CAPÍTULO 1

La madre superiora Chiyo siempre había creído en los milagros, pero, a lo largo de sus sesenta y siete años en esta dulce tierra, jamás había sido testigo de ninguno, sino hasta aquel día helado de febrero de 1820, cuando llegó la carta de Inglaterra.

En un principio, la madre superiora tuvo miedo de creer en las benditas novedades. Temía que todo se tratase de una mala jugada del diablo para alimentar en ella falsas esperanzas que luego se derrumbarían como castillos de hielo. Pero después de haber contestado debidamente la misiva y de recibir una segunda confirmación con el sello del duque de Uchiha y todo, no le quedó más remedio que aceptar el obsequio por lo que realmente era.

Un milagro.

Por fin se quitarían de encima a esa diablilla. La madre superiora compartió las noticias con las otras monjas la mañana siguiente durante las maitines. Por la noche, lo celebraron con sopa de pato y pan negro recién sacado del horno. Sor Nonō estaba tan feliz que recibió reprimendas por partida doble por haberse reído a carcajadas durante las vísperas.

La diablilla -o, mejor dicho, la princesa Sakura- tuvo que pre sentarse en el despacho de la madre superiora la tarde siguiente. Mientras le informaban que partiría del convento, sor Nonō estaba muy atareada preparándole el equipaje.

La madre superiora estaba sentada en una silla de respaldo muy alto, detrás de un amplio escritorio, tan viejo y deteriorado como ella. Distraída. La monja jugueteaba con los pesados abalorios de madera de su rosario, que colgaba a un costado de su hábito negro, mientras esperaba que su pupila reaccionara ante el anuncio.

La princesa Sakura quedó patitiesa con la noticia. Apretó muy fuerte sus manos, en un gesto de nerviosismo, y mantuvo la cabeza gacha, para que la madre superiora no pudiera ver las lágrimas que habían acudido a sus ojos.

-Siéntate, Sakura. No quiero hablar con la coronilla de tu cabeza.

-Como guste, madre. -Se sentó en el borde de la silla, irguió la espalda para complacer a la monja y montó una mano sobre la otra sobre la falda.

-¿Qué te parecen las noticias? -le preguntó la madre superiora.

-Fue por el luego, ¿no, madre? Todavía no ha podido perdonarme eso.

-Tonterías -respondió la madre superiora-. Hace más de un mes ya que te he perdonado esa falta de sesera tuya.

-¿Fue sor Nonō la que la convenció de que me alejara de aquí? Ya le pedí disculpas y no tiene el rostro tan verde ahora.

La madre superiora meneó la cabeza. También frunció el entrecejo, porque Sakura, sin darse cuenta, estaba repasando todos los problemas que había causado.

-No puedo entender de dónde has sacado la idea de que esa pasta repugnante serviría para eliminar las pecas. Pero sor Nonō estuvo de acuerdo con el experimento. No te culpa a ti... completamente -se apresuró a agregar para que la mentira que estaba diciendo no resultara un pecado tan capital ante los ojos de Dios-. Sakura, yo no escribí a tu tutor pidiéndole que te marcharas de aquí. El me escribió a mí. Aquí está la carta del duque de Uchiha. Léela y verás que te digo la verdad.

Cuando Sakura extendió el brazo para tomar la misiva, la mano le tembló. Analizó rápidamente el contenido de la misma Y se la devolvió.

-Te das cuenta de la urgencia, ¿verdad? Este general Garō al que tu tutor hace mención parece tener una reputación intachable. ¿Recuerdas haberlo conocido?

Sakura meneó la cabeza.

-Visitó la casa de papá varias veces, pero yo era muy pequeña. No recuerdo haberío conocido. ¿Por qué, en nombre del cielo, querría casarse conmigo?

-Tu tutor comprende los motivos del general -contestó la madre superiora. Tamborileó con las yemas de sus dedos sobre la carta-. Los súbditos de tu padre no te han olvidado. Aún sigues siendo su amada princesa. El general tiene idea de que, si se casa contigo, podrá hacerse cargo del reino con la aprobación de las masas. Es un plan muy inteligente.

-Pero yo no deseo casarme con él -murmuró Sakura.

-Y tampoco lo desea tu tutor -dijo la superiora-. Pero cree que el general no aceptará un rechazo a su propuesta y que, de ser necesario, te llevará por la fuerza para asegurarse el éxito que busca. Esa es la razón por la que tu tutor desea que los guardias te acompañen en el viaje a Inglaterra.

