CAPÍTULO 3
Al abrir los ojos, percibió el suave canto de los pájaros a través de la ventana. No tuvo un despertar violento como otras veces, y si bien sus sueños seguían siendo más pesadillas que otra cosa, se sentía bastante descansada. Era muy temprano; el sol despuntaba por detrás de las lejanas montañas y el cielo tomaba un bonito tono azul celeste.
Llevaba allí ya tres días desde el encontronazo con sus compañeros en el bosque, con un total de cinco días desde la primera vez que llegó. Sett no volvió a sacar el tema del trabajo. Era obvio que, o se había olvidado o evitaba sacar el tema a toda costa. Puede que fuera lo segundo. En sus largas horas a solas con la madre haciendo tareas domésticas, encontró un pequeño claro cerca del río, no más grande de cinco metros cuadrados. El suelo era fértil, liso y Elda pensó que sería un buen sitio para matar el tiempo plantando algo. Es posible que no pudiera ver su cosecha florecer: No tenía tanto tiempo, sin embargo necesitaba centrar la atención en algo.
Así pues, la noche anterior en la cena, apartó algunas pepitas de tomate y semillas de judía y las guardó envueltas en un paño. Ese día, después de lavarse la cara bajó en silencio: la mujer tejía cerca de la ventana y si notó su presencia, no lo demostró. Sett se levantaba pronto a trabajar y volvía tarde, cada día, como un reloj. Elda lo saludaba al llegar y si bien Sett era reacio a hablar, compartían algunas frases del día antes de irse a dormir.
Elda llegó al claro tarareando una melodía. La canción como tal era triste, y hablaba de un pirata condenado a morir en el mar por haber sido injusto con su enamorada. Un bonito poema en el que se castigan las mentiras y las malas formas. No tenía mucho sentido, ya que pertenecía a un viejo cuento infantil (algo turbio, la verdad), pero la canción le recordaba lo poco bueno que había experimentado en el orfanato.
Una vez plantó las semillas, las regó con el agua del río: Antes de salir de la casa, se hizo con un viejo cubo y lo dejó en la linde del bosque. Se lavó las manos en el cauce, ensimismada con su contínuo canturreo hasta que un movimiento de hojas a su espalda la alarmó. Sin darse la vuelta, alargó la mano en busca del afilado cuchillo dentro de su bolsillo. Entonces se giró, rápida como el rayo y lo lanzó tan fuerte como le fue posible. El recién llegado lo detuvo fácilmente, no sin proferir una exclamación de sorpresa de por medio.
— Eh, cuidado. Mis derechos como hombre se habrían visto comprometidos si hubieras apuntado más abajo, criatura. –habló Sett. No se le veía enfadado sino más bien... divertido.
— Lo... ¡Lo siento mucho! –se apresuró a recoger el objeto de manos del hombre y le buscó cualquier herida causada casi a la desesperada. Suspiró de alivio al no ver nada y se fijó en sus palmas con atención reparando en lo grandes que eran, ásperas, llenas de callosidades... pero conservaban una extraña suavidad y una calidez...
Sett carraspeó. Fue entonces cuando se percató de que le sostenía la mano derecha. La soltó, al mismo tiempo que su rostro adquiría un tono rojizo y el hombre esbozó una sonrisa pícara.
— Se me ocurren otras cosas que podrías sujetar por mí. –dijo, juguetón. Elda expresó su descontento emitiendo un sonido parecido a un gruñido.
— ¿Qué haces por esta zona, si puede saberse? ¿Cómo has encontrado este sitio?
— Te recuerdo que me he criado aquí. Me conozco el bosque igual que la palma de mi mano. Eso y... que mi madre me ha dicho qué dirección seguir. –bromeó. ¡A la señora no se le escapaba nada! De todas maneras, se le veía más relajado después de cinco días en su compañía. No era como si hubiera bajado la guardia –nunca lo hacía—, pero consideró que la chica no suponía ningún peligro. De momento.
— ¿No te echarán de menos en el foso?
La sonrisa de Sett se hizo más amplia, dejando entrever los amenazantes colmillos que le recordaron que debía tener cuidado con él.
— Soy el Jefe. Allí nadie come, bebe o respira sin que yo solo sepa. Tengo ojos y oídos en cualquier asunto que requiera mi atención. No pasa nada si me ausento varios días o semanas. Y a cualquiera que intente suplantarme... –chocó sus puños produciendo un ruido hueco.
— ¿No sabes solucionar las cosas por medio del diálogo o conversación civilizada o qué pasa?
