Disfruten de la nueva adaptación!
Ni la historia ni los personajes me pertenecen.
Sinopsis
El mito de Hades y Perséfone nunca había sido tan sexy.
Sakura es una de las jóvenes más bellas y populares de la élite de Olimpo. Su sueño y su plan es alejarse del nido de víboras que es la política de Olimpo y huir para siempre. Pero su plan fracasa cuando su madre la sorprende en una fiesta anunciando públicamente su compromiso con Madara, el peligroso líder de la gran ciudad.
Decidida a no conformarse con el destino que se cierne sobre ella, Sakura se escapa de la fiesta y huye hasta la Infraciudad, donde busca la protección de Sasuke, con quien consigue hacer un pacto.
Sasuke ha pasado toda su vida en las sombras y no tiene intención de salir de ellas. Pero cuando Sakura le ofrece participar en una jugosa y ansiada venganza contra Madara será excusa suficiente para ayudarla, a cambio de una sola cosa: ella. Pero, tras noches sin aliento junto a Sakura, Sasuke será capaz de organizar una guerra con Olimpo para mantenerla a su lado.
1
Sakura
—Qué asco de fiestas, en serio.
—Que Madre no te escuche decir eso.
—Pero si tú también las odias —le digo a Ino volviendo la cabeza.
Ya he perdido la cuenta de la cantidad de eventos a los que nuestra madre nos ha obligado a asistir todos estos años. Siempre tiene la mente puesta en el siguiente trofeo, en el siguiente movimiento de esta partida de ajedrez cuyas reglas solo conoce ella. Muchos días me sería más fácil sobrellevarlo si yo misma no me sintiese como uno de sus peones.
Ino se acerca para colocarse a mi lado y me da un empujoncito con el hombro.
—Sabía que te encontraría aquí.
—Es el único sitio de este lugar que logro soportar.
Y eso a pesar de que la sala de las estatuas es la arrogancia personificada. Es una habitación relativamente sencilla (si puede considerarse sencilla una estancia con suelos de mármol pulido y elegantes paredes grises), en la que viven trece estatuas de tamaño natural colocadas en una especie de círculo que abarca todo el espacio. Una estatua por cada uno de los Trece, el grupo que gobierna Olimpo. Repaso mentalmente los nombres de cada uno de los miembros mientras paseo la mirada por sus representaciones: Madara, Poseidón, Hera, Deméter, Atenea, Ares, Suigetsu, Karin, Artemisa, Apolo, Hefesto y Afrodita. Y, después, me vuelvo para observar la última estatua. Está cubierta por una tela negra que cae sobre ella hasta cubrir el suelo a sus pies. Aun así, resulta imposible pasar por alto la ancha espalda del hombre, y la corona de púas que adorna su cabeza. Siento un cosquilleo en los dedos que me invita a coger la tela y rasgarla para ver, de una vez por todas, las facciones de ese desconocido.
Sasuke.
En pocos meses, me habré ganado mi libertad, y podré escapar de esta ciudad para no volver jamás. No tendré otra oportunidad de apreciar el rostro del hombre del saco de Olimpo.
—¿No te parece raro que nunca lo hayan sustituido?
—¿Cuántas veces hemos tenido esta misma conversación? —pregunta Ino resoplando.
—Venga ya. Es raro y lo sabes. Son los Trece, pero en realidad solo son doce. No hay ningún Sasuke. Hace muchísimo tiempo que no lo hay.
Sasuke, el jefazo de la zona baja de la ciudad. O, al menos, antes lo era. Es un título hereditario, y hace mucho tiempo que la familia se esfumó. Ahora, en teoría, esa zona pertenece al reino de Madara y está bajo su gobierno, como todos nosotros, pero se rumorea que Madara jamás ha cruzado el río. Tanto cruzar el Estigia como dejar Olimpo son dos tareas complejas por la misma razón: se dice que, con cada paso que das para cruzar la frontera, aumenta la sensación de que te va a explotar la cabeza. Nadie experimentaría algo así de manera voluntaria. Ni siquiera Madara.
Y menos cuando dudo de que los habitantes de la zona baja vayan a lamerle el culo como hace todo el mundo a este lado del río. ¿Aguantar todas esas molestias sin recompensa alguna? No me sorprende que Madara evite cruzar al otro lado del Estigia, como hacemos los demás.
—Sasuke es el único de los Trece que jamás ha estado en la zona alta de la ciudad. Ese detalle me hace pensar que era diferente al resto.
—No —responde Ino de manera inexpresiva—. Es fácil creerlo porque está muerto y ese título ya no existe. Pero todos los de los Trece son iguales, hasta nuestra madre.
Tiene razón (como siempre), pero es una fantasía que no puedo quitarme de la cabeza. Estiro el brazo hacia la estatua, pero me detengo antes de tocar con los dedos el rostro de Sasuke. Lo único que me atrae a este legado perdido es una curiosidad malsana, y ni de lejos me merece la pena saciarla a cambio de los problemas en los que me metería si sucumbiese a la tentación de levantar el velo negro. Así que bajo la mano.
—¿Qué trama Madre para esta noche?
—Ni idea —suspira Ino— Ojalá TenTen estuviese aquí. Al menos ella es capaz de frenar a Madre.
Mis tres hermanas y yo encontramos formas dispares de adaptarnos cuando nuestra madre pasó a ser Deméter y nos vimos lanzadas al cegador mundo que solo existe para los Trece. Es tal la extravagancia y el fulgor que posee que casi bastan para desviar la atención de la toxicidad de su esencia. Era adaptarse o morir ahogadas.
