Los gritos estaban a la orden del día, igual que ayer, igual que mañana.
Esta vez su víctima era una chica, no debía de tener más de quince años, de complexión delgada, ojos marrones y cabello castaño y mal cortado hasta los hombros. Vestía únicamente con una tela blanca, o gris según se mire, anudada en cada hombro y con una cuerda atada a la cintura.
Era la ropa característica para las victimas torturadas, daba un poco de dignidad al no mostrar sus partes nobles, sin esmerarse mucho ya que tarde o temprano terminaban con la ropa hecha jirones o sin ropa directamente.
-Por favor… por favor no lo hagas…-suplicaba la chica.
Dean cerró los ojos, hace un año estaría disfrutando de las suplicas, fuera quien fuera su víctima.
Ahora tenía un motivo para volver a compadecerse de aquellas almas.
Y su motivo lo abrazo con firmeza por la cintura.
-No te preocupes por mí-dijo suavemente en su oído-, hazlo.
Claro que se preocupaba por ella, sabía que eso era más duro de presenciar para ella que para él.
Recordaba los vómitos cada vez que presenciaba las torturas durante los primeros meses, hasta que poco a poco fue acostumbrándose a ello y hacerse más llevadero. Aun así, Ivy palidecía durante cada sesión, y estaba convencido de que su estómago se retorcía de asco y su corazón bombeaba con terror y ansiedad por el sufrimiento de sus víctimas.
Los dos sabían que no quedaba más remedio, sino cometía con su labor, Aleister no les aportaría lo que el cuerpo humano de Ivy necesitaba y ellos dos pasarían a ser los torturados.
Tenía que hacerlo si querían sobrevivir los dos, por suerte se le hacía más llevadero al ver que ivy todavía seguía con él.
-Por favor… solo hice el trato para poder salvar a mi perra… era una niña en ese entonces…-continuaba suplicando la víctima.
Dean y Ivy compartieron una mirada de complicidad, antes de fundir sus labios en un beso.
Habían empezado una relación seria al poco de cortarle las alas, tal vez porque solo se tenían el uno al otro en el infierno o porque de verdad ella le quería, y decía solo ella porque él estaba convencido de lo que sentía.
¿El motivo por el que Ivy estaba con él pese a que la humilló y la torturó? No se acordaba. Su cabeza desconectó totalmente de todo tipo de recuerdos, incluso de su propio nombre.
Agradecía que se olvidase de aquello, aunque no había ni un solo día en el que recordase los gritos de dolor de Ivy y su delicado cuerpo retorciéndose con cada hachazo. Sobre todo lo lamentaba cuando yacían juntos, cuando se la metía y ella gemía complaciéndole, deslizando sus finas y suaves manos por su cuerpo.
Era extraño, se suponía que él era un alma, no era de carne y hueso, era como un espíritu con habilidades muy desarrolladas para poder tocar y usar los elementos de su entorno.
Según palabras textuales de Ivy: "eres como follar con un muñeco de agua que tiene vida propia", realmente extraño.
Y es que como alma no tenía necesidades vitales: no necesitaba comer, defecar u orinar, dormir, y ya no hablemos del sexo; hasta que no apareció Ivy que se había pasado aproximadamente treinta y cuatro años sin anhelar el contacto con una mujer, y eso que él era Dean Winchester, el hombre apodado por los demonios como la personificación de la gula y la lujuria y modelo de revista.
Pero eso era lo que aportaba ser un alma del infierno, ser un ser que ni vive ni muere, que solo existe para sufrir o hacer sufrir.
Ivy había encontrado otro motivo para su existencia: amarla.
Sí, no le importaba admitirlo, la amaba.
Quien le iba a decir que con sus veintiocho años sin haber tenido nunca una relación seria, acabaría teniéndola con una ex-ángel y en el infierno.
Parecía todo muy de ciencia ficción.
Los gritos de súplica de su víctima se hicieron más estridentes en sus oídos cuando comenzó a rasurar su piel, sin dejarse ni un hueco sin cortar para luego pasar a cortarle uno por uno los dedos de sus pies y manos.
Por el rabillo del ojo vio como el cuerpo de Ivy se convulsionaba por las arcadas.
