Nada más tener a Ivy en sus brazos, la depositaron en el asiento de atrás del coche, cubriendo su cuerpo con una manta, y pusieron rumbo a la casa de Bobby. Una vez allí, estiraron a la chica en una cama y Dean la vistió con una camisa y unos boxers de él para preservar la intimidad de la joven.
Ahora Dean la observaba en silencio, sentado en una silla al lado de la cama, mientras su hermano le contaba lo sucedido a Bobby.
Lo único bueno de esa situación es que ya la tenía consigo y que había podido comprobar que respiraba, lo malo era que no sabía que habían hecho con ella antes de aparecer desnuda e inconsciente en los brazos de Uriel. Sentía un fuerte dolor de cabeza y pecho, punzante y que se extendía a lo largo de su cuerpo en un camino de sudor frío.
-Ivy…-le acarició el rostro, mientras se formaba un nudo en su garganta que dificultaba su respiración y vocalización, hasta formular su nombre suponía un gran esfuerzo.
Aquella vez ella debió de huir, y él debió de ayudarla aunque ello supusiera la eternidad siendo torturado. Pero él fue un cobarde, un egoísta que negó la oportunidad de darle la libertad por su propia salvación.
Ivy estaba inconsciente sobre aquel colchón desgastado que Aleister le había dado, vistiendo únicamente con una túnica blanca sin mangas y que cubría solo hasta los muslos y una cuerda fina de oro atada a su cintura.
No entendía porque en ese entonces seguía llevando el pelo de color blanco, tal vez porque todavía quedaban restos de sangre de ángel en su organismo, pero paso un año ahí y todavía seguía teniendo ese color de pelo. A lo mejor es que Aleister mentía con lo de que ella al ser de cuerpo y alma envejecía en el infierno.
Fuera como fuese, en ese momento no pensaba en su color de pelo, solo una breve observación de lo que la favorecía con aquellos reflejos plateados junto con su rostro aniñado, le hacía parecer realmente un ángel. Dean pensaba más bien qué hacer con ella, como comportarse cuando despertara y hacerle entender que lo de las alas ha sido por su bien; eso o que Aleister la torturase para toda la eternidad y eso no se lo desearía ni a su peor enemigo… mucho menos a ella.
Ivy despertó al cabo de unas horas, sobresaltada al verse con ese atuendo en medio de una habitación oscura y apestando a humedad y un completo desconocido frente a ella mirándola con semblante serio.
-¿Quién eres tú? ¿Y dónde estoy?-preguntó alarmada, arrastrándose hacia la pared y emitiendo una mueca de dolor cuando su espalda choco contra ella.
-¿No recuerdas lo que ha pasado?-Ivy negó con la cabeza y los ojos de Dean brillaron esperanzados.
Tal vez no actuó bien al no ser del todo sincero con ella y sabía que se iba arrepentir como terminó haciendo más adelante, pero en ese momento solo pensaba en ganarse su confianza, en ayudarla, y eso era algo que no habría podido conseguir siendo sincero.
-Estás en el infierno, no sé cómo ni porqué, uno de los demonios encargados de esta zona te ataco, de ahí la herida de tu espalda, pero no te preocupes, ya no te volverán hacer nada-intentó sonreír, pero era incapaz de mirarla a los ojos sin sentirse culpable por su estado.
-¿En el infierno?-preguntó aún más asustada. Incluso con la débil luz de la vela se podía observar como su rostro había palideció todavía más. Trago saliva-. ¿Y no sabes como he llegado aquí? ¿O si ese demonio va a volver?
Aleister apareció como quien no quiere la cosa en la habitación, llevando en la mano una bolsa de restaurante de comida rápida, el BBQ King, que chorreaba grasa por el culo de la bolsa, y una botella grande de cinco litros de agua con un vaso de papel.
-Racionalizad bien el agua, no traeré más hasta pasado mañana-dijo el demonio, dejando el agua y la bolsa al lado de Dean-. Buenos días, princesa-se burló, sonriendo ampliamente y mostrando sus afilados dientes.
