Golpe.
El frío parecía congelarle los pulmones.
El esfuerzo hacía que sintiera sus brazos entumecidos, lo que daba como resultado el uso del doble de su fuerza con tal de mantener el ritmo.
Aunque apenas sentía sus dedos, se aseguró de estar sosteniendo bien la empuñadura del bokken antes de asestar de nuevo contra el árbol.
El tiempo transcurría con lentitud. Cada golpe que daba se volvía mucho más doloroso que el anterior, pero a pesar de ello no se detuvo. No pretendía interrumpir su entrenamiento; incluso si sus brazos caían o si sus pulmones se congelaban, él seguiría dando las estocadas que se necesiten dar hasta ser más fuerte.
Hayao comprendía las cosas, no se lo impedía su corta edad. Sabía lo que significaba el ataque ocurrido hace una semana y era consciente de lo que esa criatura, que había irrumpido en su casa aquella noche, iba a hacerles si no fuera porque un chico, ajeno al pueblo, llegó antes de que ocurriese.
A Hayao no le era suficiente decir que todo le resultaba extraño y angustioso, después de todo, horas previas al suceso, su madre había muerto. No. Él estaba lleno de una furia que iba dirigida al asesino de su madre, a su muerte y al silencio irresponsable de su hermana mayor, quien había ocultado información importante que podría haberles costado la vida.
En la noche del ataque, él despertaba con frecuencia, sin poder conciliar el sueño. La tristeza por el fallecimiento de su ser amada lo asfixiaba.
Cada vez que despertaba, observaba a su hermana mayor sentada frente al futon, dándoles la espalda y mirando un punto fijo, concentrada en algo que él no podía descifrar. A pesar de que podía haber preguntado, no lo hizo. Nunca quiso molestarla, pero tampoco tenía la fuerza de involucrarse en el asunto de su hermana. Hayao solamente deseaba poder dormir y despertar con su madre abrazándolo fuertemente.
Hoy podía suponer, tranquilamente, que ella esperaba el ataque de esa criatura y que estuvo aguardando durante toda la noche, con tal de protegerlos incluso si perdía la vida. Aunque su hermana sabía que estaban en peligro, guardó aquello para sí misma y hace ya una semana que no cobraba la consciencia. Hubo un momento en que volvió en sí, pero, tan pronto como dijo unas palabras de disculpas, volvió a desmayarse.
¿Disculpas por qué? ¿Por no poder protegerlos como quiso? ¿Por no llorar como los demás? ¿Por ser una mala hermana? ¿Acaso es su culpa que mamá haya muerto?
Con cada pregunta, se sentía cada vez más descompuesto. De lo único que debería disculparse su querida hermana es de haber arriesgado su vida.
¿Acaso su hermana estaba loca? ¿Cómo rayos iba a enfrentarse a una bestia que tenía cien veces más fuerza que ella?
¡Todos habrían muerto esa noche!
De repente, se percató de que las lágrimas comenzaban a escaparse de sus ojos y de que su nariz empezaba a moquearle.
Se sentía tan frustrado. Mientras Isao asumía su responsabilidad como hermana mayor, guardándose el dolor e intentando protegerlos a pesar de su edad, él, siendo el segundo más grande, seguía llorando como un niño.
Pero se había decidido a cambiarlo. El dolor que estaba experimentando por el esfuerzo físico y la pérdida de su madre, lo tomaría y lo haría su fuerza.
Iba a exterminar a cada demonio con tal de proteger a su familia.
¿Qué ocurrió?
Hoy planeaba levantarme temprano en la mañana, con tal de preparar el desayuno y hacer limpieza, mientras solo mamá se ocupaba de vender los tejidos que habían quedado.
Sin embargo, me duele el cuerpo y tengo tanto frío. Siento náuseas y mi cabeza parece que fuera a explotar.
Incluso en este estado, tengo que ayudar a mi madre. Ella no podrá sola, no después de la muerte de papá.
Porque soy la mayor de cuatro hermanos y porque si no lo hago yo...
¿Por qué... debería hacerlo?
Yo solo tengo doce años, ¿por qué debería esforzarme tanto? Estoy enferma; siento que podría morir ahora...
Mamá dijo que no debía preocuparme, que ella lo haría, que soy solamente una niña.
Una intensa tos interrumpió sus pensamientos. Isao se quejó del dolor en su abdomen y espalda.
¿Por qué?
La frescura de un paño húmedo repentinamente calmó los dolores que sentía en su cabeza.
Al mismo tiempo, oyó la dulce y compasiva voz de su madre cantar a lo lejos.
Lo sé. Sé por qué.
El cansancio y las molestias desaparecieron. El toque y consuelo que reconocía como los de su mamá, le permitieron volver a dormir.
—Lo siento...
¡Hola, hola! ¿Cómo están? Espero que hayan tenido una linda semana.
Muchísimas gracias por leer :)
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