Yo me obligué a adoptar el papel de la hija alegre y vivaracha que siempre obedece a su madre, cosa que permitió a Ino ser tranquila y serena, y pasar desapercibida. Hinata se aferra a cada momento de vida y emoción que encuentra rozando la desesperación. ¿Y TenTen? Bueno, TenTen se enfrenta a nuestra madre con una ferocidad propia de los combates. Estallaría antes de doblegarse, de ahí que nuestra madre la exima de asistir a estas fiestas obligatorias.
—Casi mejor que no esté. Si Madara se le insinuase, TenTen intentaría destriparlo allí mismo. Y entonces tendríamos un problema de verdad.
La única persona de Olimpo que puede matar a alguien sin sufrir las consecuencias de sus actos es, supuestamente, claro, el mismísimo Madara. Del resto se espera que sigamos las normas.
—¿Te ha tirado la caña? —me pregunta Ino estremeciéndose.
—No.
Niego con la cabeza sin desviar la mirada de la estatua de Sasuke.
No, Madara no me ha tocado, pero durante las últimas fiestas a las que hemos ido he podido sentir su mirada persiguiéndome allá donde iba. Por eso mismo he intentado ponerle una excusa a mi madre, para que no me obligara a venir; pero ella se ha limitado a sacarme de casa a rastras tras ella. Captar la atención de Madara nunca trae nada bueno. Siempre es igual: las mujeres acaban destrozadas y Madara se desentiende sin mayor repercusión que un mal titular que empañe su reputación. Hace un par de años se le acusó oficialmente de diversos cargos, y el circo que se formó fue tal que la mujer desapareció antes de que el caso llegara a los tribunales. Si se es optimista, se puede pensar que la susodicha encontró la forma de salir de Olimpo; pero, siendo realistas, lo más probable es que Madara la sumara a su presunto recuento de víctimas.
No, lo mejor es evitar a ese hombre en todo momento.
Cosa que sería muchísimo más sencilla si mi madre no fuese una de los Trece.
Al reconocer el elegante repiqueteo de unos tacones contra el suelo de madera se me acelera el corazón. Madre siempre se pasea como si fuese a entablar batalla. Durante un instante, me planteo en serio esconderme detrás de la estatua tapada de Sasuke. Pero descarto la idea antes de que mi madre aparezca por el umbral de la puerta de la galería de estatuas. Si me escondiese, no haría más que retrasar lo inevitable.
—Así que estáis aquí. —Esta noche lleva un vestido verde intenso que realza su figura y alimenta el papel de madre tierra que ha decidido que mejor encaja con su estilo de mujer responsable de que la ciudad no muera de inanición. Le gusta que la gente aprecie su sonrisa amable y su ayuda, y que pase por alto el hecho de que aniquilará, con mucho gusto, a cualquier persona que intente interponerse en el camino hacia su ambición.
Se detiene ante la estatua de su tocaya, Deméter. La figura de mármol posee unas curvas generosas y está cubierta con un vestido suelto que se funde con las flores que emergen a sus pies. Van a juego con la guirnalda de flores que lleva sobre la cabeza, y luce una sonrisa de serenidad, como si conociera todos los secretos del universo. He pillado un par de veces a mi madre practicando esa misma expresión.
La comisura de los labios de mi madre se curva hacia arriba, pero esa sonrisa no se refleja en sus ojos cuando se dirige a nosotras:
—Deberíais estar relacionándoos con los demás invitados.
—Me duele la cabeza. —Es la misma excusa que me he inventado hace un rato para librarme de la fiesta de esta noche—. Ino ha venido a ver cómo estaba.
—Ajá. —Madre sacude la cabeza—. Os estáis volviendo tan incorregibles como vuestras hermanas.
De haber sabido que ser incorregible era la manera más segura de evitar la intromisión de mi madre, habría adoptado ese papel en vez del que elegí. Ahora ya es demasiado tarde para cambiar mi camino, pero es posible que el dolor de cabeza que he fingido antes se convierta en realidad ante la idea de tener que volver a la fiesta.
—Hoy me iré pronto. Creo que el dolor podría acabar en migraña.
—De eso nada, hija mía —me responde en un tono bastante agradable, aunque su voz es de acero—. Madara quiere hablar contigo. Y nada puede justificar que lo hagas esperar.
Así, a bote pronto, a mí se me ocurren unas cuantas razones que podrían justificarlo, pero sé que Madre no me escuchará. Aun así, no puedo evitar intentarlo.
—¿Sabes que se comenta que ha matado a sus tres esposas?
—Bueno, es mucho menos enrevesado que un divorcio.
Me quedo perpleja. De verdad, no sé si va en serio o si está de broma.
—Madre...
—Por favor, relajaos. Estáis muy tensas. Confiad en mí, hijas, yo sé lo que os conviene.
Es probable que mi madre sea la persona más lista que conozco, pero sus objetivos no son los míos. Aun así, como no hay forma fácil de librarme de todo esto, me coloco junto a Ino y ambas la seguimos al pasillo marchando al mismo son. Por un momento, me parece sentir la intensa mirada de la estatua de Sasuke sobre mí, pero no es más que una ilusión. El título de Sasuke está muerto. Y, aunque siguiera vivo, mi hermana tendría razón: sería tan malo como el resto de los Trece.
