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Prólogo.
15 de octubre de 1483.
¿Precisa una doncella poseer un rostro hermoso?
¿Necesita acaso estar llena de gracia?
¡No, pero debe borrar las preocupaciones de un hombre
y, oh, su… cuerpo… corresponder a su amor!
Sir Thomas Stevens cantaba con voz alta y clara la alegre balada mirando hacia el horizonte cada vez más oscuro. Estaba muy borracho y reía tan fuerte que se balanceaba sobre la montura, y de no ser porque Archibald de Cornwell cabalgaba a su lado para sostenerlo, habría caído de bruces al suelo.
Archie había bebido casi tanto como Tom; rodeó con un brazo el hombro de su amigo y, en equilibrio sobre sus respectivos corceles, entonaron juntos el obsceno estribillo:
¡No, no precisa tener rostro,
ni ser delgada, ingeniosa o de sangre noble!
¡No necesita sino anhelar el abrazo de un hombre,
abrazarlo y su espada… enfundar!
Archie se enderezó y Tom de nuevo estuvo a punto de caer, pero esta vez lo sostuvo el líder del grupo, William Albert de Ardley, segundo hijo del conde de Heath. Archie sonrió con simpatía a Albert, así se hacía llamar ya que tenía el mismo nombre de su progenitor y tanto amigos, sus hombres y algunos familiares se dirigían a el por el segundo nombre, Albert arqueó una rubia ceja y le devolvió la sonrisa meneando la cabeza con resignada paciencia.
Los tres regresaban de Londres, donde Albert había participado en largas discusiones en torno a la ascensión al trono de Ricardo III.
¿Podía calificarse de usurpación la actuación de Ricardo o, por el contrario, se trataba de una acción justa y necesaria, porque el heredero legítimo del trono no era sino un muchacho de doce años, demasiado débil para gobernar un reino sacudido por lo que los poetas habían dado en llamar «la guerra de las Dos Rosas»?
Las dificultades no terminaban ahí. Durante años las distintas facciones de la rama yorkista de la familia se habían disputado el poder en pequeñas guerras dentro de otras más grandes.
La familia de William Albert de Ardley había logrado permanecer al margen de los conflictos internos. Albert, apenas un adolescente, había combatido en defensa del rey Eduardo IV contra el influyente Warwick. El reinado de Eduardo había vivido entonces un período de cierta calma. Pero a la muerte de Eduardo IV en 1483, Ricardo, duque de Gloucester, arrebató la corona a su sobrino, hijo de Eduardo y heredero del trono. Albert sabía que iban a producirse disturbios y que él no podría permanecer indiferente.
–¡Cantad, Albert! – exigió Archie-. ¡Ya conocéis la letra!
–La conoce -asintió Tom, ajustándose el sombrero-, pero no la siente. ¡Ah, todas esas bellas damas de hermosas y dulces carnes que tanto placer nos proporcionaron en la taberna del señor Walcox! – Apuntó a Albert con un dedo acusador-. Y vos no tocasteis a ninguna de ellas. ¡Qué vergüenza, milord! ¡Erais el diablo en persona antes de que el matrimonio os atrapara! ¡Nadie os superaba bebiendo cerveza y haciendo desvanecer a la más joven, hermosa y madura… dama o puta!
Albert volvió a arquear una ceja en silencio y esbozó una leve sonrisa. Sus amigos eran jóvenes, se hallaban en la flor de la vida, y habían desarrollado sus músculos a fuerza de interminables jornadas a caballo, batallas y torneos. Nacidos dentro de la lucha fratricida por la Corona entre las casas de York y Lancaster, habían sido adiestrados sin saberlo como soldados… para sobrevivir.
Y era Albert quien debía asumir tan pesada responsabilidad. Hijo segundo del conde de Heath, la tierra de la que todos provenían era propiedad de su padre.
Albert podía reunir fácilmente a un millar de secuaces; sus tierras se extendían hasta más allá de donde alcanzaba la vista y la lana que se producía en ellas era famosa al otro lado del Canal.
