II
Las siguientes lunas estuvieron llenas de trabajo para Andrahar. Cada mañana buscaba al elfo en la biblioteca (seguía llamando así al jefe de escribanos cuando estaba solo o con Imrahil porque no le gustaba el largo y peculiar nombre) y se sentaba allí hasta mediodía, repasando interminables listas de palabras, corrigiendo palabras mal pronunciadas y mostrándole como escribir de derecha a izquierda como se requería en Haradrim. La mayoría del tiempo les acompañaba la Dama Tirathiel y Andrahar llegó a desarrollar un sano respeto por la sabia, orgullosa e incansable mujer.
A veces, la nieta huérfana de la Dama; una joven muchacha tímida y callada llamada Nimrien venía con ella y escuchaba las palabras en Haradrim, de sonidos ásperos, con un extasiado interés.
Imrahil recibió la orden por parte del Príncipe de participar en aquellas lecciones una vez a la semana. Adrahil quería que su hijo y heredero hablase con soltura el Haradrim, puesto que iba a tratar con dignatarios de Harad en el futuro. Cada vez que aparecía, el aburrido trabajo de Andrahar se llenaba de brillantes colores, aunque sabía demasiado bien lo mucho que su amigo preferiría estar montando a caballo o practicando esgrima con él.
No es que Imrahil compartiese su aversión hacia los libros y otras actividades intelectuales, lejos de ello. Pero la compañía de Andrahar significaba aventura para el inquieto principito, y no había nada realmente intrépido que hacer en una biblioteca, salvo inclinarse sobre algún oscuro texto Haradrim. Aun así, de alguna manera, conseguía soportarlo y al menos los atardeceres eran suyos para hacer lo que quisiesen.
Naturalmente, Imrahil tenía que acudir a las lecciones de combate habituales, porque convertirse en Señor de los Caballeros Cisne, (los mejores guerreros de Dol Amroth), requería que fuera tan bueno con las armas como cualquiera de ellos. Andrahar lo acompañaba a aquellas lecciones y contemplaba su entrenamiento con una expresión indescifrable, hasta que el Maestro de Armas, Ornendil, decidió hacer que se ejercitase a fondo, para ver de lo que era capaz el —jovencito salvaje—.
Su sorpresa al descubrir las habilidades del Haradrim no tuvo límites.
—El muchacho es el mejor que he visto jamás, — informó al Príncipe, todavía un poco impresionado. —Necesita muchas horas de práctica con las espadas largas que usa nuestra gente, pero con sus propias armas es casi invencible. Su talento se está desperdiciando en la biblioteca, mi Señor.
—De momento resulta más valioso en la biblioteca, — le corrigió Adrahil, —Pero si realmente es tan bueno con las armas, no me molesta que sea entrenado como es debido. Veremos si es capaz de seguir órdenes también. Así al menos quemara algo de energía y mantendrá a Imrahil centrado.
—Seguirá cualquier orden que venga de Imri, — dijo la Dama Olwen en voz baja. —Moriría por nuestro hijo en cualquier momento.
—Es un Haradrim, — Adrahil se encogió de hombros. —Es su costumbre. Imrahil ha salvado su vida, por lo tanto esa vida le pertenece a Imrahil, hasta que la deuda haya sido saldada. Si no perderá su honor y eso sería peor que la muerte.
—Hay más detrás de su devoción por Imri que una simple costumbre. Estoy segura de eso, — replicó Lady Olwen. —Sea lo que sea, encuentro reconfortante saber que nuestro hijo esta fieramente protegido. Con su naturaleza exaltada, necesitará desesperadamente un compañero en el que confiar.
—Puedo entrenar al muchacho para que se convierta en el Maestro de Armas del joven Príncipe en un par de años, — dijo Ornendil, aunque en sus bronceadas facciones se veía claramente escrita la duda, —pero ¿de verdad queréis a un Haradrim entre los Caballeros Cisne, mi Señor? ¿Es sabio revelar los secretos de nuestras defensas a uno de nuestros enemigos?
—No es nuestro enemigo. Es el amigo de Imri— intervino la princesa Finduilas, que también tomaba parte en las decisiones familiares importantes desde que recientemente había alcanzado la mayoría de edad. —Y no es un nativo Haradrim tampoco. Debe tener al menos algo de sangre Númenóreana. Muchas familias nobles de Harad la tienen.
