-Te aprovechaste de mí-sollozaba, aferrándose a sus brazos, encogida y sentada de rodillas en el suelo con un montón de plumas blancas desparramadas por su alrededor-. No solo me humillaste y me lastimaste, te aprovechaste de la situación para satisfacer tus necesidades-lágrimas de sangre salían de las cuencas de sus ojos hasta el suelo, formando un charco de sangre.

-No es verdad-negó él, dejando escapar lagrimas pero de agua salada a diferencia de las de ella-. Ivy me obligaron a ello, claro que me arrepiento de lo que te hice pero yo…

-¡ERES UN TRAIDOR!-chilló, penetrando en sus oídos hasta impactar abruptamente en su cerebro-. ¡MERECES MORIR!

Antes de poder aproximarse más a ella, una feroz ráfaga de aire arraso con él, arrastrándolo lejos de ella y del mundo en sí.

Abrió los ojos sobresaltado y con la respiración acelerada.

Se encontró en la cama de la habitación del motel, sin rastro de Ivy por ningún lado. Solamente estaba Sam acostado en la cama de al lado, ajeno al estado emocional de su hermano.

Dean se levantó, caminando con torpeza hasta el baño.

Entro, dejándose caer sobre el lavamanos. Abrió el grifo, quedándose unos segundos embelesado con la caída del chorro de agua, luego metió las manos bajo el agua y la vertió sobre su rostro para despejarse.

Al levantar la vista hacia el espejo, se sorprendió al ver el reflejo de la mujer que amaba y al mismo tiempo protagonizaba sus pesadillas.

-Ivy…-susurró, incapaz de voltearse hacia ella a causa de su mirada de desdén-. ¿Qué te trae por aquí?-forzó una sonrisa.

-Me han asignado como tu ángel de la guarda y he notado que tus emociones estaban descontroladas-le miraba directamente a los ojos, pero no con el cariño con el que lo hacía en el infierno-. Como tu ángel de la guarda, he de hacer lo máximo posible para que estés bien y a gusto con el servicio.

Dean apretó la mandíbula, decepcionado, Ivy solo había venido a verle porque era su misión, igual que la de Castiel fuera la de sacarle del infierno. Los ángeles solo eran amables con él por interés, y Ivy no era una excepción.

-Sé que me odias por lo de tus alas-desvió la mirada, incapaz siquiera de ver el reflejo de la chica-, pero después de eso…

-No recuerdo nada de lo que pasara después, según recuerdo me cortaste las alas y caí inconsciente en un profundo sueño del que desperté aproximadamente medio mes después-contestó ella.

Entonces era cierto que no recordaba nada del año que habían pasado juntos.

Dean empezaba a tener la sensación de conocer a dos chicas distintas: la dulce y cariñosa Ivy del infierno y la fría y cortante Ivy de la tierra, dos chicas que compartían el mismo cuerpo pero no tenían nada que ver la una con la otra.

-¿No recuerdas nada de lo que vivimos en el infierno?-le preguntó, guardando una pizca de esperanza que en el fondo sabía que era innecesaria.

-No, no recuerdo nada, lo que pasara ocurrió gracias a una amnesia producida por el shock y la metamorfosis del momento, haciéndome vulnerable a los encantos de cualquier mujeriego con ganas de desfogarse tras cada tortura. Ni te paraste a pensar en si estaba saliendo con alguien.

Dean vacilo unos instantes, dándole la razón en eso ultimo; no se había parado a pensar en ningún momento que Ivy pudiera estar con alguien antes de aquello, ni siquiera pensó en la posibilidad de que el chico al que ella salvo en el infierno fuera su amante. Aquella idea le hizo sentir culpable y a la vez furioso por pensar en Ivy con otro hombre.

-Espera, entonces sí que te acuerdas de algo lo que pasa que lo estás malinterpretando-dijo al acordarse de lo anterior que había dicho, suavizando un poco la cosa.

