I.
El paso
El terror que significó alguna vez la venida de Hades y su ejército, había quedado atrás. Una nueva victoria de la diosa de la Justicia trajo paz a los corazones de todos los habitantes de la Tierra; incluyendo a sus guerreros que, a duras penas, habían sobrevivido.
Retornar al mundo humano no fue fácil, ni por lo que vieron ni por lo que sintieron: si bien habían salvado a gran parte de la humanidad, el rastro de las batallas había dejado un sendero de destrucción que se había llevado consigo demasiadas cosas, a cambio de mantener el orden anterior. O, al menos, lo poco que se pudo mantener para restablecerlo.
—¿Así está bien?
—Más a la izquierda.
—¿Ahí?
—Mnh, a la derecha.
—... ¿Aquí?
—No. Izquierda de nuevo.
—¡Demonios, Camus!
—Tú quisiste ayudarme.
Milo suspiró fastidiado, mirando a su mejor amigo con una cara cargada de odio. El francés lo ignoró entre un parpadeo y el siguiente, abstraído en sus cálculos por el orden general de la habitación. A su alrededor, Mu y Aioria iban y venían, trayendo cosas y aguantándose la risa al ver a su compañero de puntas de pie, sosteniendo un cuadro enorme contra la pared.
—¡Ustedes cierren la boca! — les vociferó al notarlos. Ambos jóvenes siguieron sus labores, y Acuario también los ignoró.
Los Santos Dorados, grandes héroes de la batalla final, habían regresado al Santuario y, como todos allí, comenzaron a ayudar a levantar Rodorio y sus vecindades más cercanas. Eso implicaba reconstruir casas, reformar negocios y refundar toda la vida civil que había pagado el precio del pasar de los combates; incluyendo los propios pasos.
—No te quejes, Escorpio, te ha tocado lo más fácil — Aries comentó de pronto, con unas cajas en su hombro — . Dijiste que estabas dispuesto a ayudar en cualquier cosa a la gente.
—Sí, a la gente... no que me mandoneara Camus — respondió, ya con los brazos dormidos — ¿Me lo estás haciendo a propósito?
—Estoy pensando...
—¡Piensa rápido, maldita sea!
—Como si no te hubieras enfrentado a la muerte para que esto te parezca un problema. — acotó Aioria, enarcando una ceja.
—Prefiero a los Espectros antes que depender de la decisión de un signo de aire — volvió a decir el muchacho, terminando de colgar el cuadro — . Ya no soporto la postura, Camus. Lo dejaré ahí.
—... mnh... sí, está bien ahí.
Milo lo miró con fijeza y juntó los dientes de golpe.
—¡¿Qué?! ¡¿Desde cuánd-?!
Los demás comenzaron a reír cuando Acuario sonrió, en clara evidencia de que lo había estado fastidiando todo ese rato. El escorpiano bajó de la escalera directo hacia él, absolutamente ofuscado.
—Guarda tus energías para levantar ladrillos, Milo — dijo el francés de pronto, mirándolo con diversión — . Aún nos queda toda una jornada de trabajo.
—Si tengo que seguir tus instrucciones diez minutos más, prefiero volver al Muro de los Lamentos.
—Bah, deja de llorar tanto.
—Oi...
Una voz distrajo al pequeño grupo dentro de aquella biblioteca pública, en medio de decenas de personas que rescataban libros, alrededor de los guerreros. Cuando voltearon, vieron llegar a dos más de sus compañeros, con bolsas de trabajo y herramientas.
—Buenas tardes, princesas — se burló Máscara de Muerte, filoso como siempre — . Si ya terminaron de parlotear, esta noche tenemos reunión en la Citadela de la Diosa.
—¡Oh! ¿Quiere vernos? — preguntó Mu, interesado.
—A los Dorados, específicamente — dijo más serio el italiano — . Ya se ha juntado con el resto de los Santos que han quedado, pero necesita hablar con nosotros en persona.
