I
A Andrahar le había fascinado el elfo desde su llegada a Dol Amroth. Era una fascinación bastante mórbida, porque él odiaba a los elfos. Durante los cortos años que había pasado en casa de su padre, se le había enseñado a despreciarlos y a no confiar nunca en ellos. Además, Maese Melpomaen no era un verdadero elfo, aunque ciertamente lo parecía...bueno, más o menos. Los rumores decían de él cosas tan variopintas como que su madre era Silvana o que tenía un abuelo Avari (Él había hecho suyo el deber de aprender todo lo posible sobre aquellas criaturas traicioneras, pero nadie parecía saber nada a ciencia cierta.)
Seguramente el Príncipe Adrahil sí lo sabía, pero Andrahar no quería molestarlo con sus preguntas. Se consideraba afortunado porque el Príncipe lo toleraba.
Cuando Imrahil lo había traido desde Harad, el Señor Adrahil se había sentido poco complacido al tomar bajo su protección, en su noble y refinada casa, a un salvaje sucio, mal educado y mestizo, y no había guardado en secreto su disgusto. Aun así, Imrahil había utilizado su autoridad. Con su acostumbrada testarudez, había amenazado con dejar Dol Amroth para siempre, a menos que su nuevo amigo pudiera quedarse.
El Príncipe reinante conocía demasiado bien a su único hijo y sabía que aquella no era una amenaza vacía. Así que, apretando los dientes, cedió, y ordenó que el jovencito salvaje fuese lavado apropiadamente, arreglado y vestido antes de traerlo de nuevo ante su presencia y la de su esposa.
Por su parte, Andrahar había soportado el humillante proceso con los dientes igualmente apretados por el bien de Imrahil, que no solo había salvado su vida cuando parecía que la muerte era inevitable; también le había dado algo que no había tenido antes: amistad. Imrahil contempló su "doma" con una sonrisa irritante, y luego, cuando juzgó que su apariencia era aceptable, arrastró a Andrahar con él, a lo largo de escaleras y corredores sin fin para presentarlo oficialmente a su familia.
OoO
La sala del trono había sorprendido enormemente a Andrahar. Era vasta, animadamente elegante y llena de luz solar que entraba a través de las altas y estrechas ventanas. Carecía de la colorida decoración y la pompa dorada que, en su tierra, incluso las casas de los modestamente ricos poseían. En su lugar, había decorativas pinturas murales, paños bellamente tejidos colgando de los muros y el recurrente patrón de tapices y lámparas en forma de cisne. Estas últimas estaban talladas con maestría tanto en plata como en alabastro.
Por supuesto, Imrahil le había contado largas historias acerca de la importancia del símbolo del cisne para su familia, pero nunca había pensado que sería tan importante en sus vidas. Era solo un pájaro marino, después de todo, y aún así, aparentemente, significaba mucho más que eso para los Príncipes de Dol Amroth.
Azul, plata, blanco y cisnes de todos los tamaños y formas podían verse en todas partes; desde las pesadas cortinas de terciopelo, que estaban descorridas para dejar entrar la luz dorada del sol de mediodía, pasando por el asombroso motivo circular del suelo pavimentado en mármol, y terminando en los bordados de la ropa de la gente. El cisne estaba presente incluso en la simple túnica que la doncella de cámara había elegido para presentarlo ante el Príncipe y su familia.
Enmarcaban el gran salón veinticuatro delgadas columnas talladas con la forma de árboles de mármol blanco, dividiéndolo en una zona principal y dos estrechos corredores a los lados, donde los sirvientes esperaban órdenes y la guardia del Príncipe mantenía una cautelosa vigilancia sobre todo.
En el extremo opuesto de la sala se hallaba un hermoso ábside con un estrado en forma de medio círculo y seis escalones, amplios y planos, que llevaban hasta él.
Sobre el estrado estaban los tronos gemelos del Príncipe y la Princesa de Dol Amroth y de pie, a ambos lados, se encontraba el resto de la familia.
