Capítulo único
¿Qué si el amor a primera vista existe?
Durante toda su vida, Mikasa Ackerman creyó que las cuestiones que involucraban sentimientos románticos no pasaban de ser algo pasajero. Una excepción a ello era la relación de sus padres, quienes habían demostrado cuán profundo llegaba a ser el amor entre dos personas a pesar de las adversidades, pero su concepto, en otras situaciones, seguía siendo el mismo.
Solo bastaba voltear a ver hacia sus años de secundaria. Frecuentemente escuchaba a sus compañeras hablar sobre romance. Frases como "Ah, me gusta el chico del curso 1-3", "Míralo, ¿no es hermoso?" o "Creo que encontré al amor de mi vida" eran bastante comunes, pero para ella no pasaban de ser falsas ilusiones nacidas por los cambios propios de la edad.
En la preparatoria la situación no fue tan diferente. De hecho, cuando iba en segundo año, un chico que en su vida había visto se le declaró con un centenar de palabras bonitas y le regaló un ramo de flores. Sinceramente ella no creía que se tratara de un sentimiento real.
"¿Cómo puede estar enamorado de mí si ni me conoce?". Esa fue la más grande incógnita ese día, por lo que, sin darle tantas vueltas al asunto, respondió con un lacónico:
—No estoy interesada.
Seguramente pareció muy fría, pero ¿acaso había otra forma? Decorar las frases para amortiguar el rechazo no era su estilo, y eso hizo que, a la larga, fuera bautizada como Mikasa del Cero Absoluto.
No era el apodo más acertado ya que ella siempre se caracterizó por ser alegre con su círculo social más cercano, pero tampoco le importó. Es más, gracias a ello se salvó de ser el blanco de muchas otras confesiones posteriores.
Sí. Siguió creyendo que cosas como el amor a primera vista no pasaban de ser tonterías incluso cuando inició sus estudios de tercer nivel, pero esa perspectiva se vino abajo cuando, por obra del destino, lo conoció a él.
Era el doceavo día de enero y el movimiento de estudiantes era normal en la Universidad de Nagoya, excepto por el hecho de que se estaban llevando a cabo los campeonatos interuniversitarios en las distintas disciplinas deportivas.
Tras haber terminado las dos primeras horas de clase, la azabache se dirigió a la biblioteca central y salió de ella cargando una decena de gruesos libros en dirección a uno de los laboratorios de la facultad. Al estar cursando el séptimo semestre de la carrera de Ingeniería Química, había sido elegida como ayudante de cátedra en un par de asignaturas dado su limpio y destacado expediente, por lo que había ocasiones como esa en las que se encargaba de algunos recados durante sus horas libres.
Utilizando una de las típicas batas blancas, caminó a través del campus tranquilamente hasta que su celular, en su bolsillo, comenzó a sonar. Haciendo malabares sostuvo los libros con una mano para sacarlo y contestó mientras continuaba lentamente su andar.
—¿Haló?
—Mikasa, ¿dónde estás? —era la voz de su mejor amiga, Annie.
—Camino al laboratorio de Reacciones. Debo dejar unos libros.
—¿Te demoras? El partido de fútbol está por comenzar.
—No creo que alcance. Todavía me falta mucho para llegar y además debo planificar algunas cosas…
—Mika, solo será por un par de horas y dudo mucho que la doctora Brzenska se dé cuenta.
—Lo sé, pero…
—Juegan nuestros amigos y hay que apoyarlos. No hay excusa. Iré a verte ahora mismo.
Antes de que pudiera agregar algo más, escuchó el sonido de fin de llamada.
Suspiró, pero no pudo evitar reír después. Bueno, había prometido que iría, así que retractarse ahora no sería algo aceptable para la rubia.
Miró la hora en el dispositivo y lo guardó nuevamente en el bolsillo de su bata, pero antes de tomar con ambas manos los libros, giró en una esquina y se chocó con alguien, mandándolos todos al suelo.
—Disculpa…
—Ay, Dios —mencionó rápidamente y se agachó para recogerlos, ignorando a la persona—. Debí prestar más atención por donde iba.
—Déjame ayudarte —también se agachó y tomó un libro.
—No, no, no. Está bien. Después de todo fue mi culpa por andar distraída y… —de forma aleatoria alzó a ver y se quedó callada al encontrarse con los orbes azules y serenos de un chico que la miraba fijamente.
—Descuida. Yo también estaba un tanto distraído —sonrió y terminó de colocar los libros en pila. Se levantó con ellos y Mikasa hizo lo propio—. Ten.
