Flechazo Inexplicable

Reo estaba encima de la espalda de Mai estando ambas completamente desnudas. Mai estaba agarrada con ambas manos a la almohada mientras gozaba el frote de la concha de Reo sobre una de sus propias y carnosas nalgas.

– Ay sí, Reo. No te detengas…

– ¡Sos una tarada! ¡Este es tu castigo por casi serme infiel!

– Ay, entonces sígueme castigando…

Reo tenía ganas de darle unas fuertes nalgadas o cachetadas a su esposa pero en la posición en la que estaban aquello le era imposible. La rubia lagrimeaba ligeramente mientras la bronca (rabia) crecía en ella.

– No vuelvas a acercarte ni a hablar con esas soretas (perras) que tenemos de nuevas vecinas. Sobre todo con esa muy tetona de Ginga, ¿de acuerdo?

Por toda respuesta Mai largó gemidos más fuertes mientras Reo aceleraba el ritmo del frote en sus partes inferiores.

– ¡Recuerda que sos mía y sólo mía, Mai! ¡Ah, Mai…!

Reo llegó al orgasmo al mismo tiempo en que lo hizo Mai y la rubia cayó sobre la espalda de la pelinegra. Ambas estaban disfrutando de los retazos del orgasmo mientras respiraban de forma bastante agitada. ¿Cómo habían llegado a esta situación?

Antes…

Pues nada más ayer se había terminado de mudar a la casa de al lado otra pareja de casadas de casi sus mismas edades que respondían a los nombres de Cinque y Ginga. Cuando las nuevas vecinas fueron a hacerles la visita de presentación de rigor a Reo y a Mai a esta última la sola vista de Ginga parecía que le había alterado las hormonas. Mai, que casi siempre se le daba bien socializar apenas podía articular dos palabras seguidas y el brevísimo rato que estuvieron presentándose las nuevas vecinas Reo tuvo que tomar la palabra y presentar a su esposa ella misma. Al retirarse Cinque y Ginga nuestra rubia acompañó a una acalorada pelinegra a la sala comedor, le acercó una taza con té y empezó a interrogarla de por qué se había comportado así.

La respuesta de Mai no pudo haber sido más sorprendente para Reo:

– Reo, ¿sabías que en verdad Cupido con su arco lanza flechas al azar? Creo que una de esas fechas azarosas me impactó en el corazón al ver a Ginga.

Mai se encontraba en una especie de trance luego de la rápida visita pues era como si experimentara una especie de locura completamente ajena a cualquier cosa que hubiera experimentado antes. Reo abrió grandes los párpados, le tembló ligeramente todo su cuerpo, el dolor comenzó a apoderarse de su pecho, sus latidos se volvieron acelerados, hasta que al poco tiempo, notó que le estaban por brotar las lágrimas pero sobre todas las cosas se puso furiosa (no podía ser de otra manera siendo Reo).

– ¡Mai, idiota! ¡Pervertida! ¿¡Acaso insinúas que ya no me amas!? ¿¡Me quieres ser infiel!?

La sola idea desde que llegó a su mente la atormentó de golpe. La idea de que su amada pudiera estar con alguien más era inimaginable y sencillamente inaceptable. Levantándose de su asiento se acercó a donde estaba Mai. Reo empezó a zarandear a su esposa y al momento Mai ya había perdido la mirada soñadora que tenía desde que vio a la nueva vecina.

– ¡Detente, Reo…! ¡Disculpa, sólo fue algo del momento…! ¡Yo no quiero serte infiel…!

En definitiva no había medido el alcance y gravedad de sus palabras y aunque su esposa podría estar exagerando sin duda era una reacción razonable. Al fin y al cabo no era lo mismo pensarlo que hacerlo pues casi era como si le estuviera confesando la infidelidad antes de cometerla… Era un verdadero sin sentido.

– ¿¡Cómo que no!? ¡Me parecías muy convencida hasta hace un momento!

Reo estaba consciente de lo extraño que fue ver en Mai esa mirada cuando con ella misma parecía siempre segura y sin titubear. Como Reo seguía zarandeando y cada vez más fuerte a Mai esta hizo un mal movimiento terminado de este modo empujando a Reo hacia atrás haciéndola trastabillar. La rubia no se cayó pero Mai notó que la rubia estaba surcada de lágrimas…

– ¡Mai, idiota! ¡Degenerada! ¡Andate a cagar…!

Era una costumbre que Reo no pudiera expresarse de otra manera, que, en medio de gritos y tempestades, su conducta no era la mejor, pero era una reacción visceral y muy propia de ella. Reo salió corriendo de su casa hacia la del otro lado (la de Yuuna y Nanami) aprovechando que la puerta principal estaba sin llave. Mai también fue hasta el exterior pero a paso algo lento por preguntarse qué le había pasado de repente ¿De verdad dijo esas palabras frente a su esposa? ¿De verdad pensó en serle infiel, incluso de manera tan indirecta?

– ¿Señora Mai?

La persona detrás y a un costado de Mai era ajena a la discusión que tuvo recién con su esposa… pero Mai volteó cuando estaba frente al jardín delantero de su propia casa viendo a Ginga. Y entonces a Mai le agarró un ligero mareo repentino. Ginga tuvo que agarrar a Mai porque parecía que iba a perder el equilibrio en cualquier momento.