Algún día el hermano mayor de Albert heredaría la posición y título de su padre; pero Albert -a diferencia de muchos de los hijos menores- no había entrado en la Iglesia. En lugar de eso le habían concedido una gran extensión de aquellas tierras. Su padre había liberado a todos sus vasallos, pero Albert contaba con la lealtad de cientos de arrendatarios, terratenientes y pequeños aristócratas como Thomas y Archibald. Desde muchacho había asumido el peso de la responsabilidad que le aguardaba. Bebía con sus amigos, pero nunca se permitía alcanzar un estado de embriaguez como el de ellos. Tampoco podía permitirse permanecer al margen de la política. Albert no podía olvidar que las lealtades unas veces eran impuestas, otras escogidas, pero siempre exigían un alto precio.
Aquel día otoñal en que los tres jóvenes amigos regresaban a su hogar, todo parecía tranquilo. Sin embargo, Albert sospechaba que los campesinos no tardarían en volver a tomar las armas. Ricardo había depuesto a su sobrino y asumido la Corona, y en Londres lo habían aceptado por considerar que ésta necesitaba fortalecerse. Albert se había reservado su opinión, pero tenía la impresión de que tal vez era preferible que Ricardo -mayor, más maduro y mejor cualificado que su sobrino- tomara las riendas del reino, al menos hasta que el heredero, un muchacho irritable y resabiado, alcanzara la mayoría de edad.
Sin embargo, aquel muchacho y su hermano menor habían desaparecido de la prisión de la Torre, y corría el rumor de que Ricardo los había hecho asesinar.
En calidad de hijo de un eminente par del reino, Albert había exigido que le dejaran ver a los dos muchachos y, a pesar de las evasivas de Ricardo, no había cejado en su empeño. Entonces Buckingham, el partidario más incondicional de la ascensión al trono de Ricardo, lo había traicionado y provocado una insurrección en el sur. Albert se había negado a involucrarse tras dejar claro a Ricardo que no pensaba tomar las armas por su causa hasta que demostrara ser inocente de la muerte de los muchachos.
Así estaban las cosas aquella tarde mientras cabalgaban hacia el norte, procedentes de Londres.
Tom y Archie, ebrios; Albert, divertido pero meditabundo.
Estaba impaciente por llegar al gran castillo que acababa de mandar construir; un lugar moderno, pensado más para la comodidad que para la defensa. Era un bello hogar, y todavía más bella era la idea de que su esposa, Lisette, lo esperaba en él.
–¡Fijaos en su cara, Archie! – exclamó Tom, disgustado-. En este hombre ya no queda rastro de corrupción. Sólo piensa en ella.
Archie rió.
–Bueno, yo también lo haría si me estuviera permitido.
–Pero es su esposa -se quejó Tom-. ¡Esposas, bah! Esas delicadas criaturas de buena familia que traen consigo riqueza y propiedades. ¡Sabéis muy bien que no os está permitido divertiros con ella, mi querido amigo Albert! ¡Precisamente para eso están las mujerzuelas de las tabernas!
Albert rió y, acercando su caballo al de Thomas, le rodeó el hombro con el brazo.
–¡Thomas, Thomas! – exclamó moviendo la cabeza con melancolía-. Os equivocáis, muchacho. No es amor lo que obtenéis de una ramera. El amor que se compra jamás será tan exquisito como el que se comparte y da libremente. ¡Pensad en vuestra canción, Thomas! Mi esposa me ama y está impaciente por verme. Su rostro siempre es el más hermoso, un rostro que resplandece, con unos ojos que destellan en los míos… No, mi querido Tom, ¿cómo podría querer a otra? Desprende una fragancia tan dulce y el sabor de su piel es tan fresco como el aire de primavera… mientras vuestras rameras huelen a pocilga.
–El matrimonio ha acabado con él -concluyó Tom con tristeza.
Albert echó la cabeza hacia atrás y rió con ganas, y Archie miró sus risueños ojos -tan grises como las nubes de tormentas, cuando en realidad eran de color celestes y rió con él. Albert y Lisette eran, en efecto, una pareja feliz. Había sido una boda concertada, pero al cabo de seis meses ambos se sentían más satisfechos de lo que jamás habrían soñado. Albert era alto como un roble y musculoso como un semental; Lisette era una belleza de abundante y brillante cabello oscuro, maneras gentiles, voz musical y rostro angelical. Raras veces tenía lugar un matrimonio como el suyo; sin duda era una unión bendecida por el cielo. Y para completar su felicidad, Lisette llevaba en sus entrañas al heredero de Albert.
