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Capítulo 1

15 de agosto de 1845

–¡Maldita sea! – exclamó Robert, arrojando el mensaje a la chimenea y volcando su furia sobre su joven portador-. ¿Pretendes que alimente y socorra a un ejército que se propone librar batalla contra mi rey? ¡Ni hablar! ¡Estaré con los hombres que luchan por tierra y por mar contra ese advenedizo Tudor! Ve y díselo a tu comandante, ese tal lord De Ardley. ¡Jamás! ¡Aunque el castillo fuera arrasado y sólo quedaran los buitres para picotearme los ojos! ¡Ahora vete!

El mensajero, pálido a esas alturas, se marchó. Mientras cruzaba las puertas, Robert White, señor del castillo de Edenby, dirigió una sonrisa satisfecha a su hija.

–¡Lástima que no pueda levantar las armas contra un mensajero, hija! – comentó con fingida tristeza.

Sentada ante la gran chimenea del salón y acariciando las largas orejas de un enorme podenco, Candice suspiró débilmente. Echó un vistazo a su tía Elena y a su prometido Anthony antes de volverse hacia su padre.

–Dejémoslo como está, padre, ¿de acuerdo? – dijo con firmeza-. Los principales duques, condes y varones terratenientes están haciendo lo posible por mantenerse al margen de esta disputa. En mi opinión lo más prudente es guardar silencio y esperar…

–¡Esperar! – exclamó Robert, volviéndose hacia ella acalorado. Era un hombre alto de cabello rubio ligeramente cano y lleno de fuerza y vigor, pero sabía que su hija jamás temblaría ante él. Esta vez tampoco lo hizo cuando vociferó-: ¿Y qué me dices de la lealtad? ¡Hice una promesa cuando Ricardo fue proclamado rey! Prometí apoyarlo con las armas. Y eso haré, hija. Dentro de unos días iremos al encuentro del rey… y lucharemos contra esa fiera de Tudor.

Candy sonrió dulcemente y siguió rascando las orejas del perro, dirigiendo una mirada divertida a su prometido. Éste sabía que a ella le encantaba tomar el pelo a su padre.

–¡Enrique lleva el dragón rojo de Gales como estandarte, padre! Iremos contra…

–¡Ni hablar! Ni siquiera en caso de que todos los lores galeses hubieran jurado lealtad, niña. ¡Y haz el favor de no mofarte de mí!

Anthony, que miraba fijamente el fuego al lado de Candy, se volvió hacia ésta y le guiñó un ojo, y ella se lo devolvió. Alto, cultivado y encantador, Anthony intervino con moderación.

–Su hija, mi hermosa prometida, tiene parte de razón, milord. ¡Piense en Enrique Percy, conde de Northumbria! Su bisabuelo murió luchando contra Enrique IV. Su padre murió en Towton, ¡y el condado quedó extinguido! En 1470 le devolvieron la propiedad, pero señor, puede imaginar por qué Percy está ahora de parte de la Casa de Percy, sin importarle quién sea el rey.

–Percy está de parte de Ricardo -afirmó Robert.

–Sí, pero ¿luchará? – terció Candy.

–¡Maldita sea, niña, no debería haberte enseñado a hablar de política! – se quejó Robert. Sin embargo miró a su hermana Elena con una sonrisa de disculpa que contradecía sus palabras. Se sentía orgulloso de Candice, su única hija y heredera.

Elena, a quien no podía importarle menos la política, sonrió vagamente y volvió su atención al tapiz que tejía para el dormitorio de su hija. Candy siempre había sentido mucho afecto por su tía de exótica belleza. Apenas diez años mayor que ella, Elena había enviudado joven y vivido con su hermano Robert desde la muerte de su marido. A Candy le encantaba tenerla en casa; más que una tía era como una hermana y amiga íntima, además de un bastión de paz.

–Hummm -gruñó Robert-. Enrique Tudor, ¡y un…

–¡Robert! – protestó Elena.

–… cuerno! – terminó Robert.

Rodeó a su hija y le dio una palmadita en la cabeza; luego le cogió la larga y pesada melena dorada, lo bastante larga para arrastrarla por el suelo al sentarse. Y la miró a los ojos, verdes intensos como las esmeraldas y el oro tan brillantes que hechizaban. Se le hizo un nudo en la garganta por el enorme parecido con su madre, la única mujer que había amado y que falleció cuando Candice era todavía una niña. Oh, y no sólo era hermosa, sino todo cuanto podía soñar: bondadosa, inteligente y muy consciente de sus deberes y lealtad.