—Sí, la sangre de los Númenoreanos negros, sin duda, — respondió Ornendil con resentimiento. —Eso no le servirá de mucho a él... o a nosotros, de hecho.
—Su sangre por sí sola no determina quién es, — dijo Adrahil, intercambiando una larga y significativa mirada con su Dama. —Sus actos sí. Estoy dispuesto a darle la oportunidad de demostrar su valía. Quizá así Imrahil se comporte con más responsabilidad.
OoO
Y así, las cosas siguieron igual durante muchas lunas. Entre la biblioteca y el Maestro Ornendil, Andrahar estaba bastante ocupado durante el día, pero no le importaba. No, mientras en todas sus actividades estuviera implicado Imrahil. El joven príncipe sin embargo, se impacientaba con mayor rapidez, y pronto comenzó a planear una pequeña visita al Barrio de la Puerta: el distrito de Dol Amroth más oriental y lejano dentro de los muros de la ciudad, que descansaba sobre un collado bajo, justo pasada la entrada principal por tierra.
A pesar de ser el vecindario más sucio y pendenciero en todo Dol Amroth, era más elegante que los barrios de muchas otras ciudades y atraía a los aventureros hijos de las familias nobles en gran número. Era un distrito de lo más colorido, cuando menos, y aunque la gente rara vez sufría robos y era asesinada con menor frecuencia todavía, el Príncipe Adrahil le había prohibido a su hijo presentarse allí sin una escolta adecuada y supervisión.
Por supuesto una escolta habría hecho casi imposible visitar como era debido las famosas tabernas del Barrio de la Puerta: La taberna de Arthoniel, El mástil negro y La señal del viajero ciego. Y puesto que acudir al lugar de vez en cuando era considerado como una señal de independencia y madurez entre los jóvenes nobles, Imrahil estaba ansioso por probarse ante sus ojos.
La oportunidad de oro se presentó por si misma cuando, aproximadamente siete lunas después de la llegada de Andrahar a Dol Amroth, el Príncipe y su Dama se llevaron a su hija a Edhellond, por invitación del Señor Gildor, que acababa de regresar a su hogar tras una larga ausencia, para celebrar el Festival Anual del Otoño. Esta era una de las grandes festividades entre la mayoría Silvana de sus súbditos y la primera vez que la princesa Finduilas acudía como adulta. Algo de gran importancia para los elfos y por lo que el Señor Gildor, amigo de la Casa de los Príncipes desde su fundación, pretendía ofrecer una gran celebración
Imrahil no había sido invitado, sin embargo. Su padre y él no se hablaban debido a sus últimas escapadas, que habían tenido lugar en el Barrio de la Puerta en su mayor parte, y que le habían costado al Príncipe una considerable suma de dinero. No hace falta mencionar que el Príncipe Adrahil estaba amargamente decepcionado y furioso más allá de toda razón. Además era bastante obvio para Andrahar que su amigo ardía de deseo por el Señor Elfo, y por ello había comenzado a odiar a Gildor Inglorion con solo echarle un vistazo.
Imrahil había estado petulante y miserable desde que la decisión del Príncipe había sido anunciada. Quería su venganza, y quería la compañía de Andrahar para llevarla a cabo. Andrahar, que con gusto iba a donde su amigo quisiera, pensaba que teniendo casi dieciséis años Imrahil debería mostrar más responsabilidad con sus deberes como heredero de Dol Amroth. En Harad un joven de dieciséis veranos era considerado un adulto preparado para fundar su propia casa. En sus momentos más honestos, incluso Andrahar admitía que su amigo era un mocoso consentido.
Aun así, Andrahar estaba dispuesto a participar en cualquier cosa que Imrahil estuviese planeando, sin importar lo estúpida o peligrosa que pudiera ser porque Imrahil había salvado su vida, le había dado un hogar y le había robado el corazón. Además, era su deber traer al joven Príncipe de vuelta de aquellas excursiones de una pieza. O al menos, él lo consideraba su obligación.
Imrahil había mostrado un gran sentido de la estrategia (que debería usar en cosas mejores, de hecho) al planificar su viaje de varios días por las casas de placer. Había planeado hacerlo tras la partida de la Dama Tirathiel a Minas Tirith, cuyo propósito era copiar un raro y antiguo libro élfico, y, como el Príncipe Adrahil le había mencionado secamente a su esposa durante una conversación privada a —causarle un infarto al hijo del Senescal—.
