IV
Cuando, más tarde, aquel mismo atardecer Andrahar fue en busca de Melpomaen a la biblioteca, el jefe de escribas no hizo ningún comentario acerca del torpe afeitado de su cabeza. Se limitó a ofrecerle un asiento al joven y luego él mismo se sentó, doblando sus largas y elegantes manos sobre la superficie de la mesa, y contempló a su visitante con una mirada intensa.
Cuando, más tarde, aquel mismo atardecer Andrahar fue en busca de Melpomaen a la biblioteca, el jefe de escribas no hizo ningún comentario acerca del torpe afeitado de su cabeza. Se limitó a ofrecerle un asiento al joven y luego él mismo se sentó, doblando sus largas y elegantes manos sobre la superficie de la mesa, y contempló a su visitante con una mirada intensa.
—Así que has venido a mí después de todo— dijo. —Pensé que tenías las entrañas de confrontar al joven Príncipe.
—Lo he hecho— dijo Andrahar. Melpomaen arqueó una ceja.
¿Y todavía quiere ir al Barrio de la Puerta? Quizá lo tenía erróneamente en alta estima.
—No— dijo Andrahar suspirando pesadamente —Ya no quiere ir.
—Es una alivio— replicó Melpomaen. —No me gustaría enterarme de que el futuro Señor de Dorn-en-Ernil es un mocoso egoísta. ¿Por qué has venido entonces?
—Tenemos un acuerdo— dijo Andrahar encogiéndose de hombros. —Puede que haya cambiado de idea, pero yo le prometí que iría con él a donde quisiera durante el Festival. Todavía necesito permiso para ausentarme.
— ¿Por si acaso cambia de idea de nuevo?— preguntó el jefe de escribas.
Andrahar asintió sombríamente, pero Melpomaen sacudió la cabeza. —No cambiara de opinión. Puede ser testarudo y petulante, pero es fiel a su palabra. Tal y como yo lo veo, has quedado liberado de nuestro acuerdo. Además—, añadió con una expresión severa en su cara. —Yo habría tendido una conversación muy...desagradable...con él si no hubiera cambiado de opinión.
Aquello sorprendió a Andrahar un poco.
— ¿Por qué?— preguntó.
—He sido su tutor— dijo el elfo —y por lo tanto, la clase de hombre y la clase de líder en la que se convertirá es mi responsabilidad también. No deseo que nuestra gente tenga un Señor que venda a su mejor amigo para tener la oportunidad de visitar las Casas de placer. Necesita aprender responsabilidad, porque no será un niño por mucho más tiempo.
— ¿Así que nunca has tenido la intención de aceptar mi oferta?— A Andrahar la situación le resultaba extraña. Melpomaen se echó a reír y fue un sonido extrañamente cálido y agradable.
—Ya te lo he dicho: No me aprovecho de los que están bajo mi dirección. Puede que lleve una vida solitaria, pero no estoy tan desesperado como para acostarme con niños.
— ¡No soy un niño!— Replicó Andrahar indignado. El elfo sonrió, pero en sus ojos había pesar.
—Lo eres, comparado conmigo, joven.
—Entre mi propia gente sería considerado un hombre adulto— señaló con testarudez Andrahar.
—Si, pero ya no estás entre tu gente— le recordó el escriba pacientemente. —Los Señores de Dol Amroth miden el tiempo de manera diferente y viven más tiempo, también. Por lo tanto la niñez en Dol Amroth es más larga que en otras tierras. Tienes la edad de Imrahil, ¿no es cierto?
—He vivido durante dieciséis veranos, sí— asintió Andrahar. —En mi hogar estaría buscando esposa...bueno...si no fuese un paria. Se esperaría de mí que engendrase herederos para mi Casa. Si tuviera una Casa, claro.
—Recuerdo haber hablado de esas costumbres contigo— dijo Melpomaen. —Me dijiste que a los hijos bastardos no se les permitía formar sus propias familias, ¿cierto?
—Esa es la costumbre común, sí— replicó Andrahar. —De esa manera los herederos legítimos pueden proteger su posición. Generalmente los hijos bastardos son vendidos a aliados poderosos como guardaespaldas o esclavos. O ambas cosas. Es sabido que los grandes Khans que se acuestan con sus guardaespaldas para asegurarse su fidelidad.