Se inclinó por encima del respaldo del asiento de su hija.

–Candy -recordó-, tú viniste conmigo cuando fui a Londres a prestar juramento de fidelidad a Ricardo. ¿Permitirás que traicione mi palabra?

–No, padre -respondió Candy-, pero es cierto que la mayoría de familias nobles tienen intención de permanecer neutrales en esta lucha. Si se prolonga muchos años más, ya no quedarán nobles, padre.

–Eso no sería un inconveniente para el nuevo rey -repuso Anthony secamente-, pues se encargaría de crear nuevos.

–Esta conversación no nos llevará a nada, hija -murmuró Robert de pronto-. He jurado tomar las armas para defender al rey Ricardo. He dado mi palabra de honor y me propongo mantenerla. Anthony, llegado el momento conduciré a mis hombres para que se unan al ejército de Ricardo. Confío en que me seguirás.

Anthony inclinó la cabeza con resignación. Robert murmuró algo acerca del parentesco de Enrique Tudor que los hizo sonreír, y a continuación abandonó el salón. Elena suspiró y, tras dejar el hilo sobre la mesa, anunció que iba a ver a su hija de cinco años, Anne. Así pues, a Anthony y Candy se les presentó la oportunidad de disfrutar de unos momentos de intimidad.

Candy observó el rostro de su prometido mientras éste miraba fijamente el fuego. Sentía un gran afecto por Anthony, que solía mostrarse comedido a la hora de expresar sus opiniones; Candy sabía que examinaba los hechos con inteligencia y seriedad. De sonrisa pronta, siempre estaba dispuesto a escucharla y tenía en cuenta su parecer: sin duda era un amigo con quien podía imaginarse una agradable vida en común. También era un caballero apuesto, se dijo orgullosa. Tenía los ojos azules y amables, y el cabello rubio como el trigo. Alto y de rasgos rectos y hermosos, era un hombre bondadoso, un erudito, hábil con los números y dotado de un maravilloso talento para los idiomas.

–Algo os inquieta -observó Candy, estudiando su expresión.

Él se encogió de hombros, insatisfecho.

–Prefiero no hablar de ello -murmuró, echando un vistazo a Griswald, quien había entrado en el salón para encender los candelabros.

Candy se levantó con un ligero frú frú de sus faldas de seda y se acercó al viejo Whitman para pedirle que trajera vino. Luego le susurró con un guiño que le gustaría estar a solas con Anthony.

Whitman trajo el vino y se retiró discretamente. Anthony y Candy se sentaron a la mesa y ella le acarició una mano blanca, esperando a que hablara.

–No me opondré a vuestro padre, Candy -dijo él finalmente, bebiendo un sorbo del excelente vino-. Yo también juré lealtad a Ricardo. Pero me preocupa el asunto de los jóvenes príncipes. ¿Cómo pueden rendir honores a un rey que asesina a sus propios parientes… niños, además?

–Anthony, no hay pruebas de que Ricardo haya ordénalo la muerte de los niños -repuso Candy-, ni siquiera de que hayan muerto.

Hizo una pausa, recordando su encuentro con Ricardo en Londres. Aquel hombre le había causado honda impresión.

Aunque era de apariencia frágil, se sintió atraída por su rostro y sus ojos como imanes, que reflejaban el peso de la responsabilidad que había caído sobre él. Estaba convencida de que Ricardo no había usurpado el trono. Toda Inglaterra había tenido que habérselas con los Woodvilles, la familia del «legítimo» heredero, el hijo de su hermano. Todos, incluso los comerciantes de Inglaterra, habían acudido a Ricardo rogándole que tomara el poder para restaurar la ley, el orden y el comercio en el reino. Candy no podía creer que aquel hombre solemne que había conocido en Londres fuera capaz de asesinar.

–Me pregunto si algún día lo sabremos -murmuró Anthony. Se encogió de hombros, luego le cogió la mano y, volviéndole la palma hacia arriba, trazó una línea sonriendo arrepentido-. Nada de eso importa en realidad. Ricardo seguirá siendo rey. Enrique Tudor ha venido, es cierto, pero ni siquiera todos los lores galeses que le juraron fidelidad se han congregado en torno a su bandera. Las fuerzas de Ricardo superarán a las de Enrique en una proporción de dos a uno. – Sonrió-. Pero no hablemos de ello. No quisiera aburriros…

–Sabéis que jamás me aburre discutir de política -repuso Candy con remilgo, haciéndole reír.