—Eso es extraño — acotó Aioria — , la señorita Saori no ha querido ver a nadie desde...
Todos se callaron de pronto, acongojados. Nadie quería mencionar lo obvio, pero sabían el sacrificio que Pegaso había tenido que hacer para que Atenea tuviese una oportunidad, la única oportunidad, de ganar esa Guerra Santa. Y aquel joven había estado en celosa custodia por la mujer hasta ese entonces, cuando todos habían podido regresar.
—Será un honor volverla a ver — cortó Camus, para cambiar el tono — . Me interesa saber qué tiene en vistas, dada la circunstancias. Estipulaba estas labores por tiempo indeterminado.
—Creo que querrá reorganizarse más allá de las tareas pesadas — comentó Cáncer, encogiéndose de hombros — . Si me preguntan, tres meses cargando bolsas como un marinero de puerto ya me parece absurdo.
—Es lo que menos podemos hacer.
Afrodita de Piscis apareció detrás de su amigo, como siempre, en tono de regaño.
—Para nosotros fue el fin de un ciclo, pero toda esta gente perdió sus cosas, entre ellas su vida — lo miró, con los brazos en la cintura — . Debemos ayudar en todo lo que tengamos la capacidad.
—Afro tiene razón — el león dorado sonrió apenas — . Estas tareas son minucias, nada nos cuestan.
—Si la nueva orden me aleja de que Acuario me de una indicación más — bufó Escorpio, señalando al francés — . Haré lo que sea necesario.
—Entonces le pediremos a la señora que te aleje de él y te haga venir conmigo. — ofreció Piscis con un dejo de ironía, de brazos cruzados.
Por algún motivo, Milo se sonrojó con violencia cuando Piscis lo miró a los ojos y le dijo aquello. Puso las manos en los bolsillos de su pantalón y torció la boca, mirando a un lado.
—Sí, gracias. Como sea.
—...
Afrodita resopló su propio cabello entre los ojos y los tornó, también sonrojado. Cerró los ojos y se excusó de retirarse con Máscara de Muerte, que lo siguió en un tono burlón. Cuando ambos se alejaron en el camino, Camus enarcó una ceja y Aioria y Mu se miraron entre sí.
—¿Qué es lo que está pasando? — Aries habló entonces, terciando una pregunta que los otros dos no supieron cómo iniciar — ¿Qué fue esa reacción, Escorpio?
—Nada.
—Milo.
—Nada.
—Milo...
—Dije que nada.
—Mi-
—¡Qué nada!
El aludido saltó del banquillo en el que había estado parado todo ese tiempo, y se fue a las zancadas, lejos del grupo.
—... ¿Alguien me explica qué pasó?
—Tengo una posible respuesta — acotó entonces Aioria, sonriente — . Pero si llega a ser así, esto va a ser muy divertido.
—¿Y ahora qué fue lo que hizo el cangrejo?
—Oi, a mi no me metas, que esta vez no hice nada.
Cáncer se defendió tras Afrodita, que pasó como una tromba a lado de Capricornio sin saludarlo siquiera, con el rostro rojo hasta las orejas.
—Cuesta creerlo, sabrás entender — el español alzó las cejas — . Cada vez que él viene así es porque os la habeis liado hasta el fondo.
—Shura, no hice nada malo. Fuimos a avisarle a los muchachos lo de la reunión, tal y como se nos dijo — se defendió el italiano — . Estaban en los restos de la biblioteca pública de Rodorio, levantando las paredes y acomodando las cosas. Llegamos, les dijimos del asunto y ya.
—... ¿y eso? — señaló hacia atrás, marcando el camino del otro joven — ¿Pasó algo?
—Nada fuera de lo usual: Milo siendo un idiota y exasperando el aire que respira Piscis.
—Pues es raro, chaval — lo miró con cuidado, recargando las bolsas en sus brazos, casi sin mirar — . Afro no es de ofensa fácil, ¿por qué lo irritaría tanto?
