Capítulo 1
7 a. m.
Esa era la hora que marcaba el reloj en la mesita de noche. Miré el resplandor morado que emanaba de la coleta que tenía en la mano. Aún estaba en la cama, observando embobada el objeto mientras jugaba con él.
Respiré pesadamente, quitando las sábanas para levantarme por fin. Me apresure en arreglarme para bajar a desayunar. Me vestí con el uniforme azul marino, usando la falda y la blusa a juego. La mayoría de mis compañeros lo detestaron, ya que les impidió lucir su propia ropa, pero a mí no me disgustaba la idea. Además, era bonito.
Cuando bajé al comedor, no me sorprendí al no ver a nadie. Mis padres seguramente seguían durmiendo. No le di importancia y me puse a preparar el desayuno. Poco después o pasos para acercarse a la sala. Suponía que el ruido de la cocina los había despertado.
—¡Buenos días, Chihiro! —saludó mamá al verme despierta.
—Buen día, cariño —mi padre se acercó para coger el periódico que había en la mesa. Le gustó leer las noticias de buena mañana.
—¿Quieres que te ayude con eso? —se ofreció mi madre, la cual estaba haciendo ademán de sentarse en la silla, quedando a medio camino.
—No hace falta. Ya está casi todo hecho. Siéntate —dije despreocupadamente mientras vertía el agua sobrante del arroz en el fregadero. No me hizo falta girarme para saber que no tardó mucho en hacerme caso y sentarse. Cuando terminé, deposité los cuencos y acomodé lo que quedó para la mesa. Esperaron a que me sentara con ellos para empezar de una vez.
—¡Qué aproveche! —desearon, así como también lo hice yo, juntando mis manos antes de agarrar los palillos.
—Siempre te luces en las comidas, cariño —elogió mi madre, tomando un poco de las verduras que había freído.
—Gracias, mamá —le sonreí cálidamente. No es que aportaran mucho, pero al menos estaban agradecidos. Un punto a su favor.
No habían cambiado mucho desde que volvimos del Reino de los Espíritus, ni siquiera una pizca. Ellos no lo grabaron, pero yo sí. Lo recordaba todos los días de mi vida, a cada hora, a cada minuto. Durante 7 largos años.
Tantos tiempo esperando algo que no parecía llegar nunca. Una promesa que se desvanecía como el viento.
Me obligué a no pensar en ello, no me hacía bien. Me dolía más de lo que se suponía que tenía que hacerlo. Pero era algo que no podía controlar.
—¿Cómo vas con los exámenes? —papá ojeó las páginas.
—¡Eso! Ya te queda muy poco, ¿no? ¡El año que viene será veterano por fin!
—Lo llevo bastante bien. Espero poder entrar a la Facultad de Bellas Artes con las notas que estoy llevando —comenté, sin poder evitar mi emoción. Era algo que me ilusionaba mucho.
—¡Seguro que lo consigues, cielo! —mamá logró mi mano y le dio un ligero apretón.
—Eso espero —dije con determinación. Me levanté de la mesa retirando mi vajilla, habiendo terminado de desayunar, para depositarla en la cocina y lavarla un poco. Se quedaron charlando sobre temas que tienen que ver con el trabajo de mi padre en la oficina mientras yo subía a por mi mochila. Al volverme dirigí a la puerta—. Me voy ya, ¡pasad un buen día!
—¡Igualmente, cariño! —los oi respondedores antes de cerrar. Abrí la puerta de la verja y me encaminé calle abajo para ir al instituto.
El ambiente de la mañana era bastante tranquilo en el pueblo. A pesar del paso de los años, se probablemente igual al día en el que llegué con mis padres. Saludé a varias personas mayores que me encontraron en el camino. Era agradable vivir allí, al principio estuve asustada por el gran cambio, pero después de todo lo que pasó en el mundo de los espíritus pude darme cuenta de que en la vida hay muchos cambios que debemos afrontar con valentía.
Me habian enseñado tanto...
—¡Chihiro! —levanté la vista para encontrar a Nara saludando y corriendo a mi encuentro. Sonreí al ver su entusiasmo—. ¡Buenos días! ¿Otra vez en las nubes? Algún día tendrás un susto por andar distraído.
