CAPÍTULO 4

Como esperaba, el fin de semana no tuvo descanso. Dos días más habían pasado y Elda seguía sin noticias de sus camaradas. En parte respiraba tranquila por ello, porque así podía concentrarse en su tarea en la fosa e ir recabando información. En realidad estaba acostumbrada a ese tipo de tareas, puesto que en el barco, sobre todo al principio, se encargaba del mantenimiento de cubierta junto a sus amigos.

La chica suspiró. Se apoyó en el palo de la fregona mientras cerraba los ojos, cansada. Era casi mediodía y su estómago empezó a protestar, pidiendo la comida que se encontraba en el despacho de Sett. Tenía miedo de ir; no por él, sino por la cantidad de gente extraña que lo iba a visitar. Sus propios campeones del foso a menudo se pasaban por allí a fin de llegar a nuevos acuerdos, un aumento de sueldo, entre otras cosas. El último salió con los dientes en las manos y los ojos morados.

— Esto es un engorro... –murmuró. Ya cerca de la sala de espera para los combates y habiendo limpiado todo lo demás, escuchó pasos detrás de ella. Alguien lanzó un poco de basura delante de ella, incitándola a recogerlo. Resopló, frustrada y lo limpió. Más basura fue a parar cerca de ella, y Elda levantó la cabeza, furiosa con la persona que estaba humillándola.

— ¿Podrías meterte esta porquería por donde no te brilla el sol, por favor? –le soltó al imponente y extraño minotauro y a sus dos secuaces lagartos igualmente raros. El ser, que hasta entonces sonreía socarrón, gruñó acercándose a la muchacha.

— ¡Menudas agallas tiene esta mujercita! Muestra un poco más de respeto, sirvienta. Soy el campeón del Jefe.

Sirvienta...

— Yo el único sirviente que veo eres tú, hombre—toro. Y apártate, por favor. Me vas a quemar las pestañas con ese aliento tan fétido.

Las palabras calaron en el pequeño cerebro del vastaya como un jarro de agua fría. Resolló fuerte y cuando la chica se dispuso a seguir con lo suyo, la agarró del cuello y la estampó contra la pared. Elda soltó un grito ahogado, sorprendida de verse levantada del suelo tan de repente.

— ¡Pídeme perdón, sucia humana! –bramó, furibundo—. ¡Quizá no te mate si me suplicas!

— Como no me sueltes, te lo haré pagar. –logró decir entre dientes. Podría librarse muy fácilmente del agarre del bicho, pero con la herida cicatrizándose aún del costado lo tenía un poco difícil.

— ¿Pagar? ¿Una enclenque como tú? –el minotauro se rió—. ¿A mí, el gran Danvi? No me hagas reír, engendro.

— ¿Te has mirado en el espejo últimamente o se te ha roto en el intento? Creo que no eres quien para llamarme engendro.

La mano del minotauro la apretó más, cortándole la respiración. Se quedaba sin tiempo.

Lo siento, Sett.

El viento se arremolinó entorno a los dos. Al principio era una simple brisa pero Elda sabía lo que se hacía de forma inconsciente. No obstante, antes de que llegara a más, una voz les llamó la atención.

— ¡Basta! Nada de matanzas aquí fuera. –gritó Sett. Sin soltarla, Danvi miró al otro vastaya con ojos entrecerrados.

— Jefe, esta humana ha osado ridiculizarme no una, sino dos veces. ¡Exijo un castigo ejemplar!

— Yo decidiré qué hacer en todo momento, Danvi. Por lo pronto, como he dicho, nada de matanzas.

— Vamos, Jefe, no iba a matarla.

— No lo digo por ti. –se cruzó de brazos, mirando a Elda—. ¿No te has dado cuenta de adónde apunta?

