Reproduzca la canción"Dos orugitas" para darle más sentimiento.
La gente del pueblo conversaba alegre y sonreía mientras se terminaban los últimos preparativos de la casa de aquellos que habían sido sus protectores durante décadas.
El milagro parecía perdido pero en cambio aquella familia comenzó a reconstruirse junto a su morada.
A la distancia, lejos del pueblo y bajo la sombra de las montañas que rodeaban el Encanto, una mujer observaba a la distancia.
—Mamá ¿puedo ir a ver que sucede en el pueblo?—
—Puedes ir, pero no debes dejar que nadie te vea—
—Ya lo sé, sabes que siempre soy muy cuidadoso—
—Aun así un poco de precaución extra no está de más— la mayor abrazo al niño y este se marchó corriendo.
Rara vez iban al pueblo pues el lugar que había encontrado les proveía todo lo necesario para vivir, aún así había ocasiones en las que no podías evitar visitar aquel lugar y sus malos recuerdos.
A penas ponías un pie ahí e inmediatamente todos te miraban con desagrado, las palabras que usaban para llamarte era despectivas, groseras y vulgares. No aceptaban a una madre soltera. Aunque habías aprendido a vivir con eso no querías que tú hijo tuviera que pasar por lo mismo.
Tan solo tenía 10 años, no merecía el desprecio de la gente ignorante que vivía en los alrededores. A pesar de eso, él pequeño disfrutaba acercarse y observar, en muchos momentos deseo poder disfrutar de lo que aquellos llamaban una vida normal.
Hubieras deseado una vida diferente para tu hijo pero la suerte fue echada el día que aquel que amaste te abandono. Su familia ni siquiera se preocupo, al contrario también comenzaron a verte con desprecio y horror. No negarias que al ver la casa Madrigal derrumbarse por un momento te alegraste pero después la tristeza te inundó al recordar todos aquellos lugares y recuerdo que se perdieron junto aquellos cimientos.
Poco antes de medio día tu hijo regreso y emocionado te contó como la casa se encontraba reconstruida, también mencionó que esa noche harían una fiesta para celebrar. Y entonces lo mencionó, ese nombre que se tenía prohibido.
—¿Que dijiste?— lo miraste incrédula.
—Que harán una fiesta después de la puesta de sol— dijo el menor dándole una mordida a su arepa.
—Eso lo escuché, ¿pero para quien dijiste que sería la fiesta?—
—Para la familia Madrigal— suspiraste pensando que habías escuchado mal —y para darle la bienvenida a un tal Bruno— el plato que sostenidas cayó de tus manos rompiéndose en pedazos.
—¿Mamá? ¿Estas bien?— el menor se había acercado a recoger los trozos antes de que te dañarás pero seguías en shock —¿Mamá?—
—¿Estas seguro de que hablaban de Bruno? ¿Bruno Madrigal?—
—Si, es el mismo tipo al que le hicieron una canción con coreografía y todo ¿no?—
—Si, es él— te desplomaste en el suelo.
—¡¿Estas bien?!—
—Si, es solo que...— acariciarte la mejillas de tu hijo, si tú hijo, tu sola lo pariste y lo criaste, aún así su rostro, su cabello e incluso sus expresiones eran las mismas de aquel que años atrás te robó el corazón —Mi niño creo que debo tomar una decisión muy importante en este momento—
—¿Una decisión? Puedo ayudarte a elegir si eso quieres— su mirada mostraba su amor por ti y eso fue todo lo que necesitaste, tu hijo merecía saber la verdad y sobre todo merecía la oportunidad de una vida mejor.
—Esta noche iremos al pueblo—
—No, no volveremos ahí— te abrazo —no quiero que vuelvan a hacerte llorar—
—Estaré bien— colocaste uno de esos ricos rebeldes detrás de su oreja y acariciaste su mejilla —Es momento—
Te pusiste de pie ante la confusión del menor y procediste a buscar su mejor ropa, querías que se viera lo mejor posible para la ocasión. Al momento de escoger tu ropa dudaste, estabas molesta si tenías la oportunidad de darle un golpe lo harías, se lo merecía después de todo lo que pasaste por su culpa. Aún así un extraño sentimiento de expectacion te invadió, no querías aceptarlo pero te emocionaba la idea de verlo de nuevo. Tomaste aquel vestido verde que no habías vuelto a usar desde aquella vez.
