Valle de San Fernando, California
Septiembre 1982
-Lo único que pasaba por la mente de Stephanie era que quería desaparecer de la tierra. Ya no quería saber nada, y estaba segura que nadie notaría su ausencia. Su vida era un caos en ese momento. No quería ir a la escuela ni a su casa, solo quería perderse por ahí.
Y eso fue lo que hizo, salió del colegio temprano y comenzó a caminar sin rumbo. Pudo escuchar la voz de su única "amiga", Ali Mills, llamándola a lo lejos, pero no le importó... Ella era quien menos quería ver en ese momento.
Caminó y caminó y caminó... Hasta que llegó a la playa. Era su lugar de consuelo, aunque en esa ocasión la pelinegra tenía que admitir que llegó ahí inconscientemente. Era como si su cuerpo supiera que el mar la tranquilizaba, así que actuaba por si solo y la llevaba ahí sin pensarlo.
Resignada al hecho de que ya estaba ahí, Stephanie buscó la estructura rocosa en la que siempre se sentaba. Eran tantas las veces que la muchacha había estado ahí, pensando. Cuando tenía peleas con su padre o cuando surgía algo en la escuela, pero nunca era tan grave como en ese momento.
Resulta que tenía la "desgracia" de no ser rica. Tampoco era como que tuviera muy bajos recursos, pero aún así... Muchas veces tenía dificultades. Así que tenía un trabajo en una nevería. El dinero que ganaba ahí era suficiente para ella, pero no para sus padres.
Era tanta la "necesidad" de ellos que casi eran capaces de vender a su propia hija, bueno, al menos su padre, y no era algo tan literal, más bien el hombre quería que se esforzara por salir con uno de los chicos más ricos del Valle. Su objetivo era Johnny Lawrence, al parecer era el más rico de todos. Y Stephanie llegó a formar algo con él, pero no fue por el dinero, sino porqué realmente estaba interesada en él. La propuesta de su padre no había sido difícil para ella, desde la primera vez que vio a Johnny se había sentido atraída.
Era alto, guapo, su cabello dorado como el sol y sus ojos eran azules como el cielo. Eso era el paraíso, y más al notar su complexión física, era bueno en la clase de deporte y practicaba karate. No podía pedir más y era perfecto... Qué equivocada estaba.
Al principio era lindo con ella, muy coqueto y hasta caballeroso, pero poco a poco fue mostrando sus verdaderas intenciones. Resultó qué solo la estaba utilizando para acercarse a su amiga Ali. Y lo peor fue que ella sabía muy bien lo que sentía por el rubio, pero la joven no le importó y hasta comenzó una relación con él.
Desde ese momento, Johnny no volvió a dirigirle la palabra, y en cierta forma la muchacha lo agradecía, pues él había comenzando a volverse violento con ella en todos los aspectos. Pero eso no le iba a importar a su padre, de hecho eso sucedía en su casa, los golpes y los insultos sobraban y nadie se enteraba.
Y ese día no iba a ser la excepción, pues su padre estaba por enterarse de que Johnny la había dejado y que la acababan de despedir de su trabajo, pues se la había pasado distraída. Se imaginó a su padre llamándola "inútil" o "malagradecida", por eso no quería llegar a su hogar, si es que se le podía llamar así.
Stephanie se sentó en la roca y observó el mar, intentando pensar en como iba a salir de ese lío, y por más que le dio vueltas al asunto, se topó con un callejón sin salida. La desesperación y el estrés corrían por sus venas, y le nublaban la mente, así que lo único que se le ocurría hacer era llorar y llorar hasta cansarse. Y eso hizo, sus lágrimas corrieron por sus mejillas y sollozó con mucho sentimiento. No tenía fuerza para sostenerse, así que mientras se debilitaba llorando, resbaló de la roca y quedó en la arena. No le importó, solo escondió su rostro en sus piernas y se abrazó a si misma, dejando que el llanto fluyera.
No sabía cuanto tiempo duró ahí, ahogada en sus propias lágrimas, pero cuando menos pensó, el sol ya se estaba metiendo, y siendo sincera consigo misma, no pensaba moverse para nada, pues tenía mucho miedo.
-Hola preciosa...- Habló una voz temblorosa de repente.
La pelinegra levantó su rostro confundido y se encontró con un hombre tambaleándose frente a ella, desprendía un fuerte olor a alcohol. Estaba borracho. Sin pensarlo dos veces, se levantó de golpe y con el corazón acelerado, tenía que salir de ahí ya, nunca había tenido buenas experiencias con los hombres borrachos.
-¿Qué te pasa muñeca? ¡N-no tienes porque tener miedo! Podemos pasarla bien- Habló, tomando la mano de la chica antes de que diera un paso.
