Notas:

Esta historia se relaciona con los hechos de mi otro Fanfic: Still Loving You.

Contiene spoilers de esa historia xD así que sería mejor no leerlo a menos que hayas terminado ese fanfic


–No, Arnold, no pienso cancelar nuestra cita. Fin del asunto

Helga, sentada junto a él, cruzó los brazos y cerró los ojos mirando en otra dirección.

–Amor – El chico le tomó el mentón con delicadeza, pidiéndole en ese gesto que le diera algo de atención. –, es en serio, podemos salir otro día

–¡Pero quiero salir hoy! He esperado semanas a que nos coincida una tarde libre

El chico dejó escapar una risita.

–Podemos ir al cine la próxima semana, puedo saltarme una clase

–No quiero que hagas eso por mí

–No dijiste lo mismo ayer – le dedicó una sonrisa traviesa, entrecerrando los ojos.

Helga se sonrojó, recordando con un ligero estremecimiento porqué ambos decidieron saltarse una clase.

–¡Eso no...! – pestañeó y respiró hondo, recuperando la calma, luego le dedicó una mirada segura–Por eso sí vale la pena perder una clase, no por una tonta cita en el cine...

–No tengo problema con que cambiemos los planes

El chico arqueó las cejas un par de veces y ella dejó escapar una risa, empujándolo un poco para apartarlo, haciéndolo reír.

–¿Entonces? –dijo él con una sonrisa –¿Dejamos la película para la próxima semana?

–¿Por qué insistes tanto?

–Porque, quieras o no, Olga sigue siendo tu hermana y siempre he creído que eso tiene que ser importante. Además, cuando llamó...

–¿Qué dijo para chantajearte? – interrumpió, molesta otra vez.

–No me chantajeó... solo dijo que quería hablar contigo, que estaba por aquí y que quería verte. Sonaba realmente triste.

–Felicidades, Arnold, acabas de caer en una de sus actuaciones

El chico bajó la mirada, frustrado, contemplando la bandeja de comida frente a él. No estaba seguro si seguía con apetito, pero apenas era medio día, sus clases acababan las seis y no tendría otro momento para comer algo más.

Sabía que para Helga era difícil todo lo que tuviera que ver con su familia y él mismo había discutido con Olga un par de veces, pero ella no lo habría llamado por una nimiedad y mucho menos hubiera ido hasta ahí por nada. Ellos no regresarían a Hillwood en un par de meses y si era algo urgente o grave, tal vez para ese entonces sería demasiado tarde. Trataba de mantenerse positivo, pero la vida a veces era extraña.

Volteó a ver a su novia: tenía el codo en la mesa y su rostro recargado en su mano, mirando en la dirección opuesta a él. Lo evadía. Todo su cuerpo estaba tenso. Su mirada parecía fría, pero Arnold ya había aprendido que esos eran sus ojos cuando se perdía en recuerdos dolorosos. Ella tampoco comía, pero pinchaba su hamburguesa con la punta del cuchillo, distraída, incluso falló un par de veces y a pesar del ruido pareció no notarlo.

–Helga, lo siento – dijo el chico con un suspiro triste – No quise arruinar nuestro almuerzo. Olvida todo lo que dije. Te espero en la salida sur del campus cuando terminen las clases

Ella dejó escapar un bufido de molestia.

–Lo siento, no debí involucrarme– añadió el chico.

Arnold volvió la atención a su comida, jugando distraído con la ensalada.

Pasaron unos segundos hasta que Helga volteó lentamente a verlo.

Primero notó sus manos y cómo movía una patata hacia adelante y atrás con el tenedor, sin llegar a pincharla, completamente abstraído. Luego notó el semblante abatido y los ojos tristes del chico.

Rayos

¿Por qué tenía que ser tan obstinada? Es que... bueno, era Olga. Incluso llegó a bloquearla de su teléfono porque ver su nombre en la pantalla bastaba para irritarla. Aunque ella no era la persona con el mejor humor en general, en especial cuando estaba estresada y esas últimas semanas entre clases, exámenes, ensayos y presentaciones, la estaban volviendo loca... y estaba actuando como una idiota con el chico más maravilloso del mundo.