-No me acuerdo de nada-instó ella, poniendo los brazos en jarra-. Pero me sé tú fama de follarte a toda tía que se te cruce por delante y por lógica, yo era la única tía accesible en aquel lugar con la que podías satisfacer tus necesidades-cada palabra que escupió saltó disparada contra el corazón de Dean, lastimándolo como si lo abofeteara continuamente.

-¡No soy ningún violador!-la cogió de los brazos, empujándola contra la pared-. ¡Yo te quiero! ¡Y estoy seguro que si dejas a un lado tu odio y tu rabia te darás cuenta de que sientes lo mismo!

Ivy no dijo nada, se limitó a mirarle con frialdad y apartar sus manos con un tirón de sus brazos.

-¿Qué es lo que pasa aquí?-preguntó un recién levantado Sam con el cabello alborotado.

-No pasa nada-respondió Dean con pesar, apartándose despacio de ella mientras la miraba afligido-, ya no queda nada.

-Bien-Ivy desapareció sin más.

Sam se acercó a su hermano, y le puso una mano sobre el hombro mirándole con su mirada de niño bueno para apaciguar a la gente.

-Quizás deberías de olvidarla-le aconsejo-, está claro que no es la chica que conociste allí y lo único que consigues es hacerte más daño.

-Tal vez tengas razón-cerro los ojos-. Vámonos, tenemos que evitar que Lilith libere a Lucifer-palmeó el brazo de su hermano antes de regresar a la habitación a por sus cosas.

Ivy se dejó caer sobre el sofá, bajo la atenta mirada de Castiel.

-¿Qué quieres ahora?-espetó con voz iracunda.

-Sigues lastimando a Dean-respondió él con su misma voz inquebrantable de siempre.

-Si tanto te preocupa, baja a consolarle-cogió un cuenco lleno de palomitas-. ¿Algo más?

-Ya sabes lo que te ordeno Zacarias, tienes que ayudarle en todo lo que haga falta-la miró con dureza, aunque la cara de su recipiente seguía siendo demasiado inocentona-. Se lo debes, él te saco de ahí.

-Después de que me dejara metida un año solo por salvarle la vida a un hombre, a ti en cambio te han dejado salir después de sacar a Dean.

-No es lo mismo, Dean era de interés para el cielo-replico Castiel.

-Y Drew lo era para mí.

Castiel suspiró resignado.

-¿Qué te ha pasado? Antes eras distinta, eras dulce, generosa, solidaria, te morías por ayudar a los demás a ser felices. Por eso te asignaron como el ángel del amor y el afecto, por eso te dieron el cargo de mano derecha de Eros.

-Para ya, sé muy bien quien era-le cortó ella, tirando las palomitas y levantándose del sofá de un salto-. ¿Quieres saber lo que me pasa? Esto me pasa-apartó su cabello hacia un lado con la mano, mientras utilizaba la otra para sacar de entre el manto blanco un mechón de una tonalidad totalmente diferente-. Gracias a tu gran amigo Zacarias y a tu protegido Dean.

Castiel observo detenidamente el mechón, de un color castaño rojizo que resaltaba claramente entre los cabellos blancos como la nieve.

-¿Decías que antes era distinta, no? Antes también tenía todo el pelo de un color y ahora se está pasando a otro, tal vez eso tenga algo que ver con mi cambio de conducta-concluyó ella, sentándose de nuevo en el sofa con las piernas estiradas sobre éste.

Castiel la miraba abrumado, Ivy no tenía ni idea de que no podría librarse del destino que le había tocado, no tenía ni idea de que Dean era el menor de sus problemas comparado con la que le estaba a punto de venir encima y menos sabía que precisamente Dean era el único que podía salvarla.

Unos pocos ya habían caído, los siguientes iban a ser ellos y todo por no haber sido lo suficientemente fuertes.