Salimos de la sala de las estatuas y recorremos el largo pasillo que nos lleva de vuelta a la fiesta; es como el resto de las cosas de la torre Dodona: enorme, desmesurado y opulento. Es, por lo menos, el doble de ancho de lo necesario, y cada puerta que dejamos atrás es unos treinta centímetros más alta que una normal como poco. Unas cortinas de un rojo potente cuelgan del techo al suelo; ahora mismo están descorridas a cada lado de las puertas, un toque añadido de extravagancia que seguramente este sitio no necesita. Cualquiera pensaría que está recorriendo un palacio en vez de un rascacielos que se alza por encima del resto de los edificios de la zona alta de la ciudad. Como si se pudiera olvidar que Madara se ha otorgado a sí mismo el título de rey de los tiempos modernos. La verdad, me sorprende que no se pasee por la ciudad con una corona a juego con la de su estatua.
El salón donde se sirve el banquete es más de lo mismo. Una estancia descomunal y muy amplia, con ventanales a lo largo de toda una pared y un par de puertas de cristal que dan a una terraza que escudriña desde lo alto la ciudad. Estamos en la azotea del rascacielos, y la vista es espectacular. Desde este lugar, se puede otear gran parte de la zona alta de la ciudad, y la serpenteante franja de oscuridad que es el río Estigia. ¿Y al otro lado del río? La zona baja de la ciudad. Desde aquí no parece muy distinta de la zona alta, pero, dada la incapacidad de la mayoría de nosotros para llegar hasta allí, esa zona baja de la ciudad bien podría estar en la luna. Esta noche, las puertas de la terraza están cerradas a cal y canto para evitar que el gélido viento invernal cause molestias a cualquier invitado. En vez de las vistas de la ciudad, la oscuridad tras el cristal se ha convertido en un reflejo distorsionado de la sala. Los invitados llevan sus mejores galas: un arcoíris de vestidos largos y esmóquines de diseño, destellos de joyas y telas excesivamente caras. Todo ello crea un caleidoscopio mareante, al tiempo que los invitados atraviesan la multitud, relacionándose, haciendo contactos y destilando bilis de los labios pintados de color carmesí. Me recuerda a los laberintos de espejos. Nada de lo que se refleja es lo que parece, a pesar de toda su supuesta belleza.
Colgando de las tres paredes restantes de la sala hay varios retratos enormes de los doce miembros activos de los Trece. Son pinturas al óleo, una tradición que se remonta a los orígenes de Olimpo. Como si los Trece creyeran de verdad que son como los monarcas de tiempos pasados. A decir verdad, el artista se tomó ciertas libertades creativas con algunos de los miembros. Destaca la versión más joven de Ares, que no se parece en nada al susodicho. El paso del tiempo cambia a las personas, pero Ares jamás tuvo la mandíbula tan cuadrada ni la espalda tan ancha. Además, el pintor lo representó con una espada colosal en la mano, y sé de buena tinta que Ares se granjeó su posición tras someterse a la palestra, no a la guerra. Aunque, bueno, supongo que esa historia no contribuye a la majestuosidad de una imagen.
No cualquier persona es capaz de cotillear, socializar y traicionar a los demás mientras sus iguales la miran por encima del hombro, pero el grupo de los Trece está compuesto por monstruos de esa clase.
Madre se abre paso en la multitud, la mar de cómoda entre el resto de los tiburones. Tras casi diez años ocupando el puesto de Deméter, sigue siendo una de las últimas incorporaciones al grupo de los Trece, pero se mueve en estos círculos como si hubiese nacido para ello y no como si el pueblo no la hubiese elegido, como siempre ocurre con el título de Deméter. Los invitados se apartan para no interponerse en su camino y, mientras la sigo para mezclarnos entre la gran variedad de colores brillantes que componen la fiesta, noto miradas sobre nosotras. Puede que estas personas parezcan pavos reales por cómo se esfuerzan por sobresalir en estos eventos, pero sus ojos son fríos y despiadados para cualquiera. En esta sala no tengo ni un solo amigo; solo gente que quiere utilizarme como trampolín para abrirse camino y obtener más poder, cueste lo que cueste. Es una lección que aprendí pronto y por las malas.
Dos personas se apartan para dejar paso a mi madre, y vislumbro el rincón de la sala que siempre me esfuerzo por evitar cuando venimos a la torre Dodona. En ese rincón hay un trono en el sentido estricto de la palabra, un llamativo asiento de oro, plata y cobre. Las patas macizas se curvan hacia arriba, hasta los brazos, y el respaldo se extiende para dar la sensación de una nube de tormenta. Tan peligrosa y eléctrica como su dueño, quien quiere asegurarse de que nadie lo olvide nunca.
Madara.
Si los Trece gobiernan Olimpo, Madara gobierna a los Trece. El título es una herencia familiar, que pasa de padres a hijos, un linaje que se remonta a la fundación de la ciudad. Han pasado décadas desde que nuestro actual Madara ocupó su lugar, desde que asumió el cargo a los treinta años.
Ahora ya tiene unos sesenta. Supongo que se le podría considerar atractivo si por atractivo entendemos un hombre blanco, fornido, con una risa escandalosa y una barba llena de canas. A mí se me eriza la piel. Cada vez que me mira con esos ojos, de un azul apagado, me siento como un animal en una subasta. Menos que un animal, a decir verdad. Un jarrón bonito, o puede que una estatua. Algo que se pueda poseer.
Si se te rompe un jarrón bonito, es bastante fácil comprar otro para reemplazarlo. O, al menos, lo es si eres Madara.
Madre reduce la marcha, lo cual obliga a Ino a retroceder un par de pasos, y me coge de la mano. Me da un fuerte apretón para expresar su silenciosa advertencia de que me comporte, pero es todo sonrisas cuando se dirige a él.