—No tengo la más mínima idea.
Capricornio se rascó la cabeza y suspiró.
—Bueno, terminemos las tareas que tenemos antes de la hora de la reunión.
—¿No podemos tomar un descanso un rato? Estoy muerto. — le pidió Máscara de Muerte de pronto, mirándolo con algo parecido a un puchero.
—... Si es un chiste, no es gracioso.
—¡No fue un chiste! — se quejó el otro — ¡Quiero parar un poco!
—Deja de ser holgazán, Cáncer.
—¡Agh! Odio que te hayan dejado a cargo de esta parte.
—También es un encanto aguantaros, amigo mío. — respondió el español, sonriendo a medias.
II.
El pasaje
—Mis queridos Santos, gracias por venir.
Saori Kido había vuelto al semblante que mantenía bajo su mortalidad; y, como tal, se veía sumamente acongojada y triste por lo sucedido con Seiya. Pero, más allá de ese rasgo humano, en la complejidad de su cosmo se percibía cierta paz que se expandía a su alrededor; un ser victorioso transmitiendo una tranquilidad universal, llena de dolor personal. Una ambigüedad que, por sí misma, era una falta de respeto para el Olimpo.
Mas aquello era un tema del que deberían ocuparse más adelante.
—Es gratificante verlos aquí conmigo, después de tanto sufrimiento. Y, de verdad, me alegra enormemente verlos vestidos sin sus ropajes sagrados. Sé que están todos muy ocupados, ayudando en lo que pueden a la población cercana al Santuario; pero, así como el mundo necesita reconstruirse en varios niveles, necesito que ustedes engloben tareas más generales.
—Ya era hora. — gruñó Cáncer por lo bajo, pero se quejó ante el codazo que le dio Shura sin verlo.
—Cierra la boca, gilipollas.
—¡Vaffanculo! — le murmuró, pero ambos recibieron un golpe en la cabeza de Aldebarán, tras ellos.
—Ordénense, tontos— les dijo.
Atenea los miró en silencio de repente, y los involucrados bajaron la cabeza; pero la mujer sonrió.
—Está bien, no disculpen esa ansiedad. Me alegra verla. Como dije, sé que están trabajando arduamente; pero lo que más deseo es que puedan tener algo más allá del Santuario — irguió su espalda — . Por supuesto que no podemos bajar la guardia, pero en este período de paz deseo que... vivan, todo aquello que no pudieron nunca.
Todos los hombres quedaron intrigados, sin atreverse a repreguntar qué complejidad guardaban aquellas palabras. Saori corrió un poco el cabello de su frente y los contempló dulcemente.
—En tanto la gente termine de levantar sus pueblos, necesito que custodien los bordes en las regiones que hemos podido salvaguardar. Cuando la población esté más segura, les daré un pasaje libre.
—... ¿Qué quiere decir, señorita Saori? — preguntó Mu, amablemente.
—Volverán a sus tareas en el Recinto, pero ya no deberán ser de clausura. Podrán ir a donde ustedes consideren necesario para poder sanar: regresar a su tierra natal, a viejos amigos... o lo que les reconforte más. Es lo que se han ganado, y es lo menos que puedo hacer por ustedes.
Todos se miraron entre sí extrañados y, de cierto modo, entusiasmados. Era la primera vez en sus vidas que siquiera tenían la posibilidad de pensar en sí mismos.
Cuando dos pares de miradas se cruzaron, intentaron desviarse a diferentes direcciones entre el grupo.
Nadie lo supo, pero la sabia diosa sonrió ante ese pequeño detalle.
Atenea dividió la vigilancia de modo radial. Había una guardia rotativa para la custodia de las Doce Casas, también en restauración, aunque sin la necesidad de ser vigiladas permanentemente. De ese modo, y para ser más equitativa la repartición, Virgo designó a sus compañeros; a veces, de manera casualmente inusual.