—Ya, tengo la cabeza en otra parte —admití, caminando a su lado.
—¿Estás preocupada por las pruebas?
—Sí, aunque intento no pensar mucho en ello —en parte era verdad.
Había conocido a Nara cuando empezó el colegio después de mi regreso, o llegó, según se quiera ver. Fue la primera amiga que hice y la única que había perdurado a lo largo de los años. Las amistades sinceras e incondicionales no eran lo más común.
—¡Ni te preocupes por eso! Tienes mucho talento. Solo tienes que aplicarte en sacar las mejores notas para poder ingresar en la lista el año que viene. ¡Seguro que te va muy bien, ya verás! —me animó, dándome un codazo.
—Si tú lo dices... Por cierto, ¿ya sabes lo que quieres hacer? —miré de lado curiosa. Vi una mueca de disgusto y frustración en su rostro.
—Que va... Estoy igual de indecisa. La universidad es demasiado seria, yo necesito algo con más chispa —chasqueó los dedos, realzó la palabra.
—Totalmente de acuerdo —reí. Divisé el edificio no muy lejos en la distancia.
—Oye, oye —entrelazó mi brazo con el suyo con efusividad, dando palmadas en mi brazo—. Hace tiempo que no te pregunto, ¿sigues sin saber nada de él?
—¿De quién? —mi corazón palpitó más rápido de lo normal ante la pregunta inesperada. Aceleré el paso con la esperanza de huir de lo que sabía que iba a venir.
—Sabes muy bien de quién habla —alzó las cejas con pillería. Cerré los ojos por un breve instante.
—No... —notó desánimo en mi tono de voz, ya que esbozó una sonrisa de disculpa y me apretó con cariño el brazo.
—No te preocupes. Tiempo al tiempo. Lo volverás a ver algún día, estoy seguro. Os reencontrásteis después de todo, puede pasar una segunda vez.
Intenté sonreír lo mejor que pude. El tema era doloroso para mi. Al principio siempre había tenido esa energía y fe ciega de que cumpliera la promesa que me hizo hace tantos años. Pero con el tiempo, esa esperanza se volvió frágil como el cristal y se fue resquebrajando poco a poco, cruelmente.
«A estas alturas, no creo que suceda...»
Tuvo siete largos años para presentarse y no lo hizo. Cerca del año, me planté en la puerta que separó los dos mundos, pero al otro lado no había nada cuando crucé. Solo un extenso prado verde.
Llegué a pensar que mi mente lo había inventado todo en un delirio para evadirme de la soledad que sentía. Pero cada vez que aquel pensamiento pasaba por mi cabeza, recordaba la banda de pelo que me había regalado Zeniba y que con tanto cariño habían hecho Sin Cara y Bo para mí.
Todo había sido real. Hacer.
«¿Me has olvidado, después de todo, Haku?»
El timbre que marcó el inicio de la jornada escolar me devolvió a la realidad. Pestañeé varias veces, intentando dejar de lado mis pensamientos sobre el tema. Iba a ser un día duro en el colegio, no podía tener la mente ocupada con cosas que no estaban en mi poder resolver.
—Venga, vamos a llegar tarde —le dije a Nara, corriendo hacia las escaleras de la entrada. Oí el bufido de la pelinegra no muy lejos de mí, quejándose por lo bajo mientras caminábamos hacia nuestra aula.
—Encima hoy toca arte, ¡qué sufrimiento! —se dejó caer en el pupitre, tapando su rostro entre sus brazos.
—No sé para qué te apuntaste si detestas pintar —colgué la mochila en el asa que tenía al costado de mi mesa y saqué los libros de texto.
—Porque nada de lo que hay en este maldito colegio me interesa lo suficiente como para elegir —suspiró—. Así que, puestos a elegir, mejor ir contigo que amargarme yo sola en otra asignatura.
—Gracias, por la parte que me toca —reí con ironía.
—Por lo menos yo le doy vidilla a esa clase. Si fuera por vosotros os morís del aburrimiento —dijo con aires de altanería.
—Bueno, tengo que reconocer que tus obras son... muy curiosas.
—Lo que pasa es que no sabéis entender mi arte —se irguió en su postura, gesticulando con las manos.