–Arnold... yo... lo siento – dijo tomando la mano del chico.

Arnold dejó con cuidado su tenedor sobre el plato y la miró a los ojos.

Helga sintió que se derretía.

Concéntrate

Arnold sujetó con delicadeza su mano.

–Sé que tienes razón – continuó la chica –, pero con todo lo que pasó, ver a Olga está lejos de ser agradable. Además, no entiendo que podría querer. Sé que Miriam, Bob y nuestra hermana están bien, así que las posibilidades me asustan, pero... – apretó la mano del chico y él la apretó de vuelta – Helga Pataki no es una cobarde

–¿Entonces hablarás con Olga?

Ella asintió.

–Pero tengo que advertirte que incluso si todo sale bien, no estaré de buen humor –lo miró entrecerrando los ojos– Y tendrás que aguantarme, ya que esto es tu culpa

Arnold se rio.

–Como digas, Helga

–Ya entendiste

–Por suerte para ambos, sé que puedo hacer para ponerte de buen humor

–¿Y eso qué sería?

Apretando más su mano para que no escapara se acercó a ella y respiró suavemente en su oreja, causándole un cosquilleo.

–Lo mismo que hice ayer –dijo en un susurro.

–¡Arnold!

El chico le sujetó el rostro con su mano libre y la besó en los labios, empujando su lengua lentamente dentro de la boca de ella, sintiendo el roce de sus dientes y el húmedo interior de su boca.

Helga notó la calidez creciendo desde su vientre, hormigueando por cada rincón de su ser. Siempre se sentía así cuando él la besaba, incluso en aquella despedida en la azotea o con ese beso después que él dijo que no quería volver a alejarse de ella, o como todos los besos que le siguieron desde esa madrugada de San Valentín.

De pronto tuvo que apartarlo.

–¡Ya basta, cabeza de balón! – dijo – Me estás avergonzando

Arnold la miró y la besó otra vez por apenas un segundo, para luego dedicarle una sonrisa con los ojos cerrados.

Cada uno volvió la atención a sus platos y terminaron de comer comentando cómo iban sus respectivas clases y las actividades que tenían para esa semana y la que seguía.

Ese primer año de universidad estaba pasando volando. Al comienzo cada uno tuvo sus dificultades. Coordinar horarios, rendir en las clases, adaptarse a los ritmos, todo era nuevo, pero para ese entonces lo estaban llevando bien.

El frío del invierno ya se iba y en unas semanas vendría el receso de primavera. Estaban emocionados por que pasarían esos días con Phoebe y Gerald.

Era una suerte que pudieran seguir en contacto. Además de los mensajes diarios, hablaban por teléfono con sus respectivos mejores amigos cada semana y de vez en cuando hacían una llamada grupal por Teamspeak, a la que a veces se unían Lila, Nadine o Rhonda. Del resto de su antigua clase y otros amigos se mantenían al día gracias a lo que subían en sitios como MySpace o Fotolog.

Después de comer, Helga caminó con su novio hasta donde él tendría su siguiente clase. Se despidieron con un dulce beso en la puerta antes que él entrara. Ella logró escuchar como un par de chicos molestaban a su novio y que él respondía entre risas nerviosas. Eso la hizo sonreír mientras se alejaba. Una vez afuera tomó aire.

Criminal

No quiero hacer esto. Maldición. ¿Por qué dije que lo haría?

Cinco minutos más tarde estaba en el estacionamiento, arriba de su motocicleta. El motor rugió en cuanto la encendió y se dirigió a la salida. Sería un paseo rápido, tenía tiempo de sobra. Apenas se había alejado seis calles cuando se encontró en un lugar conocido. Había un local al que ella y Arnold habían ido varias veces, solían tocar jazz y había una gran variedad de platos y bebidas. Frente a ese lugar había un café a la que jamás prestó atención. En un segundo armó un plan de emergencia. Le pareció perfecto.