—Gracias —los tomó y luego volvió a mirarlo. Él pareció ver algo detrás suyo y asintió.
—Debo irme —se despidió y comenzó a trotar en la misma dirección de antes del tropiezo.
Mikasa volteó y observó cómo se alejaba acompañado de otro chico más alto y rubio y se perdía por uno de los corredores.
Su vista no se despegó del lugar mientras lo recordaba. No lo había visto antes, pero logró que algo extraño y nuevo, como una ráfaga, se sacudiera en su interior.
—¿Quién será? —musitó solo para sí y retomó su andar.
—¿Mikasa?
—¿Mmm? —giró a ver al frente ante el llamado y otra vez se chocó con alguien, pero ese alguien era Annie quien reaccionó rápido para no dejar que los libros se cayeran (por segunda ocasión).
—Wow, niña. Con cuidado.
—Lo siento.
—Dame algunos de estos —los tomó y volvió a mirarla, notando cierta expresión particular en su rostro—. ¿Estás bien?
—¿Eh? Sí.
—¿Y por qué caminabas sin ver hacia adelante? ¿Hubo algo que te distrajo?
—… Algo así.
—Oh, me pregunto qué tipo de distracción fue —la azabache no hizo caso a su escaneo minucioso—, pero bueno, no importa. Llevemos estos libros a su lugar y corramos a ver el partido.
—Ok.
Siendo dos llegaron más rápido al laboratorio y no demoraron más de dos minutos en volver a salir y dirigirse a toda prisa a la cancha principal de fútbol. Arribaron a las gradas y Mikasa notó a sus otros amigos que agitaban la mano, invitándolas a sentarse a su lado.
Así lo hicieron y, tras unos pocos minutos, vieron a los equipos entrar y formarse en una fila de frente a los espectadores. La azabache observó a Jean y a Porco vistiendo el uniforme deportivo de la universidad, así como otros chicos de otras facultades. Aplaudió cuando los presentaron, pero cuando fue el turno del equipo representante de la Universidad de Tsukuba se detuvo abruptamente al reconocer, entre sus jugadores, al mismo chico con el que tuvo ese percance hace algunos minutos.
"Oh".
Por un momento creyó confundirlo con alguien más, pero no demoró en reconocer sus finos rasgos y, sobre todo, esos ojos que aun estando lejos se distinguían por su hermoso y peculiar color.
Desvió la vista un rato cuando ambos bandos, tras dar el agradecimiento inicial, se colocaron en sus respectivas posiciones e iniciaron el partido con el silbato del árbitro, pero su atención volvió a clavarse en aquel azabache y sus sólidos movimientos manejando el balón.
Sí, debería estar gritando en apoyo al equipo local como lo hacían sus amigos a su lado, pero por más que intentaba, no podía dejar de verlo.
Su mundo se centró específicamente en él y así continuó durante todo el partido…
Desde aquel día, y de forma inexplicable, sus pensamientos se enfocaron en recordarlo todo el tiempo. A veces, cuando estaba en clases, lo olvidaba, pero no pasaba mucho para que nuevamente volviera a aparecer en su cabeza y se dejara llevar por el magno océano de su cálida mirada y esa hermosa sonrisa que le dirigió, la misma que involuntariamente la hacía sonreír.
¿Por qué le sucedía eso? No era para nada común en ella andar pensando en un desconocido, pero simplemente no podía evitarlo.
Lo más curioso es que no solo se quedó en su mente, sino que también se externalizó en aquellas veces en las que estaba en el club de arte. Sentada en un banquito y frente a un lienzo, se lo imaginaba y dibujaba su rostro casi de manera inconsciente, plasmando cada uno de sus rasgos que se quedaron grabados desde esa única vez que lo vio.
Durante todos esos momentos de inspiración ignoraba completamente lo que pasaba a su alrededor, lo que la dejó prácticamente con la guardia baja ante la mirada atenta de alguien a sus espaldas.
—Vaya, vaya. ¿A quién estás dibujando, Mika?
Aquella repentina voz hizo que pegara un brinco y volteara rápidamente a ver, encontrándose con Annie.
Ambas se conocieron en el club hace tres semestres, y aunque estudiaban carreras muy diferentes (la rubia seguía Fisioterapia), el gusto por el mismo pasatiempo las unió, volviéndolas mejores amigas.
—¿D-Desde cuándo estás ahí?
—Más o menos desde las cuatro —Mikasa miró el reloj a un lado: eran las cuatro y media—. Solo que no dije nada antes porque te vi muy concentrada.
