CAPÍTULO 1
El sol caía a plomo sobre la arena de entrenamiento, sin afectar a penas la piel de los soldados, ya curtidos por el cálido clima. No les inquietaba el sofoco de las corazas de cuero, ni el resplandecer de los escudos de cobre; se concentraban en medir el siguiente paso y detener el próximo embate.
Thor miró a sus hombres con impaciencia: eran rápidos y disciplinados, pero no lo suficiente… nunca era suficiente. No podía esperar perfección pues en cuanto uno de sus Berserkers llegaba a la excelencia era retirado de sus filas y consagrado a su hermano, Balder, para ser ungido Einherjer, despojándolo siempre de lo mejor de su ejército. ´Tercero en nacer', se recordó a sí mismo, con amargura, y eso considerando sólo a los hijos legítimos. Molesto por tal pensamiento decidió que ya era suficiente entrenamiento por ese día. Les hizo una seña a sus capitanes y sin esperar siquiera a que terminaran los ecos del choque de las espadas, se montó en su caballo, Tanngnjóstor, y emprendió el trote. Salió del palacio y dejó que el viento le secara el sudor, hasta tener una sensación punzante y fresca; tras calmarse se dirigió al riachuelo que regaba las áreas de cultivo, conocía un recodo solitario y no muy profundo donde podría asearse y descansar.
Lanzó a Tanngnjóstor en un último salto, al borde mismo de una brecha y entonces tuvo que derrapar de forma violenta: tras los juncos, agachado y con los pies en la orilla del agua había un hombre. Thor bajó a prisa, sin aliento, hubiera podido arrollarlo; era raro encontrar a alguien en la rivera en las horas más calurosas del día y menos en aquel vado solitario. Indeciso entre expresar su ira o su preocupación carraspeó y observó al extraño; era muy joven, adulto sin duda, pero por poco; el cabello lacio y negro estaba húmedo, al igual que la cara y su mirada no reflejaba sorpresa ni susto, sino una extraña alegría. Se quedó mudo un largo rato, sintiendo que había algo raro y tras un rato se dio cuenta de qué era: el muchacho no se ha disculpado ni le ha dirigido una reverencia, cuando todos en Asgard sabían de sobra quién era él, príncipe y general de los ejércitos. Decidió al momento que debía tratarse de un extranjero, pues sólo así podía explicar su aparente ignorancia. Resolvió presentarse y exigir el lugar para sí mismo, pero no llegó a hacerlo pues el joven se incorporó con un movimiento suave y sinuoso.
‒¿Eres un soldado Aesir? ‒preguntó sin preámbulos.
Thor frunció el ceño, ligeramente irritado, incluso para un forastero debía resultar evidente que lo era, pues llevaba encima el escudo, la lanza, el martillo y la armadura; además de tener en los brazales signos y adornos que distinguían su cargo. Tardó un momento en reordenar sus pensamientos, que el otro aprovechó para sacudirse la ropa, sacar los pies del agua y llamar a su propio caballo, que ‒como él‒ quedaba algo oculto por la alta vegetación.
‒Llévame hasta la ciudad, si eres tan amable; requiero una audiencia con el rey.
Lo dijo como si cualquier cosa, con desparpajo, incluso; Thor no salía de su asombro, ¿una audiencia con su padre?, él mismo podría encargarse que terminara en una de las mazmorras tan solo por su falta de respeto.
‒La hospitalidad de Asgard es legendaria, y estoy seguro de que no es una reputación inmerecida ‒continuó el muchacho con una dulzura irónica que reveló su especial acento.
Thor trató de adivinar por un momento de cuál de los reinos vendría; su color lechoso indicaba que no era un áss, pero tampoco tenía la piel verdosa de los vanir, ni las orejas puntiagudas de los elfos de luz. La ropa que llevaba era basta, de algodón y cuero, sin adornos ni teñido, e incluso la capa se veía vieja y sucia. El caballo era lo de más común y se veía más bien exhausto, con la piel llena de sudor y polvo y restos de espuma en el hocico.
‒¿Lo es? ‒presionó el extranjero con un ligero aire de impaciencia.
Recapituló para saber de qué estaban hablando… hospitalidad, claro; el joven deseaba que lo llevase al palacio. Bien, pensó, lo llevaré y después lo haré esperar por días ante la puerta de mi padre.
‒Desde luego que no, será un placer llevarte.
Se montó de vuelta sobre Tanngnjóstor y sin esperar un segundo dio la vuelta y emprendió el trote. El otro no le perdió el paso, cabalgaba con soltura y no pareció interesado en presentaciones, Thor estaba cada vez más desconcertado con aquellas descortesías.
‒¿Para qué deseas ver al Padre de Todo? ‒preguntó con su voz más autoritaria y profunda, utilizando a propósito el título oficial del rey de Asgard, buscando intimidar al muchacho, ¿muchacho?, dudó: le había parecido un adulto, pero al mirarlo de perfil se sintió inseguro; algo pareciera cambiar sobre su rostro cada vez que lo miraba, como si fuera un espejismo.
‒Mi padre me envía con una petición.