Stephanie se soltó de su agarre bruscamente, empujando al hombre en el proceso- ¡Suélteme! ¡No me interesa!- Exclamó con asco y desesperación.
El sujeto había caído al suelo y la pelinegra podía escuchar como gruñía molesto. A pesar de estar borracho, fue bastante rápido en reaccionar y tomar el tobillo de la chica antes de que pudiera correr. Ella cayó al suelo y sintió como se raspó las rodillas y se golpeó la frente.
-!¿A dónde crees que vas, zorrita?! ¡¿Crees que puedes golpearme e irte sin más?!- Exclamó jalándola hacia él. Como pudo, se posicionó sobre ella y tomó sus muñecas con fuerza- Ahora vas a pagar...- Murmuró, y le dio un cabezazo.
Los ojos de la joven se aguaron de inmediato mientras jadeaba por el dolor, su estómago se revolvió y su cabeza comenzó a dar vueltas. Tenía miedo, ya no veía como iba a salir de ese lío, lo único que le quedaba por hacer era suplicar- P-por favor... Déjeme ir- Logró decir entre sollozos, su vista había comenzado a nublarse.
Antes de que todo se volviera negro, pudo percibir como el hombre se levantaba bruscamente, alguien lo estaba jalando. Intentó ver quien la estaba salvando, pero lo único que notó es que era un hombre de complexión pequeña y encorvada. Su salvador le metió una paliza al borracho, estaba usando técnicas de lo que parecía ser karate, pero no pudo seguir poniendo atención, se desmayó.
[...]
Cuando despertó se llevó un gran susto, pues se encontraba en un lugar desconocido. Bueno, fue así hasta que observó el lugar con atención. Era el cuarto de mantenimiento de South Seas, el edificio donde ella vivía, ¿Cómo es que había llegado ahí?
Se sentó lentamente en el camastro y lo primero que sintió fue un mareo y dolor en la cabeza. Colocó su mano en su frente y soltó un pequeño gemido. Se dio cuenta que tenía la cabeza vendada y sus rodillas también lo estaban.
-Oh, tú ya despertar- Habló una voz de hombre, sonaba algo anciano. Stephanie dio un pequeño salto del susto y miró hacia el origen de aquella voz. Se trataba del tipo de mantenimiento de su edificio, lo conocía pero extrañamente no sabía su nombre.
El hombre era bajito, el poco cabello que le quedaba (incluyendo su barba y bigote) era de un color gris oscuro, mostrando su avanzada edad, y sus ojos estaban rasgados. Tal vez era un estereotipo estúpido, pero con eso era suficiente para saber que aquel hombre era asiático.
La pelinegra observó al mayor y se asustó, ya que por el golpe y por el hecho de acababa de despertar, no lo reconoció. A pesar de los dolores que sentía, la joven se incorporó por completo del camastro.
-No no no, no tener miedo, tener que descansar- Exclamó el mayor, acercándose rápidamente a la muchacha. Tomó sus brazos y la obligó a sentarse en el camastro de nuevo, empujando sus piernas para que se recostara.
Ella siguió mirándolo mientras se dejaba ayudar, por eso tampoco recostó su cabeza por completo- Usted... Usted es el tipo del mantenimiento de aquí, South Seas- Razonó la joven, frunciendo el ceño, muy pensativa.
-Hai- Respondió el hombre, e ignorando la confusión de la joven mientras tomaba una toalla facial remojada de un bol que tenía en una mesa frente al camastro y se la ponía a ella en la cabeza.
Stephanie estaba intentado procesar los últimos acontecimientos de esa tarde-noche, pero el horrible olor que desprendía la toalla que el anciano le había puesto no la dejaba concentrarse. Una parte dentro de ella quería quitarse esa cosa, pero otra le decía que no fuera grosera, al final de cuentas el mayor la estaba ayudando. Arrugó la nariz, pero se decidió por no cuestionar lo de la toalla, tenía otras preguntas más importantes. Una vez más, pensó en el borracho que la atacó, en su salvador y... SU SALVADOR, ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Acaso el hombre sabía quién era? O... ¿Era ese hombre viejo el que la salvó? No podía ser posible, pero tenía que averiguarlo ya.
-¿Usted...- Comenzó un tanto tímida, tal vez su pregunta sería una locura, pero no perdía nada con intentarlo- Usted fue quien me salvó?- Preguntó por fin, tragando en seco.
El viejo la miró detenidamente a los ojos durante unos segundos- Hai- Repitió, asintiendo con la cabeza.