—Pero, ¿porque venderlos a los aliados? pregunto Melpomaen. —Se podría pensar que venderlos al enemigo es una manera mejor de asegurar que permanezcan sin hijos.
Andrahar suspiró. A veces se preguntaba a sí mismo si alguna vez aquellas gentes del Oeste entenderían la manera de pensar de su propia gente.
—No— dijo —Es de la otra manera. Un aliado protegerá a los hijos legítimos al mantener al bastardo sin descendencia, porque de esta manera puede asegurar la alianza. A veces, en Harad, llegan incluso a castrar a los muchachos y esto sucede con bastante frecuencia en Khand. Un enemigo preferiría fortalecer la línea de sangre del bastardo para diluir la sangre de la Casa todo lo que pudiera.
Melpomaen reflexionó un rato sobre aquello.
—Tu gente es realmente extraña— decidió al fin. Andrahar se encogió de hombros. Aunque fuera una víctima de aquellas prácticas, no las encontraba particularmente extrañas.
—Es una vieja costumbre que ha funcionado durante cientos de años— dijo. —Mala para aquellos que nacen en el lado equivocado de la cama, como yo, pero sirve a los intereses de las Grandes Casas bien.
El elfo sacudió la cabeza con un ligero desagrado.
—Una costumbre cruel. Eso es lo que es.
Andrahar se encogió de hombros de nuevo. Honestamente empezaba a estar cansado de tener que explicar las razones para la crueldad de su pueblo. No le sorprendía que Imrahil no pudiera entenderlo. Pero había pensado que el jefe de escribas, con los años de experiencia de su larga vida, lo haría.
—Somos unas gentes crueles— dijo. —Nuestra tierra es cruel con nosotros, así que tenemos que ser crueles para vivir en ella. Si yo hubiera sido el legítimo heredero, seguramente habría hecho lo mismo. Es el único camino que conocemos. Y funciona.
Melpomaen permaneció en silencio un rato, preguntándose si aquel joven era realmente una compañía apropiada para el joven Príncipe. No importaba la devoción que Andrahar le profesase a su amigo y salvador, era posible que no fuese una buena influencia sobre él. Pero Melpomaen sabía tan bien como el Príncipe Adrahil que sería inútil tratar de separarlos a ambos.
— ¿Y qué piensas acerca de tus costumbres ahora que has visto otras formas de hacer las cosas?— preguntó finalmente.
—Aun así a ellos les funciona— replicó Andrahar con sencillez.
El elfo alzó una ceja inquisitivamente.
—Funcionan para ellos, ¿y para ti?
—No lo sé— admitió Andrahar con un suspiro. —Me gustaría dejar atrás mis viejas costumbres, pero no estoy seguro de que pueda hacerlo. Me moldearon a conciencia para convertirme en lo que soy ahora. El precio ha sido...alto.
—Estoy seguro de que es así— dijo Melpomaen asintiendo. —Pero dime, joven, ¿qué eres exactamente? Ya no eres el niño solitario que necesita luchar y jugar sucio para abrirse camino en el bazar. Tampoco eres un prostituto callejero, aunque te veas tentado a pagar favores como lo hacías en el pasado. ¿Que eres aquí, en Dol Amroth, en la Corte del Príncipe?
—La sombra de Imrahil— respondió el joven Haradrim sin sombra de duda. —Su protector y su guardián. Su escudo viviente si surge la necesidad.
— ¿Hasta que tu deuda esté pagada? — pregunto el jefe de escribas.
Andrahar sacudió la cabeza.
—Hay más aparte de eso y vos lo sabéis, Maese escriba.
—Lo sé— afirmó Melpomaen. —Y aun así tienes que entender que para conservar el lugar que has elegido, debes aprender cómo se hacen las cosas en Dol Amroth. Necesitas ser mejor que los demás, si quieres permanecer al lado de Imrahil.
—Soy mejor que la mayoría— afirmó Andrahar con un tono ligeramente arrogante.
—Puede ser que sí— replicó el elfo. —Pero sigues intentando hacer las cosas a tu manera. Si quieres asegurar tu posición debes aprender sus formas. Un día Imrahil se convertirá en gobernante y no puede tener a un bárbaro extranjero detrás del trono. Debes convertirte en Caballero Cisne, si quiere ser de utilidad.
