sobre la acera y la primera lágrima de muchas bajaba por su mejilla.


No está beteada ni revisada, así que si encontráis algún fallo lo siento mucho. Espero que Inuyasha no me haya quedado muy OoC, pero bueno, no es lo mismo un Inuyasha nacido en el Sengoku que en la actualidad, obviamente habrás diferencias, aun así cuando vaya habiendo más interacción entre ambos espero mostrar mejor la verdadera personalidad de Inu.

Espero que os haya gustado, que me dejéis vuestra opinión en un bonito review, ¡y nos vemos en el próximo capi! ¡Bye! :)