—Yo… —jugó con el lápiz entre sus dedos de forma nerviosa—. Solo estaba haciendo lo de siempre.
—Lo de siempre, no. Eso está a otro nivel —tomó el lienzo antes de que se diera cuenta—. Déjame verlo mejor.
—Oye, espera —se puso de pie de un brinco, pero la rubia la apartó.
—Quieta ahí. Quiero apreciar tu obra —la azabache se rindió y ella observó detenidamente el dibujo. Tras unos segundos frunció el ceño y luego elevó ambas cejas—. Espera. Yo lo conozco.
—¿Eh?
—Sí. Si mal no me equivoco, es el vicecapitán del equipo de fútbol de Tsukuba, amigo del novio de Isabel —asintió y Mikasa le quitó el lienzo aprovechando su distracción—. A ver, ¿cómo era su nombre? —entró en modo de reflexión y cerró los ojos para concentrarse—. Lo tengo, lo tengo… ¡ah, sí! ¡Es Levi! —se iluminó un foco en su cabeza y volteó a ver a la ojigris con una mirada pícara—. Te gusta, ¿no es así?
—¿Qué? No —se apresuró a contestar.
—Ajá, y yo soy Miss Universo —habló con sarcasmo mientras notaba cómo ella abrazaba el dibujo—. No puedo creerlo. ¡Finalmente apareció alguien que te movió el piso!
—¡Shh! No hagas escándalo.
—Entonces sí. No tienes por qué negarlo. Es normal que alguien te interese.
Mikasa no dijo nada. Solo sintió cómo un ligero rubor se extendía por sus mejillas.
—Pero ¡qué tierna te ves! —ante el comentario su rostro se encendió a más no poder, provocando que la rubia soltara una risotada—. Por Dios. No me imaginé verte así, ni en mis más locos sueños.
—No te burles…
—No lo hago. Solo que es tan sorprendente —se calmó y retomó la compostura—. Aunque todos tus gestos me dicen que fue un flechazo. ¿Cómo sucedió?
Annie se mostró realmente intrigada. La conocía tan bien que era muy complicado esconderle algo.
—Fue… fue antes de que iniciara el partido hace dos semanas —habló casi en un murmullo. Maldición, ¿por qué ahora se ponía tímida?
—Ya veo —"Eso explica por qué andaba distraída ese día". Se cruzó de brazos—. ¿Quieres hablar con él?
—¿Qué?
—Oh, vamos. ¿O te vas a conformar con haberlo visto solo una vez? No me parece sensato.
—Annie…
—¡Ya sé! Le puedo decir a Isabel que nos ayude. ¿Qué te parece una cita?
—¿Estás loca? —palideció ante su idea y dejó el lienzo sobre el caballete—. Apenas y lo conozco.
—¿Y eso es una excusa? —la miró no muy convencida—. Está bien. Entonces será una cita doble con Isabel y Farlan. ¿Mejor así?
Mikasa se llevó una mano a la frente.
—No lo entiendes —suspiró con pesadez—. Lo dices como si fuera muy sencillo.
—Querida, el que no arriesga no gana. Se nota que estás loca por ese chico, ¿y aun así no quieres intentarlo?
—Dejemos el tema ahí. No quiero hablar más sobre ello.
—Pero…
—Debo irme —tomó su mochila y se dirigió a la puerta—. Hablamos luego, y ni una palabra de esto a nadie.
Salió del salón, dejando a Annie con la palabra en la boca. Ella posó las manos sobre sus caderas y se sumió en el silencio mientras miraba en la dirección donde su amiga se fue.
Bueno, había situaciones en las que podía ser muy terca y cerrada, pero ella no iba a dejar las cosas así como así, y menos ante una oportunidad única.
Negó con la cabeza, desvió la vista y se topó con el calendario a un costado derecho. Lo repasó brevemente y, al detenerse en un día en específico, sonrió con malicia.
"Es hora de echarte una mano".
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Transcurrió el tiempo hasta que el sol le dio la bienvenida al viernes diez de febrero. Para muchos era un día común y corriente, pero ese no era el caso para nuestra azabache quien celebraba su cumpleaños número veinte y tres.
Durante su jornada en la universidad, recibió los emotivos mensajes por parte de sus amigos de la infancia Eren y Armin. Ellos residían en Hokkaido, y aunque estaban ocupados en sus propias carreras y trabajos, se dieron el tiempo para escribirle y prometerle que pronto estarían de visita para festejarla como se debe.