—¡Mira a quién me he encontrado!
Madara extiende la mano, y no puedo sino colocar la mía sobre la suya y permitirle que deposite un beso en mis nudillos. Sus labios rozan mi piel un microsegundo, y siento cómo los pelillos de la nuca se me ponen de punta. Cuando me suelta la mano, tengo que contener el impulso de limpiarme el dorso en el vestido. Mi instinto me grita que corro peligro.
Tengo que plantar bien los pies en el suelo para no caer en la tentación de darme la vuelta y salir corriendo. De todas formas, no llegaría muy lejos. No con mi madre obstaculizándome el camino. No con la brillante multitud de invitados que observa esta escenita como buitres que han notado el olor a sangre en el ambiente. A esta gente lo que más le gusta es el drama, y montar una escena con Deméter y Madara me comportará unas consecuencias con las que no quiero lidiar. En el mejor, y repito, mejor de los casos, mi madre se enfadaría. En el peor, me arriesgo a protagonizar los titulares de la prensa rosa, y eso me metería en un lío de los gordos. Lo mejor será capear el temporal hasta que pueda escapar.
La sonrisa de Madara se pasa un poquito de afable.
—Sakura. Esta noche estás preciosa.
El corazón me late como si fuera un pajarillo intentando escapar de su jaula.
—Gracias —susurro. Tengo que calmarme, disipar mis emociones. Madara es célebre por ser un hombre que disfruta con la angustia de cualquiera más débil que él. Y no pienso darle la satisfacción de saber que me asusta. Es el único poder que tengo en esta situación, y me niego a renunciar a él.
Madara se acerca más, rozando el límite de mi espacio personal, y baja la voz.
—Me alegra tener por fin la oportunidad de hablar contigo. Llevo meses intentando abordarte. —Sonríe, pero esa sonrisa no se refleja en su mirada— El tiempo suficiente para pensar que me estás evitando.
—Claro que no.
No puedo retroceder sin chocarme con mi madre, pero... considero esa opción un par de segundos antes de descartarla. Madre jamás me perdonaría si montara una escenita ante el todopoderoso Madara. «Venga, aguanta, puedes con esto.» Esbozo una brillante sonrisa mientras empiezo a recitar el mantra que me ha ayudado a sobrellevar este último año.
«Tres meses»
Solo noventa días me separan de la libertad. Noventa días hasta que pueda acceder a mi herencia y usarla para salir de Olimpo.
«Puedo sobrevivir a esto. Sobreviviré.»
Madara me mira con una gran sonrisa en el rostro, todo afable sinceridad.
—Sé que esta no es la proposición más convencional, pero ha llegado al momento de hacer el anuncio.
—¿El anuncio? —repito perpleja.
—Claro, Sakura. —Mi madre se acerca y, al mirarme, le salen dagas de los ojos—. El anuncio.
Está intentando transmitirme algo directamente al cerebro, pero no tengo ni idea de qué está pasando ahora mismo.
Madara reclama mi mano y mi madre prácticamente me empuja para que lo siga mientras el hombre se encamina a la parte delantera de la sala. Le lanzo una mirada desquiciada a mi hermana, pero Ino está tan asombrada como yo ahora mismo. ¿Qué está pasando?
La gente calla a nuestro paso, y siento sus miradas como si fuesen un millón de agujas que se me clavan en la nuca. En esta sala no tengo ni un solo amigo. Madre diría que la culpa es mía por no haber hecho contactos tal como ella me ordenaba una y otra vez. Lo intenté. De verdad que lo intenté. Me llevó todo un mes darme cuenta de que los insultos más despiadados se proferían con sonrisas dulces y palabras de cariño. Después de que mi primera invitación a una comida acabara con una cita incorrecta de mis palabras en los titulares de las revistas de cotilleo, me rendí. Nunca seré tan buena en este juego como el resto de las víboras que hay aquí. Odio las fachadas falsas, los insultos vedados y los cuchillos ocultos tras palabras y sonrisas. Quiero una vida normal, pero eso es imposible con una madre dentro de los Trece.
Al menos, es imposible en Olimpo.
Madara se detiene al frente de la sala, y coge una copa de champán, que se ve absurda en su enorme mano, como si fuera a hacerla añicos con un roce brusco. Alza la copa y los últimos murmullos que resonaban en la habitación se apagan. Madara mira a los invitados con una amplia sonrisa en el rostro; no es difícil ver por qué sienten tal devoción por él a pesar de los rumores que circulan sobre su persona. Es casi como si el hombre rezumara carisma por los poros.
—Amigos míos, no he sido completamente sincero con vosotros.
—Menuda sorpresa —dice alguien al fondo de la sala, y provoca una risa débil que se extiende por toda la estancia.
Madara se une a sus risas.
—Si bien en teoría estamos aquí para votar sobre los nuevos convenios comerciales con el Sabine Valley, también tengo un pequeño anuncio que hacer. Hace mucho que debería haber encontrado una nueva Hera para completar nuestro grupo. Y por fin he tomado una decisión.
Entonces me mira, y esa es la única advertencia que recibo antes de que pronuncie las palabras que encienden mis sueños de libertad en llamas con tanta fiereza que lo único que puedo hacer es verlos reducirse a cenizas.
—Sakura Dimitriou, ¿quieres casarte conmigo?
