"El amor vivía enamorado de la vida, pero la muerte se volvió su amante."
Después de asegurar las ventanas, las celosías impidieron su vista gélida al gris otoño. Un fino cristal impedía la corriente de frío cruel al cabo de su exhausta llegada de su jornada monótona en esa pequeña villa.
Solitario, unos ojos verdes fatigados se consolaron al tenue calor de la pequeña vela a su costado. Retiró sus zapatos, vistió su abrigadora ropa de dormir y, entre su penumbra, se dejó descansar en un suspiro soso entre almohadas.
En un sueño se adentró. Un descanso de suspiros dónde abrazaba a su amada con amor.
Meliodas la amaba con su vida. Adoraba a la hermosa mujer de labios fuego y ojos cristalinos como el hielo. Soñaba con una hermosa duquesa pelirroja que aceptó su mano sin discriminación, de un pobre trabajador.
La soñaba tan hermosa, de vivo color en sus mejillas y calidez en su piel de terciopelo. Tan cautivado lo tenía que no vaciló al poseerla entre sus brazos y aferrarse a su vitalidad.
Ella era su vida y su razón.
Él era el amor que su padre prohibió.
Sin embargo, entre el amor y la vida; una muerte de pasión vive e interpone.
¿Qué sucedió? Su mujer de cálido corazón ardía de frío al tacto.
Meliodas la soltó, y entonces... la vio.
Quedó atónito al mirar a una bella mujer, más blanca que la cruda nieve, de larga cabellera gélida y mirada crisálida comparada con la indiferencia de los frágiles copos.
Su aliento se evaporó, y su lengua a sus labios titubeantes calmó.
— ¿Cómo has entrado, amor mío? — Confuso por su esbelta, como nívea, apariencia, cuestionó a la dama ojizarca. — Estoy seguro que la puerta he cerrado; también las ventanas y celosías.
La albina sonrió en un dulce caminar que erizaba y miedo irradiaba. Tan hermosa y terriblemente seductora. Una mirada que paz brindaba, pero sus manos una tortura arropaban.
— No soy amor tuyo — respondió.
La alumbró con la pequeña vela cuya cera se derramaba en la madera del buró; solo para encontrarse con la tierna fémina de rostro conocido y a la vez lejano.
No era su Liz.
— ¿Cómo entró, mujer blanca? — Con timbre cobarde en su voz, Meliodas retrocedió. — ¿A qué has venido a estas horas? ¿Cómo logró entrar? — Tan galante y aterciopelada en su piel, la misteriosa blanca soltó una risa nasal.
Risa burlona con gesto amoroso.
— Soy la muerte que dios te ha enviado.
Meliodas dejó escapar en una bocanada un mar de esperanzas incrédulas.
— No... — sudó en negación. — Eso no puede... — La mirada de la albina no vacilaba. Nos detonaba falacia alguna. Solo podía envidiar su sonrisa de pesadilla. — ¡Por favor!, ¡déjame vivir un día más! — Imploró.
Tenía una vida por delante y propósitos sin cumplir: su trabajo, sus sueños, su anhelo por permanecer al lado de la mujer cuyo amor le pertenecía… ¡todos los recuerdos que faltaban por vivir! Parecía que la muerte se lo arrebataba por deseo.
Por otro lado, la ojigarza negó. Ella no podía esperar más. Había sido paciente desde que su atención residió en él.
Elizabeth esperaba con alegría a matar por Meliodas.
— Un día no puedo darte. Te queda solo una hora de vida. — Habló la rigurosa mujer, admirando la pintura de su semblante desamparado. — Perdón, amor mío, pero dudo que puedas correr de mí.
Y entonces, despertó con el eco vibrando. Sintiendo los segundos avanzando.
La noche helada de afuera aún florecía, muy tarde no era; así que, muy deprisa saltó de la cómoda y comenzó a vestirse, calzarse... Ansioso, agitado, con miedo; solo podía refugiarse en un solo lugar.
Dónde su vida no correría en brazos de la albina.
Sin perder más los minutos, salió a las calles aún habitadas, corriendo bajo farolas que permitían solo su sombra perseguirlo. Negando una y otra vez, reprochando a los recuerdos y maldiciendo el tiempo.
En cuestión de minutos llegó a donde su amor vivía.
Hermosa y lujosa vivienda de una prestigiosa familia reconocida, cuyo fino apellido sobraba en la boca.
A través de la ventana empañada, los hermosos ojos azules se nublaban en un suspiro, confundidos por el reconocible chico de cabello amarillo acercándose a donde ella no le esperaba.
— ¡Liz! ¡Liz! ¡Ábreme la puerta, por favor! — Escuchó implorar con pánico.
— ¿Meliodas? — Desconcertada, la pelirroja negó desde la ventana —Lo siento; mi padre no fue a palacio y mi madre no se encuentra dormida. ¿Cómo quieres que te abra la puerta sin no es la hora convenida? —, pero el rubio no dejaría de insistir.
— Escucha, la muerte va detrás de mí. Me anda buscando. Si me abres y llego a ti, quizás escape de ella y pueda tener prolongada vida. — Liz palideció. —Si no logro escapar, ella nos va a separar.
La jovencita de cabellos rojos se apresuró a actuar.
— Vete bajo la ventana. Al balcón. — Señaló la pelirroja, lugar mismo donde la veía cada mañana tejer y bordar mientras tarareaba. — Trenzaré cordel de seda para que puedas escalar.
Así como prometió, la jovencita arrancó sus finas cortinas, asegurando unas contra otras para lanzarlo a su enamorado que esperaba impaciente abajo.
El rubio comenzó a escalar a paso seguro, acercándose cada vez más a la mujer cuyos ojos suplicaban entre oraciones por su vida, misma que creía salvada una vez lo vio llegar a la cumbre donde la muerte no lo alcanzaría; sin embargo, al tocar la barandilla, la tela de seda se rasgó, soltándolo a su presagio.
— ¡Meliodas! — El eco de su voz viajó a sus oídos al caer como el plomo hacia el suelo.
Una ráfaga helada lo rodeó, todo negro se volvió al cerrar sus ojos y una luz lo recibió al abrirlos con dolor.
— ¿Huh? — Su mirada esmeralda se alzó para encontrarse con tan blanca mujer de extraña sonrisa amorosa.
Al fin lo tenía a su lado.
Ella se inclinó ligeramente extendiéndole la mano, y con un fino susurro de voz aterciopelada le dijo:
— Vamos, amor mío. La hora está cumplida.
"Entre el amor y la vida, la muerte los separa."