Viendo la sorpresa de Andrahar, Imrahil le explicó más tarde que miedo no era, probablemente, la palabra más adecuada para describir la extraña relación entre la Dama y el Señor Denethor, pero que la gente estaba de acuerdo en que Tirathiel era la única persona de la que el hijo de Ecthelion recelaba. Ambos eran eruditos y estaban bien versados en conocimientos antiguos, pero sus opiniones diferían diametralmente y Tirathiel nunca se había dejado intimidar por el arisco Heredero de Gondor. Algunos decían incluso, que habían estado prometidos antes de que Tirathiel regresase a Dol Amroth para criar a la hija huérfana de su hermano.
Si esto era o no verdad, nadie podía decirlo a ciencia cierta, pero le daba a la Dama una gran autoridad y cada vez que viajaba a Minas Tirith por cualquier razón perfectamente inocente, la gente murmuraba de nuevo. Esta vez tenía planeado permanecer allí varias lunas y se llevaba a la joven Nimrien con ella, por lo que Imrahil podía estar seguro de que no iba a volver inesperadamente de Minas Tirith y desbaratar sus cuidadosamente trazados planes. Solo quedaba un impedimento en su escapada hacia el Barrio de la Puerta durante el Festival de Otoño: el maestro Melpomaen. El jefe de escribanos todavía mantenía a Andrahar en la biblioteca desde temprano por la mañana hasta el mediodía, trabajando con él en el libro, aparentemente inacabable, acerca de idiomas, costumbres e historia de Harad.
—Habrán pasado diez años y todavía seguirás trabajando en él, — gruño Imrahil. —Seguro que puede darte un par de días de fiesta para celebrar el festival como es debido, si se lo pides.
—No cuando le diga cómo voy a celebrarlo, — señaló Andrahar. Imrahil se encogió de hombros.
—Entonces no se lo digas, — dijo desdeñosamente.
Los ojos de Andrahar's se oscurecieron como carbones encendidos.
—Imrahil de Dol Amroth, — dijo con voz helada, — ¿Me estás pidiendo que mienta? Si es así, voy a tener que decepcionarte. Te debo mi vida, y gustosamente la entregaría por ti, pero no puedes pedirme que mancille mi honor, el poco que me queda, solo para que vayas a visitar a tus cortesanas favoritas.
Imrahil se lo quedó mirando con cara de incredulidad. Jamás en las siete lunas que llevaban juntos Andrahar le había hablado de aquella manera. Se sentía reprendido– lo cual no le gustaba – y traicionado por su mejor amigo. No se le ocurrió pensar en lo egoísta que había sido su amistad, con Andrahar haciendo lo que él quería, sin más obstáculo que alguna palabra de queja... hasta entonces.
—No te he pedido que mientas, — replicó de manera petulante, —solamente que... omitas algunos detalles. Pero si vas a dejarme tirado, por mi está bien. Olvida que te lo he pedido. Iré sin ti. — Y diciendo esto, se fue dando fuertes zancadas, dejando a un Andrahar sorprendido y profundamente herido detrás.
Durante un largo instante, el joven Haradrim se quedó completamente paralizado. Nunca antes Imrahil había herido su amor propio a propósito, y lo había hecho… ¿para qué?… Para tener la oportunidad de visitar las casas de placer del Barrio de la Puerta, donde desperdiciaría un buen dinero de su padre para obtener algo que Andrahar le daría gustosamente por amor.
Dolía. Dolía tanto que Andrahar necesitó toda su fuerza de voluntad para obligar a las lágrimas a no caer de sus enrojecidos ojos. Se había enamorado hasta la médula del joven príncipe, desde el mismo momento en el que Imrahil lo había liberado de la multitud enfurecida del bazar en Umbar. Y puesto que el joven Príncipe claramente no sentía lo mismo y que revelar su amor habría destruido su amistad (que era algo a lo que no podía arriesgarse) Andrahar había hecho todo lo posible por esconder su deseo y su corazón herido. Había tenido éxito. Nadie sabría nunca cuanta voluntad le había costado lograrlo.
Pero ahora Imrahil estaba enfadado con él, preparado para fugarse del Castillo y desaparecer durante días en el Barrio de la Puerta sin su compañía y Andrahar sabía que no podía permitir que aquello ocurriese. No estaba bien que el príncipe escapase por su cuenta, porque incluso dentro de las fronteras seguras de Dol Amroth había peligros. Por lo tanto debía persuadir al elfo para que le concediese los días de fiesta que necesitaba. Y creía saber cómo alcanzar su meta.