Se estacionó cerca y sin bajar de la moto le envió algunos mensajes a su novio que él respondió casi de inmediato, prometiendo que la acompañaría.

Mucho más tranquila decidió regresar al campus. Luego de asegurarla, se alejó de su motocicleta dispuesta a enfrentar sus problemas.

Bueno, aquí vamos

Caminó hasta su facultad y buscó donde sentarse. Era mejor terminar rápido con el asunto.

En su teléfono navegó hasta la carpeta de los números bloqueados, desmarcó el que era de Olga y seleccionó la opción de llamar.

–¡Calabacita! – dijo la mujer al otro lado de la línea.

Contestó casi de inmediato, como si hubiera estado esperando la llamada. La idea hizo que en el rostro de Helga se dibujara una mueca despectiva.

–No, basta de diminutivos –dijo –No te atrevas

–Pero

–Si vamos a hablar, lo haremos bajo mis términos. Me llamarás por mi nombre, sin apodos, ni adornos, ni nada, solo por mi nombre

Hubo un largo silencio.

–¿Cómo estás? – dijo Olga – No he sabido de ti

–Sé que llamas a Arnold para preguntar por mí, así que sabes que estoy bien

–Lo siento, es que no me contestabas

–Sí, lo sé

–¿Te dijo que quería verte?

–Así es. Hoy a las seis quince. Te enviaré la dirección por mensaje. Y Olga, no me hagas perder mi tiempo, estoy muy ocupada

–Lo imagino, ¿no es grandiosa la universidad?

–Tal vez

–Imagino que has hecho nuevos amigos

–Supongo, aunque tampoco lo necesito

–Al menos no tienes que preocuparte por salir con chicos

Helga cerró los ojos y dejó escapar un gruñido de molestia.

–Oh, qué terrible debió ser eso para ti, un montón de idiotas compitiendo por tu atención... y de alguna forma te las arreglaste para elegir siempre a los peores

–¡Helga!

–Okey, lo siento, eso fue injusto

La chica llevó su mano libre hacia su rostro, cubriendo su ojo y su frente. De inmediato pasó sus dedos por su flequillo, acomodándolo, a la vez que dejaba escapar un largo suspiro de frustración.

–Tengo que ir a clases – mintió la menor – Nos vemos, Olga

–Nos vemos, Helga

Colgó. Sus manos temblaban y una sensación de furia crecía en su estómago. No era que Olga hubiera hecho algo particularmente malo recientemente, pero los años que Arnold estuvo en San Lorenzo, todos los encuentros con su hermana terminaron en discusiones, peleas e incluso con un par de llamadas a la policía... y recordar eso la angustiaba.

Podía volver a escuchar los gritos.

Inhala

Los brazos de Suzie rodeándola, tratando de calmarla.

Exhala

El abuelo de Arnold intentaba dialogar con Olga.

Inhala

Los demás residentes intentando distraerla, mientras Helga se sentía pequeña e indefensa ante las amenazas.

Exhala

Sabía que Olga no tenía forma de llevarla lejos de la universidad y mucho menos lejos de Arnold, también sabía que su hermana había cambiado. Miriam le contó que Olga tuvo algunos problemas de salud que la alejaron del trabajo, así que... el estúpido cabeza de balón tenía razón, tenía que darle una oportunidad...

Además, su novio aceptó esperarla en el café y hasta dijo que podía intentar animarla más tarde.


–Lo mismo que hice ayer


Soltó un bufido burlesco y cerró los ojos. Rememoró la sensación de despertar con Arnold abrazándola por la espalda, sintiendo su piel, el calor de su cuerpo y su respiración en su nuca. La sujetó con fuerza por la cintura en el segundo en que ella intentó levantarse.


–No piensas dejarme así... ¿cierto, Helga Pataki?