Una vez que estuvieron listos esperaron al anochecer y cuando el pueblo se encontraba vacío por qué todos estaban ya dentro de aquella fiesta comenzaron a recorrer aquel camino empedrado.
En momentos te arrepentias y detenidas tu paso.
—¡Prometo que te protegeré!— tu hijo te tomo de la mano —¡Me aseguraré de que no vuelvas a llorar!— aquella sonrisa idéntica a la de su padre te infundío valor y continuaron caminando.
Por fin tenían ante ustedes la fachada de aquel lugar que te hizo soñar, aquel lugar en el que te rompieron el corazón, aquel lugar al que volvías una vez más.
El festejo se escucha desde afuera, tenías miedo pero el agarre de tu niño te dió el valor que faltaba.
Estabas por tocar la puerta cuando está se abrió y movió en forma de saludo.
—Hola casita— dijiste con nostalgia —crees que pueda entrar sin llamar la atención— en modo de respuesta las piedras debajo de ti comenzaron a moverse atrayendote a la casa.
—¡La casa en verdad es mágica!— el menor recordó todas aquellas historias que le habías contado y sonrió emocionado.
Casita se encargo de ayudarlos a entrar en silencio y ocultarlos en un rincón.
Observaste la fiesta que se disfrutaba, la nostalgia te invadió nuevamente, cuantas veces no reíste y bailaste en esa habitación.
Entonces lo viste, sonriendo avergonzado rodeado de sus hermanas. En ese momento tu corazón comenzó a latir de nuevo como no lo creías posible.
—Quedate aqui— le dijiste a tu hijo —no dejes que te vean hasta que sea seguro— el menor asintió.
—Pero si te hacen llorar iré por ti— le sonreiste para tranquilizarlo y caminaste hacia donde todo el mundo bailaba.
Al verte, los que estaban más cerca se detuvieron y te miraban sorprendidos, los ignoraste y caminaste un poco más. En ese momento la música se detuvo, parecía que todos los presentes se habían percatado de tu presencia menos el que esperabas.
Casita se encargo de abrir camino hacia los trillizos, las mujeres te vieron sorprendidas aunque aquel que aceleraba tu corazón aún te daba la espalda. Pero al ver la reacción de sus hermanas se giro.
Cuando su mirada se cruzó con la tuya, por un momento el tiempo se detuvo, solo estaban los dos recordando todos aquellos momentos que pasaron juntos. Recordando su primer caminata por aquel rio, su primer abrazo, su primer beso. Pero eso incluía recuerdos dolorosos, recordaste como se canceló su boda por tu aparente incapacidad de tener hijos. Recordaste como Alma les prohibió seguir reunindose asegurando que tú presencia le haría daño al milagro.
Recordaste la última vez que lo viste, aquella noche que entró en tu habitación por la ventana, ese dia cada uno de sus besos tenían sabor a despedida.
Casita los ayudo y acercó a Bruno hacia ti.
—Crei... creí— tu voz se entrecortaba mientras tratabas de contener el llanto —te creí muerto—
—Lo siento— Bruno te miraba fijamente pues pensó que no habías vuelto a la casa por qué no querías recordar nada más de él —en ese momento no tenía opción—
—Me abandonaste— no pudiste contener mas tu lágrimas y estás comenzaron a caer sin control por tus mejillas —¡Nos abandonaste!—
—¡Tengo una explicación! ¡Enserio! Espera ¿Nos?—
En ese momento un pequeño de cabello rizado y piel morena se interpuso entre los dos.
—¡Alejate de mi mamá!— grito causando un sonido de sorpresa en los mayores de la familia Madrigal, pues solo ellos encontraron un reflejo de hace años en aquel niño.
—¿Mamá?— Bruno te observaba confundido, tomaste de la mano a tu niño y lo colocaste a tu lado.