El Príncipe Adrahil parecía ahora incluso más severo y disgustado de lo que lo había estado en el patio, mientras saludaba a su hijo, pero Andrahar no era de los que se asustaban fácilmente. Sabía que no debía convertir al padre de Imrahil en un enemigo si quería permanecer allí, con su único amigo, que era lo que deseaba con toda su alma, así que ofreció al Príncipe la mayor cortesía que había aprendido en su antigua casa; se arrodilló a los pies del Príncipe y tocó el suelo de mármol con la frente. Aparentemente, aquel era un saludo poco familiar para la gente de Dol Amroth, al menos de acuerdo con los susurros y murmullos que se elevaron a su alrededor. Imrahil le dio un ligero golpecito con la bota y Andrahar se levantó, haciendo frente a la familia de su amigo cautelosamente, pero decidido a parecer tan refinado como fuese capaz.
A la izquierda del Príncipe, estaba sentada la Dama Olwen. Imrahil le explicó más tarde que situar a la pareja al lado del corazón era una tradición élfica que su familia había mantenido desde los días de Galador, el primer Príncipe. La Dama parecía tan suave y calmada, como difícil e irritado aparecía su esposo. Tenía el rostro ovalado, y cabello y ojos castaño oscuro. En esto se diferenciaba de su marido y de su hijo, que tenían facciones muy marcadas, pelo negro azulado y ojos grises como el mar, (señales de su herencia Numenoreana). Andrahar recordó que Imrahil había mencionado que su madre no era Dunedain. Venía de Dor-en-Ernil, de la raza de los llamados Eredrim que ya ocupaban el territorio antes de la fundación de Gondor.
La Dama llevaba bajo la sobretúnica plateada un largo vestido del tono azul que representaba a Dol Amroth. Las mangas eran tan largas que barrieron el suelo mientras se sentaba con las manos cruzadas sobre el regazo. Su pelo estaba recogido formando un moño suelto, plegado ordenadamente bajo una caperuza azul de terciopelo ricamente bordada con un patrón de flores en plata que cubría la mayor parte de su pelo. El poco que podía verse estaba entretejido de hebras blancas. A pesar de que era ocho años más joven que su marido, ya mostraba síntomas de envejecimiento debido a su linaje menor.
Al lado de la Princesa, de pie, se encontraba una joven delgada y vestida de un modo similar. Su largo pelo azabache, por lo que Andrahar pudo deducir, fluía por la espalda hasta las rodillas, sin trenzar y sin adornos. Había heredado los ojos grises del Príncipe y la suavidad de los rasgos de Dama Olwen, así que solo podía tratarse de la hermana de Imrahil. Parecía dulce y gentil pero, de alguna manera, Andrahar intuyó que no era bueno despertar sus iras y decidió ser cauteloso al tratar con ella.
Otra mujer de pelo oscuro y ojos grises, considerablemente mayor, como revelaba la dureza apenas perceptible en sus nobles facciones, estaba de pie a la derecha del Príncipe. Iba vestida como la princesa, pero sin el rico bordado que adornaba las ropas de Dama Olwen. Todavía no había hebras plateadas en su pelo, pero sus ojos eran como trozos de hielo y sus labios estaban presionados en una fina línea. Andrahar no necesitó ayuda para reconocer a Dama Tirathiel, basándose en las horribles historias que Imrahil había contado sobre ella. Aunque sospechaba que su amigo había coloreado los hechos un poco. Sin embargo, no había forma de que pudiera confundir a la Dama de Hierro de Dol Amroth con otra persona. Aquellos ojos helados lo medían con abierta sospecha, y él sabía que no sería fácil ganar su apoyo, y lo necesitaba si quería permanecer bajo el techo del Príncipe, a menos que quisiese que Imrahil dejase Dol Amroth por pura testarudez y no era esa su intención. Ya era suficientemente malo que él no tuviese un hogar y no quería que Imrahil compartiese su destino.
—Bienvenido a Dol Amroth— dijo el Príncipe, finalmente, de una manera casi civilizada. — Puesto que mi hijo ha olvidado decirnos tu nombre quizás tengas la amabilidad de presentarte por ti mismo.
—Me llaman Andrahar, mi Señor— respondió agradecido por el tono de su piel morena que escondía el rubor que sentía calentándole la cara.
El Príncipe levantó una ceja elegantemente formada.