En la vida de un cazador hay que aceptar sacrificios, entre ellos poder tener una vida normal, un trabajo, una casa fija, una familia. Siendo conscientes de esto cualquiera descartaría la opción de ser cazador, al no ser que seas un crio al que le emocione los subidones de adrenalina al matar a monstruos y tener una vida sin ninguna atadura, pero para alguien adulto lo único gratificante que aportaba esa vida era la de saber que gracias a ti otras personas viven felices y tienen todo lo que tú has renunciado para poder salvarles.

Pero un cazador no siempre gana, a veces por más que lo intentes fracasas en tu intento y con tu derrota una vida inocente se va.

Y eso les pasaba factura, les quitaba el sueño y los atormentaba constantemente. No contentos con eso, ahora resurgían del más allá los espíritus de las personas que no pudieron salvar para vengarse de ellos.

Él y su hermano estaban siendo acosados por los fantasmas de Meg Masters y por el agente Hendriksen, que murió a manos de Lilith después de haberlos ayudado, entre otros.

-¿Eres feliz, Dean? ¿Te sientes todo un héroe después de lanzarme por la ventana cuando ese demonio estaba dentro de mí?-le recrimino Meg, haciendo parpadear las luces de la habitación-. ¡¿En algún momento te paraste a pensar en que yo estaba ahí también?! ¡¿Qué lo sentía todo?!

-Yo no sabía…-murmuro él, tensando la mandíbula y el resto de sus músculos.

-¡¿Qué es lo que no sabías?! ¡Los demonios poseen a humanos, no los matan! No morimos a no ser que nos maten desde fuera, pero el demonio seguirá moviendo nuestro cuerpo a su antojo.

-Cállate ya, pesada-Ivy surgió detrás de Meg, golpeando al espíritu con una barreta para que se esfumara-. Esto la entretendrá un rato-miró a Dean, tenía cara de seguir viendo a un espíritu vengativo-. Vengo a ayudar.

Dean enarco una ceja de incredulidad.

-¿En serio?

-Es mi misión.

-Una misión-dijo decepcionado, aunque en el fondo se imaginaba que Ivy no había venido a salvarle-. ¿Sabes que está ocurriendo?

-Es uno de los sesenta y seis sellos del apocalipsis, el despertar de los testigos-contestó, conduciéndolo hacia fuera de la casa-. Consiste en traer de vuelta a los espíritus de las víctimas que los cazadores no pudieron salvar, y como puedes ver regresan en forma de espíritus vengativos. Aunque no distinguen de una muerte provocada a un accidente-explico, mirando por los alrededores como si esperase encontrar algo-. Existe un hechizo para hacer que los espíritus descansen en paz, pero es bastante complicado.

-Encontremos a Bobby, si alguien sabe de hacer hechizos difíciles es él-se pusieron a buscarlo.

Encontraron a Bobby acosado por el fantasma de dos niñas, dentro de uno de los coches abandonados que envolvían el taller. Se deshicieron de ellas y fueron a buscar a Sam.

Sam por su parte, era atormentado por el fantasma del agente Hendriksen.

-Si miráis el lado positivo, sois los cazadores que menos fantasmas vengadores tiene-dijo Ivy, custodiando la puerta de la habitación del pánico.-Menos mal que todavía no sabéis evitar a los ángeles-comento, mirando hacia el techo donde había un ventilador de extracción y bajo éste un pentáculo de metal para evitar la entrada o salida de los demonios.

-Espera un tiempo y vuelve a entrar-contestó Bobby con voz resentida, mientras preparaba el conjuro.

-Bobby…-le advirtió Dean.

-No me vengas con esas, Dean, que desde que has salido de ahí abajo que esta mujer no para de joderte la vida.

Ivy lo miro con un brillo de ira, sin embargo le ignoró y volvió de nuevo la vista hacia el interior.

-Ya vienen-afirmó, levantando su arma por encima de su hombro.