–A mí tampoco, pero dado que se han leído nuestras amonestaciones y se acerca la fecha de la boda, pensé que querríais atormentarme con detalles de vuestro traje y…

–Es gris plateado. Y exquisito -se limitó a responder ella, y añadió-: Elena ha cosido cientos de perlas en él y estoy segura de que jamás habéis visto nada tan magnífico.

–¡Eso es mentira!

–Francamente, es…

–No cuestiono que el vestido sea magnífico. Sólo afirmo que lo que hay debajo es sin duda más magnífico que cualquier terciopelo o seda.

–¡Oh! – exclamó Candy en voz baja. Luego rió y lo besó apresuradamente, diciéndole que era capaz de decir las palabras más halagadoras.

Hablaron unos momentos más, y Candy se sorprendió pensando que formaban realmente una buena pareja. Se gustaban, y a él le parecía importante acudir a ella para contarle sus preocupaciones. Desde luego él no sólo ganaba una novia, sino también muchas propiedades; pero Anthony ya era rico.

Aprobaba el hecho de que ella conociera tan bien la tierra, aun cuando nunca le había revelado en qué consistía su herencia. Anthony confiaba en que gobernaran juntos su pequeño mundo, y Candy era muy consciente de que ningún otro hombre habría sido tan clarividente.

Al rato él le anunció que debía reunirse con su padre, porque si iban a unirse al ejército de Ricardo dentro de unos días habría todavía muchos asuntos que atender. Candy sonrió con aire soñador y le ofreció los labios en un beso de despedida. Una vez él salió a la luz del día, la joven se volvió hacia el hogar y con una leve sonrisa observó arder el fuego. ¡Ah, su padre era tan firme en sus principios! Media Inglaterra permanecería de brazos cruzados mientras Ricardo partía a luchar contra el usurpador, ¡pero Robert no!

De pronto sintió un ligero escalofrío. ¡Su padre, el hombre más adorable de la tierra, podía morir! Pero él estaría al mando de hombres más jóvenes, se dijo para tranquilizarse. Y la batalla no se prolongaría. Sin duda Ricardo expulsaría rápidamente a Enrique Tudor y lo enviaría de vuelta al otro lado del Canal.

Pero ¿y si…? Le dio un vuelco el corazón y tuvo que apoyarse en la repisa de la chimenea para recobrarse. De pronto pensó que si perdiera a su padre probablemente no soportaría seguir viviendo. Todavía era joven y atractivo; y, aún más importante, gentil y bondadoso. Y cuando hablaba de su madre con ese tono dulce y reverente, el amor reflejado en los ojos, ella pensaba que así era como quería que algún día la amaran, ésa era la clase de amor que quería suscitar.

–¿Meditando? No es muy propio de ti.

Candy se dio la vuelta al oír la voz burlona de Elena.

–Sólo pensaba… que estoy asustada -respondió con sinceridad.

Elena se estremeció ligeramente y Candy cayó en la cuenta de que su tía había guardado para sí sus temores desde que llegaron los primeros rumores acerca de la invasión de Enrique.

Elena se acercó al fuego y, rodeándole los hombros con un brazo, la atrajo hacia sí.

–Robert, Anthony, sir Niel y sir Rolf están fuera en el patio.

¡Hombres! Los he observado desde la ventana. Acaban de enviar a doscientos hombres a reunirse con Ricardo. Conociendo a Robert, seguro que ha mandado un mensaje prometiendo que pronto acudirá en persona.

–Jamás se me había ocurrido que… podría perder a padre. ¡Oh, Elena! ¡Le quiero tanto! Siempre ha sido todo para mí. Si…

Elena le apretó ligeramente el hombro.

–A tu padre no le ocurrirá nada; Ricardo se encargará de ello. Pero recuerda: si Robert cree que debe luchar, no hay nada que hacer. Los hombres viven por el honor.

–¿Y las mujeres no? – preguntó Candy con aspereza.

Elena no se ofendió. Sonrió, bajó la vista y, acercándose a la gran mesa del comedor, se sirvió una copa del vino que quedaba.

–El honor es una mercancía muy cara -murmuró.

–¿Qué quieres decir? – preguntó Candy con voz ronca-. ¡Elena, tú me inculcaste el significado de la palabra honor!