— Por supuesto. –levantó los brazos, señalándose los nudillos—. Criatura, te presento a Diálogo y a Conversación.
Elda puso los ojos en blanco.
— Eres peor que un crío. ¡Y para ya de llamarme criatura! No soy una niña. Tengo un nombre, ¿sabes?
Sett se inclinó apoyándose en el árbol cercano y una mano en la cadera.
— A mis ojos, es lo que eres.
Se sentía insultada. Ni gritarle ni berrearle le serviría de nada más que para afianzar su opinión, así que giró la cabeza y empezó a caminar hacia la casa. Notaba a Sett pegado a sus talones, ligeramente retrasado, no obstante, ni se dio la vuelta ni le dijo nada. Tan solo en el momento de cruzar la puerta, el hombre la llamó.
— Oye, criatura—
— Te he dicho que no me llames así.
— He hablado con mis subordinados. –la ignoró y continuó hablando—. Están dispuestos a dejarte trabajar en el foso.
Ahora sí que contaba con toda su atención. Los ojos de Elda se anclaron en los ambarinos rojizos del mestizo, iluminados por el sol y dándole un aspecto mucho más joven. Casi... casi parecía inofensivo. Su sonrisa, aunque lucía más como una mueca, lo imbuía en un gran halo resplandeciente por el cual la chica estuvo a punto de suspirar. Mentalmente se reprendió por encontrarlo hermoso.
— ¿Y bien? –le buscó la mirada—. ¿No querías trabajar conmigo?
— Oh, ah. Sí.
— ¿Sí, que más?
— Sí, gracias. –siseó ella.
— Así me gusta.
O.o.O.o.O
— Déjate las manos. Me estás poniendo nervioso. –le dijo Sett burlón, mientras pasaban por las bulliciosas calles de la ciudad. Pasaron dos días más antes de que el hombre le pidiera acompañarlo a su trabajo de "construcción", algo por lo que la madre estaba tan orgullosa. Quizá estuviera exagerando un poco su nerviosimo, pero lo estaba. Y mucho. La última vez que visitó el foso, fue testigo de las mayores atrocidades en la arena. Asqueada del recuerdo siguió al hombre retorciéndose las manos y con la cabeza gacha. Pasó por alto la cantidad de mujeres que lo llamaban y lo toqueteaban, algo de lo que Sett estaba muy contento puesto que les sonreía y les devolvía los descarados flirteos.
Pasaron a través de un gran arco: Las alegres voces de los ciudadanos se alejaron paulatinamente y las reeplazó el ruido del acero y la batalla. Quería mirar y a la vez deseaba salir de allí. Un coro aclamó al vencedor antes de que el árbitro dictara la sentencia. Alguien había muerto abajo. Pronto, el bullicio también retumbó cual eco lejano en las paredes de piedra; el ambiente enrarecido se llenó del golpeteo rítmico de sus pisadas y olor a cuero. Sett paró y Elda se golpeó la frente contra su espalda. ¡El hombre tenía músculo hasta en esas zonas!
— Vamos a aclarar una cosa antes de entrar. –comentó Sett. La contempló por encima de su hombro haciéndola sentir muy pequeña—. No les contestes ninguna pregunta que te formulen. Evita el contacto visual y cíñete a lo que te diga yo. Esto no es el bosque, no vas a hablar con mi madre para contar anécdotas de tu infancia ni estás para hacer amigos. Esto es lo más cercano a la guerra que vas a experimentar.
¿Pero con quién se creía que hablaba? Antes de llegar a Jonia, se dedicaba a atracar barcos pesqueros y a armar jaleo allí donde iba. ¿De verdad debía obligatoriamente rebajarse a una actitud basada en la sumisión, e instigada por el miedo? Sett le leyó la mente, o eso pensó.
— Lo digo por tu bien, esto no es el patio del colegio. Aquí la gente te apuñalará por la espalda a la menor ocasión. Te lo digo por experiencia, no podré protegerte.
Está empeñado en tratarme como a una cría, se dijo, airada. Cerró los puños tan fuerte que se clavó las uñas en las palmas. Asintió.
Sett abrió la gran puerta de madera y los murmullos cesaron.
— ¿Alguien me ha echado de menos? —exclamó el mestizo, abriendo mucho los brazos. Los dejó caer a los costados y sonrió a las dos personas presentes.
— Vaya, Jefe, las vacaciones te sientan bien. –habló la voz áspera de un hombre. Una mujer lo precedió.