–No sé de qué hablas

–Si sabes...

–Tenemos clases

–¿Qué importa?

–Pero, Arnold...

–Por favor... solo una vez más... te extrañé mucho... extrañé tus abrazos y tus besos... y extrañaba escucharte... decir... mi nombre...


Helga sacó uno de sus cuadernos. Necesitaba escribir lo que sentía en ese momento... el solo recuerdo parecía revivir sus sentidos. No debió pensar en eso, pero... pero a veces no podía pensar en nada más. Amaba y odiaba que él hubiera escapado de su corazón, para deslizarse bajo su piel, hasta cada rincón de su ser, entre sus dedos, entre sus cabellos... y entre sus...

¡Ya basta, Helga!

Cerró el cuaderno de golpe y bajó la mirada, sonrojada, tratando de calmarse otra vez. Respiró lentamente y revisó la hora. Ahora sí debía ir a clases.

Le envió la dirección a Olga y decidió despreocuparse.

A las seis con cinco minutos Helga estacionó su motocicleta en el mismo lugar en que lo había hecho más temprano. Ella y Arnold bajaron con cuidado y caminaron hasta el café. Olga ya estaba en una de las mesas, con una taza frente a ella y sosteniendo un libro con un aire sofisticado.

–Bueno, aquí estamos – dijo Arnold, apretando su mano –Estaré al frente

Su novia asintió y él la abrazó, dándole un beso.

–Te amo – dijo el chico.

Helga le sonrió y se quedó inmóvil, observándolo mientras cruzaba la calle y entraba al local. Vio un par de mesas libres a través de la ventana y en cuanto vio al chico tomar una, se sintió más tranquila. Arnold le hizo señas desde ahí y luego volteó para pedir algo.

–Vamos, Helga, puedes hacerlo – se dijo a sí misma – No tiene nada que usar contra ti...

Respiró hondo un par de veces y sujetando su casco y su mochila, se dirigió al interior del café.

–¿Qué hay? – dijo como saludo cuando se acercó lo suficiente a la mesa.

Apartó la silla con un gesto brusco calculado y se dejó caer en la silla con cierta agresividad. Dejó su mochila en el suelo, el casco en un rincón de la mesa y se cruzó de brazos.

Olga cerró su libro y lo dejó con delicadeza a un costado de su taza.

–Me alegra que vinieras – dijo con una sonrisa.

Arnold vio el gesto de Helga y no pudo evitar sonreír. Parecía que siempre sería así y cada aspecto de ella le encantaba. El mesero llegó con su pedido y luego de agradecer, el chico sacó su cuaderno y comenzó a dibujar, viendo de reojo como uno de los meseros se acercaba a la mesa que las hermanas compartían.

–¿Desean algo más, señoritas? – dijo el joven luego de anotar el pedido de Helga.

–Dos trozos de pastel – dijo Olga – ¿Alguno que no tenga fresas?

–Los sabores que tenemos hoy son zanahoria, limón y el de ganache de chocolate

–Uno de zanahoria y para mi hermana...

–Chocolate –respondió Helga, distraída.

–Zanahoria y chocolate – repitió el joven, anotando.

–Perfecto, ¿cuánto sería lo mío? – añadió.

–Oh, no, no, no, no – dijo Olga con rapidez – Déjame invitarte

Helga la miró por un segundo. Odiaba que la invitaran, pero estaba corta de dinero y era su hermana mayor, podía hacer una excepción.

–Está bien

El chico se retiró luego de dedicarle una sonrisa a Helga.

–Parece que le gustas – dijo con una risita la mayor en cuanto se alejó lo suficiente.

–Eso es su problema– respondió Helga con indiferencia. Bebió un sorbo de su café y continuó – Entonces...

–¿Qué tal va la universidad? ¿Te va bien?

–Lo suficiente

–¿Tienes un grupo de estudio? Es buena idea tener un grupo de estudio

–Eso está resuelto, Olga

–¿Y qué tal los dormitorios? ¿Todo bien con tu compañera de cuarto?