Inspiro profundo para hacer acopio de valor y negarse a dejar estar la tortura por ella, pues prefería torturar mil veces a quien fuera en su presencia que dejar que Aleister o cualquier otro engendro la torturase.
Tras lo que él creería que serían unas tres horas, su ronda de torturas acabó, y Aleister entro en su sala con una bolsa que contenía la comida de Ivy.
En todo el año que llevaba ella ahí, Aleister solamente le traía bocadillos o carne cruda que luego tenían que calentar ellos con el lanzallamas que Dean tenía para achicharrar a las almas, y agua claro.
Ivy nunca se quejaba, pero estaba segurísimo de que desearía poder comer un poco de verde y no tanto rojo, y le daba la impresión de que ella era el tipo de chica que el fascinaban los dulces. Pero ninguno de los dos podía hacer otra cosa que joderse y aguantarse si querían que ella pudiera llevarse algo a la boca.
Cuando fue a coger la bolsa de las manos de Aleister, éste se la aparto de su alcance.
-Antes tenemos que hablar-dijo con una sonrisa, lo que implicaba a nada bueno.
-¿Qué ocurre?-preguntó, intentando no sonar alarmado, eso solo divertiría más al demonio.
-Veras, Dean, mi intención era que la humana te tuviera asco y terror en cuanto viera como disfrutabas torturando a esas almas ¿cuál fue mi sorpresa al ver que eso lo que hizo precisamente fue uniros todavía más?-encogió los hombros-, pero fui benevolente con vosotros dos y os deje estar juntos mientras siguieras cumpliendo con tu trabajo. Y ese es el problema.
-Dean está cumpliendo con su trabajo-contestó Ivy.
Admiró su valor, pero ahora mismo eso era contraproducente.
-Los humanos aquí no tienen ni voz ni voto-la sentó sobre la mesa de torturas con solo agitar la mano.
-A ella déjala en paz-exigió Dean, poniéndose entre ella y Aleister.
-Te has humanizado, Dean. Antes todos los que entraban en esta habitación rogaban a dios que fueras piadoso con ellos, temblaban con solo oír tu nombre y con los gritos que escuchaba desde fuera ya tenían suficiente para saber lo que les esperaba-se echó a reír-, y ahora se ríen en tu cara y en la mía. ¿Éste es tu nuevo socio? Perdona que te lo diga pero da pena, eso es lo que me dicen.
-Quizás es que después de cinco años ya he pasado de moda-la sonrisa maquiavélica de Aleister hizo que se arrepintiera de lo que acababa de decir.
-Tienes toda la razón, lo viejo ya aburre-y dicho esto, se dirigió a Ivy-. Ella será la que torturara a partir de ahora.
Dean sintió como el mundo se le echaba encima, pero peor iba a ser para Ivy.
Si ya siendo él el que torturaba las pasaba putas, siendo ella la torturadora iba a ser mucho peor.
-No, yo seguiré torturando, me esforzare para que todos vivan el infierno en sus carnes-contestó él a la desesperada, a estas alturas su orgullo ya le importaba una mierda.
-Resulta que esto no es una competición para el torturador del mes. Aquí el que decide quien tortura o no soy yo, y quiero que torture ella-se empecino Aleister.
-De acuerdo-respondió Ivy, tenía una mirada totalmente decidida.
-¡¿Qué?! ¡No!-exclamó Dean, cogiéndola de los brazos.
-Sabes tanto como yo que no queda otra, además es hora de que tú descanses una temporada.
Estaba totalmente en desacuerdo con eso, pero Ivy tenía razón, Aleister no se rendiría así como así. Les torturaría hasta que los dos deseasen eso, presos de la locura y la desesperación.
Así fue como Aleister consiguió convencerlo para que aceptara su oferta.
Ivy cogió el carrito con las herramientas de tortura que siempre usaba Dean, y observó a Aleister expectante.
Aleister hizo entrar a su siguiente víctima: una mujer de unos cuarenta años con vestimentas lujosas de mujer rica.
El demonio puso al alma sobre la mesa, atándola de pies y manos con fuerza para imposibilitar su huida.
Ivy cogió un bisturí del carrito, y se aproximó a su víctima.
Justo cuando iba asestar el primer corte, sintió como la fuerza de la gravedad se debilitaba en su interior y una fuerza extraña la absorbía hacia arriba, y entonces se desvaneció en una luz blanca.