— Ya estabamos pensando en poner otro al mando, ¿sabes?
— ¡Nadie podrá reemplazarme jamás! –clamó Sett, divertido—. ¡El mestizo seguirá siendo único en su especie y el único jefe por muchos años!
Elda sacó la cabeza de detrás de la gran espalda del hombre. Los ojos de los dos subordinados se fijaron en la muchacha, los de uno, sorprendidos y los de la otra clavándose como espinas en sus retinas.
— ¿Es esta la bala perdida? –inquirió la mujer. Era realmente hermosa, una humana de pelo lacio, largo y negro como el carbón, de rasgos afilados, piel pálida e iris oscuro. Se acercó a Sett, le rozó el brazo seductoramente y le sonrió antes de volver a mirar a Elda—. ¿Cómo te llamas?
La chica no dijo nada. Se había grabado a fuego las palabras de Sett. La morena de aspecto sensual se retiró y comentó:
— Es lista.
— No estaría aquí si no lo fuera. –aclaró el mestizo—. Desde este instante, se encargará de sacar brillo al suelo como si fuera el arsenal de los gladiadores.
— ¿Espera, qué? –Elda se separó de los presentes, visiblemente confundida—. El trato no era ese.
— Me pediste trabajar en el foso. No creo que tengas madera de gladiadora, ni eres tan inteligente como para encargarte de las subastas. Nuestra última limpiadora... bueno. Tuvo que dimitir.
La mujer y el hombre del gorro extraño se miraron y se rieron entre dientes. Elda se vino abajo. La amabilidad de Sett había sido un maldito farol para que bajase la guardia y aceptara cualquier cosa que le dieran. La linea entre la cazadora y su presa se desdibujaba cada vez más. Humillada, notaba las puntas de las orejas arder. Se lo haría pagar como fuera.
— Vale. –dijo entre dientes—. ¿Por donde empiezo?
— Mareen te llevará. Yo tengo que encargarme de papeleo. –Sett se dio la vuelta y ya no le dirigió más la palabra.
La mujer movió sus fabulosas caderas hacia ella.
— Sígueme, niña.
La condujo escaleras abajo hablándole de vez en cuando para confirmar que no había salido por patas. Una vez en la planta baja, se detuvo delante de una puertecilla rota.
— Esto es el cuartillo de limpieza. –la informó Mareen—. Coge todo lo que necesites. El foso se divide en tres pisos: La planta baja funciona a modo de pasillo y se bifurca en cuatro espacios diferenciados que son la sala de armas, el lugar de espera de los gladiadores, la morgue y la sala de las calderas. El segundo piso es el más extenso y en él tenemos las diferentes habitaciones de los pocos campeones válidos. Los que son carnaza, duermen y comen en el primer piso. La cocina también se encuentra en la segunda planta. Y en la tercera ya lo has visto, el despacho del Jefe y en el lado contiguo, su habitación.
— ¿No duerme en casa?
La sonrisa de Mareen era abrumadora. Se divertía con el tour más de lo que quería admitir.
— No la usa para dormir, niña.
Elda se ruborizó. Obvio, dormir dormía con su madre en la casa del bosque. ¿Cuántas mujeres habrían pasado por el lecho de Sett en la fosa? ¿Por qué se sentía tan incómoda al pensar en ello? Asió la escoba y la soltó de inmediato. El mango estaba grasiento y las cerdas que conformaban el cepillo, sucias y mugrientas. ¿Era sangre lo que veía?
— Creo que os habéis dejado un poco de campeón en esta escoba. –dijo con un hilo de voz. Mareen estalló en carcajadas estridentes que no le restaban belleza a su figura. Le puso una mano en el hombro y ladeó la cabeza.
— Me caes bien, niña. –confesó—. Tú y yo vamos a ser buenas compañeras.
O.o.O.o.O
Elda no vio a Sett durante el resto del día. Confinado en su despacho, el mestizo ponía en orden cualquier asunto pendiente. Tras el tour, la chica empezó a limpiar cada nivel del foso que la requiriera muya fondo, empleándose al máximo. En algunas habitaciones pudo tranquilizarse al no hallar nadie en el interior. En otras, percibía peligro como si tuviera escrito en mayúsculas. Nada le ocurrió, sin embargo. A parte de alguna que otra mirada lasciva, su trabajo concurrió sin problemas mayores. Al terminar, tenía tantas agujetas que se estiró en el suelo de la última habitación, la de Sett.
— Si tengo que hacer esto cada día, voy a morir antes de llegar al fin de semana. En el caso de que pueda descansar, claro. –se quejó.