En sus años en el bazar de Umbar se había acostumbrado a pagar con su propio cuerpo por los favores que no podía conseguir robando o amenazando. No le producía placer ser usado de aquella manera, pero había aprendido por las malas como complacer a un cliente masculino, y sabía que se le daba bien. Tan bien, de hecho, que casi le había costado una vida de esclavitud a manos de un posesivo principe de Khand. Así que estaba razonablemente seguro de que podía complacer al elfo lo suficientemente bien para conseguir lo que quería.
La idea de volver a prostituirse le dolía en gran manera. Había esperado dejar aquella vida atrás para siempre. Pero no podía decepcionar a Imrahil. Así que se preparó a sí mismo para lo inevitable y la mañana siguiente se dirigió al jefe de escribanos sin más preámbulo.
—Maestro Melpomaen, necesito ausentarme un par de días de mis tareas.
El elfo levantó la vista del pergamino que estaba escribiendo y arqueó una elegante ceja.
— ¿Para qué?— preguntó. —Según me han informado, eres libre de hacer lo que quieras por las tardes. De hecho, el Maestro Ornendil ha acompañando al Príncipe hasta Edhellond y ni siquiera tienes que acudir a clase de esgrima.
—Es verdad, — admitió Andrahar, removiéndose inquieto. —Aun así, me gustaría tener un par de días libres para celebrar el Festival de Otoño.
La ceja élfica se elevó todavía más, cosa que Andrahar le pareció imposible. Aparentemente los elfos, incluso los que no lo eran completamente, eran más flexibles de lo que había pensado.
— ¿Quieres decir que el joven Príncipe desea visitar las casas de placer en el Barrio de la Puerta y quiere que vayas con él?— viendo la expresión de sorpresa de Andrahar, el jefe de los escribanos le obsequió con una sonrisa irónica. —Puedo llevar una vida solitaria, joven, pero no soy tonto. Ni el Príncipe Adrahil desconoce las lujuriosas aventuras de su único hijo. Por lo que me sorprende todavía menos que estés dispuesto a ir con el joven Príncipe. —
—No tengo interés en las prostitutas del Barrio de la Puerta, — replicó Andrahar indignado. Aquello era cierto. El mismo se había dedicado durante mucho tiempo al negocio y las mujeres nunca le habían interesado.
—No, — asintió el elfo dándole la razón, —Pero harías cualquier cosa con tal de complacer a Imrahil.
Por segunda vez, Adrahar se quedó tan sorprendido que fue incapaz de responder al instante. Melpomaen lo estaba mirando con ojos sagaces y oscuros, y aquella sonrisa tensa tan característica en él.
—¿Me has tomado por ciego, joven?— preguntó suavemente. —En mi larga vida he visto mucho, y hay pocas cosas que me sorprendan o escapen a mi atención. Estás enamorado desesperadamente de Imrahil... y no hay vergüenza en ello, ninguna en absoluto. No podemos elegir la persona a la que amamos. Simplemente ocurre, y tenemos que vivir con ello o morir con el corazón roto. El tuyo, por lo que veo, es demasiado fuerte para romperse, así que debes encontrar una manera de vivir con tus sentimientos ocultos.
—Al parecer no están tan bien escondidos, — dijo Andrahar con amargura. Melpomaen inclinó su cabeza a un lado con un extraño movimiento más propio de un pájaro, que Andrahar habría asociado con los Elfos Silvanos, si alguna vez hubiera visto alguno.
—Oh, si que lo están... para la mayoría de la gente. Yo simplemente estoy acostumbrado a darme cuenta de cosas que otros no ven. Esta es la ventaja de llevar una vida de observador. Aunque estoy casi seguro de que Dama Olwen se dará cuenta un día de estos también,— añadió con aire pensativo y Andrahar palideció.
—Por Khaiar y los keremets!— el juramento Haradrim se le escapó de los labios por la conmoción. —Entonces soy hombre muerto.
—No conoces a la princesa lo suficientemente bien o no temerías por tu vida, — respondió calmadamente el jefe de escribanos. —Puede que no tenga sangre élfica en sus venas, pero ella y toda su familia han vivido cerca de los elfos el tiempo suficiente para que su punto de vista haya cambiado mucho, comparado con el de otras gentes de Gondor. Además, — añadió irónicamente, —dudo que puedas corromper mucho más al príncipe.