— ¿Un Caballero Cisne?— la risa del joven fue dura y sin humor. —Nunca me aceptarán entre ellos.
—Lo harán, si el Príncipe lo ordena— dijo Melpomaen con sencillez. —Te lo harán pasar mal, de eso estoy seguro. Pero al final te aceptarán. Para ellos la única cosa que importa es lo bueno que eres en el campo que hayas elegido. Puedes probarte a ti mismo. Y como tú dices, eres lo suficientemente bueno.
—Nunca podré ser como ellos— murmuró Andrahar.
—No— accedió Melpomaen. —Eso es cierto. Pero puedes ser mejor que ellos en lo que hagas. Y puedes tener amigos y conocidos entre ellos, o entre los miembros de la Corte. Y amantes.
—He tenido amantes para llenar varias vidas— dijo Andrahar poniendo cara de disgusto.
—No. No los has tenido— replico el escriba jefe. —Has tenido clientes a los que complacer. Eso el algo completamente diferente.
— ¿En qué?— Andrahar frunció el ceño, sin terminar de creerle.
—Puede ser muy satisfactorio para ambas partes si se tratan como iguales— explicó el elfo. —Y mantiene a raya la soledad, hasta cuando no puedes estar con aquel que deseas realmente. La paz interior es una cosa maravillosa, joven.
Andrahar le lanzó una mirada. Todavía tenía sus dudas. Entonces cogió una de aquellas pálidas y delicadas manos, que parecía casi translucida al contraste con su propia piel oscura, y le dio un ligero apretón.
—Enséñame— pidió. Melpomaen alzó de nuevo una de sus elegantes cejas.
— ¿Estás seguro? Espero que no estés diciendo eso porque pienses que me debes algo.
—No— Andrahar sacudió la cabeza con vehemencia. —Conozco todos los trucos para complacer a un cliente, pero no sé nada acerca de la paz interior. ¿Puedes enseñarme?
—Por supuesto— rió el elfo. —No serías el primer amante joven que tomo. Pero no me siento cómodo al hacerlo. Todavía estas a mi cargo.
—Y también soy un hombre adulto— dijo el joven Haradrim. —No importa lo que piense la gente de Dol Amroth. Puedo tomar mis propias decisiones. Y quiero aprender esto. No deseo pasar mi vida solo, o convertirme en esclavo de nuevo.
—Entonces ven conmigo— dijo Melpomaen poniéndose de pie con un movimiento grácil —y te enseñaré.
Caminó hasta una de las estanterías y tocó un adorno con forma de flor que había sobre su superficie hermosamente labrada. La flor de madera se hundió una pulgada dentro del estante. Melpomaen empujó la estantería ligeramente y esta giró silenciosamente, abriéndose como una puerta y dejando un espacio por el que apenas cabía un hombre adulto. El elfo que era particularmente delgado no tuvo dificultad al pasar, pero Andrahar tuvo que entrar procurando que sus amplios hombros no se quedasen encajados en el estrecho pasillo.
Detrás de la puerta había una habitación de techo alto y espaciosa. Salvo un par de alacenas, una cama con dosel en la esquina más alejada y un escritorio junto a una de las altas ventanas, la habitación estaba escasamente amueblada. Un mueble con una palangana y un espejo junto a la cama, una mesilla con libros y una pequeña lámpara de estilo élfico completaban el mobiliario. También había otra puerta, esta vez de tamaño y forma normales, que probablemente llevaba a un pasillo. La habitación carecía de adornos y sus paredes estaban cubiertas con estanterías iguales a las de la biblioteca. El único objeto decorado era una enorme arpa dorada con cuerdas plateadas, que permanecía medio cubierta por una tela verde en una esquina.
— ¿También eres un juglar?— Preguntó Andrahar sorprendido. El elfo se encogió de hombros.
—Fui educado para convertirme en uno. Se me da razonablemente bien tocar el arpa y mi voz es hermosa comparada con la de los simples mortales. Pero cuando oí un trovador elfo por primera vez entendí que no era mi auténtica vocación. Así que elegí los libros. Además— añadió con una sonrisa burlona —el Príncipe Adrahil dice que todavía soy el doble de bueno que los idiotas de su Corte que se hacen llamar juglares.