-Yo no quiero irme de aquí, madre. De verdad, no quiero.

La angustia de la voz de Sakura capturó el corazón de la madre superiora. En ese instante, se olvidó de todos los embrollos en los que había estado inmiscuida la princesa Sakura durante los últimos años. La madre superiora recordó la vulnerabilidad y el terror de sus ojitos de niña, cuando ella y su enfermiza madre llegaron al convento. Sakura le había comportado como una santa mientras su madre vivió. Era tan pequeña entonces -doce jóvenes años-. Su adorado padre había fallecido seis meses atrás. La niña había demostrado un tremendo valor. Asumió la enorme responsabilidad de cuidar de su madre día y noche. Pero no había posibilidad alguna de que la mujer se recuperara. La enfermedad había terminado con su cuerpo y su mente. Y cuando estuvo enloquecida de dolor, Sakura se subió a su lecho para tomarla entre sus brazos. Así, meció a la frágil mujer incansablemente mientras le cantaba tiernas baladas con una voz angelical. El amor hacia su madre había sido una imagen dolorosamente bella para ver. Cuando por fin aquella tortura diabólica terminó, la madre falleció en brazos de su hija.

Sakura no permitió que nadie la consolara. Lloró durante las largas horas de la noche, sola en su celda, aunque las blancas cortinas que cerraban el pequeño receptáculo no pudieron callar los sollozos a los oídos de las novicias.

Su madre fue enterrada en el convento, detrás de la capilla, en una encantadora pradera bordeada de coloridas flores. La institución lindaba con el segundo hogar de la familia, Stone Haven, pero Sakura ni siquiera iba allí de visita.

-Yo creía que me iba a quedar aquí para siempre -murmuró Sakura.

-Debes ver esta situación como un dictado de tu destino -le aconsejó la madre superiora-. En tu vida se cierra un capítulo, pero está a punto de comenzar otro nuevo.

Sakura volvió a bajar la cabeza.

-Yo deseo vivir todos los capítulos de mi vida aquí, madre. Si usted lo deseara, podría negarse al requerimiento del duque de Uchiha o podría cansarlo con correspondencia interminable hasta que se olvidara de mí.

-¿Y el general?

Sakura ya había pensado en una respuesta para ese dilema.

-No se atrevería a irrumpir en este santuario. Estoy a salvo siempre y cuando me quede aquí.

-Un hombre que tiene tanta sed de poder no se preocuparía en lo más mínimo por violar las leyes sagradas de un convento, Sakura. No dudes que irrumpiría en este santuario. ¿Te das cuenta de que además estás sugiriéndome que engañe a tu querido tutor?

La monja denotó cierto reproche con su tono de voz.

-No, madre -respondió Sakura con un suspirillo, plenamente consciente de que esa era la respuesta que la monja quería escuchar-. Supongo que no sería correcto engañar...

El aire esperanzado de las palabras de la muchacha hizo que la madre superiora meneara la cabeza.

-No voy a complacerte. Aunque hubiera una razón válida…

Sakura saltó entusiasmada ante la posibilidad.

-Oh, pero la hay -estalló. Aspiró profundamente y luego anunció-: He decidido ser monja.

El solo pensar que Sakura podría unirse a su sagrada orden bastó para que la madre superiora sintiera escalofríos.

-Que el cielo nos ampare -musitó.

-Es por los libros, ¿verdad, madre? Usted quiere echarme de aquí por ese pequeño... incidente.

-Sakura...

-Sólo hice el segundo juego de libros para que el banquero le otorgara el préstamo. Usted se negó a usar mi dinero y yo sabía cuánto necesitaba esos fondos para construir la nueva capilla... por lo del fuego y todo eso. Y le dieron el crédito por fin, ¿no? Seguramente, Dios me ha perdonado la mentirijilla piadosa. Además, El debe de haber querido que yo alterara esos números en nuestro beneficio o, de lo contrario, no me habría dado tanta inteligencia para los cálculos. ¿No lo cree así, madre? En el fondo de mi corazón, sé que Él me ha perdonado por esa pequeña trampa que hice.

-¿Trampa? Creo que la palabra correcta es latrocinio -gruñó la madre superiora.

-No, madre -la corrigió Sakura-. Latrocinio significa robo y yo no he robado nada. Simplemente, he corregido algunas cifras.

El feroz modo con el que la madre superiora frunció el entrecejo le indicó que no debió haberla contradicho, ni sacar el tan reciente tema de la contabilidad falsa.

-En cuanto a lo del fuego...