Tom miró a Archie con ironía.
–¡Dios mío, habla como un poeta! – Luego sonrió al hombre a quien debía lealtad-. Es hermosa, milord, como sólo los ángeles son bellos, benditos y hermosos. Y dulce… demasiado dulce y buena para vos, rudo caballero. Pero es de diversión de lo que hablamos, señor…
Archie dejó de reír.
–Vos os casasteis con una viuda adinerada y con un bigote de lo más lujurioso, Tom. ¿Qué podéis saber de la felicidad de Albert?
Albert no pudo evitar reírse del comentario. En efecto, la esposa de Thomas era hija de un rico comerciante de oro y, aunque casi tan poco agraciada como una bruja, poseía una mente ingeniosa y Albert le tenía mucho afecto.
Además, al cabo de un año de matrimonio había dado a Tom un hijo fuerte y sano, así que no tenía muchos motivos de queja.
–¡Maldito seáis, Archie! – exclamó Tom con fingido horror-. Si algún día os casáis… suponiendo que logréis encontrar una mujer que soporte la visión de esa cara bonita en un hombre, espero que vuestra esposa sea tan frígida como una monja.
Archie se disponía a replicar, pero se le atragantaron las palabras al ver el entrecejo fruncido de Albert.
Éste era un hombre alto y atractivo, de semblante agradable cuando reía, pero aterrorizador el resto del tiempo. En muchas ocasiones se había alegrado de estar de parte del joven lord, porque sabía que podía llegar a ser un enemigo letal. En esos momentos mostraba esa expresión asesina, como si en sus rasgos se hubiera proyectado la oscuridad de la noche: preocupado, cauteloso, peligroso.
–Albert, ¿qué…?
Archie siguió la mirada de su superior, clavada en algún punto lejano. Y entonces lo vio; habían llegado a una casa de campo situada en las afueras de las tierras de Albert. Anochecía y apenas se veía, pero aun en la oscuridad advirtieron que la casa había sido incendiada. El humo seguía elevándose en la noche.
Albert lanzó su caballo a galope. Archie y Tom, repentinamente sobrios, lo siguieron. Albert desmontó de un salto frente a la casa de piedra y se arrodilló junto a un viejo campesino. Le tocó el cuello y al retirar la mano examinó la sangre que le cubría los dedos. Estaba aún tibia.
Archie y Tom desmontaron y acudieron junto a Albert, quien se levantó apresuradamente, se dirigió a grandes zancadas a la humeante casa y cruzó la puerta destruida por el fuego. Archie lo siguió y se detuvo en el umbral, perplejo. Alguien había destrozado salvajemente el interior de la pequeña casa antes de prenderle fuego.
Detrás de ellos, Tom exhaló un profundo suspiro. Los tres repararon al mismo tiempo en el cuerpo de la mujer. Albert se acercó a ella y se arrodilló a su lado, mudo de horror. La habían desnudado y agredido brutalmente antes de dejarla morir entre las llamas.
–¡Dios mío! – exclamó Albert. ¿Por qué? Ned no era más que un campesino que labraba sus tierras y Edith, la esposa de un campesino… -Se le quebró la voz y de pronto se puso de pie, paralizado de terror-. ¡Dios mío!
Archie y Tom vieron el miedo reflejado en su rostro y percibieron el pánico que denotaba su voz. Sin pronunciar una palabra más, se encaminó con paso rápido hacia su caballo y lo montó de un salto. Archie y Tom corrieron tras él y montaron, ambos mudos de horror ante la reacción de su amigo.
Se había cometido un asesinato, un atroz asesinato contra campesinos pobres e inofensivos. ¿Qué les aguardaba en sus señoríos?
Recorrieron la distancia a galope tendido, los cascos de los caballos arrancando la hierba otoñal. No habían avanzado gran cosa cuando volvieron a ver humo en el cielo nocturno. Las tierras en derredor se hallaban devastadas y las casas habían sido incendiadas, los jardines pisoteados, las verjas destrozadas. El paisaje era un yermo sembrado de cadáveres.