— ¿Ya no tocas el arpa?— Preguntó Andrahar. Sentía curiosidad por saber cómo el jefe de escribas tañía el hermoso instrumento.
—Raras veces— replico Melpomaen. —Pero ahora que la Corte está ausente, puede que toque algo durante el Festival de Otoño, puesto que todos los juglares se habrán ido a las Casas nobles para ganarse unas monedas.
—Me gustaría oírlo— dijo Andrahar. —Espero que Imrahil decida quedarse en Casa durante las fiestas.
—También yo— respondió Melpomaen —Ya va siendo hora de que se asiente un poco. Pero primero calentémonos nosotros.
Abrió una de las alacenas que se encontraba cerca de la primera de las ventanas y sacó una botella verde, adornada con letras élficas doradas, y dos copas de un cristal de exquisita factura.
— ¿Una copa de vino primero? preguntó. —Puede que no sea tan fuerte como las de tu tierra, pero créeme, tiene su fuego. El Príncipe Adrahil consiguió una docena de estas del Señor de Edhellond, y hacen buen vino.
—El vino élfico es engañoso— resopló Andrahar —como lo son los elfos.
Melpomaen se echó a reír.
—Puede que lo sean. Pero nunca sabrás de lo que son capaces hasta que hayas probado su fuego. Como el que tiene su vino.
Levantó su copa a modo de saludo y Andrahar hizo lo mismo.
OoO
El joven Príncipe Imrahil celebró el Festival de Otoño en el castillo de Dol Amroth ese año. Fue una celebración tranquila, puesto que la Corte estaba en Edhellond y todos los nobles habían regresado a sus propios palacios para celebrar las festividades con sus familias. Melpomaen sí que tocó el arpa en la ceremonia de inicio de las fiestas y Andrahar tuvo que admitir que su mentor en cuestiones del corazón era un juglar muy habilidoso, ciertamente. Luego le pidieron a él que tocase algo con el pequeño instrumento de cuatro cuerdas que los Haradrim llamaban guzla (la única cosa que había traído con él aparte de sus armas) y consiguió muchos cumplidos por sus habilidades musicales.
Continuó compartiendo la cama de Melpomaen durante seis estaciones, hasta que se sintió lo suficientemente seguro para buscar nuevos amantes por sí mismo. El jefe de escribas lo dejó ir en cuanto le confesó su deseo de pasar página y se separaron amigablemente. Andrahar continuó trabajando con el bibliotecario en aquel interminable libro sobre idiomas y costumbres Haradrim y aunque no se los podía llamar amigos, puesto que ambos eran muy diferentes en edad, intereses y temperamento, mantuvieron una peculiar cercanía hasta bien entrada la Cuarta Edad, cuando Melpomaen finalmente sucumbió a la muerte debido a su avanzada edad.
Andrahar se convirtió en el Maestro de Armas del Príncipe Imrahil de Dol Amroth y entrenó a los Caballeros Cisne durante décadas. Juntos, acompañaron al Príncipe en muchas batallas, incluso hasta Barad-dûr y de vuelta y siempre consiguieron mantener a salvo a su Señor, a pesar de la conducta a menudo temeraria de este. Y Andrahar se hizo tan famoso, gracias a su habilidad con las armas, que incluso en nuevo rey le hablaba con respeto y admiración.
También mantuvo en secreto el amor que sentía por Imrahil, bien escondido en las profundidades de su ardiente corazón. Tuvo aventuras amorosas cortas y relaciones que duraron largo tiempo, durante las cuales siempre se mantuvo fiel a sus compañeros, porque esa era su naturaleza. Y aunque su corazón le pertenecía a Imrahil por toda la eternidad, sí encontró con ellos esa paz interior de la que Melpomaen le había hablado en sus días de juventud.
Fin
Notas:
Khan es una expresión tártara que significa a grandes rasgos —Señor—. Los cabecillas de una tribu o jefes de grandes familias eran llamados así. La más alta autoridad era el Kagan o Kha-Kan que fue reemplazado más tarde por el rey.
La guzla es un instrumento real, aunque no estoy segura de que tenga cuatro cuerdas. Varios pueblos nómadas que convivían con los húngaros paganos en su antigua tierra lo usaban y generalmente eran las mujeres las que lo tocaban, aunque, en ocasiones, también lo hacían los hombres.
