Arnold se interpuso en medio, estirando sus brazos. Apoyó una mano en el pecho de Gerald y estiró la otra hasta dejarla a sólo un par de centímetros por sobre el estómago de Helga.
—Chicos, basta —dijo quedamente—. Cálmense los dos —miró a Helga brevemente y luego a Gerald. Los dos amigos mantuvieron la mirada unos segundos, antes de que Arnold la desviara hacia el pasillo detrás de algunos estudiantes curiosos que se encontraban atentos a la discusión, para confirmar que ningún profesor se hubiese asomado aún a inspeccionar el motivo del escándalo.
—Largo, Arnoldo —advirtió Helga, dando un paso hacia Gerald y haciendo contacto con los dedos estirados del rubio.
Arnold dio un mínimo y suave empuje al pecho de Gerald, quien se había quedado callado, mandíbula apretada; e intentó tomar a Helga del brazo.
—¿Qué crees que haces? —le reclamó la rubia al rubio.
Gerald hizo un sonido exasperado desde la garganta y se dispuso a recoger su mochila que había caído al suelo —Lo resolvemos después, Pataki.
—Gerald —protestó Arnold con tono cansado a la espalda de su amigo que se alejaba. Afirmó mejor su agarre en la chica.
—¡No! —gritó la chica al moreno, tironeando el brazo que el rubio había atrapado— ¡Lo resolvemos ahora!
No obstante, el chico alto ya había desaparecido en una esquina y los demás alumnos retomaban perezosamente sus asuntos.
—Helga, ya está —Arnold la llevó en dirección contraria por el pasillo, hasta una sencilla puerta de vidrio que daba a un pequeño patio interior.
Helga bufó cuando él la soltó. Parecía estar evaluándola con la mirada.
—El mismo metiche de siempre, cabeza de balón —comentó la rubia, cruzándose de brazos, pero concediéndole bastante menos irritación de la acostumbrada en ella—. No creas que has solucionado nada, melenudo —explicó, mientras se apoyaba en la pared que tenía detrás—. No has salvado a nadie. En algún momento me lo voy a encontrar y tú no estarás ahí para defenderlo.
—Helga —replicó Arnold, sin perder su estatura paciente. Levantó sus brazos hacia la chica, casi en una caricia al rededor de su cintura—, te habrías sumado otra suspensión.
Con el ceño fruncido y arisca, Helga se intentó aplastar aún más contra la pared. Desde aquella discusión en octavo grado, el curso anterior, Arnold había sido menos sutil en su trato con ella. Se había vuelto un descarado. Tan confiado, siempre tan cerca.
—¡Basta ya con tus insultos, Helga! —le había gritado en ese entonces—, ¿Para qué? —se encontraba despeinado y con expresión cansada, la camisa desarreglada, alzando los brazos hacia ella en un gesto parecido a una súplica— ¿Para mantener una reputación? ¡Yo ya sé que lo sientes por mí! ¡¿Es necesario seguir pretendiendo ser una abusiva insufrible conmigo?!
Ella no había sabido qué responder. En menos de cinco segundos la situación se le había salido de control y ahora se encontraba expuesta.
Tan sólo unos minutos antes, Arnold la había empujado fuera de la fiesta, tras una broma de muy mal gusto que ella había hecho frente a todos, respecto a su físico. Y hacía frío ahí en el balcón, ¿tal vez por eso temblaba?
Ya no eran unos niños para abusar de la ingenuidad del chico y gritarle "yo te odio, camarón con pelos" para distraerlo de la verdad. Habría terminado quedando más en ridículo ella misma.
Arnold, al verla quieta, conflictuada y ofendida, lamentó haber sonado tan agresivo. —No —había continuado, con voz apagada—, Helga, perdóname por haberte gritado eso—respiró hondo y bajó las manos. Se acercó a ella despacio —. Es sólo que no entiendo por qué no podemos-
—Ya, Arnoldo, da igual —había intentado parecer indiferente, y se giró para volver a la fiesta. Pero Arnold se había apurado para seguirla.
—A mí no me da igual, Helga —agregó rápidamente—. Lamento que no hayamos conversado de ello en su momento, cuando me lo dijiste hace unos años —Helga se encogió un poco, sin voltearse a mirarlo. Arnold la había alcanzado justo antes de cruzar la puerta y la había tomado suavemente del brazo—, ¿podemos… podemos conversarlo ahora?