Finalmente Albert llegó al camino que conducía a su castillo, un castillo construido para una existencia tranquila. Con horror e incredulidad vio los cadáveres de sus hombres diseminados en el puente levadizo delante del foso, el foso con los cisnes que tanto amaba Lisette.
¡Como si la masacre que había visto por el camino no hubiera sido suficiente mal presagio! Los hermosos cisnes de cuello esbelto de Lisette flotaban en charcos de sangre y ya no eran la viva imagen de la elegancia, sino desagradables cadáveres decapitados.
Archie observó a Albert desmontar del caballo con el rostro desencajado por el miedo. Se acercó al primero de sus partidarios, el leal e incondicional capitán de la guardia que yacía ensangrentado ante la puerta, donde había caído defendiéndola hasta el final. Se arrodilló y levantándole la cabeza se la sostuvo en los brazos.
–¡Sir Stafford! Soy yo, Albert. ¿Me oís? ¿Podéis hablar?
–¡Oh, señor! – El hombre reunió fuerzas para cogerle la mano-. Perdonadnos, le hemos fallado… -jadeó débilmente-. No sabíamos lo que se nos venía encima. Hombres… con armaduras, sin distintivos… ni banderolas. Cayeron sobre nosotros… los habríamos recibido en nombre del rey. Saquearon todo… y asesinaron… pero no dijeron por qué. Milord…
Tenía los ojos llorosos.
–¿Y mi esposa, sir Stafford? – preguntó Albert con apremio-. ¿Dónde está mi esposa?
Las lágrimas afluyeron a los ojos del hombre.
–No lo sé -balbuceó.
Archie se acercó a Albert y los dos cruzaron el puente a todo correr y entraron en el salón, donde reinaba el silencio… y la muerte.
Albert tropezó con una de las doncellas de Lisette. La joven había sido brutalmente asesinada y yacía en el suelo con las faldas recogidas. ¿Qué otro horror había precedido a la agonía? Otros hombres de la guardia yacían muertos o agonizantes en medio de charcos de sangre.
–¡Lisette! – Albert emitió un grito de súplica, esperanza, dolor y terror al mismo tiempo.
Salvó la distancia que lo separaba de las escaleras y, desesperado, recorrió una habitación tras otra sin dejar de pronunciar a gritos el nombre de su esposa. Pero no obtuvo respuesta. Llegó al cuarto de los niños, una pequeña habitación contigua a su alcoba, donde una cuna, prendas de algodón y hermosas sedas y linos aguardaban a su hijo. Allí encontró a Lisette, inclinada sobre la cuna con un brazo extendido, como si quisiera tocar a un bebé.
–¡Lisette! – Esta vez no fue un grito sino más bien una plegaria susurrada, un ruego, una terrible súplica que reverberó en el aire.
Empezó a temblar, incapaz de moverse, con los puños apretados a ambos costados. Finalmente avanzó un paso.
Se la veía tan serena que tal vez…
Se arrodilló y la tomó entre sus brazos. La cabeza de su esposa cayó hacia atrás y Albert vio los cardenales y la sangre del cuello.
La habían matado, al igual que a los cisnes. Sangre, sangre y más sangre…
–¡Lisette! – gritó con un dolor tan intenso que le desgarró el alma.
Sostuvo en brazos a su pobre esposa muerta y meció los tristes restos de su lozana belleza. Archie se acercó a él y contempló horrorizado cómo sostenía a Lisette, le alisaba el cabello y la mecía como si siguiera con vida.
Albert tenía el sayo y la capa de armiño blanco cubiertos de sangre. Archie jamás había visto a un hombre tan trastornado a causa del dolor. No se atrevía a hablar, pero todavía tenía que comunicar algo a Albert. De pronto éste, con voz tan áspera como el sonido del acero contra la piedra, preguntó:
–¿Qué ha ocurrido?
–Albert…
–¿Qué ha ocurrido aquí?
Archie tragó saliva y respondió con tanta calma como le fue posible.