No puedo respirar. Su presencia ha acabado con todo el aire de la habitación, y la luz brilla con demasiada intensidad. Me balanceo sobre los talones, y solo me mantengo en pie gracias a la pura fuerza de voluntad. ¿El resto de los presentes se abalanzarán sobre mí como una jauría de lobos si me desmayo ahora mismo? No lo sé y, como no lo sé, debo mantenerme en pie. Abro la boca, pero no consigo articular palabra.
Al otro lado, mi madre me empuja hacia delante, toda sonrisas radiantes y un tono de alegría en la voz.
—¡Claro que quiere! Para ella será todo un honor. —Me da un codazo en las costillas—. ¿Verdad que sí?
Negarme no es una opción. Estamos hablando de Madara, el rey a todos los efectos. Coge lo que quiere cuando le place y, si lo humillo aquí, delante de las personas más poderosas de la ciudad de Olimpo, toda mi familia pagará las consecuencias. Así que trago saliva.
—Sí.
La multitud prorrumpe en vítores, y sus gritos me marean. Veo que alguien está grabando toda la escena con el móvil y sé, sin un atisbo de duda, que dentro de una hora ese vídeo estará en internet, y que para mañana ya abrirá todos los telediarios de la ciudad.
La gente se acerca a nosotros para felicitarnos (bueno, en realidad para felicitarlo a él, a Madara), y él se aferra a mi mano con firmeza durante todos los buenos deseos. Me quedo mirando las caras que se desdibujan ante mí, mientras un maremoto de odio va creciendo en mi interior. A estas personas no les importo nada. Pero eso lo sé, claro. Lo he sabido desde el primer instante en que me relacioné con ellas, desde el momento en que ascendimos a este círculo social abovedado gracias a la nueva posición de mi madre. Pero ahora esto ya es algo totalmente diferente.
Todos conocemos los rumores que corren sobre Madara. Y cuando digo todos, es todos. Ya ha tenido tres Heras (tres esposas) durante su mandato como dirigente de los Trece.
Tres esposas muertas.
Si dejo que este hombre me ponga su anillo en el dedo, sería casi como dejarle ponerme un collar y una correa alrededor del cuello. Jamás volveré a ser yo, Sakura, sino que me convertiré en una extensión de su persona hasta que se aburra de mí también, y reemplace la correa por un ataúd. Nunca escaparé de Olimpo. No hasta que Madara muera y el mayor de sus hijos herede el título. Podrían pasar años. Décadas, incluso. Y eso, claro, siendo atrevida y suponiendo que voy a vivir más años que él, y que no voy a acabar a tres metros bajo tierra como las otras Heras antes de mí.
Siendo sincera, no me gusta nada cómo pinta la cosa.
La fiesta continúa a mi alrededor, pero no puedo centrarme en nada. Las caras se emborronan, los colores se fusionan en uno solo, el ruido de las efusivas atenciones no es más que un zumbido en mis oídos. Se me forma un grito en el pecho, el sonido de una pérdida que es excesiva para mi cuerpo, pero no puedo dejarlo escapar. Si comienzo a gritar, no me cabe duda de que no podré parar nunca.
Le doy un trago al champán con los labios adormecidos, la mano que tengo libre me tiembla tanto que el líquido salpica por la copa. Ino aparece ante mí como por arte de magia y, aunque luce una inexpresividad inquebrantable en el rostro, prácticamente les dispara láseres con los ojos tanto a nuestra madre como a Madara.
—Sakura, tengo que ir al baño. ¿Me acompañas?
—Pues claro.
Apenas sueno a mí misma. Casi tengo que soltarme de un tirón de la mano de Madara y no puedo pensar más que en esas zarpas carnosas sobre mi cuerpo. Ay, madre, creo que voy a vomitar.
Ino me saca a toda prisa del salón de baile usando su voluptuoso cuerpo como escudo para protegerme; esquiva a quienes vienen a darme la enhorabuena como si fuera mi guardaespaldas personal. Tampoco es que en el pasillo se esté mejor. Las paredes se ciernen sobre mí. Veo la huella de Madara por todas partes. Si me caso con él, también me marcará a mí.
—No puedo respirar —jadeo.
—Sigue andando.
Me insta a pasar de largo el baño, doblamos la esquina y llegamos al ascensor. La sensación de claustrofobia empeora cuando las puertas se cierran y nos aprisionan en el espacio lleno de espejos. Observo mi reflejo. Tengo los ojos desorbitados y mi piel está pálida, desprovista de todo color.
No puedo dejar de temblar.
—Voy a vomitar.
—Ya casi estamos, ya casi estamos.
Me saca prácticamente a rastras del ascensor en cuanto se abre la puerta, instándome a recorrer otro amplio vestíbulo de mármol hasta dar con una puerta lateral. Nos colamos en uno de los tantos patios que rodean el edificio, en un jardín cuidado con demasiado esmero para encontrarse en plena ciudad. Ahora mismo está latente, recubierto por una fina capa de nieve que ha comenzado a caer mientras nos encontrábamos dentro. El frío me atraviesa como un cuchillo, aunque aprecio el escozor. Cualquier cosa es mejor que pasar un segundo más dentro de esa sala.
La torre Dodona está en pleno centro de Olimpo; es una de las últimas propiedades del grupo entero de los Trece y no de alguno de ellos de forma individual, aunque todo el mundo sabe que, más bien, la posee Madara en todos los sentidos. Es un rascacielos colosal que, cuando era demasiado pequeña para conocer su historia, consideraba casi mágico.
Ino me guía hasta un banco de piedra.
—¿Quieres poner la cabeza entre las rodillas?
—No servirá de nada.