Con Reo

Para fortuna de Reo las dueñas de la casa estaban presentes ante su repentina irrupción y tras calmarse un poco mediante unas oportunas palabras de Yuuna procedió a comentarles lo que había pasado hace menos de treinta minutos.

– Oh vaya, ciertamente es un episodio bastante extraño el modo de comportarse de Mai.

Decía Yuuna mientras se sujetaba la pera con el índice y el pulgar. Pero al momento agregó:

– Pero lo mejor es que la escuches, Reo. Espera con calma a que Mai te dé su versión de los hechos. Lo mejor en estos casos es hablar.

– ¿¡Que me calme!? ¡Ella casi…! Casi…

La rabia bullía en ella por el recuerdo al mismo tiempo que la llenaba la tristeza por la decepción y el desazón de la situación tan irrazonable. ¿Era posible que tu pareja te dijera que te será infiel antes de hacerlo? ¿Sería posible semejante descaro? Reo notaba que iba a volver a lloriquear.

– Recuerda que un casi no es suficiente. Vamos, Nanami y yo te acompañaremos a ver a Mai ahora mismo, ¿verdad, Nanami?

Aunque Yuuna tenía razón, para Reo no era suficiente. Nanami asintió. Pero cuando al llegar a la casa Kawamura-Sawaguchi el trío de féminas vio que Ginga abanicaba a Mai en la sala comedor. Pero en cuanto reconoció a Reo dejó de atender a la pelinegra queriendo delegar la tarea a su esposa. Ginga estaba por retirarse cuando Reo se le interpuso poniéndosele de frente:

– ¿Qué le hiciste a mi esposa?

Reclamó rabiosa y con el ceño fruncido.

– ¿Eh? Sólo vi que parecía que se desmayaba así que la acompañé un momento acá dentro de su casa para darle un vaso con agua y…

Ginga intentó explicarse lo mejor que pudo, un tanto perdida, no comprendía por que la otra se veía tan enojada, se sintió culpable sin razón alguna.

– ¡No me refiero a eso! ¿¡La embrujaste o algo así!?

Reo no se encontraba en sus cinco sentidos, no tenía sentido culpar a una extraña por la situación y ni siquiera confrontarla, después de todo, qué criminal declaraba sus fechorías por que sí o porque le preguntasen.

– ¿De qué estás hablando, Reo-San?

Su vecina se veía contrariada ella misma a pesar de todo y al fin la rubia reaccionó. Reo quedó bastante descolocada ya que en serio parecía que Ginga no tenía idea de por qué le preguntaba eso. Entonces Yuuna, ni lenta ni perezosa, decidió interceder:

– Discúlpanos, ¿Ginga-San? Pero Reo también se nota un poco mal… Nosotras nos encargamos de todo desde ahora.

Ginga no perdió el tiempo pasando a retirarse mientras Nanami asistiendo a su esposa ayudó a que Reo se mantuviera callada. Cuando Ginga se hubo retirado Mai, que parecía un poco alelada, recuperó sus cinco sentidos.

– ¿Yuuna y Nanami…? ¿A qué vinieron…?

– A asistir a cierta pareja que parece que tiene algunos problemas. Pero eso no importa tanto ahora mismo sino que nosotras también nos vamos. – Yuuna se acercó un poco más a Reo hablando en voz baja. – Recuerda hablar en paz con Mai que sólo así entenderás qué le pasó.

Esa misma noche…

Ya estando la pareja casada en su cama matrimonial tras haber hablado largo y tendido sobre la extraña cuestión de esta tarde ambas supusieron que en efecto le había pasado algo raro a Mai pero que ninguna creía que fuera culpa de la propia Ginga. No sabiendo bien qué pensar, a Reo le agarró una calentura bárbara no sólo por su deseo sexual de tener cerca y estar a solas con su esposa sino por la bronca de no saber del todo bien cómo proceder de ahora en más cuando volviesen a ver, aunque sea de lejos, a sus nuevas vecinas. Reo le ronroneó a Mai que cogieran toda la noche y eso hicieron hasta que volvió a salir el sol por el horizonte…

En el momento presente…

– Reo, te amo, es lo único que te pido que creas.

Le confesó Mai a su esposa mientras esta aceptaba agarrar la mano que le tendía para así luego entrecruzar los dedos. Ambas estaban recostadas de espalda sobre la cama matrimonial ya agarradas de una mano mirándose a los ojos. Mai se sentía extraña ella misma sin entender lo que le había sucedido el día anterior. Sin embargo, sabía que su amor por Reo era más grande que cualquier sentimiento pasajero que tuviese, pasó por mucho para poder estar con su persona amada y no iba a renunciar a eso por ninguna causa, y esperaba que Reo confiara en ella.

– Te creo, Mai. Por más raro que haya sido te creo… Pero… ¿Eh…?

Un llantito se escuchó en la habitación. Su bebita de casi dos años se había despertado en su cuna así que Reo fue a darle de mamar de una teta. Por ahora el asunto aunque quedó sin explicar, había quedado zanjado porque ambas confiaban en la otra, y sabían que lucharían por su adorada familia que habían formado juntas.

Fin