–Geoffrey Mentheith ha muerto víctima del fuego. Los atacaron por sorpresa y sin motivo aparente. Nuestros soldados lucharon valerosamente pero no pudieron hacer nada… -Se sentía incapaz de continuar. No podía contarle el resto.
–¡Decidme todo lo que sepáis! – bramó Albert como un león herido.
–Vuestro padre también ha muerto, Albert. Y… vuestro hermano, su mujer… y su hijo. Los han matado a todos.
Albert no se movió ni parpadeó.
Le invadió una sensación de calor, un calor pegajoso y desagradable. El calor de Lisette, de su sangre, su vida. La vida del niño que había perdido antes de rendirse a la muerte.
En un rincón se oyó un llanto. Archie se movió, pero Albert no reaccionó. Bajo un armario volcado Archie encontró a la doncella de Lisette, encogida de miedo y sollozando con expresión horrorizada. Cuando Archie la tocó, ella gritó y retrocedió. Luego comprendió que era de los suyos y se arrojó a sus brazos, balbuceando incoherencias que no tardaron en cobrar sentido.
–¡Oh, mis lores! ¡Dios mío! ¡Cómo gritaba mi señora, rogando y suplicando clemencia! – sollozó la doncella-. La cogieron en el pasillo y la violaron… ¡pero no les bastó con eso! Ella les suplicó de rodillas y con lágrimas en los ojos que le perdonaran la vida, a ella y al niño. La siguieron hasta aquí…
Albert se volvió hacia la muchacha, luego tragó saliva y dejó a Lisette con delicadeza en el suelo. Lo siguiente que vio lo trastornó.
Su hijo yacía en el suelo. Después de seis meses en el seno de Lisette, había nacido muerto. Un niño perfecto, con los dedos de las manos y los pies, y todos los miembros totalmente formados.
Archie siguió la mirada de Albert.
–¡Oh, Dios mío! – exclamó.
Albert dejó a su hijo sobre el vientre de su esposa asesinada y los meció a ambos en sus brazos.
La muchacha volvió a hablar entre sollozos.
–Shhh -ordenó Archie para evitar que Albert oyera más.
Tenía miedo y aún se asustó más cuando Albert levantó del suelo a Lisette y la llevó con ternura a su alcoba, la tendió en la cama y la besó en la frente como si estuviera viva, dejando al niño a su lado.
Archie se entretuvo unos instantes en convencer a la muchacha de que los asaltantes se habían marchado y ya no corría peligro.
Luego corrió en pos de Albert, que había bajado por las escaleras con sombría determinación y se hallaba arrodillado junto a Stafford. Éste, que recibía agua de una mujer que acababa de volver de los bosques donde se había escondido, respondió a las preguntas de Albert.
–Uno de ellos dijo que vos no volveríais a insistir en ver al príncipe encerrado en la Torre. Y que a Ricardo le complacería el trabajo.
–¡Santo cielo! – exclamó Archie sin disimular su espanto-. ¡El rey no ha podido ordenar tal carnicería!
Stafford lo miró.
–Probablemente no, pero un hombre deseoso de complacerle…
–¿Cuánto hace que marcharon? ¿Adónde se dirigían? – quiso saber Albert.
Debería llorar, pensó Archie. Nadie puede soportar tanto dolor sin llorar. Pero el joven viudo -el nuevo conde de Heath- no lo hizo. Se limitó a escuchar a Stafford con atención. Antes de que éste terminara de hablar llegaron los soldados apostados en la frontera norte de la propiedad y los heridos empezaron a desfilar con sus vendajes. Albert no dijo nada, pero se hallaban detrás de él cuando se volvió. Fuera, en medio de la noche, regresaban los campesinos, artesanos y criados que habían huido. No se dieron órdenes, porque no eran necesarias. En el patio empezaron a aparecer caballos y armas, y en unos minutos se había reunido un buen contingente de soldados, muchos de ellos heridos. Albert sólo tuvo que alzar una mano para que lo siguieran.
A medianoche, después de seguir el rastro de los caballos, alcanzaron a los asesinos.