-Madre, ya he confesado mi pesar por ese desgraciado error -comentó Sakura de inmediato. Se apresuró a cambiar de tema, antes de que la religiosa se pusiera furiosa otra vez-. He hablado muy en serio cuando le dije que quería convertirme en monja. Creo que tengo la vocación.

-Sakura, tú no eres católica.

-Me puedo convertir -prometió Sakura fervientemente.

Pasó un largo rato de silencio. Luego, la madre superiora se inclinó hacia delante. La silla crujió por el movimiento.

-Mírame -le ordenó.

Esperó a que la princesa cumpliera la orden antes de volver a hablar

-Creo entender de qué se trata todo esto. Te haré una promesa -dijo ella con la voz hecha un murmullo-. Yo cuidaré celosamente la tumba de tu madre. Si algo me sucediera, entonces sor Okami o sor Nonō tendrían que asumir esa responsabilidad en mi lugar. Tu madre no quedará en el olvido. Estará todos los días en nuestras oraciones. Esa es la promesa que yo te hago.

Sakura rompió en llanto.

-No puedo dejarla.

La madre superiora se puso de pie y corrió junto a Sakura. Le rodeó los hombros con el brazo y le dio unas palmadas.

-No la dejarás. Ella siempre estará en tu corazón. Ella desearía que hicieras tu vida como indica tu destino.

Las lágrimas bañaban el rostro de Sakura. Se las enjugó con el dorso de las manos.

-No conozco al duque de Uchiha, madre. Sólo lo vi una vez y ni siquiera me acuerdo de cómo es. ¿Y si no me llevo bien con él? ¿Y si no me quiere? Yo no quiero ser una carga para nadie. Por favor, déjeme quedarme aquí.

-Sakura, pareces decidida a creer que tienes una alternativa en esta situación y eso no es verdad. Yo debo obedecer el requerimiento de tu tutor. Estarás bien en Inglaterra. El duque de Uchiha tiene seis hijos. Una más, no será molestia.

-Yo va no soy una niña -recordó Sakura a la monja-. Posiblemente, mi tutor debe de estar muy viejo y cansado ya.

La madre superiora sonrió.

-El duque de Uchiha fue elegido como tu tutor, hace años ya, por tu padre. El tuvo buenas razones para escoger a ese honorable hombre inglés. Ten fe en el buen juicio de tu padre.

-Sí, madre.

-Puedes llevar una vida feliz, Sakura -continuó la madre superiora-. Siempre y cuando no olvides contenerte un poco. Piensa antes de actuar. Esa es la clave. Tienes una mente muy sagaz. Úsala.

-Gracias por decirlo, madre.

-Deja de hacerte la sumisa. No es tu estilo en lo más mínimo. Tengo que darte un consejo más y quiero que lo escuches atentamente. Siéntate bien derecha. Una princesa no anda por ahí con los hombros caídos.

Sakura pensó que si erguía más la columna se le partiría en dos. Pero echó levemente los hombros hacia atrás y vio que había complacido a la madre superiora cuando esta asintió con la cabeza.

-Como estaba diciendo -prosiguió la madre superiora-. Aquí nunca importó el hecho de que fueras una princesa, pero en Inglaterra sí será importante. Las apariencias deben cuidarse constantemente. Simplemente, no puedes permitir que los actos espontáneos gobiernen tu vida. Ahora dime, Sakura. ¿Cuáles son las dos palabras que siempre te he pedido que recuerdes de memoria?

-Dignidad y decoro, madre.

-Sí.

-¿Puedo volver a este lugar si descubro... que no me agrada mi nueva vida?

-Siempre serás bienvenida aquí -le prometió la madre superiora-. Ahora vete a ayudar a sor Nonō con las maletas. Te marcharás en plena noche por precaución. Yo te aguardaré en la capilla para despedirte.

Sakura se puso de pie, hizo una pequeña reverencia y se marchó de la sala. La madre superiora se quedó parada en el centro de su despacho, mirando la puerta después que la muchacha se hubo marchado. Había creído que era un milagro la partida de la princesa. La madre superiora siempre había sido rigurosamente esquemática, hasta que Sakura se cruzó en su camino, rompiendo con todas las convenciones preexistentes. A la monja no le gustaba el caos, pero Sakura y el caos parecían ir de la mano. No obstante, en cuanto la princesa abandonó el despacho, los ojos de la religiosa se llenaron de lágrimas. Sintió que el sol acababa de empañarse con espesos nubarrones negros.

Dios la amparará, pero echaría de menos a esa diablilla con todas sus travesuras.