Capítulo 2

—Venga, ¿por qué no quieres mostrarlo? —susurró Nara a mi lado.

—Porque no era esto lo que quería hacer —dije en el mismo tono, llevándome la mano a la frente con frustración.

—Pero si te ha quedado espectacular. Vamos, mujer, ¡ya me gustaría tener tu talento!

Por mucho que intentara convencerme, ni loca mostraría eso a toda la clase. Se me había ido de las manos. Al final tanta distracción me había pasado factura. El profesor seguía llamando a más alumnos y cada vez se iba acercando mi turno. Era agonizante esa sensación.

Miré mi dibujo una vez más. Las líneas habían quedado perfectas, ni muy finas ni muy gruesas. Había conseguido los colores adecuados y todo parecía en orden con las nuevas técnicas que había aprendido. Lo que estaba mal era lo que mostraba el dibujo.

Apreté mis manos en los bordes del cuaderno y con una mueca posé mi frente sobre él.

«¡Qué vergüenza!»

—Chihiro Ogino —levanté con rapidez mi vista, quedando estática en mi asiento—. Tu turno.

Con un codazo, Nara me ayudó a salir del trance en el que me había metido. Con un asentimiento, tomé el cuaderno y me levanté para dirigirme al frente de la sala. Tragué saliva cuando vi a todos mirando en mi dirección. Estaba claro que ser el centro de atención no era mi pasión.

—Por favor, muéstranos tu trabajo —el señor Nakamura me animó con una sonrisa, apoyado en el borde de su mesa.

Con las manos ligeramente temblorosas alcé el cuaderno y lo mantuve en alto. Hubo varios sonidos y murmullos, algunos de asombro, otros de curiosidad.

—Bien, antes de que nos digas lo que representa tu obra, probemos a tratar de adivinarlo nosotros —miró al frente, donde se encontraban todos en sus pupitres—. ¿Algún voluntario? —Nara levantó la mano enseguida—. Alguien que no sea Yoshida, si es posible —la pelinegra bajó la mano con una mueca, me miró y se disculpó con la mirada. No podía hacer nada por ayudarme en esa ocasión—. A ver, Hana, ¿qué te transmite lo que ves?

La chica frunció un poco el ceño cuando bajó la mano, analizando el dibujo como si se tratara de un manuscrito difícil de descifrar.

—Creo que quiere demostrar anhelo —me sorprendí por la suposición.

—Yo creo que es más bien tristeza.

—No tenéis ni idea, está claro que tiene un aire nostálgico. Mirad las líneas de las nubes, y ese color azul verdoso...

Todos empezaron a dar su opinión mientras yo notaba mi rostro arder por el bochorno. Nunca había deseado tanto en mi vida desaparecer, aunque tan solo fuera por unos minutos.

—Bueno, bueno, calmaos. Ya veo que hay bastantes opiniones. Ogino, —mi mirada salió disparada con nerviosismo hacia el docente—¿tendrías la bondad de esclarecer las dudas que nos han surgido, por favor?

Con un último asentimiento, tomé aire entrecortadamente e intenté tranquilizarme.

—En realidad, esta obra ha sido improvisada. No tenía intención de recrear este concepto, para ser sincera —hice una pausa antes de continuar—. Cuando era pequeña, solía ir con mis padres para hacer picnics al campo. Un día decidieron probar con un lugar nuevo. Las orillas del río Kohaku eran muy conocidas por aquel entonces —tragué saliva pesadamente—. Después de comer, decidí ir a jugar por la ribera. En un momento dado, tropecé con una piedra y uno de los zapatos que llevaba puestos cayó al río. No lo pensé mucho y quise ir a buscarlo, así que no dudé en saltar para cogerlo. Sin embargo, no sabía nadar demasiado bien y al llegar a la parte del río donde se encontraba, noté que me costaba mantenerme a flote.

Ni un sonido se dejó escuchar en todo el salón, todos estaban pendientes de mi relato, casi parecían cautivados.

—Cubría demasiado para mí y sin poder evitarlo, me hundí en las profundidades —una exhalación entrecortada seguida de un murmullo de horror fue todo lo que se permitieron emitir—. Sentía que me quedaba sin aire poco a poco, sin tener la posibilidad de que mis padres se dieran cuenta de que no estaba en la orilla. Recuerdo que fue angustiante —reflexioné en voz alta, perdida ya en mis pensamientos—. Pero, cuando lo creí todo perdido, sentí como la corriente me arrastraba hacia la superficie, llevándome consigo hacia la parte del río donde no cubría —una sonrisa nostálgica se me formó en el rostro al terminar—. Recuperé mi zapato y, gracias a Dios, todo quedó en un susto.

—Vaya, esa sí fue toda una experiencia, Ogino —se asombró el señor Nakamura.

«No se crea. Después habría cosas aún mejores» —pensé con ironía.

—Pero, ¿qué tiene que ver el dragón? —uno de mis compañeros no pudo resistir más la curiosidad y preguntó. Solté una risa nerviosa inconscientemente.

—Bueno, tiempo después, me enteré de que por los alrededores circulaba la leyenda de que un espíritu guardián velaba por el río. Lo representaban y le rendían pleitesía como un dragón de crines celestes. Me pareció tan curioso, que se me quedó grabado en la memoria, supongo —cubrí la verdad bastante bien, a mi parecer, ya que no dijo nada más al respecto.

—Debió ser un momento angustiante, como bien has dicho. Entonces, ¿por qué lo has dibujado como si... lo echaras de menos? —Nara me miró con preocupación en sus ojos al oír la pregunta de Yumi, una de las chicas que se sentaba junto a Hana. Esa pregunta había dado dónde más me dolía. Desconocía si fue a propósito o ingenua curiosidad.

—Supongo que extraño esa época —intenté restarle importancia encogiéndome de hombros.

—¿Y qué querías representar con esto, en realidad? —finalmente preguntó el profesor. Lo pensé por unos segundos. Lo que siempre sentía al recordarlo todo, al recordarlos a todos, al verlo a él en mi mente y mis sueños.

—Nostalgia —esa fue mi única respuesta. Al ver que no tenía intención de decir nada más, el señor Nakamura me dio permiso para volver a mi sitio. Le entregué la hoja y no tardé en sentarme de nuevo junto a mi amiga, la cual no sabía qué decirme. Me frotó el brazo que tenía extendido en la mesa a modo de consuelo. Coloqué una mano sobre la suya y con la mirada le dije que todo estaba bien.

Pero por más que me siguiera repitiendo esa mentira con la esperanza de que calara en mí, nunca terminaba de creérmela.