–Oh, sí, me considero «honorable» -aseguró Elena a Candy, todavía sonriente. Alzó su copa y brindó a la salud de Candy y de Robert, cuyo retrato colgaba sobre la chimenea-. Sólo que el amor es algo más grande. Quiero mucho a mi hija, y si el precio de su vida o seguridad fuera el honor de Robert, lo pagaría encantada. Cuando tengas hijos lo comprenderás.

Candy se volvió hacia el fuego.

–No es preciso -musitó-. Ya sé lo que es el amor.

–¡Oh, sí; Anthony! ¿Has disfrutado de momentos de intimidad con el joven galán?

Elena volvió a adoptar un tono alegre y bromista. ¿Había imaginado Candy ese lado serio y casi amargo de su tía?

Probablemente.

–¿Galán? – rió Candy a su vez-. Anthony es el hombre más encantador y angelical … ¡y sobre todo guapo.

–¡Así habla una buena prometida! – respondió Elena alegremente-. ¡Será una boda maravillosa! ¿Estás nerviosa?

–Claro -murmuró Candy.

–No tienes dudas, ¿verdad? – preguntó Elena-. ¡Oh, Candy, me alegro tanto por ti! Tu padre ha elegido a un hombre al que todos tenemos mucho afecto.

–No, no tengo dudas -respondió Candy-. Sólo que… -Vaciló, y un rubor le tiñó las mejillas. Luego soltó una risita. Si no hablaba con Elena, ¿con quién iba a hablar?-. ¡Oh, Elena!

Candy se sirvió una copa de vino y volvió a la chimenea dando unos pasos de baile.

–Anthony y yo formamos una pareja excelente. Nuestros gustos coinciden, hablamos y nos entendemos, tenemos todo en común. Él me respeta y yo lo admiro. ¡Y aún más! ¡Oh, le quiero muchísimo! Me imagino a los dos bebiendo una copa de vino frente a la chimenea, riendo de las máscaras de Navidad o sentados alegremente para comer. Sólo que…

–¿Sólo que…? – instó Elena.

–Oh, no lo sé. ¡No lo sé! – se lamentó Candy en voz baja. Se volvió y, haciendo flotar el vestido y el cabello a su alrededor, corrió hacia Elena-. Es algo que aparece en todos los sonetos, en los versos más bellos, en las baladas francesas, en Chaucer y en los idilios griegos. ¿Llega con el matrimonio, Elena? Ese prodigio, esa sensación mística que te hace morir por un beso, una caricia. Esa…

–¡Estás enamorada de la idea de estar enamorada, Candy! – replicó Elena, sagaz-. El verdadero amor es diferente, más apacible y profundo, y dura eternamente. De lo que hablas es de…

–¿Sí? – preguntó Candy con tristeza.

–Bueno, de pasión -murmuró Elena inquieta. Cruzó la habitación para volverse a sentar ante el tapiz y, cogiendo la aguja, miró un punto de la pared e hizo una pausa antes de añadir-: No vayas en pos de la pasión, Candy. Hiere a los que la persiguen… incluso a los que tropiezan con ella. Alégrate de que tú y Anthony seáis personas maduras, y de que él sea un hombre considerado y gentil, que...

–¿Eso fue para ti, Elena?

Candy se arrodilló junto a su tía. Esta miró los ojos enormes y suplicantes de su sobrina, ojos color esmeralda que brillaban hermosos y hechizantes. Se estremeció ligeramente al pensar que Candy jamás haría las cosas a medias. Era una joven atolondrada y llena de pasión; y por un instante le preocupó que Anthony no fuera la elección adecuada para ella. Era un buen hombre, pero más un erudito que un caballero; tal vez demasiado tranquilo para ese espíritu lleno de entusiasmo y ansioso de subir muy alto.

Elena se obligó a contestar la pregunta de su sobrina.

–¿Si fue un amor apasionado para mí? – Rió-. Candy, la primera vez que experimenté una gran pasión me pregunté cómo demonios había podido escribir alguien poemas de amor. Pero entonces…

–¡Te llegó! ¡Con el matrimonio! – persistió Candy-. ¡Oh, eso es lo que quiero, Elena! Un hombre que me ame como Lanzarote amó a Ginebra, como Paris a Helena.

–Un amor destructivo -advirtió Elena.

–Romántico -corrigió Candy-. Oh, Elena, ¿llegará? ¿Llegará cuando estemos casados?