Superaban en número a las fuerzas de Albert, pero eso no importaba. Albert era un ángel vengador; la muerte encarnada. Blandía con furia la espada y la maza, sin rastro de temor. Le traía sin cuidado su seguridad y los hombres que se cruzaban en su camino caían como moscas.
Al final sólo quedaron prisioneros, hombres patéticos que gemían y se encogían de miedo, porque sabían que no podían pedir clemencia. Se negaron a hablar hasta que vieron el rostro de Albert, entonces se apresuraron a jurar que no habían tocado a su esposa ni matado a su padre y hermano.
Albert se inclinó sobre uno de ellos.
–¿Quién lo hizo? – preguntó-. ¿Quién dio la orden?
Tras una ligera vacilación el hombre respondió:
–Sir Martin Landry, que yace allí, muerto por vos, lord William. Por el amor de Dios, tened compasión. Nos aseguró que contábamos con la bendición del rey.
Ni siquiera entonces Albert creyó que Ricardo hubiera ordenado el ataque. Tal vez quisiera castigarlo o censurarlo de algún modo, pero no matando a mujeres y niños.
Sin embargo, podía muy bien haber ordenado la muerte de sus sobrinos. Y aunque no hubiera pronunciado él mismo la orden, habría podido ordenar el ataque y no enterarse de qué clase de escoria había enviado a cumplir el cometido.
Albert se volvió de espaldas a sus hombres.
–¿Qué hacemos con ellos? – preguntó Archie.
Tom se hallaba de pie al lado de Archie, silencioso y rígido, porque junto con la cuñada y el hermano de Albert había encontrado muerta a su esposa, la querida y poco agraciada joven que le había dado un hermoso hijo.
–¡Clemencia! – suplicó a gritos uno de los hombres.
Incapaz de soportar aquella palabra, Albert se volvió hacia él pero no tuvo que hacer nada; Tom ya había matado al hombre, que murió ahogado en su propia sangre. Dos hombres seguían con vida. Albert no logró hallar compasión en su corazón.
–Los mantendremos prisioneros hasta… -Respiró hondo.
De pronto uno de ellos se arrodilló a los pies de Albert.
–¡No me matéis! Fue Drew quien entró en la casa y violó a vuestra esposa. ¡Yo no la toqué! La arrojó sobre la cuna…
El hombre se interrumpió al ver la terrible expresión de Albert. Este había advertido que, a pesar de no estar herido, el hombre tenía la ropa manchada de sangre. Si no había atacado a Lisette, ¿cómo sabía que ella yacía sobre la cuna?
–Yo no la maté, no la maté. Drew…
–¡Embustero, tú fuiste el primero en poseerla! – lloriqueó Drew-. ¡No me culpes a mí…!
Albert les dio la espalda; ardía en deseos de destriparlos vivos, de torturarlos lentamente. Jamás había experimentado tal rabia y odio.
–Son asesinos, Albert -murmuró Archie-. El castigo es la muerte.
«La muerte es demasiado fácil», pensó Albert. Pero tragó saliva y se alejó.
–¡Colgadlos! – gritó por encima del hombro.
Ya habían limpiado la sangre del suelo, y los cuerpos de sus hombres habían sido lavados con delicadeza y ungidos por el sacerdote. Los enterrarían y ofrecerían misas por sus almas…
Archie y Tom permanecieron toda la noche con Albert, quien no probó bocado, ni bebió, ni durmió ni lloró. El horror y la venganza se cernían sobre él como una terrible tormenta.
Al amanecer besó las arrugadas y orgullosas mejillas de su padre, e hizo lo propio con su hermano, cuñada e hijo. También besó a la poco agraciada mujer de Tom.
Y a Lisette… La tomó entre sus brazos y, sosteniéndola con ternura, la acunó. Dio órdenes de que la enterraran junto con su hijo, el hijo que no había vivido para conocer su amor.
No se quedó para los funerales. Dejó la casa en manos de Thomas y partió con Archie y sus hombres.
Al amanecer Albert ya había trazado un plan. Se dirigía a Bretaña, donde Enrique Tudor, el pretendiente de la casa de Lancaster reunía a sus hombres y se preparaba para usurpar la Corona de Inglaterra a Ricardo III.
Enrique Tudor se alegraría de verlo.
CONTINUARA