Ivy se recogió las piernas y se encogió en forma fetal en el colchón, viendo con horror el macabro rostro del demonio: aparentaba ser un hombre de unos cuarenta y tantos años, con el rostro lleno de cicatrices y manchas de sangre seca que no se había molestado en limpiar, entre ellas había una gruesa cicatriz que cortaba la comisura izquierda de su labio y subía hasta la cuenca del ojo, cuyas pupilas e iris apenas se distinguían del blanco de la esclerótica. Su escaso cabello blanco sucio y enmarañado solamente cubría la parte de atrás de la cabeza y ni eso, dándole aspecto de un ermitaño lunático de las típicas películas de terror y que rogarías a los santos por no encontrártelo en la vida por el bosque.
-Mi nombre es Aleister, querida-la cogió de la mano, dando un tirón para que se pusiera en pie y se la beso-. Espero que tu estancia aquí sea agradable y disfrutes del espectáculo.
-¿Espectáculo?-preguntó ella, desviando la mirada hacia Dean.
-Sí, en la que actúa mi aprendiz como protagonista principal-respondió el demonio, poniendo una mano firme y magullada sobre el hombro del cazador-. Y aunque acorde con Dean que no actuarias en la función, puedes hacerlo si te apetece, no hago discriminación de sexo ni de razas.
Dean lo miro con rabia, y movió el hombro para zafarse de su agarre.
Ivy estaba confundida y asustada, ya se olía que el espectáculo del que hablaba el demonio era de todo menos divertido.
Ese día ni siquiera probó bocado y solo bebió agua después de pasarse unas horas sollozando y gritando frente al horno que había en una de las salas de tortura, mientras Dean aparentaba ignorarla para realizar su trabajo. Y si bebió fue para ver si había la suerte de que estuviera envenenada y acabar con ese sufrimiento.
No fue hasta el tercer día, en el que dio por sentado de que Dean no hacia eso por gusto, es más, el propio Aleister se había burlado de él por ser tan débil. Gracias a eso Ivy fue capaz de confiar en él.
-¿Por qué me proteges?-le preguntó ella, aproximándose más a él.
Los dos estaban sentados en el colchón tras otra sesión, Dean descansaba apoyado en la pared y con los ojos entrecerrados mientras ella estaba de rodillas a su lado y apoyándose en la pared con el lado izquierdo de su cuerpo.
Su cabello ya no tenía el mismo brillo de antes y su rostro aniñado seguía tan pálido como de costumbre y ahora además estaba desnutrida, dándole un aspecto enfermizo.
-No creas que lo hago por ti, ya torturaba antes de que aparecieras-afirmó Dean pesadamente, dejando caer los parpados del todo-. Hace unos años yo era una víctima como las que torturo, Aleister tras cada sesión me ofrecía cambiar las posiciones, ser yo el que torturase. Accedí tras pasar treinta años así, y tú has venido cuando ya llevaba cuatro años ejerciendo este puesto, no es nada nuevo para mí.
Volvió abrir los ojos para mirarla, solo para comprobar la decepción en aquellos ojos color ámbar.
-¿Y entonces por qué a mí no me tortura o me obliga a torturar? ¿Por qué se conforma con que lo presencie como un público ausente?-le acarició el rostro, mirándole como quién mira a un cachorro abandonado-. No niegues que no lo haces por mí, que no te importa lo que me pase porque entonces no estarías aquí conmigo.-Poco a poco fue aproximándose más a él, hasta alcanzar sus labios que rozo suavemente con los suyos.-Dime si me equivoco-susurro, jugando a mordisquear delicadamente su labio inferior con los de ella.
-No te equivocas-respondió, cogiéndola de la nuca y atrayéndola a sí para besarla con pasión, descontrolada y ardiente por el largo tiempo sin disfrutar del calor de una mujer, pero aún más intenso por ser precisamente esa mujer la que le proporcionaba ese placer-. No puedo permitir que te pase nada, prefiero volver a ser el torturado antes que eso.
Ivy sonrió satisfecha, y se puso sobre las piernas de él, acariciándole con las manos su rostro mientras profundizaba con el beso, invadiendo su boca con la lengua mientras sus labios se deleitaban succionando los de él.