¿Qué respuesta podía dar Elena?

No, nunca llegaría. No el amor que inspiraba a los poetas, que quitaba el sueño y el apetito, que hacía estremecer. Sin embargo, ella había conocido una clase de amor más comedido y comprobado que no era ni mucho menos una mujer fría. El matrimonio había resultado divertido; ambos se habían sorprendido y quedado satisfechos. Pero entonces Philip había muerto y Elena había aprendido todo acerca de la soledad.

Elena apartó los ojos de Candy y fingió centrarse en las madejas de hilo.

–Creo que quieres mucho a Anthony y que os irá muy bien a los dos. Ahora…

La puerta del gran salón se abrió de pronto. Robert entró precipitadamente, seguido de Anthony, sir Niell y sir Rolf.

–¡Dios mío, es intolerable! – bramó Robert, con el rostro encendido de cólera. Golpeó la mesa con los guantes y ordenó a Whitman a gritos que trajera carne y cerveza en abundancia.

–¿Qué ocurre, padre? – Candy se levantó de un brinco y corrió hacia él. Echó un vistazo a sir Rolf Baughmann un viejo y querido amigo de su padre, y al joven y atractivo sir Niell, compañero inseparable de Anthony.

–¡Juro que ese tal William de Ardley se arrepentirá del día que nació! – exclamó Robert-. ¡Fíjate en este mensaje, hija! ¡Léelo!

Anthony se encogió bajo la mirada de Candy y le indicó con un gesto que leyera la carta. Ella vio el sello roto del sobre y lo abrió. La caligrafía parecía bastante refinada, pero el mensaje en sí era insolente y presuntuoso, y -como su padre había afirmado- resultaba intolerable. Iba dirigido a Robert White, duque de Edenby.

Estimado señor:

Yo, William Albert de Ardley, fiel partidario de Enrique Tudor, os ruego con la mayor solemnidad que os retractéis de vuestra postura, defendáis vuestro título, tierras y honor, y volquéis vuestra energía y medios en la causa de Enrique Tudor. Si entregáis el castillo y vuestros hombres sin demora, os doy mi palabra que nadie en vuestros dominios resultará herido, ni será despojado de sus propiedades, honor u hogar.

Nunca subrayaré demasiado la importancia de vuestras acciones amistosas para con Enrique Tudor, el heredero de la Casa de Lancaster de la Corona de Inglaterra. Os suplico, sir, que abráis las puertas y nos invitéis a vuestra mesa.

Cordialmente.

William A. de Ardley, conde de Heath. Por orden de Enrique Tudor, Casa de Lancaster.

Candy miró fijamente a su padre.

–¡Qué insolencia! – Fue todo lo que se le ocurrió decir, pero mientras pronunciaba esas palabras experimentó un escalofrío, como si hubiera visto salir de la tumba a un muerto.

–¡Es ultrajante! – exclamó Robert-. Y ese William de Ardley recibirá muy pronto una respuesta. ¡Anthony, asegúrate de que acompañan al mensajero a las puertas y las atrancan detrás de él! ¡Sir Niell, llamad al sacerdote para que venga a bendecir a nuestros hombres y esfuerzos! ¡Rolf, tú y yo revisaremos las municiones, porque vamos a detener a ese insolente enviado del diablo con el mismo fuego del infierno!

–Padre… -empezó Candy.

Pero él no la escuchaba. Le dio una palmadita en el hombro y se marchó a grandes zancadas. Anthony la miró unos instantes a los ojos.

La joven quería hablar, quería detenerlos, pero era demasiado tarde. Era como si se hubiera puesto en marcha algo irrefrenable. La expresión de Anthony era pensativa y triste.

Candy levantó una mano para detener a su padre, pero éste ya había salido. Se volvió hacia Elena, que le devolvió la mirada, paralizada.

–¿Qué ha ocurrido? – murmuró Elena-. ¿Qué se proponen?

