No sigas la luz, era una frase que siempre se decía cuando todavía te debatías entre la vida y la muerte, cuando si de verdad querías vivir solo tenías que dar la espalda al túnel de luz que supuestamente te llevaba al cielo o eso decían los creyentes u desesperados por hallar una salvación.
Pero él venia del infierno cuando un feroz haz de luz blanco penetro en la piel de su hombro, sintiendo inmediatamente un ardor profundo como si lo sumergiera en agua hirviendo y para rematarlo lo apoyara sobre brasas. Luego perdió el conocimiento por lo que creyó unos minutos o una hora, quien sabe, pero al abrir los ojos veía la luz al final del pasillo de oscuridad.
Estaba muerto, había pasado cuarenta años en el infierno, siendo torturado treinta y torturador diez, pero nada de eso se comparaba con la reciente perdida de su amor hará cinco años infernales. Aquello fue algo muy difícil de superar.
Y no solo era por el hecho de que le hubiese abandonado, sino porque no tenía ni idea de qué le había pasado. Tal vez la había secuestrado quién sabe qué o desapareció por alguna razón inexplicable y todavía seguía perdida a saber dónde y con quién.
Pero la luz con la que Ivy desapareció era la misma que lo había arrastrado a él hacia ese vacío; un paisaje totalmente oscuro con solo una brecha de luz a varios kilómetros de distancia.
Lo que significaba que si él seguía adelante hacia la luz, a lo mejor iría a parar al mismo lugar en el que estaba Ivy.
Era una posibilidad muy remota, pero como había dicho antes, ya no tenía nada que perder y se aferraba a la mínima oportunidad que se le presentase de frente para poder verla, aunque eso supusiera una probabilidad de uno entre cien.
Sintió como el terreno cambiaba su forma, ya no caminaba por un suelo liso, al momento en que la luz acariciaba sus brazos el suelo se volvió empinado y arenoso.
Dean tropezó por el cansancio, cayéndose al suelo y tocar con las manos el tacto rugoso y resbaladizo de la arena.
Intentaba ponerse de pie pero nada más intentarlo la arena se desmoronaba a sus pies.
Escalo la tierra, sintiendo las piedrecillas clavándose en su piel, sobre todo en las yemas de sus manos que se esforzaban por seguir subiendo el resto de su cuerpo.
Tropezó con una piedra mal sujeta con el pie, y del movimiento aparte de perder unos centímetros también removió la arena que había por encima de él, cayendo polvo en sus ojos que le causaron un molesto escozor.
Clavo sus uñas en lo alto del hoyo en el que había estado excavando, impulsándose con las manos y los pies hacia la superficie.
Cuando sus ojos se habituaron a la luz del ambiente, Dean quedó maravillado con lo que vieron.
La arena que había bajo él formaba parte de un terreno arenoso y plagado de elevados árboles que no alcanzaba a reconocer, quizás fueran pinos, y la luz que había estado siguiendo y que ahora acariciaba su piel cálidamente, no era ni más ni menos que el propio sol.
Estaba en el mundo humano de nuevo, o eso esperaba, porque también podría ser una nueva técnica de Aleister para torturarlo psicológicamente. Hacerle creer que estaba a salvo y cuando más se confiara, pum, Aleister volvería hacerlo caer de nuevo en ese mugriento y atroz agujero que era el infierno.
Pero Ivy podía estar aquí, y en caso de que fuera el mundo humano podía volver a ver a Sam y a Bobby.
Se levantó con dificultad, sus piernas flaquearon ante el peso de su cuerpo y la atracción de la gravedad empujándolo contra el suelo.
Empezó a caminar, sin la fuerza suficiente para levantar los pies con cada paso, solo podía arrastrarlos como si planchara el suelo con ellos. El calor del sol ya no era tan acogedor, a los pocos minutos se había vuelto sofocante y empezaba a bañar su rostro de espeso sudor, que apelmazaba su cabello sobre su frente.
Camino hacia una gasolinera cerrada, rompiendo el cristal de la puerta de una patada para poder meter la mano y abrirla.
Al entrar lo primero en lo que se fijo fue en la comida, y todo su organismo se puso en funcionamiento para recordarle que necesitaba comer y en especial beber si quería seguir viviendo, y dentro de poco hasta necesitaría el uso de un lavabo.
Y en cuanto pudiera, una ducha profunda, olía como si se hubiera bañado en residuos orgánicos y después éstos los hubiesen quemado y se los hubieran echado encima de nuevo.
Cualquier ser humano sediento cogería una botella de dos litros para bebérsela de un trago, Dean en cambio se cogió un par de cervezas, una revista de mujeres parcial o totalmente desnudas y un pack con ocho pastelillos de chocolate.
Salió de la tienda de la gasolinera, y siguió caminando hasta dar con un coche que birlo ejerciendo un puente.
A medida que el sabor amargo y tonificante de la cerveza circulaba por su garganta y los pastelillos iban calmando los gruñidos de su estómago, Dean recupero parte de su estado anímico y sus sentidos volvían a estar en plena forma, atento por si algún demonio se le ocurría atacarle en medio de la carretera.
Intento llamar a Bobby en una cabina telefónica, pero éste nada más escuchar su tono de voz le tomo por un revenant que quería engañarle haciéndose pasar por él.
Tenía que haberlo pensado antes, si ni siquiera él mismo se creía que había salido del infierno ¿Cómo iba Bobby a creerle sin ninguna prueba?
Volvió a subir al coche y arranco, dirigiéndose al taller y hogar de Bobby Singer.
Su hermano y su amada aun tendrían que esperar un poco más.
-Despierta, ha llegado tu momento.
Ivy abrió los ojos, cerrándolos otra vez al sentir una punzada de dolor en la sien.
-¿Puedes incorporarte?-la voz masculina y paternal sonaba por toda la estancia, pero ni rastro del propietario-. Inténtalo, llevas medio mes en coma.
Ivy se levantó, notando su cuerpo entumecido y el sentido del equilibrio y la orientación bastante deteriorados.
Tropezó con su propio pie, pero logró sostenerse sobre la superficie de una mesa.
Todavía con la visión nublosa, alcanzó a ver un mechón blanco cayendo sobre sus hombros. Luego levantó la vista hacia el espejo que tenía delante, y nada más ver su reflejo comprendió el motivo de su sopor.
-¿Lo recuerdas?-preguntó la voz.
-Sí.
La imagen de ese hombre se clavó a fuego en su mente, y el dolor de cada hachazo y tirón se hizo presente en su espalda, rememorando el momento más humillante y atroz que un ángel podía experimentar en su propio cuerpo.
