CAPÍTULO 16

Ya habían pasado tres meses de la muerte de Hidan y Sakura todavía seguía pensando en ese hombre horrible, por lo menos una vez al día. La madre superiora le había enseñado que había que rezar mucho por las almas de los pecadores, pues ellos necesitaban de las oraciones mucho más que los santos. Pero por alguna razón, Sakura todavía no había podido rezar por él. Trataba de dejar atrás los recuerdos de esa noche espantosa. Sin embargo, no quería olvidar a Kaede por lo que rezaba una oración por ella todas las noches antes de acostarse. También rezaba por Roberta. Estaba convencida de que las dos mujeres habían sufrido su purgatorio mientras estuvieron en este mundo y en las crueles manos de Hidan y que en ese momento ya estaban en paz con el Creador, en el Cielo.

Deidara y Karin se preparaban para su viaje de regreso a la isla. Itachi había invitado a Sasuke y a Sakura a su casa a una cena de despedida que había organizado para toda la familia. La comida fue elegante, pero demasiado sustanciosa y Izumi se puso verde cuando llegó el segundo plato. De repente, se levantó de la mesa bruscamente y salió corriendo del comedor. Itachi no mostró mucho pesar por el evidente malestar de su esposa. En realidad sonrió con masculina, arrogancia.

No era típico en Itachi ser tan insensible. Cuando Sakura le preguntó por qué no se preocupaba al menos un poco por la salud de su esposa, la sonrisa de Itachi se hizo mayor. Izumi, explicó, estaba embarazada otra vez y cuando se descomponía detestaba que su esposo estuviera detrás de ella mientras debía soportar el tortuoso ritual de las náuseas matinales y nocturnas.

Todo el mundo dio unas palmadas en los hombros de Itachi e hicieron varios brindis. Luego, Sasuke y Deidara, con sus respectivas esposas, fueron al salón.

Jūgo llamó a Karin para que subiera a darle de comer a la impaciente niña. Sakura se sentó junto a su esposo y escuchó la conversación entre ambos socios. Surgió el tema de las grandes cantidades de dinero que habían ingresado en la cuenta bancaria del astillero. Deidara quería saber de dónde rayos provenía ese dinero. Sasuke estaba sorprendido por la nota de enfado en la voz de su socio. Sakura entendía la reacción de Deidara. Sabía que creía que Sasuke había trabajado nuevamente para el director.

Sasuke explicó cómo se sentía Sakura con respecto a la herencia que su padre le había legado. Agregó que creía que la habían dejado de lado porque se había aceptado el dinero de Karin y no el de ella.

-El ingreso que figura en la cuenta es exactamente la misma cantidad que hubiéramos recibido de Karin si ese codicioso gobernante no se hubiera apoderado del dinero -dijo Sasuke.

Deidara meneó la cabeza.

-Sakura, el regalo que ha hecho a Nori fue suficiente -dijo. Levantó la vista y miró la hermosa réplica de oro de su barco favorito, el Esmeralda, situada en el centro de la repisa de la chimenea.

Sasuke también miró el pequeño tesoro. Sonrió porque Deidara lo había puesto allí.

-Es hermoso, ¿no?

-Uno no puede dejar de mirarlo y de deleitarse con su belleza –dijo Deidara con una sonrisa-. Lo llevaremos a casa con nosotros.

-Me alegra que te agrade -dijo Sakura. Se volvió hacia su esposo para sugerir la idea de solicitar al artesano que hiciera otra réplica para él. Pero Deidara le interrumpió el pensamiento cuando dijo que ni él ni Sasuke necesitaban más dinero de su herencia. Ya se habían recuperado financieramente.

-Usé el dinero en la casa de la ciudad que Sasuke le ha comprado -le sugirió.

Sakura negó con la cabeza.

-Mi esposo usó el dinero recibido por el jugoso pago de un contrato de seguros, Deidara. Hay muy pocas cosas que hacerle al castillo. Ojalá pueda verlo por dentro antes de marcharse. Sólo queda a una calle de la casa que hemos alquilado. Es tan grande, tan acogedor.

Sasuke dejó de mirar el barco para concentrarse en su esposa.

–No es un castillo, cariño.

-Oh, claro que sí -lo contradijo ella-. Es nuestra casa, Sasuke, y por lo tanto, nuestro castillo.

Sasuke no pudo culparla por haber razonado de ese modo.

-Entonces eso quiere decir que ahora soy propietario de dos castillos -dijo, riendo-. Y de una princesa.

