III
El Heredero de Dol Amroth estaba todavía de humor petulante, sin embargo la aparición de su amigo lo disipó inmediatamente.
— ¿Qué significa esto, Andra?— preguntó con el ceño fruncido. — ¿Te has vuelto loco?
— ¿Esto?— Andrahar tocó las escandalosas trenzas suavemente. —Oh, esto es solamente en lo que me estás convirtiendo, mi Príncipe. No te preocupes por eso. Puedes estar contento: recibiré el permiso de Maese Melpomaen para ausentarme. Así podremos ir al Barrio de la Puerta durante el Festival de Otoño, justo como querías. Todo lo que tengo que hacer es compartir su cama.
Imrahil sacudió la cabeza, completamente anonadado.
—No puedo creer que Maese Melpomaen exija tal cosa de ti — dijo.
Andrahar se encogió de hombros.
—No lo ha hecho. Yo me he ofrecido.
Si era posible, Imrahil todavía se quedó más estupefacto al oír aquel comentario casual. Era cierto que ya se había percatado de que Andrahar mostraba poco interés por las hermosas doncellas de Dol Amroth, pero aun así, no había pensado que eso significase que fuera...
— ¿Por qué querrías hacer una cosa así?— dijo, dando voz a su asombro. Andrahar le lanzó una mirada agria.
—Quieres ir con tus cortesanas. Irías si mí – y eso no puedo permitirlo. Eres un Príncipe, el único heredero de Dol Amroth. Necesitas tener protección a donde quiera que vayas. Yo necesito un favor, y no tengo nada más para ofrecer a cambio.
En este punto Imrahil fue completamente incapaz de responder, mirando a su amigo con la boca abierta. Andrahar se echó a reír – aunque fue un sonido amargo y desagradable.
— ¿Crees que esta es la primera vez que pago por un favor de esta manera? ¿Cómo crees que sobreviví en el bazar hasta crecer lo suficiente para empuñar una espada?
—Fuiste...— Imrahil abrió y cerró la boca dos veces hasta que fue capaz de pronunciar las palabras, pero Andrahar terminó la frase por él.
—Me vendía por las calles, sí, eso es lo que hacía. Y antes de eso calentaba la cama de un rico mercader como esclavo, hasta que pude escapar.
—Nunca me habías hablado de eso, — murmuró Imrahil. Andrahar se encogió de hombros de nuevo. De repente se sentía increíblemente cansado.
—No quería que lo supieras. Has llevado una vida resguardada, Imri. Has crecido amado y protegido. Temía que me dieses la espalda si te enterabas de qué clase de vida había tenido que llevar hasta que nos conocimos. Aunque había esperado haber dejado todo eso atrás de una vez por todas.
—Lo has hecho, — le aseguró Imrahil, recuperándose lentamente del shock. —Yo nunca te pediría que hicieras algo así por mí.
Andrahar suspiró y sacudió la cabeza. ¿Cómo podía explicarle a su amado amigo, el malcriado joven Príncipe de un reino fuerte y bien protegido, como funcionaban las cosas entre los clanes de Harad?
—No lo entiendes, Imri, — comenzó a decir pacientemente. —Has salvado mi vida... de acuerdo con las tradiciones de Harad eso significa que mi vida te pertenece, hasta que tenga la oportunidad de devolverte el favor de la misma manera. Si quieres algo, es mi obligación asegurarme de que lo consigas, sin importar el coste.
— ¡Pero eres mi amigo, no mi esclavo!— protestó Imrahil. Andrahar entrecerró los ojos y miró al cielo, pero controló su temperamento. No era culpa de Imrahil no poder pensar como un Haradrim.
—Escucha, Imri... A esto se le llama deuda de sangre, y esto me obliga mientras no haya saldado mi deuda como es debido. Fui engendrado por el cabeza de una de las familias más nobles de Harad, y aunque nací en el lado equivocado de la cama, el honor me fue inculcado una edad muy temprana. No puedo darle la espalda a mis raíces por una cuestión de sangre. Esa no es nuestra costumbre.
—¿Cómo terminaste en las calles, si naciste de una familia tan noble?— preguntó Imrahil.
—Aquel de cuyas entrañas nací y cuyo nombre no se me permite pronunciar, era de alta cuna, ciertamente. —Replicó Andrahar lentamente. —Era lo que tu gente llama un Númenóreano Negro – la gente de Harad los llama tarkil. Como sabes, Harad no es un reino unificado, sino la suma de varias docenas de pequeñas ciudades estado, gobernadas por hombres de gran riqueza y poder. Estas ciudades, aunque se alían en ocasiones con la Tierra Negra, también están a menudo en guerra entre ellas y los miembros de las familias poderosas del bando perdedor son vendidos como esclavos cuando se terminan los conflictos. Eso le ocurrió a mi madre. Fue comprada por un hombre mayor del bando vencedor. Un hombre muy poderoso y orgulloso, cuya esposa había muerto muchos años antes y que a menudo tomaba a jóvenes esclavas para calentar su cama...
— ¿Tu padre?— preguntó Imrahil, pero Andrahar sacudió la cabeza.
