CAPÍTULO 2
Tras indicarle al extranjero dónde debía formarse para una audiencia, Thor se internó en el castillo, decidido a encerrarse en sus habitaciones hasta la hora de la cena; pero tras su puerta alguien volvió a frustrar su esperanza de soledad.
‒Llegas tarde.
Frigga, la Reina de Asgard y Madre de Todo, estaba sentada con tranquilidad en su recibidor, con su ropa de corte y el cabello perfectamente arreglado; contrastaba con él, que aun iba en armadura y lleno de polvo del camino.
‒Tu padre te manda llamar a la sala del trono, aprovechando que el entrenamiento ha terminado antes de lo esperado.
Su tono era un regaño cariñoso; Thor sabía que Odín debía estar molesto porque no había cumplido con el horario asignado, aquel era su castigo, su presencia en la corte era -cuando menos- innecesaria; él era un militar, no un diplomático, conduciría al grueso de su ejército, pero nunca decidiría a dónde o por qué. Ver por el bien del reino le correspondía al primogénito, Balder, el hijo favorito. Junto a él su presencia sería sólo un castigo: obligado a permanecer de pie, quieto y mudo por horas, escuchando las quejas mundanas de los plebeyos, hasta que muriera de aburrimiento.
‒Madre, ¿realmente es necesario?, mi aspecto no es el adecuado.
Sacudió su capa y se mesó el cabello, poniéndose algo más presentable; sabía que su queja caería en oídos sordos. Frigga se levantó con gracia y le ayudó a reacomodarse la armadura.
‒Balder y Tyr ya están allí, también Bragui. ‒Su tono se volvió desdeñoso al final, pero Thor no se lo tomó en cuenta, su hermano -El Poeta- no era del agrado de la reina, como tampoco otros de los hijos de Odín; él mismo se consideraba afortunado de tener su afecto.
‒¿Meili no acudirá hoy?
Aunque el chiquillo rara vez se presentaba en la corte, sus bromas y bullas harían la tarde mucho más tolerable; además era su hermano favorito.
‒No, salió de cacería con Vali y Vidar; volverán en dos o tres días, si tienen éxito; los demás también están fuera del palacio así que tu ausencia sería muy notoria.
Thor no ofreció más resistencia; tomándola del brazo caminaron en silencio hasta llegar a la sala de audiencias, donde tomaron cada uno su posición a la derecha de Odín: ella en la línea de atrás, junto a las otras esposas y él se dirigió a sus hermanos, tomando su lugar entre Tyr y Bragui, este último le dirigió una mirada resignada, tan deseoso de estar allí como el mismo Thor.
Tras una hora de no prestar atención y cuando ya había perdido la cuenta de los vasallos que habían sido atendidos; surgió una conmoción, las puertas se abrieron de golpe y un único joven entró corriendo, seguido por los guardias. Thor se animó al momento, desenvainando su espada, listo para resolver la situación de la forma en que mejor sabía: con violencia. Pero al ver la cara del invasor se quedó quieto y mudo una vez más; aquella cara pálida, bordeada de cabellos negros y con un aire de malicia era inconfundible; además aquello no parecía un ataque o intento de asesinato (lo que había sido la primera idea en su mente, pues sólo un acto así de desesperado podría justificar una entrada como esa, que sería castigada con la prisión o incluso la muerte).
El invasor, por su parte, le dirigió una sonrisa encantadora, antes de hacer una reverencia exageradamente profunda, estirando los brazos a los lados para demostrar que iba desarmado.
‒Padre de Todo ‒dijo Loki con tono serio y gentil, aunque odiaba aquel título (y que Asgard creyera tener potestad sobre los otros reinos)‒, perdóneme por interrumpir de esta forma en sus dominios, pero me atañe un asunto de vital importancia, que requiere hablemos en privado.
Los guardias le habían alcanzado ya, pero lo súbito de su rendición los conminó a la inmovilidad, y si bien mantuvieron las espadas desenvainadas, dirigieron una mirada a su rey para pedir indicaciones. Los nobles habían superado su impresión y murmuraban entre sí, escandalizados; incluso los príncipes, se dirigían miradas de sorpresa, buscando una explicación.
Loki aprovechó el momento para levantar ligeramente la cabeza y clavar sus ojos en el único de Odín; había una magia ancestral y profunda en el Rey de Asgard y él estaba seguro de que podría ver a través del hechizo en su piel y que sabría quién le hablaba. El golpe de la lanza, Gungnir, contra el suelo hizo callar a todos.
‒Déjennos.
Su palabra fue inespecífica, pero de alguna forma Thor sintió que debía quedarse, tras la salida de los cortesanos y los guardias, quedó claro que había sido la decisión correcta; las esposas de su padre se habían ido, pero sus tres hermanos seguían allí, firmes y atentos, aunque sin decir nada. Aquello, pues, debía tratarse de un asunto de estado.