Extendió las piernas y rodeó los hombros de su esposa con un brazo. Deidara quería seguir discutiendo el tema del dinero, pero pronto se dio cuenta de que Sakura no cedería.

Finalmente aceptó la derrota.

-Caramba -murmuró.

-¿Y ahora qué? -preguntó Sasuke.

-Si hubiera sabido que tu esposa nos regalaría parte de su herencia jamás habría vendido mis acciones. ¿Todavía no sabes quién las compró? Tal vez podamos volver a comprarlas nosotros.

Sasuke negó con la cabeza.

-Sarutobi no quiere decírmelo -explicó-. Dice que, si lo hace, faltaría a su palabra con el comprador.

-Déjame hablar con él -sugirió Deidara-. Sólo dame cinco minutos a solas con él y lo haré decir todo.

Inmediatamente Sakura trató de serenar a Deidara.

-Sarutobi es extremadamente honrado. Mi padre jamás habría hecho negocios con él si no lo hubiera creído un hombre de gran honor. Y como yo soy hija de mi padre, Deidara, sigo sus pasos. Apuesto hasta la última moneda que tengo a que no lograrás arrancarle una palabra si él cree que con eso faltará a su palabra con alguien. Deberás ceder.

-Sasuke y yo tenemos derecho a saber quién es el dueño –arguyó Deidara.

Sasuke cerró los ojos y bostezó mientras escuchaba la conversación. Un comentario que su esposa acababa de hacer lo despabiló.

Era hija de su padre. Sasuke abrió los ojos y lentamente volvió la atención a la réplica de oro.

Recordó entonces el barco de oró que estaba en la repisa de la chimenea de su padre...y la broma que el padre de Sakura había hecho al suyo colocando los documentos en el interior de la pieza.

Entonces, lo supo. Sakura era hija de su padre, claro que sí. Los certificados de las acciones estaban escondidos en el interior del barco. Sasuke se quedó atónito ante la revelación. La expresión de su rostro al mirar a su esposa, manifestó su sorpresa.

-¿Sucede algo, Sasuke?

-No me mentirías, ¿verdad, cariño?

-No, por supuesto que no.

-¿Cómo lo hiciste?

-¿Hacer qué?

-Tú no eres la propietaria de las acciones. Yo le pregunté a Sarutobi y me dijo que no. Tú también me dijiste que no eras la dueña.

-No lo soy.

-¿Por qué rayos...?

Se detuvo cuando Sasuke le señaló el barco. Se dio cuenta de que, por fin, su esposo había adivinado la verdad.

Ya estaba en su sexto mes de embarazo y cada día se sentía más pesada, pero no había perdido la lucidez ni la rapidez para ciertas cosas. Rápidamente, se puso de pie y se encaminó hacia la puerta.

-Creo que iré a ver a Karin. Me encanta tener a Nori entre los brazos. Tiene una sonrisa de lo más deliciosa.

-Vuelve aquí.

-Prefiero no hacerlo, Sasuke.

-Quiero hablar contigo. Ahora.

-Sasuke, no deberías perturbar a tu esposa. Está embarazada, por el amor de Dios.

-Mírala, Deidara, ¿te parece perturbada? Yo creo que es culpable.

Sakura demostró su exasperación ante su esposo. Deidara le guiñó el ojo cuando ella volvió al sofá. Puso una mano sobre la otra y miró a Sasuke con expresión ceñuda.

-Será mejor que no te enojes, Sasuke. Nuestro bebé puede sufrir.

-Pero tú no estás perturbada, ¿verdad, cariño?

-No.

Sasuke dio unas palmadas en el almohadón que estaba junto a él. Ella se sentó y alisó su vestido.

Sakura bajó la vista. Sasuke la miró.

-Están dentro del barco, ¿no?

-¿Qué hay dentro del barco? -preguntó Deidara.

-Los certificados de las acciones -respondió Sasuke-. Sakura, te he hecho una pregunta. Por favor, respóndeme.

-Sí, están dentro del barco.

El alivio llegó hasta el alma de Sasuke. Estaba tan contento de que esos certificados no estuvieran en poder de un extraño que sentía deseos de reír.

Sakura se puso colorada.

-¿Cómo lo hiciste? -le preguntó.

-¿Hacer qué?

-¿Están a mi nombre? Nunca se me ocurrió preguntar eso a Sarutobi. ¿Yo soy el dueño?

-No.

-¿Entonces están a nombre de Deidara?

-No.

Sasuke esperó un largo minuto para ver si confesaba. Pero ella permaneció en un obstinado silencio. Deidara estaba rotundamente confundido.