—Sí, claro —hice mi mayor esfuerzo por no reír al recordar la última tarea que se presentó. Al señor Nakamura casi le da un infarto—. Me temo que tendrás que dar otra "visión" a tus obras maestras, si quieres terminar el año con un aprobado —sopló en respuesta, echándose las manos a la cabeza. Negué levemente, divertido por su actitud.
Descubrí que adoraba la pintura al poco tiempo de regresar del mundo de los espíritus. De alguna manera, encontré consuelo y tranquilidad entre los lienzos, pinceles, cuadernos y colores. Ayudaba a que la espera no fuera tan larga.
—¡Buenos días! —alcé la vista para encontrarme con Daichi. Miró hacia el pupitre que estaba a mi lado, frunciendo el ceño ligeramente—. Supongo que no para todos... —devolvió su vista a mí, preguntando con la mirada. Le hice un gesto de despreocupación con la mano. Alzó los hombros y se colocó detrás del asiento de Nara.
Daichi era un compañero de clase con el que Nara y yo solíamos llevarnos bastante bien. Al menos era el único que no rehuía nuestra compañía desde la primaria. Bueno, que no le importaba relacionarse conmigo, más bien.
No era la más popular de mi clase, ni mucho menos del instituto. Tampoco lo quería, para ser sincera. Por un tiempo, fui la nueva del colegio cuando me incorporé una mitad de semestre después de la mudanza. Toda esa curiosidad e intriga que conllevaba se evaporó casi inmediatamente.
Por el pueblo circularon rumores sobre nuestra "desaparición". Mis padres se vieron muy confundidos cuando les preguntaron la causa de su ausencia durante ese tiempo y no supieron muy bien qué decir al respecto, ya que ni ellos mismos se acordaban. Y yo no podía simplemente decir que los mejores en cerdos y que nos habíamos retrasado unos cuantos días mientras transportaba de sacarlos de un mundo mágico. Hombres habrían tomado por loca.
La gente empezó a elucubrar todo tipo de chismes; si hubiera sido cosa de espíritus, brujería... Eran muy supersticiosos. Desde entonces, los chicos y chicas de mi clase no querían tener mucho que ver conmigo. Llegue a pensar que me tenian miedo.
Pueblo pequeño, infierno grande.
Con el tiempo la situación parecía mejorar. Digamos que se estaban acostumbrando a nuestra presencia.
Aunque no todo fue malo, poco después conocí a Nara un día en el recreo. Le compartí mi almuerzo en vista de que ella no había llevado aquel día ya nadie parecía importarle. Con eso fue suficiente para que le cayera bien, aparentemente.
"Gánate a la gente por su estómago" —había dicho entre bocado y bocado, contenta.
Salí de mis indagaciones cuando vi a la profesora entrar para darnos la primera clase del día. Como siempre, Nara no tenía los deberes hechos y tuve que prestárselos para que no la pillaran y tuviera que hacer horas extra de limpieza después de clases.
Una vez terminamos pasamos a mi parte favorita del día; ir a la sala de arte. Me senté frente a la mesa, la adecué a mi estatura y ordené todos los utensilios que necesitaba para empezar la lección.
—Hoy optaremos por recrear un boceto original, para variar —el señor Nakamura se paseó por toda la sala con las manos tras su espalda. Algunos rieron por lo bajo ante la ironía. A él le encantaba que improvisáramos en nuestros trabajos—. Demostrad a través del trazo lo que sentís. De nada vale una obra si no transmite algo, aunque sea una mínima emoción. Tenéis una hora y media para entregar —miró su reloj de muñeca—. Desde ahora.
De inmediato, todos se pusieron manos a la obra. Yo en cambio, lo primero que hice fue llevar mis ojos a la ventana. Me gusta estar justo en esa posición. Poder mirar el bosque que había al otro lado del pueblo, los colores que brillaban con la luz del sol.
Pero sobretodo, me encantaba ver el cielo.
Lo observé por un momento, sin soltar el pincel que tenía en la mano. Escudriñé cada línea de las nubes que pasaban con lentitud, esperando inconscientemente un resplandor turquesa aparecer de la nada. Lo imaginé allí mismo, deslizándose a través del viento.
Antes de que pudiera darme cuenta, ya había comenzado a trazar sobre el papel.