Cerró los ojos y se concentró en su respiración. Tenía que asimilar muchas cosas, desde el complejo parcialmente machista del hombre hasta el procedimiento de la misión. ¿Qué habrían reportado sus compañeros al líder? Había dejado escapar la oportunidad de matar al "bastardo mestizo" delante de las narices de los piratas, y esperaba que no lo tomaran como una afrenta o un desobedecimiento. Puede que al no recibir noticias, solo estuvieran esperando algo por parte de ella. Sea como fuere, estaba pillada por todos lados. Una sombra le ocupó el campo de visión y abrió los ojos, alarmada.
— Por lo que veo, te gusta vaguear. –Sett se cruzó de brazos. Elda miró a todos lados. ¿Cuándo se había hecho de noche?
— ¿Cuánto tiempo ha pasado?
— Varias horas. –de pronto parecía mucho mayor. Bajo las pupilas cansadas aparecían profundas bolsas azuladas. Además, el pelaje de las orejas, orgullosamente puntiagudo, estaba flácido y deslucido. Pero Sett no era el único agotado. Reparó en el sudor que le recorría la cara a la muchacha, el cabello alborotado y su expresión fatigada. Los dos habían tenido un día duro. Al levantarse, la chica se mareó y fue a dar de bruces contra el suelo cuando el poderoso brazo del mestizo le rodeó la cintura, evitando el desastre.
Elda advirtió la situación: Su cuerpo, en gran medida arqueado contra el de Sett a la espera de que todo dejara de dar vueltas. Sus propias manos en los grandes hombros buscando estabilidad. El semblante sorprendido del mestizo al poner la mano en la espalda de la chica y estar tan cerca. Sus corazones estremeciéndose de complacencia por primera vez en la vida.
— Ya me puedes soltar. –farfulló Elda—. He recuperado el equilibrio.
Tan rápido fue el momento que ninguno de los dos creyó que hubiera ocurrido. La sonrisa socarrona de Sett ocultó los fugaces sentimientos experimentados.
— ¿Tobillos flojos? –se mofó.
— Agujetas.
— Lo que sea. –se dirigió a la puerta—. Es tarde y hasta mañana no se celebrarán nuevos combates. Nos vamos.
— Gracias a los dioses. –exclamó ella, dramáticamente. Sett reprimió una risa.
La vuelta a casa resultó bastante animada. Curioso cómo el hombre podía ir desde la arrogancia y la crueldad más seca en el foso, al ánimo y la conversación de una persona joven y jovial. Esa dualidad la tenía desconcertaba, hacían de Sett un personaje imprevisible. Elda, quien en un primer momento lo había subestimado en inteligencia, se dio cuenta de lo equivocada que estaba. Era justamente por eso que el mestizo se granjeaba la fama de Jefe. Con solo fuerza bruta, Sett hubiera estado fuera de juego muchos años atrás.
— ¿Entonces ninguna novedad en el coliseo? –preguntó ella.
— Ninguna.
— ¿Solo te dedicas a firmar papeles?
— Algo así.
Sigue sin confiar en mí.
— ¿Y el tuyo?
— ¿Eh?
— Tu día. Tu trabajo. ¿Alguien que creas que pone en peligro a la comunidad?
Oh. Así que era eso. No es que la odiara o algo por el estilo. Era la encargada de tener los oídos bien puestos en el lugar. Sin embargo, se hizo la tonta.
— No lo sé. ¿Puede? No estoy segura.
Sett la miró con cara de pocos amigos.
— Lo haces adrede, ¿verdad? –musitó.
— Completamente.
— Sabes algo, dímelo. –la persiguió mientras la chica apretaba a correr.
— ¡Ni de broma! ¡Para de seguirme!
— ¡Vamos en al misma dirección! ¡Quieta ahí!
— ¡No me cogerás! –la muchacha era ágil y pese a que Sett también, no lo era tanto.
Llegaron a la casa jadeantes, intentando recuperar el aliento estirados en la puerta.
— Esto... –empezó Sett—. Esto... se queda en empate.
— Venga ya, ¡he ganado yo!
— Tocar el bordillo no es lo mismo que tocar la puerta.
— ¡Tramposo!
— Quejica.
— Niños. –dijo la madre, que había emergido del interior de la casa—. Parad de pelearos y venid a cenar.
Con una última mirada pícara entre ambos y unos golpecitos en el hombro, entraron en la casa dando por finalizado un día que no estaba nada mal.