-Sólo quiero hablar con el propietario, Sakura, para ver si está dispuesto a vendernos las acciones otra vez. Juro no intimidarlo.

-El propietario no puede hablar, Deidara. Además, no es legalmente posible comprar esas acciones... No por ahora.

Se volvió para mirar a su marido.

-Admito que he interferido un poco, esposo, pero en esa época te habías puesto terco como una mula con mi herencia. Entonces, debí recurrir a una mentirijilla.

-Igual que tu padre -le dijo.

-Sí. Igual que mi padre. Él no se habría enojado conmigo. ¿Tú lo estás?

Sasuke no pudo evitar observar que su esposa no estaba muy preocupada por esa posibilidad. La joven le brindó una sonrisa radiante que casi le cortó la respiración. Definitivamente iba a volverlo loco uno de esos días. No había nadie más maravilloso que ella en su vida.

Sasuke la besó.

-Ve a despedirte de Karin. Luego tú y yo regresaremos a nuestro castillo. Me duele la pierna y necesito tus cuidados.

-Sasuke, es la primera vez que te escucho hablar de tu pierna -dijo Deidara.

-Ya no está tan sensible como antes. El dolor de esa pierna nos salvó la vida, después de todo. Si no se hubiera despertado esa noche por la pierna, no habría escuchado a Hidan en el otro cuarto. La madre superiora me decía que siempre hay una razón para todo. Creo que tenía razón. Tal vez ese tiburón le arrancó un pedazo de pierna para que, en el futuro, esa lesión le sirviera para salvarme a mí y a nuestro hijo.

-¿Voy a tener un hijo? -preguntó Sasuke, sonriendo por el realismo en la voz de Sakura.

-Oh, sí. Eso creo -contestó ella.

Sasuke miró hacia arriba.

-¿Le has encontrado un nombre?

El brillo volvió a los ojos de la princesa.

-Lo llamaremos Delfin o Dragón. Ambos nombres son apropiados. Después de todo, el pequeño es hijo de su padre.

Sakura salió del salón escuchando las carcajadas de su marido. Dio unas palmadas sobre su abultado vientre y susurró.

-Cuando me sonríes y me muestras el lado tierno de tu personalidad, pienso en ti como en mi delfin. Y cuando estás enfadado conmigo porque no puedes salirte con la tuya, se me ocurre que eres mi dragón. Te amo con todo mi corazón.

-¿Qué está murmurando? -preguntó Deidara a Sasuke.

Ambos hombres miraron a Sakura hasta que se volvió y subió las escaleras.

-Está hablando con mi hijo -confesó Sasuke-. Parece creer que él puede escucharla.

Deidara rió. Nunca había escuchado algo tan absurdo.

Sasuke se puso de pie y fue hacia la repisa. Encontró la traba inteligentemente oculta por una puerta lateral del barco y la abrió. Los certificados de las acciones estaban enrollados en un tubo y atados con una cinta rosa.

Deidara lo vio extraerlos, desenrrollarlos y leer el nombre del propietario.

Luego Sasuke se echó a reír. Deidara se puso de pie dé un salto. La curiosidad estaba matándolo.

-¿Quién es el dueño, Sasuke? Dime el nombre y yo hablaré con él.

-Sakura dijo que el dueño no hablaría contigo -contestó Sasuke-. Tenía razón. Tendrás que esperar.

-¿Cuánto?'-preguntó Deidara.

Sasuke entregó los certificados a su socio.

-Hasta que tu hija aprenda a hablar, me imagino. Todas están a nombre de Nori, Deidara. Ninguno de los dos podremos comprarlas. Ambos hemos sido nombrados como coalbaceas.

Deidara estaba atónito.

-¿Pero cómo lo supo? Las acciones fueron vendidas antes de que ella conociera a Karin y a Nori.

-Tú me contaste en tu carta cómo se llamaba tu hija -recordó Sasuke a su amigo.

Deidara se sentó con una sonrisa en los labios. La empresa estaba a salvo de intrusos.

-¿Adónde vas, Sasuke? -le gritó, al ver que su socio se iba del salón.

-A casa, a mi castillo -dijo Sasuke-. Con mi princesa.

Comenzó a subir las escaleras para ir a buscar a su esposa. La melodía de las risas de Sakura llegó hasta sus oídos, por lo que se detuvo a escucharla y disfrutar de ella.

La princesa había sometido al dragón.

Sin embargo, el dragón era el triunfador, pues había capturado el amor de la princesa.

Estaba feliz.

Fin