Ella agradeció enormemente al igual que a sus padres, quienes, al estar viviendo en Austria, le hicieron una videollamada y le cantaron el tradicional Feliz Cumpleaños como si todavía fuera una niña.
—No era necesaria la canción —rió bajito una vez que terminaron mientras esperaba el almuerzo en la cafetería.
—Forma parte de la costumbre. Además, independientemente de cuántos años pasen, siempre vas a ser nuestra pequeña princesa —dijo su mamá.
Ella solo sonrió con cierta nostalgia plasmada en sus ojos. Ya había pasado un buen tiempo desde que ellos se habían mudado a Viena por cuestiones de trabajo, y aunque siempre solían reunirse en las festividades de Navidad y Años Nuevo, eso no cubría la falta que le hacían los demás días del año.
Aun así, aprendió a lidiar con ello y siempre buscaba disfrutar aquellos cortos momentos de contacto remoto.
Conversaron por una media hora y, tras decirles "Hasta pronto", colgó y se concentró en sus alimentos. Se le hizo raro no ver a sus amigos ya que, por lo general, a esa hora siempre se reunían, pero no tuvo tanto tiempo para pensar en eso dado que debía presentarse en la clase de El Capitalismo y su Crisis y rendir una prueba.
Ya cuando finalizaron las dos horas de clase, bajó trotando las gradas de la facultad, pero antes de llegar a la planta baja se encontró con la profesora Rico, quien cargaba varias hojas en un folder a un costado.
—Buenas tardes, doctora.
—¡Oh, Mikasa! ¡Gracias al Cielo te encontré!
—¿Sucede algo?
—Sí. Fui elegida para dar una conferencia en los próximos días y voy a estar ocupada preparando el material, así que necesito que me ayudes calificando algunos exámenes de Balance de Masa y Química Industrial.
—¿Ahorita?
—De preferencia, sí. Para evitar que se acumule con otras asignaturas.
—Hum… Está bien.
—¡Perfecto! Sígueme, por favor.
Mikasa así lo hizo, aunque se sintió un poco mal por no poder ir a su lugar de relajación luego de un día bastante largo y extrañamente tranquilo.
Mientras seguía a la profesora, sacó su celular y le mandó un mensaje a Annie.
Voy a quedarme ayudando en la cátedra
No podré ir al club :(
Un minuto después, obtuvo una respuesta.
No te preocupes. Lo entiendo
Nos vemos pronto
Ah, y por cierto, feliz cumpleaños bb 3
Ante esto último sonrió. Esperaba también que alguno de sus otros amigos la felicitara, pero para que no hayan dado señales de vida significaba que estaban muy ocupados y lo entendía. Después de todo, estaban viviendo la semana más caótica con todos los exámenes del primer bimestre sobre sus cabezas.
Llegó a la oficina junto a la profesora y se sentó en una de las sillas para iniciar con la revisión de las evaluaciones. Una a una fue calificando y las fue colocando sobre una pila aparte dependiendo de la asignatura.
Se concentró de lleno en su labor mientras Rico estaba ocupada en su computadora. Pasó un buen tiempo hasta que terminó, y cuando le echó un vistazo al reloj se sorprendió al percatarse que eran ya las seis y media de la tarde.
"Vaya, sí que me he demorado".
Tomó su mochila, se despidió de la profesora (quien le agradeció por su ayuda) y salió de la oficina para luego abandonar la facultad. Atravesó en campus hasta la puerta al igual que uno que otro estudiante que terminaba su jornada y caminó hacia la estación de tren mientras escuchaba algo de música. La hora pico era más que evidente, por lo que se demoró unos cuántos minutos hasta poder ingresar a algunos de los trenes.
El recorrido a su barrio no fue tan largo, por lo que en quince minutos llegó, salió de la estación y se dirigió a su casa sumida en sus pensamientos hasta que una notificación de mensaje en su celular llamó su atención.
S: ¿Estás lista?
Frunció el ceño. Era Sasha, otra amiga de la universidad.
¿Para qué o qué?
S: Solo prepárate.
Ladeó la cabeza sin comprender y continuó caminando hasta llegar a la puerta de su casa. Metió las llaves y la abrió para luego ingresar, sacarse sus zapatos y dejar la mochila en un mueble.
—Mmm —caminó por el pasillo hacia la pequeña sala de estar—. Me pregunto qué quería decir con...
—¡Sorpresa!