El mundo no dejará de girar. Tengo que... no sé qué. No sé qué se supone que debo hacer. Siempre he visto el camino que he de seguir ante mí; abriéndose paso a medida que se sucedían los años hasta llegar a mi objetivo final. Siempre ha estado muy claro. Acabar el máster aquí, en Olimpo, cosa que le prometí a mi madre. Esperar hasta cumplir los veinticinco, acceder a mi herencia y después utilizar el dinero para largarme. Cuesta cruzar la frontera que nos separa del resto del mundo, pero no es imposible. No si te ayuda la gente indicada, y mi dinero me garantiza que ese será el caso. Después seré libre. Podré mudarme a California para hacer un doctorado en Berkeley. Una nueva ciudad, una nueva vida, un comienzo de cero.
Ahora ya no puedo ver nada.
—No me puedo creer lo que ha hecho. —Ino empieza a caminar de un lado a otro, sus movimientos son bruscos y furiosos, el cabello oscuro que tanto se parece al de nuestra madre va de lado a lado con cada paso que da—. TenTen va a matarla. Sabía de sobra que no querías formar parte de esto y, aun así, te ha obligado.
—Ino... —La garganta me arde y noto que se me cierra, además de una opresión en el pecho. Como si me hubieran apuñalado y me acabara de dar cuenta—. Mató a su última mujer. A sus tres últimas mujeres.
—Eso no lo sabes —contesta de manera automática, pero evita mirarme.
—Aunque no lo sepa... Madre sí que sabía que todo el mundo lo cree capaz de ello, pero le ha dado igual. —Me abrazo a mí misma. No sirve para detener mis escalofríos—. Me ha vendido para cimentar su poder. Ya es una de los Trece. ¿Es que eso no le basta?
Ino se coloca en el banco que tengo al lado.
—Encontraremos el modo de salir de esta. Solo necesitamos tiempo.
—Él no va a darme tiempo —enuncio de forma monótona—. Va a apresurar la boda, al igual que ha hecho con la pedida.
¿De cuánto tiempo dispongo? ¿De una semana? ¿De un mes?
—Deberíamos llamar a TenTen.
—No. —Estoy a punto de gritar, pero me esfuerzo por bajar la voz— Como se lo cuentes, se plantará aquí y montará una escenita.
En lo que a TenTen se refiere, eso puede significar que le grite a nuestra madre... o que se quite uno de los tacones de aguja que tanto le gustan e intente clavárselo a Madara en la garganta. Sea como fuere, habrá consecuencias, y no puedo permitir que mi hermana mayor cargue con el peso de haberme protegido.
Tendré que pensar en cómo librarme de esta yo solita. Como sea.
—Quizá, llegadas a este punto, montar una escena nos venga bien.
Ay, mi querida Ino, sigue sin comprenderlo. Como hijas de Deméter, tenemos dos opciones: o jugamos según las reglas de Olimpo, o abandonamos la ciudad para siempre. No hay más. Una no se puede rebelar contra el sistema sin pagar un precio, y las consecuencias son demasiado severas. Si una de nosotras rompe las normas, eso creará un efecto dominó que afectará a todo aquel vinculado a nosotras. Ni siquiera el que Madre sea una de las Trece nos salvaría si llegara a darse el caso.
Debería casarme con él. Eso garantizaría la seguridad de mis hermanas; o al menos toda la seguridad que pueda haber en este nido de víboras. Es lo correcto, aunque me ponga enferma solo de pensarlo. Como si me respondiera, el estómago me da un vuelco y apenas tengo tiempo de llegar a los arbustos más cercanos para vomitar. Tengo la vaga sensación de que mi hermana me aparta el pelo de la cara y me acaricia la espalda en círculos para calmarme.
Debería hacerlo... pero no puedo.
—No puedo hacerlo.
Pronunciarlo en voz alta hace que parezca más real. Me limpio y me obligo a ponerme en pie.
—Hay algo que no cuadra. Es imposible que Madre te concierte un matrimonio con un hombre que podría hacerte daño. Es ambiciosa, pero nos quiere. No nos pondría en peligro.
Hubo un tiempo en el que habría estado de acuerdo. Después de lo de esta noche, ya no sé qué creer.
—No puedo hacerlo —repito—. No pienso hacerlo.
Ino rebusca en su bolso de fiesta y saca un paquete de chicles.
Cuando le hago una mueca, se encoge de hombros.
—No dejes que tu aliento a vómito opaque una declaración de intenciones que podría cambiarte la vida.
Me tomo el chicle y sí que es cierto que el sabor a menta me ayuda a centrarme.
—No puedo hacerlo —vuelvo a repetir.
—Sí, ya lo has dicho.
No me reprocha lo difícil que va a resultar librarme de esta. Tampoco enumera todas las razones por las que rebelarme nunca saldrá como yo quiero. No soy más que una mujer en contra de todo el poder que Olimpo puede aunar. Quebrantar las normas no es una opción. Harán que me arrodille ante ellos antes que dejarme marchar. Ya iba a gastar todos mis recursos para escapar de esta ciudad. Ahora que Madara me ha reclamado como suya... ni siquiera sé si será posible.
Ino me coge las manos.
—¿Qué vas a hacer?
El pánico me estalla en la cabeza. Comienzo a sospechar que, si entro de nuevo en el edificio, jamás volveré a salir. Parece que esté paranoica, pero la forma de actuar de Madre durante estos últimos días me estaba escamando, y mira cómo ha acabado todo. No, no puedo permitirme hacer caso omiso a mis instintos. Ya no. O quizá el miedo me nuble la mente. Ni lo sé, ni me importa. Solo sé que no puedo regresar de ninguna de las maneras.