— ¿Te llaman así o es tu verdadero nombre?— preguntó.
Andrahar acalló la ira que se había despertado en él. Aquello se parecía demasiado a un interrogatorio para su gusto.
—Es mi nombre, mi Señor— respondió con tanta cortesía como pudo reunir. El Príncipe asintió. Al parecer la respuesta le satisfacía.
— ¿De qué casa vienes? — continuó preguntando. — Tu nombre indica que debes tener al menos algo de sangre Numenoreana, aunque tu aspecto diga otra cosa.
Andrahar apretó los dientes desesperanzado. Había esperado que aquella pregunta viniese más tarde, cuando ya hubiese causado una impresión más aceptable al Príncipe. Revelar que era un bastardo expulsado podía hacer que su estancia en Dol Amroth fuese muy corta. Pero mentirle al Príncipe estaba fuera de lugar. Necesitaba demostrar que era digno de confianza para que le permitieran quedarse junto a Imrahil. Simplemente no podía empezar su vida allí con una mentira.
—Si tuviese una casa, mi Señor— replicó, hablando con tanta suavidad como pudo — no estaría aquí pidiendo cobijo.
Para su sorpresa, el Príncipe no pareció perturbado por aquella revelación. Se limitó a asentir y siguió con sus preguntas.
—Entonces tenemos que encontrarte algo que hacer para que tu estancia sea útil— dijo el Señor Adrahil. —Eres bueno con las armas, presumo. Los jóvenes de Umbar y Harad generalmente lo son.
—Lo soy, mi señor, replicó Andrahar, con más confianza. Con espadas, cuchillos, dagas y arcos y cimitarras...nombradla y yo la empuñaré. He tenido que defenderme desde que era muy joven.
—Todavía eres muy joven, Andrahar de Harad— replicó el Príncipe suavemente. — Y en cuanto a tu entrenamiento con armas, yo juzgare lo bueno que eres realmente. Además, ya tengo suficientes buenos soldados en Dol Amroth. No tengo necesidad de un jovencito irascible que probablemente no haya seguido órdenes como es debido nunca.
La piel oscura de Andrahar palideció considerablemente, porque esto podría significar que el Príncipe le negaba vivir bajo su techo. Pero Adrahil continuó hablando.
—Hablas Westron bien. Casi como si fuese tu lengua materna. ¿Puedes hablar también la lengua nativa de los Haradrim?
—Los dieciséis dialectos— replicó Andrahar sin pensar. —Mi pad...mi Señor, en la casa en la que vivía cuando era niño, tenía conexiones hasta el lejano Harad. A menudo recibía visitantes que hablaban lenguas extrañas y exigían que se les hablase en su propio idioma, así que todos teníamos que aprender cada uno de ellos.
—Dieciseis dialectos— murmuró la Dama Tirathiel hablando por primera vez. —Solo conocemos siete u ocho, mi Señor...
—Ciertamente—, dijo Adrahil,— y sería útil estudiar el resto de ellos, ¿no es cierto? Eso puede arreglarse, espero. ¿Puedes escribir, Andrahar?
—Por supuesto.
Andrahar se sintió un poco insultado.
—Conozco las letras que se usan en Westron y los símbolos para la lengua Haradrim...bueno, los que se utilizan en las casas nobles. Muchos de los dialectos no tienen forma escrita.
Sorprendentemente el Príncipe le sonrió. Era una sonrisa fría, pero aún así era una sonrisa e incluso mostraba algo cercano a la aceptación.
—Bien, entonces—, dijo Adrahil, — creo que acabas de convertirte en un miembro muy valioso de mi corte. Hoy te permitiré descansar y familiarizarte con el castillo, pero mañana te presentaras ante mi jefe de escribanos en la biblioteca y trabajaras con él en un libro sobre lenguajes Haradrim durante el próximo año más o menos.
Andrahar siempre había sido bueno orientándose y sabía cómo recordar el camino por el que había venido, puesto que su vida había dependido a menudo de aquella habilidad tan útil. Por supuesto el castillo de Dol Amroth (o Swanburg, como era llamado con frecuencia) era bastante más confuso que una casa noble en Umbar, pero menos laberintico que cualquier bazar Haradrim. Solo le costó una tarde familiarizarse con el castillo, y no tuvo dificultad en encontrar su camino hasta la biblioteca la mañana siguiente.