En un parpadeo se encendieron las luces y casi suelta el celular ante semejante exclamación. Bombas de confeti estallaron desde ambos costados y pudo vislumbrar toda la sala decorada con globos de su color favorito (azul), unos enormes número en el fondo y a todos sus amigos con gorros de fiesta mientras aplaudían y silbaban.
—Pero ¿qué...?
—¡Feliz cumpleaños, Mika! —Annie fue la primera en acercarse y darle un enorme abrazo del oso.
—Gracias —seguía sorprendida por tan inesperado detalle, sin poder evitar sonreír—. Yo... no puedo creerlo —susurró emocionada—. Por un instante pensé que lo habían olvidado...
—Eso jamás —se acercó Isabel también sonriendo—. No podíamos dejar de lado una fecha tan importante.
—Por más que estemos ocupados en la U —acotó Sasha.
Uno a uno le fueron dando un cálido abrazo: Jean, Connie, Marco, Porco, Pieck, incluso Farlan, pero no fue sino hasta algunos segundos después que reparó en que había alguien más de pie a un lado de la mesa donde descansaba el pastel y muchos otros bocaditos.
Abrió los ojos como platos y su rostro se descompuso, completamente impactada al encontrarse con una mirada que imaginó no volver a ver nunca más y que hizo que, de forma violenta, su corazón diera un vuelco dentro de su pecho.
"Por todos los dioses. ¿Es acaso una broma… o una ilusión?".
—Feliz cumpleaños —le dijo el joven, sonriendo apenas.
—Oh. Em… sí. Gracias —alcanzó a responder obligándose a salir del shock y, devolviéndole el gesto a medias, tomó de la muñeca a Annie y se la llevó a rastras hacia la cocina.
Una vez en el lugar su expresión cambión y miró a la rubia directamente y de forma inquisidora.
—¿Me puedes decir qué hace Levi aquí? —preguntó en un susurro para que nadie más escuchara.
—Tómalo como un regalo.
—¿Regalo? —la miró perpleja—. ¿Perdiste la cabeza?
—Formaba parte de la sorpresa —una tercera voz apareció y volteó a ver, encontrándose con Isabel apoyada en el marco de la puerta—. Annie me contó los detalles del plan y no dudé en participar.
La azabache le lanzó una mirada asesina a la antes mencionada, quien volteó hacia otro lado, haciéndose la desentendida.
—Venga, no tiene nada de malo —la pelirroja le palmeó la espalda—. Podrá no parecerlo, pero sé que muy en el fondo estás feliz por volver a verlo.
Bueno, no podía negar ese aspecto, por más que quisiera.
—Y tendrás la oportunidad de conocerlo mejor —volvió a hablar Annie—. ¿No era eso lo que querías?
—Nunca mencioné algo así.
—Pero lo pensaste. Por eso quisimos ayudarte a hacer tu sueño realidad.
"Qué almas tan generosas", dijo su subconsciente medio en tono serio, medio en tono sarcástico. De verdad que a veces no sabía si amarlas, odiarlas o temerlas por su forma de actuar, siempre sorprendiéndola.
—Ya. Lo entiendo. Solo que… —se mostró levemente inquieta—. Esto es tan repentino que no sé cómo actuar.
—Bueno, eso es fácil —dijo Isabel y ella la miró—. Solo sé tú misma.
La ojigris asintió luego de unos segundos, tomó un profundo respiro y exhaló para luego volver a la sala donde los demás la esperaban y volvieron a aplaudirla.
Las siguientes horas transcurrieron entre charlas, bromas y juegos acompañados de música variada luego de haber soplado las velas, haber evitado que le estamparan el rostro en el pastel y haber recibido algunos regalos. Las risas no faltaron, pero en una de esas, de forma aleatoria, toparon el tema de los clubs y entre ellos el de arte.
—Me gusta mucho la pintura en lienzo, pero si tengo que ser honesta, diría que Mikasa es mucho más talentosa —dijo Annie.
—No exageres.
—Estoy siendo muy sincera. Tienes habilidades tanto para la ingeniería como para el dibujo. ¿No es acaso impresionante?
—¿Te gusta dibujar? —le preguntó Levi.
—Sí…
—¿Y qué nomás dibujas?
—Objetos, frutas, paisajes, un poco de realismo… pero no es nada del otro mundo —sonrió ya menos tímida—. ¿A ti te gusta?
—Sí. Es un pasatiempo muy interesante, aunque prefiero dibujar viñetas que cuenten una historia.
—¿Como un mangaka?
—Tú lo has dicho.