La respuesta fue esquiva, pero a la vez tan mundana que el príncipe olvidó sus cavilaciones. Sí, decidió casi automáticamente, se trata de un muchacho, y de uno no muy listo, a su parecer; una tontería por su parte enojarse porque alguien tan cándido no lo reconociera, pero él, como príncipe de Asgard podía ser paciente y gentil… de vez en cuando.
No tardaron en atravesar los campos labrados hasta la primera muralla del palacio, donde el área de entrenamiento, ya casi vacía, seguía levantando polvo. En la muralla interna los guardias hicieron una reverencia profunda y abrieron la puerta de inmediato; Thor no pudo evitar sentirse satisfecho, ese era el respeto al que estaba acostumbrado; le dirigió una mirada de reojo a su huésped, pero aquel seguía cabalgando justo detrás, como si no se hubiera percatado siquiera.
Llegaron al patio exterior sin intercambiar más palabras; donde largas filas de suplicantes esperaban audiencia con el Rey o con alguno de sus concejeros; la mayoría trataría temas de poca importancia como pedir algún favor o la intervención en una disputa. Un tanto irritado por el ruido y el movimiento de tanta gente Thor no se molestó siquiera en bajar del caballo, ya no le interesaba saber qué quería ese joven. Sólo quería ir a sus habitaciones y refrescarse, a solas.
‒Fórmate allí.
Indicó con una voz desinteresada y se lanzó en otra dirección, sin esperar un agradecimiento que de todas formas no parecía que fuesa a llegar.
Loki había viajado durante catorce días y estaba exhausto. Durante el trayecto no se había movido tan rápido como hubiera deseado; forzado a seguir por las carreteras principales y unirse a grupos de viajeros por su propia protección; la mayoría de aquellas noches durmió al lado del camino, sin más lecho que su propia capa. Había comido lo que tuviera a mano y ya no le quedaba demasiado dinero en la alforja; tampoco le quedaba demasiado caballo, aunque lo había adquirido hacía tan sólo tres días, al cruzar los límites de Vanaheim.
Quería aprovechar las horas del día, pero su destino estaba cerca y cuando escuchó el murmullo del agua, la posibilidad de refrescarse le resultó irresistible; desvió su caballo y tras encontrar el río buscó un recodo poco profundo. Con un suspiro de alivio bajó del animal, se quitó los zapatos, y tras acuclillarse sobre el agua comenzó a lavarse.
Escuchó con claridad el trote de un animal, pero no creyó que fuer a acercarse, además estando tan cerca de palacio no podía tratarse de un ladrón; por lo que no prestó atención. Se sobresaltó un instante al ver al animal saltar hacia él y aunque no llegaron a chocar, el estrépito con el que el caballero se detuvo fue tal que las rocas que levantaron las patas de la montura le golpearon los tobillos.
Se sorprendió de su propio descuido, pero al mirar a aquel hombre no pudo más que alegrarse: aquellos rasgos eran inequívocos, el cabello largo y rubio, la barba espesa y ligeramente rojiza y ¡ni qué decir del martillo en el cinturón!, los dioses le sonreían; aquel era el príncipe del trueno. Jugó el papel de ingenuo sin dificultad; ser afable pero descara-do nunca fallaba en confundir a los extraños; tanto así que, aunque el áss se notaba molesto, no llegó a ofenderse. Antes de lo pensado se encontraron cabalgando hacia el palacio y Loki se sintió tan aliviado de que su viaje llegara a su fin que el hechizo sobre su piel vaciló un poco.
Cruzar las murallas fue anticlimático, lo único que le hizo falta fue mantener su caballo bien pegado al de Thor e ignorar a los guardias, que no llegaron siquiera a preguntar su nombre. Cuando el príncipe lo abandona sin más, Loki casi pudo reírse, se verían de nuevo muy pronto; una pequeña travesura siempre era agradable, mucho más en aquellos momentos decisivos. Le echó una mirada rápida a la fila de suplicantes y sonrió de lado con desdén, sin la menor intención de gastar su tiempo allí. Se dirigió al pequeño establo exterior donde los visitantes dejaban sus monturas, y ató a su caballo cerca del abrevadero. Dio dos vueltas a la plazoleta con la mirada y se decidió: los pasajes de los sirvientes eran su mejor opción; alteró su glamur hasta volverse anodino y atravesó los largos pasillos laterales; sintiendo entre aliviado e irritación se dio cuenta que la seguridad era cuando menos, deficiente; unos cuantos guardias aquí y allá, demasiado distraídos como para fijarse en la servidumbre.
Llegó por fin ante la cámara de audiencias, allí no podía dudar, deshizo parte de su glamur y se lanzó hacia adelante, derribando a los guardias que controlaban el paso; atravesó la sala casi corriendo, y por poco choca con una mujer que, de rodillas ante la corte, exponía su caso. Loki la ignoró, admirando por un momento el Hlidskjálf, el trono dorado de Asgard; sobre él, con mirada severa se encontraba Odín, el rey de Asgard y autoproclamado protector del Yggrasil. De pie a la izquierda del trono se encontraba el consejo del rey y a la derecha la familia real; justo allí entre un mar de caras sorprendidas, alarmadas y reprobadoras, encontró la mirada de Thor.
Continuará...
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