Un mes más tarde
La noche en los puertos de Don Amroth solía ser un asunto ruidoso, particularmente cuando la Caleta del Cisne se veía invadida por hombres de tierra adentro. Las cosas se ponían interesantes entonces. Reinaba la bebida, el buen humor y una orgullosa rivalidad, más sana que los amargos y profundos resentimientos que uno podía encontrarse en otros establecimientos. Andrahar había investigado cuales eran aquellas tabernas y se cuidaba mucho de que Imrahil pusiese un pie allí. Habría dejado inconsciente al Heredero del Principado y se lo habría llevado a rastras, si hubiera sido necesario.
La Caleta del Cisne era aceptable. Andrahar contaba los sorbos a su copa, como un avaro las monedas. Imrahil podía emborracharse lo que quisiera, pero era su deber mantenerse sobrio para vigilar sus pasos de vuelta a casa y mantener a los ladrones y otros problemas alejados.
Aquella noche Imrahil había pedido un whiskey y Andrahar lo miraba, sintiéndose tentado. Pero lo peor era la humillación de que fuese Imrahil el que le evitase caer en la tentación. Por una vez, el heredero de Dol Amroth estaba siendo muy prudente con la bebida. Había estado saboreando aquellos dos dedos de líquido áspero, durante las dos últimas horas y había informado a Andrahar que se le permitía una única cerveza y un solo trago de cualquier otra cosa a la que Imrahil decidiese invitarlo.
— No vas a escaparte de esta — había declarado su joven señor aquella tarde con alegre malicia—. Aunque tenga de renunciar al mejor whisky que existe fuera de las bodegas de mi abuelo.
Andrahar había se había refrenado, había dicho un par de cosas acerca de los sagrados votos del deber y el honor, y luego se había marchado a desfogarse con la espada para olvidar aquel asunto. Y si alguno conseguía golpearle tan fuerte como para dejarlo incapacitado para la tarea que le esperaba el día siguiente, bueno, no se habría sentido precisamente decepcionado, mientras la derrota (y la herida) fuesen merecidas.
Por desgracia, había sido traicionado por su propia habilidad. El castigo se lo habían llevado sus compañeros de entrenamiento, y se había quedado sin oponentes antes de estar lo suficientemente cansado como para cometer errores. Después de todo, los espadachines dependen de su instinto de supervivencia por encima de todo.
Así que allí estaba, en perfecto estado. Y el día de mañana estaba a punto de hacerle frente. Como su señor, que, claramente, estaba disfrutando aquel asunto demasiado. Qué pena, pensó, que Imrahil no hubiese decidido seguirlo al campo de entrenamiento. Habría resuelto dos problemas de una vez...
—Honestamente, Andra— había dicho Imrahil, tomándose un instante para apreciar el sorbo de whiskey, deslizándolo por la lengua antes de continuar—. No sé que tienes en contra de esto. Harad tiene un una gran tradición naval...
—Umbar es la cuna de los Corsarios, que atormentan estas costas y que pueden costarte la vida un día de estos, Imri— interrumpió Andrahar.
Imrahil, sin alterarse por aquella corrección y recordatorio, continuó como si el otro no hubiese hablado.
—Una gran tradición naval. Y donde hay barcos hay lobos de mar. Y donde hay lobos de mar, hay gente que nada. — Se detuvo un instante, para dejar que sus palabras calasen, antes de concluir—. Los Haradrim no se disuelven espontáneamente cuando se caen al mar y, por lo tanto, hay muchos que ni siquiera se ahogan.
—Yo no estoy entre esos muchos.
— Te he visto bañarte y no has desaparecido.
Andrahar gruñó e Imrahil echó la cabeza hacia atrás y comenzó a reírse. Andrahar lo miró amenazante.
—Es que me lo pones realmente fácil, ¿sabes? — dijo Imrahil, cuando pudo recuperar algo de compostura.
— Me alegro de que te diviertas.
— Tú también lo harías si estuvieses en mi pellejo.