Gracias a ese aspecto en común, se le hizo más fácil conversar con él sobre otros temas con mayor soltura. Fue así que descubrió que estaba estudiando su octavo semestre de Arquitectura, practicaba deportes desde que era un niño y una serie de gustos en distintos ámbitos, así como algunas facetas de su carácter que salían específicamente a flote cuando se trataba de sus amigos de toda la vida: Farlan e Isabel.
Eran detalles tan básicos y quizá escasos, pero que para ella adquirieron un tinte valioso, lo suficiente como para alegrarla y hacerla sentir, una vez más, esa ráfaga de emociones a la que poco a poco se estaba acostumbrando.
Sí, definitivamente no se esperó volver a verlo y tener la dicha de conocerlo un poco más en una fecha especial, pero fue precisamente ese aspecto lo que hizo de su velada algo mágico, único e inolvidable.
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—Entonces, ¿qué le vas a dar mañana?
Habían pasado ya tres días de su cumpleaños y se encontraba en el club de arte de la universidad. Estudiantes miembros de otras facultades también merodeaban por el lugar, pero ella, alejada en un extremo del salón, conversaba con Annie y Sasha, esta última que, aunque pertenecía al club de repostería, se había infiltrado con la ayuda de la rubia.
—¿Huh? —se mostró desconcertada ante la pregunta—. ¿De qué hablas?
—¿No es obvio? ¿O vas a decir que no seguirás la tradición por San Valentín?
—Eh… —honestamente, se había olvidado de eso—. No lo sé.
—¿Cómo que no sé? Mika, es el momento perfecto para demostrarle lo que sientes.
—Sí, pero…
—No quiero que pongas pretextos. ¿Vas a mandar por la borda todo lo que has logrado hasta ahora?
La azabache se quedó callada. Bueno, Annie tenía un buen punto, así que no tenía mayor sentido ponerse a dudar.
—Tienes razón —susurró—. Pero nunca he hecho chocolate para San Valentín.
—Pues para eso estoy aquí —dijo Sasha—. Te ayudaré con las instrucciones y el seguimiento, pero la elaboración va a ser completamente tuya para que le des tu toque especial.
Sonrió conmovida. Sin lugar a duda no sabía qué sería de su vida sin la ayuda de sus amigas, particularmente en esta cuestión nueva que estaba viviendo.
—Está bien.
—¡Viva! —la castaña aplaudió—. Entonces no hay más tiempo que perder. Vayamos a comprar los ingredientes. Lo haremos en mi casa.
Las tres chicas tomaron sus maletas, se despidieron de los otros chicos y salieron del club para luego dejar atrás el campus. Se dirigieron al mercado central de la ciudad, entraron a una tienda enorme de repostería y compraron algunas cosas mientras Mikasa pensaba en qué le diría a Levi una vez estuviera al frente suyo y con el regalo en sus manos.
—No le des tantas vueltas. Solo deja que tu corazón hable —le aconsejó Annie.
Llegaron a la casa de Sasha y se pusieron manos a la obra. Tal cual había mencionado, la castaña le indicó cada uno de los pasos a seguir, desde la fundición del chocolate hasta la elaboración de los bombones en moldes variados. Lo hizo todo minuciosamente y, tras haber dejado que se enfriaran, sus dos amigas probaron uno.
Las observó atentamente, esperando a que le dieran el veredicto final.
—¿Quieres que te diga la verdad? —preguntó Sasha.
—Por favor.
—Están estupendos —la ojigris suspiró aliviada—. Lo hiciste muy bien. Me encanta la mezcla entre chocolate amargo y menta. ¡Se nota que le pusiste todo el amor a la receta!
—Concuerdo completamente —agregó Annie—. Ahora es momento de empacarlos antes de que alguien intente aventárselos sola —miró a la castaña a su lado y esta solo rió.
—No lo voy a negar —alzó las manos en señal de rendición—. Es mejor que le hagas caso.
Mikasa así lo hizo. Colocó una docena de bombones en una funda transparente y la amarró con una cinta roja. Luego de ello lavó todos los utensilios y limpió la cocina hasta dejarla impecable.
—¿Crees que le gustarán? —le preguntó a la rubia mientras Sasha desaparecía por una de las puertas.
—No tengo ninguna duda —asintió segura—. Aunque creo que, aparte de dárselos, deberías pedirle una cita —la azabache se tensó al escuchar eso—. Y ahora ya no tienes excusa.
—Pero… ¿no crees que es muy pronto para eso?
—El tiempo apremia, querida. Quién sabe lo que pueda pasar después.
