Dol Amroth, 2972, T.E.

Las últimas semanas habían sido tormentosas— húmedas y frías— y los vientos que venían del mar, traicioneros. No importaba lo mucho que uno se esforzase para mantener la lluvia fuera, la humedad siempre encontraba un camino entre las capas de lana y cuero. La ropa parecía seca al tocarla y cuando uno empezaba a moverse se daba cuenta de que en realidad estaba fría y empapada. Estar calado hasta los huesos hubiera sido más soportable.

A aquello los Gondorianos lo llamaban "estar pegajoso" y a Andrahar le parecía algo ofensivo. Estaba fuera de lugar. Pero aquella incomodidad era mejor, en su opinión, que las que traía el invierno. En el país de Andrahar el agua nunca se congelaba. Jamás. El hielo era un espanto tan grande que al recordarlo se echaba a temblar. Definitivamente, prefería la primavera.

Por suerte, el aire estaba cambiando. Las tormentas habían sido menos frías últimamente y, tras dos años en Dol Amroth, Andrahar sabía que se irían volviendo cada vez más violentas y cálidas, pero también menos frecuentes. Aquella misma semana había llovido mucho menos que las anteriores y, por fin, había llegado el día en el que el cambio de estación se había dejado sentir. Hacía calor y había un sol decente en el cielo que iluminaba de verdad. Hacía calor, al fin. El tormento de sentirse eternamente helado y entumecido se había acabado.

Lentamente, el gesto severo de Andrahar se deshizo en una lenta sonrisa. Se sentía refrescado gracias a una mañana de entrenamiento con la espada. Estaba de pie al borde del campo de entrenamiento, bajo el sol de mediodía de aquel día festivo, mirando la parte de arriba de la torre y los parapetos que se cernían sobre la cresta del cerro donde estaba el castillo. Sus muros eran tan brillantes que habrían podido dejar ciego a un muerto.

Había aprendido una nueva palabra recientemente. Despreocupado. En realidad había aprendido la palabra porque alguien se la había dicho a Imrahil, pero eso no tenía importancia. Andrahar había dejado que se deslizase por su mente y su boca, pensando en ella una y otra vez. Un concepto extraño que Andrahar nunca había pensado que podría experimentar. Pero la hermosura y el calor de un verdadero día de verano, el primero de aquel año, le hacían pensar que aquello debía ser "sentirse despreocupado".

—¡Bueno! Parece que ya has tenido un buen entrenamiento matutino — dijo una voz familiar y la mano de Imrahil aterrizó sobre su hombro. El joven príncipe no era un pájaro madrugador y nunca se levantaba más temprano de lo necesario en un día de fiesta. Iba como un pincel y sonriente además, con los ojos brillantes mientras contemplaba el día, respirando profundamente y suspirando satisfecho.

—Verano al fin— declaró, y sonrió todavía más, apretando el hombro de Andrahar. Imrahil dejo ir su hombro y le dio una sonora palmada en la espalda mientras decía alegremente—. Está claro, entonces. Venga, hoy nos vamos a nadar.

Y así, de repente, la sensación de despreocupación se esfumo. Andrahar entrecerró los ojos y se puso pálido.