— Podría sacudírtelo un poco, si quieres. —Se ofreció Andrahar en tono ligero.
—Cierto—. El príncipe contempló a su apreciado amigo y devoto guardaespaldas un instante—. No dudo que puedas— afirmó, y luego dejó el vaso con firmeza sobre la mesa y se inclino ligeramente sobre los codos, con las manos entrelazadas—. Vale— dijo con repentina seriedad—. ¿Qué es lo que ocurre realmente, Andra?. Nadie desea ahogarse, es cierto, pero aprender a nadar es una buena manera de remediarlo. Así que no creo que ese sea al problema.
—El mar es húmedo y frío.
—Húmedo, si. Frío, no necesariamente. Ciertamente no lo es en esta época del año y tan cerca de la orilla como estaremos. Además— dijo Imrahil, descartando la lista habitual de quejas acerca del mar— la nieve también es húmeda y fría, y has sobrevivido a ella.
—Porque no me queda más remedio. —Dijo Andrahar de modo cortante y tomo un sorbo de su bebida para evitar ver la mirada en la cara de Imrahil. La táctica pareció dar resultado. Los ojos de Imrahil se achicaron e inclinó la cabeza hacia su amigo.
— ¿Mi señor?
— Creo—, replicó Imrahil amablemente y tras considerarlo un instante— que me estas mintiendo. —Sacudió la cabeza y dijo con genuina sorpresa. —Aparentemente te hace falta todo un océano para eso.
Andrahar puso cara de fastidio y aguanto la necesidad de removerse inquieto en su asiento.
—Imri
—No. Quiero oírlo. —Interrumpió Imrahil. — Cuando te pregunto por qué la idea de nadar te hace sentir tan incómodo nunca respondes. Y no me digas que tu gente no nada. Esa no es una razón. Ni siquiera es cierto. Así que, ¿qué te ocurre?
Y cuando Andrahar se limitó a quedarse mirando fijamente a la mesa y se negó a decir nada más, Imrahil intento sonsacarle la verdad.
—Vamos, Andra. ¿Es que no te gustan los peces?
—No mucho.
—Vale. Pero no creo que sean el problema tampoco. ¿Tienes miedo de los monstruos marinos?
Andra le dirigió una mirada de desdén e Imrahil se limitó a encogerse de hombros.
— ¿Mareos?
— ¿Cómo voy a saberlo?
— No te sentiste mareado cuando navegamos desde Umbar, así que podemos descartar con seguridad que ese sea tu problema.
Estudió a Andrahar un largo instante y algo semejante a la preocupación ocupó su rostro.
—Andra—. dijo el joven príncipe con timidez—. Tu nunca..., quiero decir que esto no...no tiene que ver con algo que te ocurriese en Umbar...¿Verdad?
Andrahar entendió a que se refería rápidamente.
—No— dijo al instante.
— ¿Estás seguro?— Presionó Imrahil, no muy convencido con la respuesta. —Si fuese así me lo dirías ¿verdad?
—Sí.
Y cuando Imrahil siguió mirándole con preocupación suspiro y dijo:
—Los marineros a los que serví no tienen la culpa de que odie el mar— dijo en voz baja y, al ver que Imrahil todavía parecía dudar, impulsivamente puso la mano sobre la mesa con la palma hacia arriba ofreciéndosela al otro. — Te juro que digo la verdad, Imrahil.
Aquello pareció aliviar la repentina preocupación de Imrahil. Sonrió aliviado y cogió la mano que Andrahar le ofrecía y la apretó entre las suyas con firmeza
— Gracias—dijo. — Lo siento, Andra. Simplemente es... ¡Simplemente es agua! ¡No lo entiendo!
Andrahar suspiró, bajando los ojos una vez más y maldijo en silencio el hecho de que no pudiera negarle nada a Andrahar. Y menos cuando decía aquellas cosas y le miraba de aquella manera.
—No es el agua—admitió finalmente
— ¿Que quieres decir?