—Es que…
—Si no lo haces, le contaré sobre la enorme colección que tienes de dibujos suyos —habló más seria y con una mirada retadora.
Mikasa perdió los colores del rostro. No era una simple amenaza; sabía que hablaba muy en serio.
—De acuerdo —mencionó rendida, no queriendo darle la contraria—. Pero ¿puedo pedírselo de forma escrita? Siento que si se lo digo voy a desmayarme.
—Eso es muy exagerado, pero está bien. Cualquier medio sirve.
Sasha estuvo de regreso y le pidió una hoja en blanco. Esta se la dio, la dobló por la mitad, sacó un esfero de su mochila y escribió lo que tenía en mente bajo la mirada de sus amigas. En un bolso que compró previamente colocó tanto los chocolates como la hoja y lo dejó sobre la mesa del comedor antes de ir un rato al baño. Annie aprovechó este hecho para, con la complicidad de Sasha, agregar algo más al bolso y sonreír satisfecha.
"Un bonus adicional".
A la mañana siguiente, la azabache fue normalmente a sus clases, pero al tener un tiempo libre salió y se dirigió en tren a la Universidad de Tsukuba para cumplir con su objetivo del día. Obviamente les contó el plan a sus amigos, y aunque las chicas quisieron acompañarla, sus obligaciones académicas no se lo permitieron.
Sabía que querían estar viendo en primera fila lo que iba a hacer, pero agradeció a los dioses por poder ir sola para no sentirse tan nerviosa con su presencia.
El viaje fue relativamente largo hasta llegar a la ciudad. Se bajó del tren, abandonó la estación y, siguiendo la guía que le daba el mapa de su celular, se detuvo al frente de la puerta de entrada.
—Bien —movió sus piecitos inquietos—. Estoy aquí.
Con paso firme avanzó a través del campus. Anteriormente Isabel le informó dónde podía encontrar a Levi, por lo que se dirigió, tras preguntar a algunos chicos, a la cancha cerrada de fútbol de césped sintético ubicada al norte.
Al girar en una esquina lo encontró de perfil cerca de la puerta. Sonrió inconscientemente y sus ojos brillaron, pero a medida que se iba acercando notó que había otras chicas regalándole lo mismo que ella.
Se detuvo a una distancia considerable para escuchar lo que decían. No sabía que era tan popular, por lo que, perdiendo súbitamente la determinación, pensó que su regalo no sería diferente y no tendría caso dárselo. Por tanto, y visiblemente desanimada, dio media vuelta con la intención de irse antes de que la viera, pero no lo consiguió.
—¿Mikasa?
Antes de dar el primer paso, se congeló en su sitio al escuchar su nombre. El sonido de pasos acercándose la pusieron en alerta, por lo que lentamente giró a ver hasta encontrarlo al frente suyo y sin nadie más a su alrededor.
¿Cómo es que las otras chicas habían desaparecido tan rápido?
—¿Qué haces aquí? —su tono denotaba sorpresa.
—Yo… —por inercia y con disimulo escondió el regalo detrás de su espalda, pero su subconsciente le gritó que no tenía por qué retractarse con él cerca, así que sacó el bolso de su escondite y se lo extendió, agachando un poco la cabeza para no verlo—. Quise darte esto. Espero que sea de tu agrado.
Levi miró el regalo que sostenía con las manos ligeramente temblorosas y lo tomó.
—¿Viniste aquí solo por eso?
—Sí… —alzó la vista y empezó a sentir los nervios aflorar al percibir su atenta mirada—. Lo sé, parece una locura, pero no aprovechar el día para transmitir todo el huracán que generas habría sido mucho peor y… —habló tan rápido que él no pudo entender. "Rayos"—. Disculpa —sacudió la cabeza—. Debo irme.
—Espe… —el ojiazul trató de detenerla, pero ella aceleró el paso hasta desaparecer de su vista.
A solas en aquel corredor, seguía sin comprender qué había sucedido. Miró el regalo, metió una mano en su interior y sacó la funda de chocolates, pero tras ver el bolso otra vez notó que había algo más y lo sacó, sorprendiéndose al encontrar un retrato suyo dibujado y una hoja doblada en la mitad. Abrió esta última y leyó el contenido:
¿Te gustaría salir conmigo?
"Oh".
Por otro lado, Mikasa ya había salido del campus y se dirigía a la estación de trenes para regresar a Nagoya. Toda ella, aunque no lo pareciera, era un manojo de nervios aun estando lejos, pero lo que más le molestaba era el hecho de que no había podido decirle todo lo que quería.