Dean la pego a él cogiéndola de la espalda, deslizando su mano hasta la cintura para introducirla bajo el vestido y con la que tenía libre le desataba la cuerda.
La miro unos instantes a los ojos con deseo, ella le miraba igual y de seguro que los dos estaban deseando desesperadamente arrancarle la ropa al otro, pero antes de nada Dean debería de aclarar una cosa.
-Soy solamente un alma.
Ella se le quedo mirando, enarcando una ceja.
-Estaremos en el infierno y tú eres la única compañía grata que tengo en mitad de este circo, ¿crees que estoy para ponerme quisquillosa?-contestó, y antes de que él pudiera responder le volvió a besar.
En un principio a lo mejor solo fue por conveniencia, porque ella necesitaba desesperadamente su cariño o porque él por primera vez sentía que había encontrado a su mujer ideal, quien sabe. A la larga aquello fue cambiando, y si ya antes sentía una fuerte atracción por Ivy, con el tiempo solo se intensifico hasta el punto que con solo sentir la presencia del otro ya se sentían en paz.
Y cuando mejor estaban, los ángeles la cogieron y se la llevaron, cambiándola por completo y cuando él al fin logro recuperarla y que le perdonase, se la volvieron a llevar para devolvérsela a cambio de entregar a otra ángel que había pasado por una situación similar a la de ella.
No, a Ivy no le pasaba como a Ana; Ana era una ángel que paso a ser humana para poseer el libre albedrio, en cambio Ivy era humana a la que convirtieron en ángel chutándole sangre de ellos y dios-sabe-qué, eran justo casos totalmente opuestos.
Y ahora ahí estaba, sentado al lado de la cama en la que descansaba su humana metamorfoseada, gritando para sus adentros, lleno de rabia y desesperación, por saber qué diablos había tenido que hacer Ivy para recibir tal castigo.
Como si Dios fuera a responderle, como si fuera a ser por una vez clemente con ellos si hasta ahora lo único que ha hecho ha sido echarles mierda encima. Empezando con la muerte de su madre y acabando con la situación actual, por el momento, quién sabe que futuras desgracias les esperaba a continuación.
-Tienes que salir a comer algo-advirtió Sam, parándose en el umbral de la puerta, hablando a su hermano con voz suave y condescendiente-. No te hace ningún bien estar aquí, necesitas que te dé el aire.
-No te ofendas, ¿pero en mi situación te moverías de aquí?-le preguntó en tono cortante, lamentándolo después al recordarle a su hermano pequeño lo ocurrido con Jess.-Lo siento, Sammy, pero no tengo ninguna intención de moverme hasta que Ivy abra los ojos.
-Jas…
Los dos hermanos pegaron un brinco casi al mismo tiempo y sus miradas se dirigieron a la chica que dormía en la cama, viendo con sus propios ojos como los de ella se comenzaban abrir.
Ivy se removió entre las sabanas, sacando un brazo para restregarse los ojos y con el otro se apoyó sobre el colchón para incorporarse.
-Estoy aquí, soy Dean-tomo su mano con las suyas, estrechándosela con fuerza.
-Jason…-sonrió aliviada al verle, y le acaricio el pelo y bajo por su frente hasta su cara, palpándola para verificar que era él de verdad-. Estas bien….-susurró.
¿Jason? ¡¿Quién diablos es Jason y por qué lo confunde con él?!
-¿Quién es Jason?-preguntó Sam.
Ivy ladeo la cabeza, mirando a Sam de arriba abajo con la boquiabierta.
-Guau, eres más alto que Jason-exclamó, riendo.
-¿Quién es Jason?-repitió Dean, en tono exigente.
Ivy les miro a los dos con extrañeza, observando primero a uno y luego al otro y después el entorno en el que estaban. Cuando volvió a mirarlos ya no sonreía, les miraba con recelo.
-¿Jason eres tú, no?-preguntó insegura-. ¿Eres mi marido o no?
Dean abrió los ojos como platos y compartió una mirada de incredulidad con su hermano.