—No hay nada que—
—Por favor, Helga.
—No —replicó Helga más firme—, ¡no quiero! —se escapó de su agarre y se dirigió adentro.
—Bien —respondió él, su tono un poco más elevado—. Bien, entonces deja- deja de comportarte como una niña, Helga —agregó severo, su voz clara a través la puerta que no había alcanzado a cerrarse por completo.
Y Helga había hecho como él le había pedido. Los últimos meses de clases, no lo había expuesto más a bromas y ni altercados. Había sentido que ello sería confirmar sus sentimientos por él, los sentimientos que él mismo había expuesto. La enfurecía, la llenaba de rabia, frustración y miseria que él hubiese sido tan franco y directo. Arnold siempre había sido gentil, había sabido ignorar lo que fuera necesario para salvar la dignidad de una persona, pero había hecho una excepción con ella. Ella había sacado lo peor de él.
Durante el verano, cuando salían con sus demás compañeros, en las escasas ocasiones en que habían coincidido ambos en el mismo lugar, ella sólo le había dirigido la palabra si era absolutamente preciso; él respondía con suspiros frustrados.
Sin embargo, al inicio del nuevo año escolar, cuando todo indicaba que se perderían entre el mar de gente al ingresar a la preparatoria, y no tendrían necesidad de verse ni hablarse más; Arnold parecía haber optado por dejar por completo su rol pasivo en sus interacciones e iniciar la ofensiva. Se acercaba a saludarla a su casillero prácticamente todas las mañanas, como si tuviera algún derecho, "Hola, Helga", "Helga, ¿cómo estás?", a veces sólo un "Helga", pero siempre algo. Y no sólo ella lo había notado. El rubio solía estar acompañado de Gerald, quien hacía una mueca de incomodidad todas las veces. Probablemente Phoebe también se había dado cuenta, pero no lo habían conversado. Phoebe siempre esperaba a que Helga abriera cualquier asunto vinculado a "mantecado".
Al mes siguiente, habían vuelto las sonrisas que Arnold solía dedicarle antes de la discusión en el balcón, como el ingenuo e irremediable cabeza de balón que era; sin embargo, eran muy discretas. Repentinas y efímeras. A escondidas de los demás. Secretas. Y de vez en cuando incluían guiños. ¡Guiños descarados!. Cada vez más seguido. Demasiado para su gusto. Arnold parecía escoger el momento cuidadosamente y eso le permitía a ella reaccionar con honestidad, ya que nadie más les veía. Se sorprendía, se sonrojaba y evitaba confrontarlo en el instante, para no atraer la atención de los otros. La dejaba de piedra. Como una tonta. Atrevido, desvergonzado. ¿Le estaba coqueteando?.
Al tiempo después, y con esto el delirio del coqueteo únicamente se había afirmado más, habían aparecido roces. Sí, roces de las manos de Arnold por su espalda cuando pasaba cerca de ella en el pasillo, en la cafetería o entre las mesas del aula. O un agarre en su brazo o su hombro cuando le hablaba. Siempre disimulado, como si fuera casual. Pero para ella, alerta día y noche a cualquier gesto del rubio, era una osadía, un evidente escándalo.
Y finalmente, a mediados del presente año escolar, Arnold había comenzado voluntaria y proactivamente a llenar su vida fuera de la escuela. Había comenzado con ocasionalmente preguntarle si la podía acompañar hasta su casa cuando coincidían al final de las clases, después de un partido, después de juntarse con los chicos; y ella quería gritarle que no, que era un descarado, que volviera a ser un pequeño y débil camarón con pelos y dejara de crecer y de darse libertades para con ella. Pero él sin mucho esfuerzo la convencía y ella fingía toda la molestia que podía. No obstante, al llegar a su casa, el corazón se le desbordaba, fantaseando con que la volviese a acompañar al día siguiente. Y Arnold se dio esa libertad. A veces, él le insistía en desviarse y pasar por el parque, o ir al muelle, un rato, por una paleta, o a la galería. Una tarde incluso habían ido al cine. A ver una película malísima, pero qué importaba eso. Ella intentaba mantener su actitud desinteresada e irritable, pero también se restringía para que sus bromas o sarcasmo no bordearan la posibilidad de humillarlo otra vez, para no arriesgarse a perderlo otra vez. Se había encontrado riéndose con él, hablándole de sus sueños, preguntándole sobre sus proyectos. Y de nuevo en las noches, sentada sola en su habitación, cuando sólo le quedaba el calambre de la sonrisa, Helga pensaba ¿qué tipo de conspiración es ésta? ¿Estaba él intentando que fueran amigos? Imposible, él sabía de la dimensión de sus sentimientos. Arnold había crecido, pero no se habría vuelto más denso... o cruel. Sin embargo, aunque tenía evidencia de que le coqueteaba, en realidad, no habían ido a ningún lugar romántico. No habían ido a cenar al Chez París ni caminado cogidos de la mano por la bahía. No eran citas.