¿Qué fue esa reacción de salir corriendo de esa forma? Entró en un pánico irracional que mandó por la borda todo lo que había planeado.
—Qué desastre —suspiró una vez dentro del tren y emprendió el viaje de retorno, el cual se le hizo extremadamente lento.
Cuando llegó a la ciudad, tomó un profundo respiro para calmarse y caminó a la universidad. A lo lejos, en una de las áreas verdes, identificó a su grupo de amigas, las cuales la esperaban tal y como habían mencionado antes de que iniciara su travesía.
Se acercó y ellas, al verla, se pusieron rápidamente de pie.
—Estoy de vuelta —dijo cuando llegó al círculo.
—¿Cómo te fue? ¿Le diste el regalo? —preguntó Sasha.
—Sí.
—¿Y te le confesaste?
Miró a las cuatro chicas y se sentó en una banca que encontró cerca.
—Lo intenté, pero me puse demasiado nerviosa que dije cosas sin sentido y pues… salí corriendo —se tapó el rostro de la vergüenza—. Lo eché a perder todo.
—Ay, querida —Isabel se sentó a su lado y le sobó la espalda en un gesto comprensivo—. No es como dices. Por lo menos recibió tu regalo.
—Sí, pero dudo mucho que funcione.
—No pierdas la esperanza tan rápido —dijo Pieck—. Quizá no salió como tú esperabas, pero eso no significa que todo haya ido mal.
Quitó las manos de su rostro, pero todavía mantuvo la cabeza gacha.
—Mika, Mika, no estés triste —Annie la tomó de las mejillas e hizo que la mirara—. Escucha. Yo no soy experta en estas cosas, pero estoy segura de que va a funcionar y que tus sentimientos llegarán a él —sonrió—. Mi instinto me lo dice y así será. Confía.
Ante tantas palabras de aliento, no pudo evitar que sus ojos se cristalizaran.
—Gracias —asintió.
Para elevarle los ánimos, las chicas le invitaron a comer su comida favorita y retornaron otra vez a la universidad para continuar con su jornada de estudios. Ya con su humor habitual de regreso, asistió a las dos clases que le faltaban en el laboratorio y volvió a reunirse con sus amigas para salir juntas hacia sus respectivas casas.
Caminaron hacia la puerta en medio de una serie de charlas sin sentido que le sacaron más de una sonrisa. Ya cuando estuvieron cerca de salir, vio a Farlan y a Isabel que corrió a su encuentro para darle un abrazo, pero tal fue su sorpresa al notar que no estaba solo, sino que Levi lo acompañaba.
Casi se fue para atrás al verlo. No imaginó que se encontrarían tan pronto luego de semejante desgracia.
Sus amigas notaron su estado consternado, pero cuando descubrieron de qué se trataba, sonrieron con complicidad y la llevaron hacia él ya que por un momento sus piernas dejaron de responderle.
—Hola —la saludó él.
—Hola —respondió casi en un susurro.
—¿Tienes un minuto?
—Claro —volteó a ver a las chicas y estas entendieron al instante, yéndose junto a Farlan a quién sabe dónde, dejándolos solos.
Se quedaron un instante en silencio, durante el cual la azabache miraba a todas partes menos a él.
—Mikasa…
—Lo siento —ella habló primero, encontrándose finalmente con sus ojos—. Actué muy mal cuando fui a verte y esa… no era mi intención —jugó con sus dedos con nerviosismo—. Por favor, no me odies porque eso me…
—Abrí tu regalo —la interrumpió de repente.
—¿Eh?
Él sonrió: —Deberías decir las cosas de frente —le entregó un pequeño objeto envuelto—. Yo no muerdo.
La ojigris lo tomó con cierto recelo y miró al azabache nuevamente.
—Nos vemos —se despidió y comenzó a caminar, pero se detuvo un momento y volteó—. No temas abrirlo.
Ella se quedó ahí, mirando en la dirección donde se alejaba y luego bajó la vista hacia el paquetito en sus manos. Lentamente rasgó el envoltorio y encontró un retrato suyo con una hermosa firma en una esquina.
Parpadeó varias veces, asombrada por el detalle, pero sus ojos se iluminaron cuando dio la vuelta al pequeño lienzo y encontró una simple y mágica palabra escrita.
Sí
Su corazón dio un vuelco y una sonrisa tonta adornó su rostro, acentuándose al notar un número de teléfono más abajo.
"Qué regalo más bonito".
Lo abrazó contra su pecho y suspiró, pero esta vez fue un suspiro de felicidad.