–Nada que reportar

El mesero volvió con el café para Helga, los dos trozos de pastel y un par de dulces.

–De cortesía – explicó el joven– ¿Algo más que pueda hacer por ustedes?

–Retirarte – dijo Helga.

–Disculpa a mi hermana – dijo Olga –. Por el momento estamos bien. Eres muy amable

El chico regresó tras el mostrador y ambas notaron que uno de sus compañeros le comentaba algo y él miraba hacia la mesa. Helga frunció el ceño.

–No les hagas caso – dijo Olga– Los chicos son así

–Excusas – respondió ella, mirando su café –. Miriam me dijo que estuviste en el hospital. ¿Es por eso que vienes a verme?

–Así es

–¿Acaso te estás muriendo de cáncer o algo así y ahora intentas enmendar tus errores?

Olga la miró espantada de que bromeara con algo tan terrible. ¿O era que su hermana en verdad pensaba algo así y su actitud era una forma de protegerse?

–Tienes razón en algo, Helga – dijo la mayor.

Los ojos de la más joven se abrieron enormes y pasando en un instante de la apatía a la sorpresa y finalmente a la preocupación.

–¿Miriam y Bob lo saben? – fue lo único que pudo decir

–Por supuesto que sí – dijo con una risita

–¿Qué te causa tanta gracia?

–Estoy tratando de enmendar mis errores... eso es en lo que acertaste

Helga se quedó congelada unos segundos antes de reaccionar.

–¡Me diste un gran susto! – reclamó, apoyando sus manos en el borde de la mesa– En verdad pensé que tú...

–Me alegra saber que te importo – interrumpió.

Helga alzó media ceja.

–¡Cállate! – dijo, cruzando los brazos y evadiendo su mirada.

La mayor soltó una risita.

–Bueno, Helga. Vine porque quería hablar contigo antes de regresar a Europa. Me iré en dos semanas y no sé cuándo volveré

–Estamos hablando – medio masculló – Y todavía no dices nada

–Yo... quería disculparme

– ¿Disculparte? ¿Tú? ¿La hermana perfecta?

–Sé que tomé muchas malas decisiones y que hice cosas que no debía hacer y en el proceso te lastimé, te lastimé terriblemente, hermani... – Helga levantó un lado de su ceja, al tiempo que daba golpecitos de molestia con uno de sus dedos – hermana...– corrigió – Supongo que puedo decirte así, ¿no?

–Es aceptable –dio un largo suspiro, tratando de relajarse–. Bueno, parece ser un rasgo familiar ¿no? Creo que todos nos hicimos daño – admitió Helga, sujetando la taza para beber un sorbo de café.

–Así fue... y ahora lo entiendo, pero tú... tú eras solo una niña... no solo mamá y papá te fallaron, yo también lo hice... yo debí...

–Criminal – interrumpió–. No empieces con eso. Soy tu hermana, no tu hija, no debiste nada... tú y yo estamos jodidas de formas distintas, pero por la misma fuente

–Eso no significa que no tuviera responsabilidad

–Éramos un desastre, Olga. La diferencia es que mientras yo dejaba que el desastre se viera por fuera, tú lo mantuviste dentro, escondido bajo capas y capas de perfección – la miró – ¿Así que finalmente explotó?

–¿Esperabas que pasara?

–Bliss me dijo que tarde o temprano podía ocurrir

–Parece que yo fui la única que no se dio cuenta...

–¿Qué pasó?

–Cometí un error en el trabajo y realmente no reaccioné muy bien – suspiró – Ahora sé que no fue algo grave y que se podía arreglar, pero mi reacción del momento fue... culparme por todo, ver todos mis errores, convencerme de que era una inútil, incapaz de cumplir con lo que se esperaba y en algún punto me dije que era como tú... y comencé a ir a terapia y entonces... entonces me di cuenta que cada vez que te gritaba y que discutía contigo, realmente... estaba enfadada conmigo...