—Ahora soy madre— dijiste tratando de contener el llanto. Bruno noto el parecido de aquel niño y su corazón se estrujó.
—¿Cómo se llama?—
—Bruno— sonreiste con tristeza —igual que su padre—
—¿Es cierto?— Bruno te miraba confundido —Crei que jamás podríamos...— no se atrevió a terminar aquella frase al recordar cuánto dolor les causó esa situación.
—Pensaba igual que tú pero aqui esta— sujetaste a tu niño, a tu pequeño Bruno.
—¿Él es mi padre?— pregunto el menor haciendo la misma expresión que su progenitor, asentiste.
—¡Aunque seas mi padre no dejare que te acerques a mamá!— volvió a interponerse entre ustedes mientras dejaba las lágrimas salir —¡¿Sabes cuántas veces lloro por tu culpa?! ¡Estuvo sola, llorando por el daño que le hacía el pueblo! ¡La abandonaste!—
—¿De qué habla?— Bruno te observo confundido.
—¡Nadie aquí creyó que fuera tu hijo!— soltaste en medio del llanto —¡Ni si quiera mis padres!— dejaste salir el dolor de tu corazón —¡Nadie estuvo ahí para mi! ¡Ni para él! ¡Me echaron a la calle como si de un perro se tratara! ¡Ni siquiera pude asistir al funeral de mis padres! ¡A nadie le importo si todos estos años seguía con vida!— entonces unos brazos te rodearon y al sentir esa calidez tan nostálgica comenzaste a llorar con más fuerza, mientras juntos caían al suelo.
—¡Lo siento! ¡Lo siento tanto!— Bruno te abrazaba con fuerza mientras acariciaba tu espalda buscando tranquilizarte —No merecías nada de lo que te paso ¡Es todo mi culpa!— el pelinegro cedió a las lágrimas y continuo disculpándose contigo.
El resto del pueblo se marchó para darle más privacidad a la familia, aunque la realidad es que a varios les dió vergüenza recordar las maneras despectivas en las que te llamaron. Todo el pueblo cometió el error de juzgarte.
Bruno te abrazo y lloro a tu lado hasta que tú corazón se sintió liberado. Mientras tanto el pequeño Bruno no se alejó de tu lado obsevando con recelo a cualquier otro miembro de la familia que intentara acercarse.
—Enserio lo lamento— repetía Bruno al ver que tu llanto cesaba —entenderé perfectamente si me odias—
—Odio que tengas razón— dijiste entre sollozos —como dijiste aquella vez, soy incapaz de odiarte— sonreiste y él te abrazo con más fuerza.
Bruno te ayudo a ponerte de pie, en ese momento el resto de la familia se acercó.
—¡Lo lamento _! ¡Enserio lo lamento!— Alma se acercó realmente apenada —He tomado demasiadas malas decisiones y comprenderé que no me perdones— miraste a Bruno quien te dió un asentimiento de cabeza.
—La perdono, los perdono a todos—
—Tenía razón— dijo Bruno abrazándote —tu corazón es tan puro que te es imposible odiar a alguien—
—¿Eso significa que tengo un nuevo primo?— dijo un pequeño montado en un jaguar.
—Si— sonreiste mientras empujabas al pequeño Bruno hacia el resto de la familia —Bruno, mi Bruno ellos son tu familia— el menor se resistió un poco.
—Esta bien ¡Pero si hacen llorar a mi mamá de nuevo me la llevaré!—
Sonreiste al ver cómo se iba a jugar en compañía de Antonio. Bruno te abrazo de nuevo y sonrío.
—Tal vez pienses que soy un tonto pero te sigo amando como la última vez que te vi— dijo Bruno un poco avergonzado.
—Creo que yo también— le sonreiste —a pesar de que por años jure odiarte, te amo igual que cuando pasábamos nuestros días a escondidas del pueblo—
Espero les gustará este one shot, la verdad es que llevaba algunos días con la idea en mi mente hasta que me decidí ponerla por escrito.
Gracias por leerme.