‒Aquí ‒ordenó Odín, guiándolos a través de las puertas dobles escondidas tras los cortinajes del trono, donde su despacho privado les protegería de oídos indiscretos. Balder y Tyr intercambiaron una mirada de precaución y solemnidad; mientras que Bragui sonrió con deleite, divertido por la situación. Thor por su parte se preguntaba si sería retado por haber guiado a aquel intruso hasta el palacio, una acción abrupta y descuidadas de la cual nunca habría imaginado el resultado.
Cerradas las puertas Loki dejó deslizar la ilusión que cubría su piel y se mostró tal cual era: su cabello negro seguía siendo el mismo, al igual que sus ropas; pero sus ojos perdieron el color verde para sumergirse en el carmesí, muy oscuro alrededor de la pupila y más claro sobre la esclera; su piel se tiñó de un rico color azul, enmarcado por múltiples relieves finos, que parecían cicatrices y que anunciaban su origen y linaje.
Bragui lanzó un suspiro de sorpresa, mientras que Tyr reaccionó con un gruñido de ira. Thor (que nunca había prestado atención a las lecciones de sus tutores) no supo leer los estigmas, pero le bastó el rojo sobre el azul -que gritaba "jötunn"- para que el instinto de pelear se apoderara de él. Asgard y Jötunheim habían firmado acuerdos de paz desde la época de su abuelo, pero nunca se mezclaban, y las historias y mitos siempre hablaban sobre lo salvajes que eran, traicioneros y perversos; tener uno en la misma habitación era peor que tener una serpiente venenosa, más peligroso que un grupo de elfos oscuros. Tomó el Mjolnir de su cinto y lo blandió en su mano por mero reflejo.
‒Por todos los dioses, Thor, ¡Baja eso!
Fue la mano de Tyr la que lo detuvo, a pesar del desprecio que siempre había manifestado hacia los jotnar. Incluso Bragui había perdido su aire despreocupado y se adelantó, mirándolo como pocas veces: con censura y desaprobación; para devolver ‒por fin‒ la reverencia que recibieran momentos antes.
‒Bienvenido a Asgard, Príncipe Loki, Hijo de Laufey, heredero del trono de Jötunheim y capitán de sus ejércitos.
Thor pensó en zafarse de su hermano y encajar golpe frustrado sólo para acabar con su vergüenza, pero de reojo captó la mirada de su padre y terminó de apocarse; sin importar qué estuviera pasando allí su papel era el de siempre: quedarse de pie, y observar en silencio. Por su parte, Loki no reaccionó al gesto de violencia, sabía que Odín no permitiría un asesinato a menos que lo ordenara él mismo.
‒Debo introducirle a su majestad, Odín, Padre de Todo, Rey de Asgard y protector de los mundos del Ygdrassil ‒continuó Bragui y el joven jötunn repitió la reverencia, agachando la cabeza y doblando la cintura‒. El príncipe heredero Balder, el bondadoso, General de los Einherjar. ‒Otra reverencia‒ El segundo príncipe, Tyr, el poderoso, estratega de su majestad. ‒Una más‒ Y el príncipe Thor, Señor del Trueno, General de los Berserkers.
Loki realizó una última reverencia y esperó, mas nadie presentó a Bragui, pues era el de menor rango, ya que no había sido reconocido formalmente por Odín. Después de dirigirle una mirada escrutadora, Loki le ofreció la mano.
‒Y usted debe ser Bragui, el bardo, cuya melodiosa voz es conocida y admirada incluso en Jötunheim.
El aludido estrechó su brazo soltando una carcajada y el ambiente pareció distenderse un poco; hasta que la severa voz de Odín retumbó en el cuarto.
‒Los jotnar no tienen autorizado atravesar el río Iving.
‒Su majestad, esa reconvención, aunque protocolaria, no hace falta ‒intervino Bragui una vez más, demasiado divertido como para temer a su padre‒. Si bien los acuerdos de paz estipulan que no deben abandonar los límites de las montañas, sabemos que lo hacen todo el tiempo.
‒Sí ‒apoyó Tyr, con ira reprimida‒, por generaciones se han infiltrado en los otros reinos para servir como mercenarios y espías.
Aquel era un punto álgido de la política exterior, Asgard veía los acuerdos violados hacía generaciones, pero se negaba a intervenir. A ningún ass le interesaba ir a la guerra; no cuando el único botín eran las montañas de Jötunheim, tan inhóspitas que casi no tenían vida salvaje y no se podía sembrar; sobrevivir allí era tan difícil que la superficie no albergaba a ninguna otra raza inteligente, excepto quizá a los gigantes de piedra -si es que llegaba a considerárseles inteligentes-.