Helga notó que su hermana estaba a punto de ponerse a llorar y le ofreció un pañuelo.

–Eso no suena muy halagador – respondió la menor con seriedad.

–Yo... lo siento. Quiero decir, todo lo malo que veía en mí misma, lo proyecté en ti, por años busqué excusas para regañarte y tratar de corregirte, creyendo que hacía lo correcto. Quiero que entiendas... no, esa no es la palabra– Cerró los ojos y tomó aire.–. Quiero que sepas –la miro– que nunca quise hacerte daño

–No me interesa

–¡Pero Calabacita! Lo siento, Helga. Yo solo pensaba que podíamos recuperar a nuestra familia si les mostraba que podía ayudarte

–No hay que ser un genio para entender eso, Olga – Bebió otro poco de su café y luego la miró. –, pero te llevo casi una década de ventaja en lo que a terapia se refiere. Pasé mucho tiempo con Bliss y sigo trabajando otras cosas. Sé lo que intentas hacer y lo respeto, pero, así como te estoy dando la oportunidad de decirme todo esto, también tengo derecho a que no sea mi maldito problema

El labio inferior de Olga comenzó a temblar.

–Oh, por favor, no vayas a hacer una escena, no aquí – añadió la chica –Solo terminemos de comer en paz y luego podemos largarnos

Olga bajó la mirada y su hermana pudo notar que sus manos se tensaban estrujando la tela de su abrigo bajo la mesa. Intentaba evitar llorar.

Helga miró por la ventana y buscó a Arnold. Un par de autos pasaron antes que lo encontrara dibujando mientras bebía algo. El chico levantó la mirada y le sonrió, para volver de inmediato la atención a su trabajo.

–No puedo seguir enojada contigo para siempre – admitió Helga de pronto

Olga levantó su rostro y secó rápidamente sus lágrimas.

–¿Lo dices en serio?

–Mira, Olga... entiendo que estás pasando por algo y sé que puede ser difícil, pero no puedes presionar a otros para que lo acepten. Sé que intentas disculparte, pero tienes que admitir que no me ayudaste mucho. Incluso antes que te fueras a la universidad, ya nos habíamos distanciado, Miriam y Bob te tenían en un pedestal y yo solo era... la niña... ¿sabes siquiera cuánto tiempo pensé que mi nombre era Olga porque así me llamaba Bob? Mi identidad era un desastre y a mis ojos tú eras todo lo que yo nunca sería...

–Pero eras libres de hacer lo que quisieras. No tienes idea de la presión por la que pasé

–Y espero jamás saberlo –medio sonrió.

–Todos esperaban que siempre hiciera todo bien – continuó, ignorando a su hermana –, que me viera bien, que hablara de la forma adecuada, que sacara notas perfectas. Todo lo que tuve que hacer. Es horrible vivir sabiendo que no puedes equivocarte, que no tienes ese derecho.

–Sí, lo imagino. Una tragedia.

Helga cortó un trozo de pastel y lo comió. Luego miró otra vez a Arnold.

Su hermana siguió su mirada y medio sonrió cuando notó que el chico estaba ahí, pero decidió pretender no haberlo visto.

–Cuando mamá y papá se divorciaron – continuó Olga –, creí que era mi deber arreglarlo. Pensé que si lo hacía podía volver a casa... y tomarme un tiempo para decidir qué quería de mi vida, pero no había hogar al que regresar. Después que te fuiste no tenía a dónde ir

–Pudiste quedarte con Miriam

–Ese no era el hogar que yo buscaba y jamás me sentí bien ahí.

–El hogar que buscabas dejó de existir mucho antes del divorcio – la miró – Olga, siempre quise saber ¿Miriam ya tenía su problema antes que te fueras a la universidad? ¿Cómo empezó eso?