—Quiero decir que no me da miedo el agua.
— Si no es eso, ¿entonces qué?
— No es miedo.
Al oír aquello Imrahil parpadeó sorprendido.
— ¿No tienes miedo?— repitió
Andrahar sacudió la cabeza y el Heredero frunció el ceño asombrado.
— ¿Entonces qué…?
— Nadar es...inadecuado
Imrahil estaba claramente
— ¿Inadecuado? —repitió. — ¿Por qué?
Andrahar se lo quedó mirando. Se negaba a decirlo en voz alta. Imrahil debería figurárselo por sí mismo. El Heredero frunció el ceño, perplejo, considerando la queja en la cara de su amigo y, finalmente, al repasar todo lo que había aprendido de Harad llego a la conclusión de que...
— ¡Oh!— y un instante después continuó: —Pero te quitas más ropa en los baños, Andra
—Tú te quitas más ropa en los baños y no te molestas en esconderlo— le corrigió Andrahar, ligeramente irritado. — ¡Yo tengo más consideración con vosotros, aunque seáis todos unos desvergonzados!
Que lo eran. Y Andrahar había conseguido durante dos años morderse la lengua y no decir nada, para no tener que soportar más insultos de los que ya aguantaba por parte de los otros escuderos. Pero era difícil tener que caminar cada día por una habitación llena de hombres que no tenían un ápice de modestia—o de ropa— con la que taparse cuando se trataba de casas de baños. ¡Y tenían el descaro de llamar a los Haradrim pervertidos! Al menos los Haradrim, había pensado siempre furibundo, justo por su "perversidad", sabían cómo mantenerse decentemente cubiertos con toallas mientras se encargaban de bañarse, y Andrahar era escrupuloso manteniendo aquellos hábitos, tanto en beneficio de su propia sensibilidad como por prudencia.
La simple idea, por lo tanto, de desnudarse hasta quedarse en paños menores en público, en una playa, donde !que lo quemaran a él y los huesos del hacedor!, los buceadores de perlas de Dol Amroth y los pescadores de roca era probable que estuvieran...¡No! Era indigno. Era incivilizado. Para empeorar las cosas, por razones que no podía entender, muchos de los buscadores de perlas eran mujeres o muchachas—todas de las clases más bajas, obviamente— y eran casi tan desvergonzadas como los muchachos. Andrahar podía tolerar muchas cosas, o eso se decía a sí mismo, mientras no requiriera que el participase en la masiva, desvergonzada perversidad que era nadar. Podía tolerar incluso compartir una playa con esqueléticas y pequeñas muchachas y su madres, todas ellas vestidas en lo que el asumía que eran sus ropas interiores, buceando, nadando, y corriendo por ahí como si no hubiera nadie mirándolas. Pero no iba a participar en ello.
Por desgracia, parecía que no le quedaba más remedio que hacerlo. Imrahil lo había intentado embaucar y le había suplicado sin resultados durante casi un mes, pero al final, sabía cómo manipular a un amigo. Todo lo que tenía que hacer era apelar al sentido del deber de Andrahar.
— ¿Y si fuese al mar, Andra?—preguntó Imrahil—. Vendrías conmigo, ¿no?
— Si te embarcases iría contigo, por supuesto. —Había respondido Andrahar.
— ¿Y si te cayeses por la borda sin saber nadar?
— Me ahogaría, supongo
— Exacto. — Había exclamado Imrahil, y luego, con su mirada y su tono más sincero, por los que Andrahar amablemente lo odiaba, le había dicho:
—Andra, eres mi hermano por juramento y sé que me seguirías por ello. Pero, si te lo permitiera, sería yo el que estaría fallando en su propio juramento. Un señor debe cuidar de su gente, especialmente de aquellos más cercanos a él. ¿Cómo voy a cuidar de ti, si no me dejas enseñarte como salvarte a ti mismo en el mar? Tendría que dejarte en tierra.