‒Los jotnar hacemos lo necesario para sobrevivir ‒razonó Loki con calma‒, se podría decir que somos ayudantes de los otros reinos, para que se desarrollen a su ritmo y a su manera; pues cada mercenario jötunn sólo hace la voluntad de la persona que le contrata. No buscamos cambiar nada en el destino escrito por las Nornas.
La mención de las dísir cambió los ánimos, ninguno de los presentes se atrevería a nombrarlas a la ligera.
‒Y es justamente el destino lo que me hizo venir hasta aquí ‒continúo‒. Su majestad, el rey de Jötunheim, descendiente de Ymir, me ha enviado a confirmar una noticia alarmante y terrible; he marchado hasta los límites del continente y consultado con el Oráculo Blanco, que ha accedido a mi pedido por lo delicado de la situación… las noticias que he traído hasta usted son graves.
Loki recordó lo angustioso de su viaje, atravesando tierras para él desconocidas hasta llegar a la frontera de los Reinos Interiores, el río Gioll, donde se encontraba el templo el Vigilante. El continente se había dividido hacía generaciones; en el centro, rodeados por cumbres escarpadas estaban los campos fértiles, donde siempre era primavera y abundaba la cosecha; allí estaba Asgard, el reino eterno, y las verdes praderas de Vanaheim y Alfenheim. En la costa Oeste, donde el frío hacía casi imposible la vida, se habían asentado los jotnar y en el resto de la cordillera estaban los enanos; hacia el Este estaba Midgard, con sus estaciones cambiantes y un clima poco predecible. Más allá de Midgard estaba el Gjallrbru, el Istmo que los separaba de la tierra yerma, a donde habían expulsado a las otras razas para morir y desaparecer. "Solo que no desaparecieron", pensó Loki con amargura, los dragones de niebla, los gigantes de fuego y los Elfos oscuros seguían tan vivos como en siglos anteriores y sus números estaban aumentando. La amenaza crecía y no había hacia dónde huir, pues el continente estaba rodeado por el Ginnungagap, el mar insondable, compuesto no de agua sino de Eitr, venennso e imposible de navegar; el borde de todo lo que existía.
‒El Oráculo Blanco puede verlo todo ‒continuó‒, pero no puede ver a todos lados al mismo tiempo; nuestros propios adivinos profetizaron esta calamidad desde hace tiempo, y nuestros espías en el exterior nos informan de su inicio, he venido hasta aquí para confirmar ante usted, por letra del propio Heimdall, la situación que se cierne sobre todos nosotros.
Casi en la ribera del Gioll, en la tierra de Midgard, se encontraba el templo de Heimdall, el único hijo de Odín engendrado mediante la magia; que servía como Vigilante de Asgard, capaz de escuchar y ver todo cuanto sucedía en el Ygdrassil; sólo respondía ante su rey y no podía, de ninguna manera, haber dado información a un príncipe extranjero; a menos claro, que la supiera ya. Con movimientos lentos Loki sacó de entre los pliegues de su capa un rollo de pergamino, con el sello de lastre en perfectas condiciones, con el gravado del cuerno curvo, el símbolo de Heimdall.
Loki se inclinó con deferencia, ofreciendo el pergamino, con su corazón acelerado; si Odín se negaba a leer siquiera aquellas palabras entonces todo estaría perdido. El Padre de Todo no se movió, fue Balder quien recogió el rollo de sus manos y se lo entregó al Rey. Hubo completo silencio mientras el anciano rompía el sello y leía en silencio. La misiva era larga, pero el seidr le otorgaba una visión clara sobre todo lo escrito y a través de las fórmulas de educación y las continuas disculpas por parte de Heimdall ‒por haber prestado oído a un extranjero‒ el mensaje le quedó claro. Pasó la carta a Balder, quien comenzó a su vez a leer, con una lentitud que solo hizo aumentar la ansiedad de los demás.
Thor, por su parte sabía que no le dejarían leer aquello, al menos no por el momento; su opinión era -cuando mucho- secundaria; sintió nuevamente una ola de amargura por todo lo que estaba transpirando frente a él: su viajero extranjero era nada menos que un príncipe, debió haberlo reconocerlo, pero su descuido en los asuntos diplomáticos del reino permitió que lo tomaran por tonto. Loki ni siquiera había tenido la delicadeza de presentarse apropiadamente, en cambio había viajado como incógnito, sin séquito ni protección para exigir el auxilio del Vigilante y luego forzar una audiencia con el mismísimo Padre de Todo
Balder terminó la carta, visiblemente pálido, y tras regresarla a su padre informó a sus hermanos:
‒Heimdall ha dirigido su vista hacia los reinos más allá del Istmo; ha atestiguado, con su propia vista, a Surtur reunirse con Nídhogg y Malekith… y están reuniendo sus ejércitos.
Los otros príncipes se miraron entre sí, alarmados, eso sólo podía significar una cosa: guerra.
...
CONTINUARÁ...