Este amago de abrazo en el que se encontraban ahora, a finales del noveno grado, en ese pequeño patio escondido de la escuela, envueltos en la calidez del sol, tan cerca uno del otro, era definitivamente descarado de su parte.
—Ya, Arnoldo, suéltame —acabó por empujarlo. Él mostró una ligera sonrisa. Helga rodó los ojos y abrió la puerta para volver a entrar.
—Helga —le escuchó decir a sus espaldas, aún muy cerca, probablemente pretendiendo entrar después de ella—, vamos al parque después de la escuela, está lindo el día. Después te llevo a tu casa.
—Como quieras —dijo la chica entre dientes, recriminándose por emocionarse —Ahora piérdete, cabeza de balón.
Al salir de clases, se despidió torpemente de Phoebe en el pasillo que daba a la entrada del establecimiento y prestó atención si Arnold estaba aún por ahí. Lo vio, a través de la puerta, despidiéndose de Gerald en las escaleras y luego dirigió su mirada hacia ella. La había visto. Sabía que ella lo estaba esperando. Le enfurecía. ¿Tan importante se cree que es?
Arnold le hizo una discreta seña para que bajara y caminaran hacia el parque. La esperó en su sitio hasta que ella llegó a su lado.
Sintió su mirada y giró el rostro. Efectivamente, él la estaba mirando, sentado a su derecha, reclinado perezosamente en la banca, con las piernas estiradas y los pies cruzados. El sol les daba directo y Arnold ignoraba cómo su paleta se derretía sobre su mano derecha. Ni se inmutó cuando Helga lo pilló en el acto.
—¿Qué? —preguntó Helga, irritada—, ¿no te gustó el sabor que escogiste?
Arnold alzó las cejas un poco.
—Está bien —respondió sereno. Y entonces, se sentó más derecho. Apoyó la mano sin paleta en la banca, entre ambos, y se inclinó hacia ella. La besó encima de los labios por un segundo y volvió a echarse para atrás—, el tuyo también está bien —comentó, enfocando la mirada en su paleta, aún sin probarla, y luego en la fuente frente a la que estaban sentados. Arrugó un poco la frente. Tal vez por el sol.
Helga, en cambio, se encontraba pasmada. El corazón se le subió a la garganta y se detuvo ahí. Se iba a morir de un paro cardíaco. No respiraba tampoco. Lo miró, impresionada con su impertinencia y sintió como era ahora su propia paleta la que se derretía en sus dedos. Basta de tonterías, pensó. ¿Qué significa esto? Definitivamente, no es una salida de sólo amigos ¿Es un juego? Frunció el entrecejo e invocó todas sus defensas más infantiles para enterrar a la Helga enamorada, encubriéndola con una voz molesta.
—¿Disculpa? ¿Qué crees que acabas de hacer, animal?
—Disculpada —Respondió él divertido, decidiéndose a comer su paleta de melón.
—¿Y tú piensas que es normal andar por ahí besando a la gente? —Definitivamente se había alterado. Giró todo su cuerpo hacia él, dejó caer la paleta al suelo, se limpió los dedos contra el pantalón corto que llevaba puesto, y se aguantó las ganas de empujarlo fuera de la banca, hasta la estratósfera. Le iba a hacer responder por todas las ocurrencias descaradas que él había tenido hasta ahora.