Al anochecer se hizo evidente la respuesta. Edenby se había sumado a la lucha por la Corona de Inglaterra incluso antes de que comenzara la batalla. El castillo de Edenby se preparó para el asedio; mientras, los hombres de Enrique, apostados a las puertas del castillo, se organizaban para el ataque. Contaban con cañones, catapultas y arietes; Edenby tenía murallas casi inexpugnables. A lo largo de la primera noche, los arcos de Robert lanzaron una lluvia de flechas en llamas sobre los invasores. Breas y alquitranes hirviendo cayeron en cascada desde lo alto de los muros. Uno tras otro, se disparaban los cañones, y las piedras y rocas se tambaleaban y estremecían. La herrería fue lo primero en prender y se quemó hasta los cimientos; la curtiduría quedó arrasada y estallaron en llamas muchas otras dependencias de madera. Sin embargo Edenby era una fortaleza resistente, sobre todo en estado de sitio. Robert no podía creer que los hombres de De Ardley aguantaran tanto.

Enrique necesitaría hombres como aquellos para combatir a Ricardo. Transcurrió la segunda noche sin novedad, aunque al amanecer se produjo un nuevo ataque. Por la tarde llegó un nuevo mensaje de De Ardley pidiendo la rendición.

Señor:

Me agradaría abandonar en breve este lugar, pero Enrique se siente muy ofendido por vuestra actitud y ha ordenado tomar el castillo. Afirma que la relación entre los Tudor y los White viene de antiguo y le ha herido profundamente el hecho de que hayáis levantado las armas contra él. De nuevo os ruego que os rindáis, sir, porque he recibido órdenes de no mostrar compasión ni clemencia si nos vemos obligados a tomar el castillo por la fuerza.

William A. de Ardley.

–¡No mostrar clemencia! – bramó Robert, arrojando la carta al suelo-. ¡No será preciso! ¡Menudo estúpido! ¿Aún no se ha convencido de que mi fortaleza es inexpugnable?

Al parecer no era así, porque los cañones y catapultas asediaron las murallas el tercer día, y el cuarto.

Aquella noche, Candy subió con su padre al parapeto para contemplar los campos al otro lado de las murallas, donde había acampado un contingente enemigo. A juzgar por sus movimientos, tenían intención de derribar las puertas y escalar los muros al día siguiente. ¡Menuda infamia! Dentro de los confines del castillo Candy oía los gemidos de los heridos, el llanto de los que acababan de perder a sus seres queridos. Le escocían los ojos del humo acre que seguía elevándose de las dependencias incendiadas.

¡Cuánto odiaba a William de Ardley! ¿Cómo se atrevía a venir aquí a hacer la guerra contra ellos? Lo odiaba y lo temía, porque aunque Edenby había hecho frente una y otra vez el fuego de los cañones, no resistiría eternamente a fuerzas poderosas. Deseó que el ejército de su padre no hubiera sido enviado por delante a reunirse con Ricardo.

–Podemos esperar -sugirió Anthony a Robert, con los nudillos blancos de aferrarse al muro para contemplar las hogueras de los campamentos-. Esperar y rezar para que Enrique los llame para combatir contra Ricardo lejos de aquí, antes de que causen más daño. Con un poco de suerte Ricardo, que sigue al mando de tantos de nuestros hombres, hará frente a Enrique Tudor y estaremos a salvo.

Sin embargo Robert no estaba tan seguro. Ambos se volvieron hacia la parte más vulnerable de la muralla, por donde los hombres intentarían escalarla.

–Debemos salir con sigilo esta noche y mermar como sea las fuerzas que nos atacan.

–¡No, padre! – gritó Candy-. No puedes ir. Eres el señor del castillo y no puedes correr el riesgo…

–No puedo enviar a los hombres a combatir en mi nombre si yo no voy con ellos -replicó Robert con suavidad.

Abrazó a su hija y le acarició el cabello, sonriente. Miró a Anthony por encima de la cabeza de ésta y sólo cuando el joven se hubo retirado Candy comprendió que su padre ya había dado la orden de que saliera por la puerta una hueste de hombres.

Robert le levantó la barbilla y la miró a los ojos con una dulce sonrisa.

–No debes tener miedo, hija mía -dijo-. Dios está conmigo y venceré al enemigo.

Candy trató en vano de sonreír y volvió a echarle los brazos al cuello. Luego cruzaron de nuevo el castillo en dirección al patio y las grandes puertas. Candy observó a su padre alzar una mano. Los hombres lo siguieron en silencio y descendieron por el muro para asaltar el campamento enemigo aprovechando la oscuridad.

En la parte superior del muro vio a Anthony mirarla. Le devolvió la mirada con todo el amor que podía expresar y, llevándose la mano a los labios, le envió un beso.