Los ojos de la chica se abrieron de más al escuchar la respuesta del hombre. Tenía que ser una broma, lo poco que alcanzó a ver de las acciones de su salvador eran completamente imposibles para el anciano que estaba frente a ella. Estuvo a punto de cuestionárselo, pero no quería molestarlo ni ser grosera, ¡Le había salvado la vida! Lo que tenía que hacer era agradecérselo- Yo... No sé que decir señor...- Habló avergonzada, su mirada pegada al suelo- Gracias, no sé como podré pagar-
-Teniendo más cuidado- La interrumpió, dándole una mirada seria. Tenía razones para regañarla, básicamente se escapó de la escuela, se fue a la playa sola y por muchas horas, pero... A Stephanie le daba la impresión de que el mayor estaba al tanto de muchas cosas, como por ejemplo, el porqué ella había hecho todo eso.
Intentando ignorar sus pensamientos, la pelinegra tragó en seco, sintiéndose avergonzada, pero estaba de acuerdo- Por supuesto, lo siento señor...- Comenzó, pero su vergüenza se hizo más evidente, no sabía el nombre del anciano.
-Sr. Miyagi- Respondió, su mirada se había hecho aún mas juzgona- Tú vivir aquí por mucho tiempo, pero no saber mi nombre- Le reclamó, pero no parecía que estuviera molesto- Pero yo sí sé el tuyo, Stephanie-San- Habló, asintiendo con la cabeza.
La muchacha abrió la boca sorprendida- Así me llama mi madre...- Aclaró, seguramente la había escuchado todo ese tiempo.
-Hai, costumbre y formalidad de japoneses- Explicó el Sr. Miyagi, como si fuera lo más normal del mundo.
Todo cobró sentido para la chica, ambos eran japoneses. Eso ayudó a la joven a llegar a la conclusión de que definitivamente el Sr. Miyagi la había salvado. Para ella era lógico que él supiera karate, su madre también sabía un poco, pero no lo practicaba al no ser algo común entre las mujeres japonesas y menos bajo la mano dura de su esposo- Entonces eso era karate... Lo que uso cuando me salvó- Supuso
-Hai- Contestó desinteresadamente, había comenzado a seguir una mosca con la mirada. ¿En serio una mosca se había llevado toda su atención?
-Sr. Miyagi...- Lo llamó, una vez más se sentía tímida, y más al resignarse que en serio tenía que competir con una mosca para ser del interés del mayor.
-Oi...- Murmuró el anciano, para hacerle saber que la estaba escuchando, pero no despegaba su mirada del insecto.
-¿Alguna vez ha enseñado karate?- Preguntó, jugando con sus dedos y su mirada pegada al suelo- Porqué me encantaría que me enseñara a pelear con karate...
-No- Respondió sin más, su mano estirándose para tomar unos palillos chinos que tenía que un vaso sobre la mesa.
-¿No ha enseñado o no quiere enseñarme?- Cuestionó algo confundida, su ceño se frunció automáticamente
-No y no- Aclaró- Yo no enseñar karate, y menos a mujeres- Añadió antes de ponerse a intentar atrapar a la mosca con los palillos.
-Oiga, eso no fue muy- Quiso alegar, pero ella misma se detuvo. Así era la costumbre que tenían los japoneses, desgraciadamente. Volvió a lo mismo, por eso su madre no practicaba lo poco que sabía de karate y no se lo iba a reprochar- Olvídelo, es que... Me serviría mucho el saber karate.
-No lo creo... Tú no usar karate bien- Dijo tranquilamente, muy concentrado en su tarea.
-¿Perdón?- Stephanie se levantó de golpe, ignorando todas sus dolencias.
El Sr. Miyagi por fin le puso atención a la chica al escuchar como se levantaba. La miró, pero no volvió a regañarla por sus acciones- Tú usar karate para venganza, eso no estar bien, el karate es sólo para defensa- Explicó, cruzándose de brazos.
-No, yo no-
-Stephanie-San, yo saber que tu nombre, yo saber muchas cosas de ti- La interrumpió una vez más- Yo saber para que quieres aprender karate.
La pelinegra se quedó en silencio y bajó la mirada una vez más. Ella quería aprender karate por toda la ira que tenía en contra de Johnny, Ali, su padre, y todas esas personas que le habían hecho daño, técnicamente el Sr. Miyagi estaba en lo correcto, eso era venganza.
-Lo que si puedo hacer por ti es proteger y dar enseñanzas de otro tipo- Habló acercándose a ella- Y como primera enseñanza yo querer decirte que no debes dejarte caer por un tonto.
-Sabe de Johnny- Razonó la joven, cruzándose de brazos- Definitivamente si sabe muchas cosas...
-Tú ser muy joven para sufrir así por amor, yo tener experiencia en eso- Asintió con la cabeza- Tú tener mucho por vivir, tu tienes que mejorar tu vida, en todos los aspectos- La miró con seriedad, aunque inconscientemente una pequeña sonrisa se le escapó al rostro- Ya te llegará el amor...
Y sí que tenía razón, dos años después, inesperadamente el amor verdadero iba a llegar a la vida de Stephanie...