—No tengo padre, no según la ley de Harad. Mi madre era de noble cuna, bien criada y bien educada y su amo llego a apreciarla mucho. Tanto, que cuando nací, ordenó que fuera criado y educado como un hijo – para disgusto de sus hijos legítimos, que ya eran hombres crecidos en aquel momento, con familias propias.
Así me fue enseñado todo lo que un noble de Harad tiene que aprender, costumbres, conocimientos y habilidades con las armas, por que pretendía adoptarme como hijo legitimo tan pronto como alcanzase la Primera Madurez.
— ¿Que sería a la edad de...?— dijo Imrahil y su voz se fue apagando lentamente. Andrahar sonrió con aire sombrío.
—Doce. Desgraciadamente para mí, murió menos de un año antes. Mi madre fue acusada de envenenarlo. Fue estrangulada públicamente delante de la casa y su cuerpo lanzado a la fosa del pueblo para que sirviera de alimento para los perros callejeros y yo fui vendido a un jefe de una tribu de Khand que residía en aquella ciudad.
Imrahil se estremeció.
—Fue él el que…el que…
Andrahar asintió.
—Sí. Las tribus de Khand son gobernadas normalmente por el mercader más rico, que es la vez el brujo. Es su costumbre no tener solo esclavas sino también muchachos jóvenes para satisfacer sus necesidades. Y yo era considerado particularmente deseable según su punto de vista.
— ¿Por qué?— preguntó Imrahil y luego añadió apresuradamente. —Quiero decir que eres guapo, y estoy seguro de que eras hermoso cuando eras niño, pero, ¿qué es lo que les atrae tanto?—
Andrahar extendió el brazo y cogió la pálida y delgada mano de su amigo entre las suyas, más anchas y oscuras.
—Entre tu gente me consideran de tez morena— respondió con un sonrisa irónica —pero entre los Haradrim, mi piel se considera muy clara. Y para la gente de Khand, que tiene una piel más oscura incluso que la de los Haradrim, de hecho es casi negra, las mujeres y los muchachos que tiene la piel clara son muy codiciados. Así que fui llevado al parda de mi nuevo amo y retenido allí como su huri más valioso durante casi siete estaciones.
Imrahil sabía que el clima de Harad solamente tenía dos estaciones, la seca y la lluviosa, así que cayó en la cuenta de que su amigo debió de haber permanecido como esclavo durante tres años y medio. Andrahar hizo una pausa y sus ojos oscuros tenían una mirada distante, como si estuviera en otro tiempo y otro lugar.
—No fue un amo cruel, — dijo finalmente, —Aunque le gustaba compartirme con sus amigos y con los invitados de los que necesitaba obtener algún favor. Si hubiera sabido lo bueno que era con las armas, me habría vigilado aún más estrechamente y nunca habría encontrado la oportunidad de escapar.
—¿Que habría sido de ti entonces?
Imrahil casi tenía miedo de preguntar. Andrahar se encogió de hombros con el fatalismo heredado de sus ancestros.
—Generalmente mantiene a los hurim hasta que alcanzan la Segunda Madurez, y respondiendo a la mirada de interrogación de Imrahil, explico:
—La edad que tengo ahora mismo. Después de alcanzar esa edad, los hurim castrados y se convierten en esclavos domésticos corrientes. De esta manera son inútiles para cualquier otra función y al no ser capaces de llevar una vida como la de los demás, raramente huyen de la casa de su amo.
Imrahil se quedó mirando a su amigo con horror. Había oído historias sobre los reinos sureños que le habían puesto los pelos de punta, pero nunca había imaginado que la realidad era mucho peor.
—Esta no es una práctica común en todo Harad— añadió Andrahar. —Solo las gentes de Khand lo hacen tan abiertamente…y bueno, algunos jefes Haradrim increíblemente ricos y decadentes. Los hijos de mi…progenitor lo sabían, por supuesto. De esta manera esperaban poner fin a la línea sucesoria de un bastardo y obtener una enorme suma de dinero al mismo tiempo. Mi amo pagó una pequeña fortuna por mí, porque no solo era un muchacho hermoso de piel blanca, también estaba bien educado.
—Y entonces… ¿Cómo escapaste?— preguntó Imrahil.
—Casi por accidente, a decir verdad. Mi amo permitió a uno de sus clientes que…me tomase prestado durante un par de días. El cliente era un hombre conocido por sus gustos…inusuales. Yo estaba acostumbrado a ciertas cosas por aquel entonces, pero cuando vi las herramientas que había preparado para su diversión, supe que no iba a dejar aquella casa con vida. Desafortunadamente para él, para aquel entonces yo podía usar cualquier cosa para defenderme. Lo mate con unas tenazas que habían sido puestas al fuego y luego aprovechando que había una fiesta en la casa, me escapé con una bolsa llena de monedas de oro y desaparecí en el bazar.
Imrahil trago saliva con dificultad. Imaginar a su amigo, que era apenas un niño escapar de la tortura matando a alguien con unas tenazas al rojo vivo era demasiado que asimilar. Andra tenía razón. Lo habían protegido toda su vida y solo era un mocoso malcriado. Rogó para sus adentros que Andra perdonase sus acciones egoístas.
