Al nacer todos son bendecidos con un regalo de la Madre Tierra, un don con el que prometen cuidar y proteger a los demás.
A la edad de 4 años recibiste el don de curar, pero solo heridas menores por lo que te empecinaste en aprender todo lo posible de medicina y plantas útiles, muchas personas del pueblo confiaban en ti y solicitaban tus servicios.
Vivías a orillas de aquel poblado, cercas del bosque donde podrías obtener cualquier planta que llegases a necesitar. Que la gente confiara en ti era muy importante pues desde hace ya unos años tu eras el sustento de la familia. Tu padre perdió la vida en una de las muchas batallas contra los Bárbaros, los cuerpos habían quedado calcinados de tal forma que era imposible identificarlos, aún así tú madre quiso intentarlo pero lo que vio la daño de tal forma que aún no se recuperaba. Había momentos en los que estaba bien pero otros días los pasaba en cama mirando a la nada.
Por eso era tan importante que tú te mantuvieras fuerte por ti, por tu madre y por tu hermano. Kota recién cumplió los 6 años y la muerte de su padre le afecto demasiado generándole una mala actitud y un odio hacia los guardias del palacio y a cualquiera que se uniera al ejército del rey.
Ya que su don otorgado se relaciona con el agua, Kota suele pasar las tardes regando tu jardín en soledad. Sin duda tu familia está rota y eres el único soporte que queda.
Él rey parece estar dispuesto a continuar la guerra en todo lo posible, su deseo desde que subió al trono ha sido derrotar a los Bárbaros que son una gran y temible amenaza. La situación empeoró cuando hace un par de años la Reina de los Bárbaros cedió su lugar a su hijo, desde ese momento las batallas aumentaron junto con la perdida de vidas.
Pero como vivías en el pueblo aledaño al palacio tu seguridad estaba en cierto modo garantizada, o al menos eso creías.
Esa tarde, después de atender un par de pacientes, saliste al jardín a revisar tus plantas. Justo cuando estabas arrodillada inspecionando una flor un pequeño chorro de agua te tomo por sorpresa.
—¡Kota!— te giraste rápidamente.
—Estabas en mi camino— se burló el menor y al verlo no pudiste evitar sonreír, eran pocos los momentos en los que dejaba a un lado su mirada llana de odio y se permitía sonreír como cualquier niño.
—¿A si?— sonreíste —¡Veamos su vuelves a darme!— entonces comenzaste a correr por todo el jardín cuidando de no pisar los pequeños brotes del suelo.
Kota sonrió a un más y comenzó a apuntar en tu dirección mientras lanzaba chorros de agua.
—¡Nee-chan! ¡Es injusto que te muevas tanto!—
—¡Pensé que eras tan hábil que no tendrías problemas en darme!—
—¡Ya verás!—
Así fue como terminaste jugando bajo una falsa lluvia mientras el atardecer despedía el día.
Lo que ignorabas es que eras observada desde la espesura del bosque, provocando una sonrisa en la faz de aquel temible líder. No era la primera vez que se detenía y te observaba, hace unos días que había adquirido aquel hábito y entonces lo decidió.
—¡La quiero en casa para mañana!— exigió aquel rubio.
—¡Al fin!— se burló su acompañante —Me encargaré personalmente—
—No— el rubio miro una vez más en tu dirección —No debemos llamar la atención, que vaya Shinso—
—Entendido—
Cuando ya la luna brillaba en el firmamento saliste de nuevo al jardín, amabas observar las estrellas y por lo que veías mañana sería luna llena.
De pronto alguien llamo a la puerta, no era usual pero había ocasiones en las que los pobladores te llamaban por alguna emergencia. Revisaste que Kota ya estuviera dormido y proceditse a abrir la puerta.
Frente a ti estaba un joven al que nunca habías visto, tal vez era un refugiado de la guerra.
—Lamento la hora ¿Podrías revisar una herida?— preguntó y lo observaste atentamente.
—¿Quien está herido?...— tu mente quedó en blanco.
—Sigueme— Obedeciste y comenzaste a caminar detrás de Shinso, veías tú cuerpo moverse pero por más que tu mente luchaba no lograbas recuperar el control de tus extremidades.
Poco a poco se adentraron en el bosque y la oscuridad los cubrió.
No tenías idea de cuánto habían caminado pero para cuando tú captor se detuvo sentías tú cuerpo agotado.
—Eso es todo— dijo Shinso y nuevamente recupéraste el control de ti.
—Eso fue rápido— un pelirrojo se acercaba a ti.
—Buenas noches— se acercó más —me presento, soy Kirishima Eijiro—
—¿Dónde estoy?— el miedo te comenzó a invadir al comprender la situación en la que te encontrabas —¿Por qué me trajeron aqui?—
—Acompañame y lo sabras— el pelirrojo te guío a otra parte del bosque donde había una especie de campamento y te llevo a la tienda más grande.
Entraron sin llamar y frente a ti estaba alguien cuyo rostro solo habías visto en carteles de se busca.
Al parecer estaba ocupado observando un mapa pues les dirigió una mirada de desagrado.
—Vamos, no te comportes así ante tu visita— mencionó el pelirojo y en ese momento el rubio reparó en tu presencia y sonrió.
—Bien, envienla a casa y déjenla en el territorio de mi madre—
—¡Espera!— gritaste presa del miedo —¿Que van a hacer conmigo?— el temblor en tu cuerpo era visible para el rubio.
—Eso lo averiguaremos más tarde— se burló.
En ese momento alguien irrumpió en la tienda sin llamar.
—Todo está listo para atacar el pueblo por la mañana— dijo un rubio —Oh, no sabía que estabas ocupado. Así que es ella— te observo de pies a cabeza.
Ellos conversaron un poco pero tú no prestaste atención, en tu mente solo estaban tu familia y el ataque al pueblo. Tenías que hacer algo, lo que fuera para protegerlos. Una idea llegó a tu mente, un trato, aunque sabías la fama que tenía el hacer tratos con los Bárbaros pues si bien era cierto que ellos nunca rompían su palabra, al hacer un trato con ellos se perdía más de lo que se ganaba.
—Bien, llevensela— dijo Bakugou mientras se giraba para seguir con lo que estaba antes.
—¡Hagamos un trato!— soltaste presa de la desesperación.
—Te escuchó— el rubio sonrió.
Gracias por darle una oportunidad a mi historia. Espero les guste