—¿Puedes ir a buscar mi bolso? —Me lo he dejado arriba, y también el móvil— Y dile a Madre que no me encuentro bien, así que me voy a casa.
Ino ya está asintiendo.
—Pues claro. Lo que necesites.
Cuando se marcha, me lleva diez segundos reparar en que irme a casa no resolverá ninguno de mis problemas. Madre vendrá a por mí para llevarme con mi nuevo prometido, dispuesta a atarme si hace falta. Me paso las manos por la cara.
No puedo irme a casa, no puedo quedarme aquí, no puedo ni pensar.
Me levanto de golpe y me dirijo a la entrada del patio. Debería esperar a que volviera Ino, debería dejar que me sumiera en algo parecido a la calma. Es igual de ingeniosa que Madre; con algo de tiempo, se le ocurrirá una solución. Pero que se involucre significa arriesgarse a que Madara la castigue conmigo en cuanto se percate de lo desesperada que estoy por librarme de que me ponga un anillo en el dedo. Si existe la oportunidad de ahorrarles a mis hermanas las consecuencias de mis actos, estoy dispuesta a hacerlo. Madre y Madara no tendrán razón para castigarlas si no han tenido nada que ver en mi oposición a este matrimonio.
Tengo que escaparme y tengo que hacerlo sola. Ahora.
Doy un paso, luego otro. Casi me detengo cuando llego a las inmediaciones del grueso arco de piedra que conduce a la calle; casi dejo que mi miedo imprudente me haga fracasar y me haga dar la vuelta para rendirme a la correa que tanto Madara como Madre tantas ganas tienen de ponerme alrededor del cuello.
«No.»
Siento esa única palabra como un grito de guerra. Salgo a toda prisa hacia delante, atravieso la entrada hasta llegar a la acera. Acelero el paso, camino enérgica dirigiéndome hacia el sur por instinto. Lejos de la casa de mi madre. Lejos de la torre Dodona y de todos los depredadores que se alojan dentro. Si consigo poner distancia de por medio, podré pensar. Es lo que necesito. Si consigo ordenar mis pensamientos, podré trazar un plan y encontraré la forma de escapar de este desastre.
El viento se levanta a medida que camino, me atraviesa el fino vestido como si no existiera. Me apresuro, mis tacones repiquetean por la acera de un modo que me recuerda a mi madre, lo cual solo sirve para que acuda a mi mente lo que ha hecho.
Me trae sin cuidado que sea probable que Ino tenga razón; que sin duda Madre se guardará un as en la manga con el que no pondría mi cabeza en bandeja. Sus planes no cambian nada. No me lo ha contado, no me ha dado el beneficio de la duda, se ha limitado a sacrificar a su peón para acceder al rey.
Me pone enferma.
Los prominentes edificios del centro de Olimpo ayudan un poco a cortar el viento, pero, cada vez que cruzo una calle, este sopla con fuerza desde el norte y hace que el vestido me golpee las piernas como un látigo. Al provenir del agua de la bahía, la sensación es de aún más frialdad, es de una gelidez que me duele al respirar. Tengo que salir del vendaval, pero me cuesta imaginarme dándome la vuelta y volviendo a la torre Dodona. Prefiero congelarme.
Me río con sequedad ante la absurdez de la idea. Sí, así aprenderán. Si pierdo unos cuantos dedos de las manos y los pies por congelación, seguro que les dolerá más a mi madre y a Madara que a mí misma. No sé si es el pánico o el frío lo que hace que me comporte como una lunática. El centro de Olimpo es tan refinado como la torre de Madara. Todos los escaparates crean un estilo unificado, elegante y minimalista. Metal, cristal y piedra. Es bonito, pero sin alma, al fin y al cabo. La única señal de la clase de negocios que se encuentran tras las varias puertas de cristal son los exquisitos letreros verticales con el nombre de las tiendas. Cuanto más te alejas del centro, más se va filtrando el estilo individual y el carácter de cada barrio; pero esto está cerca de la torre Dodona, Madara lo controla todo. Si nos casamos, ¿me encargará ropa para que encaje a la perfección en su estética? ¿Supervisará mis visitas a la peluquería para moldearme a la imagen que él desea? ¿Controlará lo que hago, lo que digo, lo que pienso? Me estremezco solo de pensarlo.
Tardo tres manzanas en percatarme de que mis pasos no son los únicos que oigo. Miro por encima del hombro y me topo con dos hombres que van media manzana por detrás de mí. Acelero el paso, pero no puedo quitarme la sensación de que soy su presa. A estas horas, todas las tiendas y negocios de la zona del centro están cerrados. A unos cuantos bloques de aquí se oye una música que debe de provenir de algún bar todavía abierto. Quizá podría perderlos de vista allí y, de paso, entrar en calor.
Giro a la izquierda en la siguiente esquina, sigo la dirección de la que viene el ruido. Vuelvo a mirar por encima de mi hombro y solo hay un hombre detrás de mí. ¿Adónde ha ido el otro? Mi pregunta se responde unos segundos más tarde, cuando aparece en la siguiente intersección a mi izquierda. No está bloqueando la calle, pero mi instinto me dice que me mantenga lo más alejada posible de él. Viro a la derecha, dirigiéndome hacia el sur una vez más.