El hecho de que le hubiesen asignado la habitación destinada al escudero de Imrahil, que era contigua a la de este, le facilitaba las cosas. Solo tuvo que caminar hasta el final del corredor, subir la sinuosa escalera de piedra hasta el piso superior del edificio principal, que se encontraba justo sobre el ala de los Príncipes y, una vez allí, le dio a la pesada puerta de madera un agudo golpe y entró sin esperar a que lo invitasen a pasar.
El olor a cuero viejo, tinta y pergamino lo saludaron, y Andrahar puso una cara amarga. Los libros nunca le habían interesado mucho. Y allí había libros, ¡por todos los dioses! Más de los que cualquier persona podía esperar leer en su vida. La biblioteca estaba compuesta por habitaciones estrechas con altos techos, enmarcadas por atestadas estanterías en interminables hileras, rotas unicamente por las altas ventanas y los puestos de lectura delante de ellas. Aquí y allá podían verse otro tipo de escritorios, altos y estrechos, con superficies inclinadas. Él sabía que aquellos eran pupitres de escritura porque los escribanos de Dol Amroth, obviamente, preferían escribir al estilo de los elfos. De pie.
Un hombre alto, de pelo oscuro, tez pálida y hombros estrechos estaba de pie en uno de aquellos pupitres y levantó la cabeza cuando él llegó, dejando la pluma inmediatamente. Sus ojos eran también oscuros y sus facciones le parecían de alguna forma... familiares, lo cual era imposible, puesto que Andrahar nunca había conocido a la gente del Príncipe antes.
—¿Maese Andrahar? —preguntó el escribano con voz suave que tenía un ligero acento, a pesar de que hablaba Westron de manera impecable. Al ver que Andrahar asentía continuó. — El Príncipe Adrahil me ha hecho saber que vas a ayudarme a aprender más sobre lenguas Haradrim. ¿Es correcto?
—Si eres el jefe de los escribanos, entonces, sí, lo soy— respondió Andrahar encogiéndose de hombros. El escriba lo miró divertido pero sin sonreir.
—Ese soy yo, ciertamente. Jefe de escribanos Melpomaen es mi nombre.
Andrahar le lanzó una mirada llena de sospecha. Las orejas no eran del todo apuntadas y sus ojos eran oscuros...pero áun así...
— ¿Eres un elfo? — preguntó sin pensarlo.
El escribano inclinó la cabeza a un lado y pareció divertirse más todavía, aunque siguió sin sonreir. Ni siquiera con los ojos.
— ¿Habría algún problema si lo fuese? —preguntó con seriedad.
Andrahar se encogió de hombros.
—Los elfos son engañosos y no son dignos de confianza. Todo el mundo lo sabe.
— En tu lugar reconsideraria decir esas cosas en esta casa—le advirtió Melpomaen sin sentirse insultado—El Príncipe Adrahil es amigo de los elfos y también lo es toda su familia...por no mencionar que llevan sangre élfica en sus venas. No demasiada, ciertamente, pero corre profunda. Lo suficientemente profunda para que el Señor Elfo de Edhellond les permita visitar su casa.
Andrahar frunció el ceño. El escriba tenía un nombre élfico, pero no hablaba como un elfo. Bueno, como el esperaba que hablase un elfo.
— ¿Eres un elfo entonces? —insistió.
Al escriba dejo de divertirle la conversación.
—No del todo— respondió con voz monótona— No lo suficiente para que me acepten.
Andrahar le lanzo otra mirada cargada de sospecha, y al mirarlo por segunda vez se dió cuenta de repente de por que Melpomaen le resultaba tan familiar. Ya habia visto una cara muy parecida a la del escriba el día anterior.
— ¿Eres pariente de Dama Olwen, verdad?— dijo. — Eres su hermano pequeño.
Por primera vez el escriba sonrió. Era una sonrisa apretada y pequeña, pero auténtica, sin embargo.
—No— replicó con genuina diversion. —Soy su tatara-tio.