Danvi parpadeó, confuso y miró a la muchacha. Un puñal le señalaba el cuello a escasos centímetros de la piel, sin vacilar, sin temblar. Su expresión era letal, en los ojos le brillaba la determinación de alguien quien no dudaría en rebanarle el cuello al mínimo movimiento. El minotauro tragó saliva y la soltó. Elda cayó al suelo de bruces tosiendo mucho.

— Lo siento Jefe, no volverá a ocurrir. –farfulló Danvi.

— Por la cuenta que te trae, espero que así sea.

Sett vio al campeón desaparecer por el pasillo y se arrodilló frente a la muchacha.

— ¿Estás bien?

— He estado mejor. –contestó con un hilo de voz. Levantó la cabeza, una gran marca rojiza con puntos violáceos se extendía desde la base del cuello hasta casi el mentón.

— Déjame ver. –le apartó el pelo y Elda se estremeció. Sus manos eran cálidas y pese a la rugosidad de los yemas, le palpó la piel con suma suavidad—. No busques pelea con esta gente la próxima vez. Esta gente, sociable lo que se dice sociable...

— ¿Buscar pelea? ¡Es esa... cosa la que tiraba basura al suelo a drede para que me hiciera cargo! Debería... debería ser más fuerte para poder enfrentarme sola a este tipo de situaciones. –se quejó.

— Escúchame por una vez. –la expresión de Sett distaba mucho de su anterior humor jovial y despreocupado—. Fuera de aquí, haz lo que quieras. Peléate con quien te dé la gana. Pero si te marca alguien de aquí dentro, estás muerta. Ese minotauro es mi campeón desde hace unos meses y tiene muy malas pulgas.

— ¿Y qué propones que haga entonces? Ya me ha marcado.

— Baja tu exposición a los gladiadores. Pasa más desapercibida. Si logras que se olviden de que existes, no correrás peligro.

— ¡No pienso ser una sumisa!

— Lo que te estoy pidiendo y lo que crees que te sugiero son cosas muy diferentes. Te digo que te invisibilices, esto no es el orfanato donde puedes recibir un par de palizas y ya está. Aquí pueden matarte por mirar de más. Y si sigues arriesgándote no podré protegerte porque es imposible que esté siempre contigo.

Elda no dijo nada. Era casi lo mismo que le había dicho al principio de entrar. Se sentía una estúpida.

— Lo entiendo. Y lo siento. Estoy un poco amargada por lo que parece.

— Este lugar amarga a cualquiera, es la ley de la supervivencia. Y me pediste trabajar conmigo, criatura. Además, no es tu misión principal. El foso va a seguir sucio día tras día aunque te esfuerces, así que no lo hagas con tanto afán. Limítate a sacudir tu escoba por ahí y pega bien la oreja a las conversaciones ajenas.

— A propósito de eso. –dijo Elda, levantándose—. Ayer escuché algo.

Sett hizo lo mismo.

— ¿Sí? Anda, cuéntamelo de camino a comer.

— ¿Ya te has desecho de la gente?

— Eran chicas, y sí, les he dado lo que querían. –Sett sonrió, orgulloso de sí mismo. Elda puso mala cara y le golpeó el hombro.

— Que asco.

— Eh, alguien como yo tiene sus necesidades. Ya lo entenderás cuando crezcas.

La muchacha bajó la cabeza, avergonzada.

— No... me interesa ese tema.

Por fin llegaron al despacho. En el camino, los ojos de Elda se desviaron a la habitación contigua, reparando fugazmente en la cama deshecha. Volvio a ruborizarse y a su vez, el mismo sentimiento de inquietud le cruzó el pecho.

— ¿Quién te hace la cama ahora? –preguntó sin darse tiempo a pensar y callar.

Sett se pasó una mano por el pelo.

— En teoría es trabajo de la limpiadora, pero dado que eres tú, llevo tiempo haciéndola yo mismo. No me sentiría cómodo.

— ¿Desde cuándo te sientes tú así porque alguien te haga la cama?

— Desde que vives en mi casa.