—Por supuesto, la bolsa me fue robada la primera noche que pasé en la trastienda de un comerciante— añadió Andrahar con otra sonrisa amarga, —y no tuve más remedio que venderme a mí mismo para conseguir comida y ropa y un camastro sucio e infestado de bichos en el que dormí durante el siguiente año. Había un mercader de perfumes que tenía al menos a una docena de muchachos como yo trabajando como esclavos de placer. Éramos sus esclavos, aunque legalmente no le perteneciéramos. Nos vendía a clientes ricos, cobraba nuestro precio y nos daba lo justo para que pudiéramos sobrevivir.
— ¿También le mataste?— preguntó Imrahil. Ciertamente lo habría entendido si la respuesta hubiese sido afirmativa. Pero Andrahar sacudió la cabeza.
—No... Tenía amigos por todo el bazar, e incluso en los bazares de otras ciudades. Me habrían dado caza y me hubiesen matado en cualquier sitio al que hubiera ido. No, en lugar de eso decidí robar la casa de un cliente rico y dejé el pueblo con una caravana que necesitaba un muchacho para hacerse cargo de los caballos. Al final llegué a Umbar y el líder de la caravana, que se había dado cuenta de lo bueno que era con las armas, me envío a uno de sus colegas de negocios. Ese mercader también era dueño de varios barcos piratas.
— ¿Fuiste pirata también?— preguntó Imrahil anonadado. Su amigo sonrió de repente de nuevo, pero esta vez, su sonrisa fue abierta y honesta.
—Tengo problemas con las alturas, como sabes. No, él quería convertirme en un asesino. Pero yo no quería matar gente contra la que no tenía nada en contra, así que le dejé y me fui al bazar de Nuevo. Esta vez, yo ya tenía cierta… reputación, además de mi hermosa cara, así que las cosas me resultaron más… fáciles… tan pronto como me creció el pelo de nuevo.—
— ¿El pelo?— Imrahil sacudió la cabeza sorprendido. Andrahar suspiró con una ligera impaciencia.
—Los esclavos llevan la cabeza afeitada, Imri. De esta manera puedes saber inmediatamente con quien estás tratando. Para un noble Haradrim, esa es la mayor humillación posible. Los hijos de las casas nobles consideran su pelo como un símbolo de su status y no se cortan un solo pelo de la cabeza en toda su vida. A mí me habían afeitado la cabeza durante ocho estaciones— añadió suavemente y en sus ojos era claramente visible el dolor. — Si mi progenitor hubiera vivido hasta mi Primera Madurez, en este momento llevaría las trenzas de un guerrero y no las de un prostituto callejero.
—Entonces ¿Por qué no las llevas ahora?— preguntó Imrahil.
—Porque no soy un guerrero, — respondió Andrahar con sencillez. —Tu padre, el Príncipe, no se fía de mí lo suficiente para permitir que me convierta en uno de sus hombres, y puede que tenga razón. Al final, soy poco más que esas prostitutas a las que estas tan ansioso por visitar en el Barrio de la Puerta.
—No, no lo eres, — dijo Imrahil en voz baja y completamente avergonzado. —Eres mi amigo y lamento mucho cómo te he tratado. No voy a permitir que sacrifiques mi orgullo solo para que pueda divertirme. Deshazte de esas espantosas trenzas, te lo suplico.
—No puedo hacer eso, — dijo Andrahar con voz monótona. —Todavía no lo entiendes, ¿verdad? Yo me he ofrecido y el Maestro Melpomaen ha aceptado. Tengo que mantener mi parte del trato o perderé el poco honor que todavía me queda.
— ¡Esa es una manera de pensar bárbara y estúpida!— gritó el Principe Imrahil consternado. Andrahar se encogió de hombros y sus ojos tenían un brillo duro como el de la obsidiana.
—Vengo de un pueblo estúpido y bárbaro. Este es nuestro código de honor, y preferimos morir antes de romperlo. Puedes prepararte para partir por la mañana. Yo pagaré el precio acordado esta noche. He dado mi promesa y mi palabra significa algo para mí.
—No voy a ir, — dijo Imrahil con aire testarudo. —Preferiría no volver al Barrio de la Puerta antes de dejar que hagas esto.
—Es tu elección, — replicó Andrahar, —aunque no cambiará nada.
Diciendo aquello, hizo una reverencia y abandonó las habitaciones de Imrahil para regresar a la suya propia. Allí cogió un cuchillo de una pequeña caja de madera. Tenía un filo muy delgado y ligeramente curvado y con él comenzó a cortarse aquellas malditas trenzas una a una.
OoO
Nota de la autora:
parda es la palabra Hindú para Harem
huris eran en origen mujeres eternamente jóvenes y vírgenes que el profeta Mahoma había prometido a sus seguidores fieles en el paraíso si morían por sus creencias.
Soy consciente de que estas expresiones no encajan exactamente con la situación descrita en este capítulo, pero eran las más parecidas que se me ocurrieron.