Él se apresuró a bajar. La estrechó entre sus brazos y la besó con un ardor que prendió fuego en el interior de Candy. Sintió el calor de los brazos de Anthony, aquel cuerpo firme contra el suyo…

Y entonces él se marchó, mientras ella sonreía y se decía que eso era la pasión, el amor, la necesidad de que vuelvan a tocarte. ¡Oh, Anthony! Pero el joven había llegado al muro y desaparecido en la oscuridad.

La noche la envolvió y de pronto se sintió terriblemente sola. Elena había ido a acostar a Anne. Le habría agradado la compañía del sacerdote, pero estaba demasiado ocupado repartiendo bendiciones.

Se hallaba sola en medio del silencio.

Y de pronto se oyeron gritos y la noche entró en erupción. Seguía sola cuando los hombres entraron arrastrando el cuerpo de su prometido por la puerta entreabierta.

–¡Anthony! ¡Oh, Dios, no!

Los hombres de su padre la rodearon y sir Rolf le comunicó que Anthony había luchado con valor y coraje.

Candy no podía dejar de mirar horrorizada el rostro orgulloso, erudito y hermoso de su prometido; la luz de sus ojos azules apagada para siempre.

–¡Oh, Anthony!

Sin dar crédito a sus ojos trató de besarlo, luego se miró las manos que lo habían tocado y gritó, porque estaban manchadas de la sangre que manaba de la herida en el cuello de Anthony.

Pero aún le esperaba un horror mayor y fue sir Niell quien le comunicó consternado la noticia.

Lord Robert de Edenby no había vuelto de la incursión. Niell y Rolf se proponían salir en su busca, pero Candy dijo que no lo permitiría si no era con ella a la cabeza.

–En ausencia de mi padre soy yo quien da las órdenes -dijo con frialdad, y a pesar de las protestas fue ella quien finalmente bajó al otro lado del muro a fin de buscar entre los cadáveres.

Así, fue Candy quien tropezó con su padre, mortalmente herido pero todavía con vida. Rompió a llorar y, cayendo de rodillas, lo estrechó contra su pecho. Le limpió la sangre del rostro con la falda y le tranquilizó, prometiéndole que todo iría bien.

–¡Queridísima hija, dulce niña, ángel mío! – Las palabras le brotaban jadeantes del pecho, y las manos le temblaron cuando las levantó para acariciar la cara de su hija-. Niña, ahora serás tú…

–¡No, padre! Te curaré las heridas y…

–Ya lo haces con tus lágrimas -susurró él-. Sé que me ha llegado la hora. Dejo todo en tus manos con el mayor orgullo. Nuestro honor, nuestra lealtad. Ahora serás tú quien gobierne, Candice. Ve con tiento, sé leal y cuida de los que te sirven. ¡Ánimo! No te rindas jamás. Y no dejes que nuestra gente sufra en vano. Anthony te guiará a partir de ahora, Candy. Te casarás y…

Una violenta convulsión sacudió a Robert, y ya no volvió a hablar.

Las lágrimas corrían por las mejillas de Candy mientras mecía a su padre en sus brazos. Éste no se había enterado de que Anthony había emprendido el camino hacia el cielo antes que él; nunca sabría lo terriblemente perdida que se encontraba ahora.

Sir Niell se acercó a ella y la ayudó a ponerse en pie.

–Debemos entrar, Candice. El enemigo sigue por aquí, deprisa…

–¡No, el cuerpo… el cuerpo de mi padre! No lo dejaré a merced de los buitres.

Así pues, llevaron a Robert al interior del castillo. Manchada de sangre, Candy subió al parapeto, que estaba desierto. Sintió el aire de la noche en las mejillas y juró por el espíritu de su padre muerto que no se rendiría. A continuación juró a Anthony que su amor no había perecido en vano.

–¡De Ardley! – gritó al viento de la noche-. ¡William de Ardley! ¡Os venceré, lo juro!

Pero aquella noche sus sollozos contradijeron tan orgulloso grito. No podía creer que hubiese perdido a su padre, que nunca llamaría marido a Anthony, que el mundo que había conocido y amado jamás volvería a ser el mismo.

Finalmente exhausta, recostó la cabeza contra el muro de piedra y repitió las palabras de su padre.

–No te rindas jamás.

Los hombres de De Ardley volverían a enfrentarse contra los suyos, lo sabía. Y le quedaban muy pocos recursos. Ah, pero ya se le ocurriría algún plan.

–No te rindas jamás.

CONTINUARA