Cuanto más me alejo del centro, más empiezan a salirse los edificios del molde. Empiezo a ver basura por la calle. Varios de los negocios tienen tablones de madera en las ventanas. Incluso hay un par de carteles de EMBARGADO pegados en las puertas sucias. A Madara solo le preocupa aquello que puede ver, y parece ser que su mirada no va más allá de esta manzana.
Quizá es el frío, que me congela el cerebro, pero me lleva demasiado tiempo percatarme de que me están conduciendo al río Estigia. Un auténtico miedo me aferra entre sus fauces. Como me acorralen contra sus orillas, estaré atrapada de verdad. Solo hay tres puentes entre las zonas alta y baja de la ciudad, pero nadie los utiliza; no desde que murió el último Sasuke. Cruzar el río está prohibido. Si las leyendas son ciertas, en realidad no es posible hacerlo sin pagar un precio terrible por ello. Y eso si consigo llegar al río siquiera.
El terror me da alas. Dejo de preocuparme por lo mucho que me duelen los pies con estos ridículos e incómodos tacones. Apenas noto el frío. Tiene que haber una forma de darles esquinazo a mis acosadores, de encontrar a alguien que pueda ayudarme. Ni siquiera tengo el puto móvil… Mierda, no debería permitir que las emociones me sobrepasen. Si hubiera esperado a que Ino me trajera el bolso, nada de esto estaría sucediendo... ¿Verdad?
El tiempo deja de existir. Los segundos se miden en cada violenta exhalación que me atraviesa el pecho. No puedo pensar, no puedo parar, estoy casi corriendo. Cómo me duelen los pies.
Al principio, apenas registro el sonido del río. Es casi imposible oír por encima de mi propio aliento entrecortado. Pero, entonces, ahí está, ante mis ojos: un cordón húmedo y oscuro, con demasiada corriente para nadar en él, incluso si fuera verano. En invierno, es una sentencia de muerte.
Me doy la vuelta y veo que los hombres están más cerca. No puedo diferenciar sus rostros entre las sombras. Es en ese momento cuando me doy cuenta del silencio en el que se ha sumido el lugar. El sonido de aquel bar apenas es un murmullo en la distancia.
Nadie va a venir a salvarme.
Nadie sabe siquiera que estoy aquí.
El hombre de la derecha, el más alto de los dos, se ríe de un modo que hace que mi cuerpo luche contra escalofríos que nada tienen que ver con el frío.
—A Madara le apetece charlar.
Madara.
¿Pensaba que la cosa no podía ponerse peor? Seré estúpida... Estos no son depredadores aleatorios. Los han enviado a por mí como perros de caza que persiguen a una liebre a la fuga. ¿De verdad me había creído que se quedaría de brazos cruzados y me dejaría escapar? Eso parece, pues la estupefacción me arrebata el poco juicio que me quedaba. Si dejo de correr, me pillarán y me devolverán a mi prometido. Me encerrará. No me cabe duda alguna de que no tendré otra oportunidad de escapar.
No pienso. No planeo nada. Me quito los tacones de una patada y corro como si me fuera la vida en ello.
A mis espaldas, los hombres lanzan improperios y después resuenan sus pisadas. Demasiado cerca. El río dibuja una curva y yo sigo la orilla. Ni siquiera sé adónde me dirijo. Lejos. Tengo que huir. No me importa guardar las apariencias. Me tiraría al mismísimo río helado para escapar de Madara. Cualquier cosa es mejor que el monstruo que gobierna la zona alta de la ciudad.
El puente Ciprés se alza ante mis ojos; es una antigua estructura de piedra con columnas más anchas que yo y dos veces más altas, que crean un arco que da la impresión de dejar atrás este mundo.
—¡Detente!
Ignoro el grito y atravieso el arco a toda prisa. Duele. Joder, me duele todo. Me escuece la piel como si una barrera invisible me la hubiera dejado en carne viva y parece que estoy corriendo sobre cristales. Ahora no puedo detenerme, no cuando están tan cerca. Apenas me percato de la niebla que se alza a mi alrededor saliendo en ondas del río.
Estoy a mitad del puente cuando atisbo a un hombre plantado en la otra orilla. Va envuelto en un abrigo negro, con las manos en los bolsillos; la niebla se le arremolina en las piernas, como un perro lo haría con su amo. Una idea rocambolesca que demuestra que no estoy bien. Me quedo corta si digo que no estoy bien.
—¡Socorro! —No sé quién es el desconocido, pero será mejor que quienes me persiguen— ¡Por favor, ayuda!
No se mueve.
Cojeo, el cuerpo me empieza a fallar por el frío, el miedo y el raro dolor punzante que me produce cruzar el puente. Tropiezo, casi me desplomo de rodillas y mi mirada se encuentra con la del desconocido. Suplicante.
Me mira desde arriba, todavía una estatua envuelta en negro, durante lo que se me antoja una eternidad. Después parece tomar una decisión: levanta la mano con la palma extendida hacia mí, me invita a cruzar lo que queda del río Estigia. Por fin estoy lo bastante cerca para apreciar su melena y su morena barba; para adivinar la intensidad de sus ojos oscuros a la par que una extraña tensión vibrante parece amainar en el aire que me rodea. Esto me permite recorrer a duras penas esos últimos pasos que quedan hasta el otro lado sin sentir dolor alguno.
—Ven —dice sin más.
Desde las profundidades de mi miedo, la mente me grita que estoy cometiendo un error terrible. No me importa. Hago acopio de las fuerzas que me quedan y corro hacia él. No sé quién es este desconocido, pero cualquiera es mejor que Madara.
Sin importar el precio.