—Helga —dijo Arnold, con un tono cansado. Se levantó a recoger la paleta de limón embarrada en tierra y se dirigió hacia un bote de basura cercano a ellos—, no ando besando a la gente. Y eso a penas fue un beso —declaró, desechando el dulce de limón y quedándose a saborear el suyo junto al bote.
—Pues estoy delirando entonces. ¿Cómo lo llamarías tú? —respondió Helga. También se había levantado, pero no se acercó a él. Sólo apretó los puños.
Arnold inspiró largamente —No lo sé —, su mirada fija en la paleta que estaba por acabar —, un piquito —con el rostro serio, la miró de costado —en la boca, a la chica con la que estoy saliendo.
Callaron los dos, analizándose mutuamente. Qué ridículo se veía comiéndose esa paletita, ahí parado.
Helga respiró profundo. El ceño cedió y dejó de fruncirlo —¿La chica con la que estás saliendo? ¿Así como en citas? —se llevó la palma al pecho y alzó las cejas—, ¿te refieres a mí? —Recuperando su tono severo y sarcástico continuó —Y, recuérdame, por favor, ¿en qué momento empezamos a salir exactamente?
—¿Cómo le llamarías tú a lo que hemos estado haciendo, Helga? —Arnold dejó caer el palito de madera de su paleta en el basurero.
Helga balbuceó un poco— Salida entre amigos.
Arnold alzó las cejas también en un gesto de incredulidad— ¿Somos amigos? —. Se restregó las manos entre sí suavemente y caminó hacia ella. Helga se paró más firme en el suelo y más alta. Esta vez la conversación no se le iría de las manos, ella mantendría el control y la compostura. Ella no quedaría como una ridícula.
—Tú crees que todos son tus amigos, cabeza de balón.
—No creo que nuestros sentimientos sean de amigos, Helga —serio, Arnold se detuvo frente a ella y alzó sus brazos rozándole los costados.
—¿Qué sentimientos?
—Si has aceptado salir conmigo todos estos días —refirió Arnold tras unos segundos de silencio— y nos hemos besado, debe ser que nos gustamos.
A Helga se le estrujó el estómago, pero intentó mantener el rostro impasible.
—Dijiste que eso no fue un beso —replicó rápidamente—. Y tú no me gustas —Ese detalle pareció despertar a Arnold de su aplomo.
—¿No te gusto?
—No. Y nunca especificaste que estas salidas fueran citas.
—Es cierto —reconoció bajando los brazos. Dio un paso atrás—. Creo que, que necesitaba saber, tantear la situación —desvió la mirada a la fuente—. Seguí tu ejemplo de no hablar las cosas. Es que, pensé que sólo así- estuviste ignorándome, Helga. Me preocupé. Me preguntaba si ya no, si acaso tú ya no... —fue a dar otro paso atrás, pero Helga lo tomó del brazo. ¿Dónde había quedado su osadía? ¿Ahora se avergonzaba, ahora dudaba? Helga intentó apiadarse.
—Mis sentimientos no han cambiado —anunció rápido, para no acobardarse.
Arnold la miró fugazmente antes de concentrase en la mano de ella sujetándolo.
—Dijiste que ya no te gusto —replicó.
—Nunca dije que me gustases, Arnold.
El chico levantó la cabeza y evaluó su expresión. Helga se arrepintió de su honestidad y le soltó. Arnold, en cambio, sonrió.
—¿Te gusto mucho? —aventuró el chico, acercándose de nuevo la corta distancia que había alcanzado a separarse.
—Eres un descarado, Arnoldo —vociferó Helga sin desviar la mirada y casi dejando escapar una sonrisa también.
Él apoyó sus manos en su cintura y se acercó a su rostro —¿Entonces?
El aliento del rubio le hizo cosquillas bajo la nariz. Helga cerró los ojos y terminó de cerrar la distancia, besándolo encima de los labios también. Sólo un par de segundos. Aquí todos somos descarados.
—No —protestó ella misma, apartando el rostro sólo un poco para mirarlo a los ojos, completamente auténtica—, no me voy a seguir exponiendo. El que se tiene que exponer ahora tienes que ser tú.
Arnold, aún con su mirada en los labios de ella, acariciándole la nariz con la suya, apretó más su agarre.
—A mí tampoco me gustas, la verdad. Creo que me tienes enamorado, Helga.