—La parte Sur hacia los límites es algo extensa, así que pueden cubrirla dos — indicó sobre un mapa — . Como te es familiar esta zona, Afrodita, sería propicio para tí.
—Está bien ¿Qué debo buscar?
—Debes guiarte en el terreno. El que estará atento a la actividad inusual será Milo, cuando te acompañe.
El susodicho estaba de espaldas, pero se tensó por completo. En tanto, el otro joven apretó los dientes. Ni Piscis, o Escorpio, dijeron una sola palabra; pero tampoco rechazaron la elección.
—¿Por qué Shaka dijo que estabas familiarizado? — Escorpio preguntó de pronto, buscando su mirada, curioso.
—El Maestro Shion nos hizo recorrer todo esto de niños, y esta zona me gustaba especialmente. En los primeros tiempos, fue mi lugar de entrenamiento asignado antes de subir al Templo — Afrodita señaló las campiñas más verdes a lo lejos en los senderos; la gran mayoría destrozadas por el paso de la guerra — . Verás que todo se llenará de flores pronto. Es una parte fértil inusual aquí, porque cruza un pequeño río que aparece algunas veces al año.
—¿Un río?— sonrió — ¿En esta tierra árida?
—Es lo que llamaban un agua móvil, porque depende de las lluvias— aclaró el otro, mirándolo — . Imaginarás por qué el viejo Patriarca decía que era una zona para mí. Lo más interesante es aquello.
Piscis señaló hacia el sudoeste, y Milo halló un paso en forma de arco.
—Eso es...
—Un puente, sí — se adelantó un poco con el caballo — . Tendremos que ir a pie si queremos cruzar.
—O podemos ignorar esto y llegar hasta aquí. — ofreció, tratando de evadir más kilómetros de recorrido. Afrodita lo miró con mala cara.
—El terreno que nos toca incluye el río.
—¡Ah, por favor!
—Sólo debe ser un surco de tierra ahora mismo, ¡Eres tan molesto cuando te pones así!
—¿Así cómo?
—¡Así, siendo... tú!
Escorpio se cansó de la trifulca y las indirectas, así que cruzó el caballo delante del camino, frenando al otro.
—¿Qué estás haciendo?
—Yo...
—Explícamelo. Qué es lo que te molesta de mí; estoy harto de que lo insinúes y des tantas vueltas.
Piscis tomó de las riendas a su caballo, determinado y frunciendo el ceño.
—Bien— comenzó — . Eres un niño caprichoso y egoísta, que se queja de todo y hace berrinche cuando algo no le gusta o le molesta; pensé que Máscara de Muerte tenía ese rol, pero veo que lo comparten con eficiencia. Sobre todo cuando alguien intenta acercarse a ustedes para conocerlos más en profundidad, saltan a la defensiva como si fuéramos el enemigo.
Milo quedó con la boca abierta, porque Piscis había dicho todo eso sin detenerse ni respirar. Ante la inacción del griego, el otro avanzó un poco más en el camino hasta que bajó de su caballo.
—Vámonos antes de que se haga de noche y debamos volver, Escorpio.
Ante la carencia de respuesta efectiva, el joven se limitó a imitarlo, siguiendo sus pasos.
—Eres duro, Piscis.
—Cuando debo, lo soy — lo miró a su lado, caminando a la par — . De todos modos estoy siendo así porque me crispas los nervios; pero no es mi intención.
—No me malentiendas, me gusta este carácter — Milo sonrió de costado, mirando hacia adelante — . Siempre te ví algo blando, y me acabas de dejar sin habla. Nada mal. Quizás no sea tan malo tener que cuidar esta parte contigo.
Afrodita bajo la mirada, ruborizado, pero no contestó. Se limitó a mirar hacia adelante, recordando con eficiencia la belleza de la estructura de aquel puente de mármol blanco, casi impoluto, en sus barandas y su curvatura. Le indicó a Milo como caminar y como pasar los animales, para que no se vulnerara nada. Escorpio pudo ver, desde el cenit del puente, que el río corría límpido; como si buscara barrer los restos de la suciedad de los Espectros que habían invadido esas tierras.