La facilidad con la que Melpomaen había comprendido la situación conmocionaba y sorprendía a Andrahar y al mismo tiempo le daba esperanzas de poder conseguir el permiso que tanto necesitaba, después de todo.
— ¿Qué haría falta entonces para que me dejaras ir con Imrahil un par de días?— preguntó bruscamente. —No tengo mucho que ofrecer – a menos que necesites a alguien que caliente tu cama vacía un rato. Me han dicho que se me da bastante bien.
El jefe de escribanos dejó la pluma que había estado sosteniendo durante toda la conversación y le lanzó una mirada helada. La simpatía y la comprensión habían desaparecido, y era un elfo muy enfadado el que miraba a Andrahar como si fuera un insecto repulsivo.
—No me aprovecho de las personas que están a mi servicio, joven, y pienses lo que pienses, estas a mi cargo mientras el Príncipe te haya asignado trabajar aquí, — dijo con la voz cortante como una espada afilada. —Además, ¿cómo sabes tú si mi cama está vacía o no? Se me conoce por ser muy discreto en mis asuntos amorosos – y si tuviera alguien esperándome en mis habitaciones, puedes estar seguro de que no te enterarías.
El rápido cambio de actitud sorprendió a Andrahar todavía más. Con razón se comparaba a los elfos con gatos grandes: tranquilos y elegantes un momento, y abriéndote la garganta con las garras al instante siguiente. Se preguntó un segundo si Melpomaen tenía algún arma bajo su escritorio.
—Perdonadme, Maese escribano, — murmuró, —No pretendía ofenderos. Pero necesito un favor de vos, y no puedo ofrecer nada más que mis... servicios.
Para su sorpresa, la furia helada desapareció de aquellos ojos oscuros tan rápido como había surgido. El jefe de escribanos suspiró y luego sacudió la cabeza. De repente la expresión de su pálida cara se volvió infinitamente triste.
—No deberías rebajarte de esa manera, joven. Y menos por algo que no vale la pena. Si estuvieras dispuesto a vender tu cuerpo a cambio de la vida del joven Príncipe, lo entendería y admiraría tu sacrificio. Pero renunciar a tu orgullo para que pueda visitar las casas de placer como le convenga es una locura.
—Está enfadado y herido, porque su padre no le deja visitar a los elfos, — murmuró Andrahar, — e irá, tanto si voy con él como si no. No puedo dejar que vaya solo al Barrio de la Puerta. No sin protección.
Melpomaen le lanzó una mirada larga e intensa que pareció quemarle como el fuego. El jefe de los escribanos suspiró de nuevo.
—Creo que es hora de que el príncipe considere las ramificaciones de su conducta. Siéntate en esa silla de allí, joven, y déjame que te trence el pelo. Esta despeinado otra vez. Luego busca a tu lujurioso amigo e intenta hablar con él. Si mañana por la mañana todavía quiere ir, y tu insistes en ir con él, te daré permiso para marcharte por el precio que has fijado.
Completamente desconcertado, Andrahar obedeció, permitiendo que el elfo trenzase su pelo. Tardó más tiempo del que había esperado y cuando hubo acabado Melpomaen simplemente le dio la espalda y volvió a trabajar en su escrito.
—Ahora puedes irte, joven, — dijo, sin levantar la vista del papel. —No tengo tareas para ti esta mañana.
Andrahar sacudió la cabeza sorprendido y dejó la biblioteca para buscar a Imrahil. Cuando el tercer o cuarto sirviente con el que se encontró le miró de manera extraña comenzó a sentirse incómodo y se dirigió una de las habitaciones de invitados, puesto que tenían grandes espejos en los dormitorios.
La imagen que vio fue como un puñetazo en la cara. Su áspero pelo oscuro estaba dividido en finas trenzas, como las que llevaban las prostitutas baratas que se vendían en las sombrías calles del puerto.
Su primer impulso fue romper el espejo con sus puños desnudos. El segundo fue volver a la biblioteca y romperle la nariz a aquel desgraciado elfo. Pero después de tomar aire profundamente varias veces entendió el mensaje detrás de la aparente crueldad de Melpomaen. Con una determinación absoluta dejó la habitación de invitados para buscar a Imrahil.