Y así había tragado el anzuelo, como un pez estúpido, y no había absolutamente nada que pudiese hacer para librarse, salvo quizá...hacerse con una botella y engullir lo suficiente para estar enfermo por la mañana. Aunque eso solo retrasaría su miseria un día más, por supuesto. Pero sería un día más...No. No. Mejor acabar con ello cuanto antes. El deber es el deber y requiere sacrificios. Pero Imrahil pagaría en el campo de entrenamiento por cada maldito día que tuviese que pasar en aquellas condenadas aguas élficas. Bueno. Lo justo es justo. Y a su señor no iba a le iba a sentar del todo mal...
Pero entonces, Imrahil sonrió y sacudió la cabeza
—Todo este problema con el mar y un poco de ejercicio, todo porque es "inadecuado"— exclamó. —Pero, por suerte, no tienes nada de lo que preocuparte. Tu modestia está a salvo. Te lo prometo.
— ¿Eh?— pregunto Andrahar. El brillo divertido en los ojos de su señor no era muy reconfortante.
— ¡Oh, sí! Verás, en un barco, es muy probable que cuando caigas al agua, lo hagas en medio de una batalla o durante una tormenta. No insistiría tanto en llevarte a nadar si no fuese así. Y dudo mucho que una tormenta o un barco pirata vayan a esperar hasta que te quites la ropa antes de lanzarte al mar. Así que vas a tener que aprender a nadar con todo puesto, creo. Aunque aprender te vaya a resultar mucho más difícil.
— ¿Con "todo puesto" quieres decir el equipo completo?
Imrahil asintió.
—Cota de malla y todo lo demás. Pero no te preocupes, comenzaremos llevando algo más ligero, pero no menos de lo que llevas puesto ahora.
— ¿Es una promesa?
— Por el juramento que nos une —dijo Imrahil solemnemente, aunque el brillo de sus ojos negaba la gravedad de sus palabras. Aún así, la palabra de Imrahil era inviolable y Andrahar sintió que una sonrisa se extendía por su cara
—Claro que, por supuesto, también vas a tener que aprender a caerte de la cubierta de un barco con todo puesto, y eso significa que voy a tener que lanzarte por la borda para practicar, pero...
Imrahil calló y sonrió con inocencia. Andrahar sacudió la cabeza y se terminó la cerveza de un largo trago y luego empujó la jarra hacia su amigo, Adrahar cogió la jarra, estudió el fondo y luego derramó en él dos dedos de whiskey y se la devolvió. Andrahar acabó en el whisky de otro trago y puso cara de sufrimiento.
—Aquí sirven el mejor kheliss.
— Bueno, ahora lo sabemos. Y tú has acabado, así que... —Imrahil se levantó y Andrahar hizo lo mismo. Dejaron un par de monedas en la mesa para el muchacho que servía las mesas, se pusieron las capas sobre los hombros y en un agradable silencio regresaron sin prisa hacia el castillo. Nada más llegar fueron directamente hacia el Ala de Aprendices. Andrahar dejó a Imrahil delante de su puerta y continuó hacia su propia habitación. Pero antes de llegar Imrahil lo llamó de nuevo.
—Andra— Andrahar se detuvo, mirando por encima del hombro y se encontró a Imrahil colgado del bisel de su puerta y sonriendo con malicia. — Nos vemos mañana en los muelles. Y no te retrases. O mucho me equivoco, o tenemos bastante trabajo por delante.
Andrahar sacudió la cabeza al oír el entusiasmo en la voz de su amigo e Imrahil se echó a reír una vez más.
— Buenas noches, Andra
— Buenas noches, mi señor. E Imri. — añadió con voz queda. Imrahil, que acababa de entrar en su cuarto sacó la cabeza de nuevo con expresión interrogante. —Tienes mi gratitud por... ¡ehem!...arreglar el asunto.
Imrahil parpadeo y luego una sonrisa cálida se extendió por su cara.
— ¡Faltaría más!—replicó. —Que tengas buena noche.