—Es hermoso.
Se detuvo un segundo, viendo el paisaje desde el puente. El viento comenzó a soplar, cálido, y le dio una sensación de bienestar que le recordó que ahora finalmente estaban en paz; una paz que no había soñado nunca con ver, pero que estaba comenzando a vivir. Su rostro se suavizó, al mismo tiempo que la mirada de Afrodita sobre él se posó de la misma manera, cargada de ternura. Se acercó entonces al otro, mirando en la misma dirección.
—Nunca tuvimos la oportunidad de realmente disfrutar lo que protegíamos.
—Es verdad.
Se sonrieron con suavidad y continuaron caminando con los corceles a su lado, hasta que terminaron de bajar del puente.
—¿Sabes, Milo? Había otra razón por la cual Shion me designó este campo.
Piscis miró hacia adelante con la voz queda un segundo, inseguro de cómo decirlo.
—¿No era por las flores?
—El lugar es fértil no sólo por el agua — lo miró con timidez — . Este puente está desde la Era Mitológica, y el Maestro me contó una vez que es indestructible, porque conserva en su interior la cosmoenergía del dios Hefesto; él lo construyó aquí.
—¿Hefesto, en serio?
—Afrodita amaba estos campos cuando visitaba a Atenea — le narró— . Era su jardín de verano. Paseaba con ella aquí, cuando había más agua. Y aquel dios, en una de sus tantas muestras de amor, le armó una citadela pequeña para que pudiera descansar en el trayecto, sin fatigarse — señaló — . Y su esposa amaba tanto la belleza del río en este lugar que le puso especial empeño al puente; y que en él quedó impregnado este amor por ella.
Se calló un momento.
—Dicen que desde entonces, todos los que crucen con la persona que más les importa, pueden hacer fértil ese lazo, porque son los pasos que dio Afrodita en este mismo mármol.
Milo abrió los ojos como platos; miró el puente detrás y a Afrodita que tenía enfrente. Se puso morado de pronto.
—¡Tú! ¡Me engañaste!
—¡N-no te engañé! — frunció el ceño — ¡Pero qué necio eres, Escorpio!
—¿Cómo no? Me estás diciendo todo esto por una obvia razón.
—No es una atadura, estúpido, es un pasaje — le aclaró, cada vez más rojo — . Cruzar también implica avanzar y cambiar, seguir. Es por todo lo que nos está pasando a todos... y no eres el centro del universo, Milo, pero sí quería cruzarlo contigo ahora — se detuvo — . Cuando la diosa me envió de vuelta, entendí que tenía qué hacer.
—Yo no sabía nada, ¡podrías haberlo dicho antes!
—¿Hubieras cruzado conmigo sabiendo todo esto?
Escorpio se calló un largo momento.
—Yo...
—Contéstame. — le pidió con seriedad.
—¡Demonios, Afro! ¿Qué quieres que te diga?
—Lo que te has guardado por meses— suspiró — . Somos del mismo elemento, Escorpio. Es como si me viera en un espejo. Creeme que te entiendo, esto es un bochorno, pero tenemos que sacarlo de una vez.
El otro lo miró tímido y se mordió la lengua un segundo.
—Pareces muy seguro — se defendió el peliazul, tratando de mantener la dignidad — ¿Y qué si no te creo?
Afrodita sonrió con burla.
—Ya lo cruzamos, así que para mí es suficiente.
—¿Suficiente por qué?
—Para ver que haces con esto.
Antes de que pudiera hacer algo, Piscis tomó los hombros de Escorpio y lo arrimó con una fuerza arrebatadora. Escondidos por los caballos, el joven besó a su compañero en los labios. Y Milo de Escorpio no sólo no se apartó, sino que lo abrazó de regreso.
Quiso creer en que, de algún modo, los dioses les habían dado su bendición.
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