–No lo sé, Helga – suspiró – Pasaba casi todo mi tiempo con papá, preparándome para los concursos, memorizando respuestas, estudiando estrategias, preparando mis exámenes. La verdad es que en toda la preparatoria casi no le puse atención a mamá, así que no sé realmente cuándo empezó. También lamento eso

–Al menos Miriam está mejor

Ambas hicieron una pausa y cada una comió otro poco de pastel.

–¿Entonces hace cuanto empezaste la terapia?

–Hace unos meses. Pero mi terapeuta cree que estaré mejor en Europa. Ya me recomendó con un conocido suyo en Francia

–Ulala, cuanta elegancia – dijo con sarcasmo – Supongo que Bob con gusto te dará algo para el viaje. Dile que si acaso le sobra dinero no me vendría mal algo de ayuda por aquí

Helga volvió a cruzar los brazos.

–No, la verdad es que papá no me ayudará. Conseguí un trabajo en una escuela. Empiezo en un mes

–Felicidades, supongo

–Lamento si lo que he dicho te ha hecho enfadar

–Ah, no te preocupes, al parecer estar enfadada es mi estado natural – trató de bromear.

Funcionó: hizo reír a Olga.

Intentaron hablar de otras cosas. Pero Helga rápidamente se aburrió y decidieron despedirse. La mayor pidió la cuenta y mientras pagaba, la menor tomó sus cosas.

–Te agradezco que hayas aceptado verme – dijo Olga.

–Agradécele a Arnold – lo indicó con un gesto de su cabeza que estaba al otro lado de la calle – Si no fuera por su insistencia, no habría venido

–Dale las gracias de mi parte

–Claro

–Adiós, Helga

–Adiós

La mejor salió del lugar y cruzó la calle para reunirse con su novio. En cuanto la vio, Arnold guardó su cuaderno y la abrazó, dándole un beso en la frente.

Cuando Olga salió del café, les hizo un gesto de despedida, que ambos respondieron y la vieron alejarse por la calle, mientras ellos se quedaban en ese lugar.

Una hora más tarde, antes que se fueran, Arnold le pidió a Helga que lo esperara un momento mientras iba al baño. Cuando el chico se alejó su mochila cayó al suelo y Helga tuvo que agacharse bajo la mesa para recoger las cosas.

–No puedo creer que haga estas cosas por el estúpido cabeza de balón – se dijo – ¿No podía cerrar su mochila? ¡Cómo puede ser tan torpe! Y a la vez... tan... dulce... cómo te desprecio... y cómo te amo...

Se sentó otra vez y decidió echar una mirada al cuaderno de dibujos. Había varios de ella, los pasó rápido porque en algunos si la había dibujado como ella le sugirió en broma alguna vez. Siguió pasando las hojas hasta la última que tenía algún trazo.

–¿Qué es...?

Miró a través de la ventana y luego el dibujo y otra vez la ventana. Arnold las había dibujado a las dos en el momento en que Helga le acercó un pañuelo a su hermana. El gesto parecía dulce, la sonrisa de agradecimiento de Olga era sincera. El ambiente era suave y cálido.

En un impulso dejó el cuaderno sobre la mesa y buscó en sus bolsillos.

Arnold regresó y vio a Helga preocupada mirando la pantalla de su teléfono. Pensó que pudo pasar algo y se apresuró a llegar junto a ella. Estaba a punto de preguntar cuando pudo ver por sobre su hombro que había escrito un mensaje para Olga.

Sonrió al notarlo y decidió retroceder un poco, dándole algo de espacio. En cuanto ella guardó el cuaderno y su teléfono, contó diez segundos y se acercó a abrazarla.

–¿Lista para irnos? – dijo.

–Sí, vamos – respondió la chica.

En el frío de la noche y sobre la motocicleta Arnold repitió en su mente lo que había leído:

¿podemos escribirnos? Envíame tu dirección de correo electrónico. Cuídate mucho allá ¿sí?


NOTA:
pd: Lo edité porque estúpidamente olvidé que en EEUU la edad para beber es de 21 años. Si leíste la versión original donde alguien bebía cerveza, no, no lo viste :D