Elda calló. No sabía cómo tomárselo. Sett cerró la puerta detrás de él y sacó la comida de las bolsas de tela. Sentados en la mesa, le tendió su parte a la chica, quien empezó a comer con avidez la carne y la verdura. Sin embargo, un trato era un trato. A regañadientes le ofreció la carne que le quedaba a cambio de la verdura, sacándole una sonrisa de oreja a oreja al mestizo. Este se tragó el pedazo de pollo de un bocado casi sin masticar, después bebió de su copa de vino y eructó con ganas.

— Sigues sin tener modales. –comentó ella, divertida. Por si acaso se había olvidado, Sett volvió a eructar y los dos estallaron en risas—. Me tienes que enseñar a eructar así.

— Estaré encantado. –terminó su parte y dejó el envoltorio de restos a un lado—. Ahora que tenemos el estómago lleno, toca ponerse serios. ¿Qué has oído?

Elda pensó.

— Creo que se trata de tráfico de drogas. Vi de pasada a un par de luchadores intercambiar algo en polvo y decir que con eso no se sentirían tan fatigados ni notarían tanto dolor.

— ¿Podrías describirlos a los dos?

— Uno era alto, pelo negro hasta los hombros y piel amarillenta. El otro, castaño y bajito. Pasaron cerca de mí, olían a suciedad y a algo dulce.

Sett se levantó, chocando puños.

— Por fin podré darles una buena tunda a esos dos.

— ¿Sabes de quien hablo? –se sorprendió ella.

— Si tan solo fuera por el aspecto te diría que no, pero ninguno de mis luchadores huele tan dulce como ellos. Así que era la droga... Tenía ganas de entrar un poco en acción. No quiero que vuelvan a decirme que estoy flojo. –fingió dar unos cuantos puñetazos al aire, excitado. De pronto paró y se dio la vuelta—. Gracias por la información. ¿Qué quieres a cambio?

Aquello la confundió.

— ¿Pero no me estabas dando trabajo a cambio de esto? Me dejas vivir en tu casa, además. Ya has hecho suficiente por mí.

— Olvídate de esas minucias, te lo ofrezco por que puedo. Venga, dime lo primero que se te ocurra.

Elda se quedó pasmada. Nadie en la vida le había preguntado acerca de lo que quería.

— Eres la primera persona que tiene en cuenta lo que quiero.

— Wow, wow. –el vastaya levantó las manos—. Para el carro, chica. Te lo digo porque es un trato.

— Aún así, gracias. –la sonrisa de Elda le pareció tan triste que el corazón de Sett se conmovió. ¿Por qué situaciones habría pasado aquella humana de apariencia tan frágil y voluntad y fuerza de hierro? Mentiría si dijera que no estaba un pelín intrigado por su pasado, pese a saber algo por encima. Se quedaron en silencio, uno esperando la contestación y la otra pensando en muchas cosas. Lo primero que se le vino a la cabeza fue lo más tonto del planeta: Un abrazo. Era una tontería, pero lo necesitaba desesperadamente. Puede que jamás hubiera tenido uno en condiciones. No. No se podía permitir el lujo de pedirle eso.

— Podrían ser... –dijo, tímida—. ¿Dos cosas?

— ¿Dos? Habíamos quedado en una sola.

— No me maliterpretes. Solo quiero semillas de verduras y... un bloc de notas.

Sett se inclinó hacia ella, extrañado.

— Tienes gustos peculiares. Me esperaba, no sé, un collar de perlas, un anillo o algo más caro. Pero da igual, pronto te daré lo que solicitas.

— Estás acostumbrado a que te pidan ese tipo de cosas, ¿verdad?

— Las mujeres son caprichosas. –confesó.

— No todas tenemos gustos caros.

Sett la miró larga y tendidamente de arriba abajo, pensando en algo que la chica era incapaz de descubrir. El peso de sus ojos la ruborizó y desvió la vista a otro sitio. ¿Por qué estaba tan nerviosa?

— Eres... diferente. –dictaminó el mestizo. ¿Diferente a qué? ¿Diferente cómo?

— Lo mismo digo. –contraatacó, sin saber realmente si se referían a lo mismo.

Sett guardó la bolsa en un gran baúl detrás de la mesa y se sacó un palillo para los dientes.

— De acuerdo. Tendrás lo que has pedido. Ahora, ¡a trabajar! ¡Nada de vaguear en mi foso! –puso las manos en posición de "¡Shuu! ¡Shuu! ¡Fuera!" y Elda infló las mejillas. Sin embargo se tomó un tiempo para razonar del por qué las prisas: Estaba en su despacho, una mujer, comiendo con el Jefe y no comiéndoselo en la cama. Cualquiera pensaría que el todo poderoso Sett favorece en exceso a su... criada. Algunos lo verían como una debilidad.

— Vale.

El hombre se sorprendió. Esperaba un despotrique, alguna replica mordaz, no una respuesta calmada, una aceptación. La vio desaparecer por la puerta y suspiró.

— ¿Qué estoy haciendo? –se dijo, golpeteando repetidamente la mesa con los nudillos.

Esa tarde pasó más rápido de lo que ninguno creía y al día siguiente, fue todo lo contrario. Sin saberlo, los dos esperaban ansiosos el mediodía para poder comer juntos y tener un momento de relax de sus obligaciones. Sett no lo notaba pero se le veía más calmado, hacía bromas estúpidas y reía alto con el paso de los días. Por el lado de Elda, olvidó durante un tiempo su misión. ¿Ese era el Jefe tirano y arrogante de la fosa de Jonia? Ella solo veía a un hombre que había pasado por mucho y se había curtido en la experiencia.

Al hombre le resultaba curioso la familiaridad con la que empezaban a tratarse. Sentía recelo, ¿cómo no? Hacía escasa semana y media que se conocían y la conexión entre ellos poco a poco fue formando el principio de una amistad. No debía bajar la guardia así de fácil.

— ¿Te puedo pedir un favor? –dijo. Elda bajó los palillos a medio camino de su boca y depositó la verdura en el plato, escuchando—. Necesito que me acompañes, dentro de unos días, a una reunión política.

— ¿Aquí? ¿En el foso?

— Aquí mismo, sí. Van a venir en misión diplomática dos de los más altos cargos del ejército joniano a discutir unos asuntos y es probable que su presencia altere a más de uno. Deberías mantenerte cerca para no meterte en problemas.

— ¿Me pagarás igual que en un día laboral?

— No se te escapa una, ¿verdad? –espetó, revolviéndole el cabello y arrancándole un gruñido a la muchacha—. No te preocupes por eso.

— El caso es, ¿por qué yo? Podría quedarme en casa y no estorbar.

Sett se cruzó de brazos, pensativo.

— Es una posibilidad. –dijo—. Pero si vas a vivir aquí necesitas saber de la política joniana. Y voy a necesitar a alguien cuya única intención no sea matar a alguien.

Ahí podría haber discrepado.

— ¿Qué hay de Mareen y el hombre del sombrero estrafalario?

— Eso es justamiente lo que quiero evitar. –Elda lo miró, confusa—. Mareen y Wenning son la viva representación de dos asesinos en potencia, prefiero apartarlos de la política. No es que necesite apoyo o algo por el estilo, soy demasiado capaz de hacer las cosas, –hablando de autoestima...—, pero me vendría bien una opinión externa.

Elda se encogió de hombros.

— Me parece bien. No estoy muy puesta en estos asuntos, pero nunca está de más aprender.

— Eso es lo que esperaba oír. –se frotó las manos y añadió—. ¿Has vuelto a tener algún problema?

— Qué va. Agradezco lo de la última vez.

— Con razón. ¿Quién quiere enfrentarse a Sett y recibir un bocadillo de puñetazos?

Elda se rió.

— Sigues siendo un prepotente de narices.

— Hey, pero un prepotente que está bueno, admítelo.

— ¡Jamás!