CAPÍTULO 5

— Así que... –empezó la madre de Sett—. ¿Estás seguro de que posee magia?

Sett asintió, convencido.

— De aire, sí. Lo vi con mis propios ojos.

— ¿Puedes volver a decirme cómo sucedió todo?

El hombre se rascó la nuca, incómodo. Quizá fuera listo, pero la inteligencia para inventar cuentos no era su fuerte. Tuvo que recordar las palabras exactas dichas a su madre.

— Uno de los obreros la amenazó de muerte y ella respondió a la intimidación. Vi el viento moverse a su alrededor, estoy seguro de que fue así. ¿Podrías hacer algo al respecto?

La mujer se quedó pensativa. Era cierto que los humanos con poderes solían usar la magia de formas poco ortodoxas y que distaban mucho de ser uno con la naturaleza como los vastaya, pero quizá si enseñaba a una neófita a utilizarla de una manera más pura... Quizá lograra acercarla a sus raíces.

— De acuerdo, lo intentaré.

Sett hizo un gesto con los puños a modo de victoria y le dio un beso en la mejilla a su madre.

— Estupendo, mamá. Iré a decírselo ahora mismo.

La señora sonrió, viendo a su retoño salir de la casa como una exhalación. Hacía tiempo que no lo veía tan activo: Solía llegar a casa a las tantas de la noche, completamente agotado y aun así se esforzaba por esbozar una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Pero desde que la misteriosa muchacha entró en su vida, Sett poseía un brillo curioso en su mirada, al volver se le veía más contento y se levantaba con ganas de fastidiar a su compañera. Se sentó en el espacioso sofá y observó por la ventana la figura de su hijo desapareciendo por el bosque de detrás de la casa.

— Cuánto has crecido, Settrigh...

Ajeno a su madre, Sett pasó por los árboles que le conducirían a su objetivo. La encontró en el mismo sitio de siempre, escarbando en la tierra, ensimismada. En un momento dado, sacó el bloc de notas que Sett le había regalado y sonrió, apuntando en las hojas. Se la veía serena, canturreando la melodía de siempre entre el sol y la sombra mientras cultivaba sus hortalizas tan felizmente. En un momento dado alzó la cabeza, alarmada del crujir de las ramitas bajo los pies del hombre.

— Buenos días. –dijo, escondiendo el bloc.

— Sí, lo es. –miró el suelo ante ella—. ¿Qué estás sembrando?

— Rábanos y tomates. Las semillas de puerro que me compraste están en ese rincón de ahí.

— Hmm...

Estaría mintiendo al decir que le interesaba la botánica, pero era especialmente relajante ver a otra persona tan volcada en ello. Sobre todo si esa persona era Elda.

— ¿Qué apuntas? –inquirió él, señalando el pequeño librito semi escondido. Por alguna razón, la chica se sonrojó.

— Solo... cosas referentes al crecimiento de las plantas. Reflejo su evolución, el aspecto del suelo, las veces que las riego... entre otras cosas.

— ¿Qué otras cosas?

El sonrojo de Elda se hizo más pronunciado.

— Cosas personales.

No insistió más. Tras dudar un poco entre si sentarse o si no, se agachó a su lado y siguió contemplando el trabajo de su compañera, quien gradualmente se puso más y más nerviosa hasta que de golpe se levantó y lo miró.

— ¿Venías a decirme algo? –dijo, procurando que no le temblara la voz.

— Le he dicho a mi madre lo que hiciste la otra vez con mi campeón.

— ¿Y bien?

— Dice que quiere enseñarte a usar la magia. Supongo que al haber nacido en Demacia no debes haber aprendido demasiado. Aunque me sigue pareciendo un milagro que no te asesinaran nada más nacer.

Piensa Elda, piensa.

— Qué tacto. –resopló, fingiendo enfado—. Mis padres me odiaban, pero no tanto como para llevarme a las autoridades. Prefirieron que no les pesara mi muerte y me dejaron—

— En Piltover. –completó él—. Sí, ya lo sé.

Elda se encogió, abrazándose las piernas. Se sentía culpable. ¿Qué había sido de esa muchacha con deseos de libertad que juró hacerse un nombre como pirata? ¿No era propio de canallas como ella el engañar, saquear y confundir? ¿A qué estaba jugando? Era el hazmerreír de Noxus. Sett tomó aquella acción como algo muy diferente. Le puso la mano en la cabeza y le revolvió el pelo.

— Lo has debido de pasar mal, ¿verdad? Apuesto a que no tienes amigos.

La muchacha fue a protestar, pero se percató de que no era sensato decirle que sí, que tenía amigos (y que, por supuesto, estaban en el barco que esperaba pacientemente noticias de la muerte del gran Jefe de la fosa).

— Es igual. Vayamos a ver a tu madre.

O.o.O.o.O

— Cierra los ojos y respira hondo. –le ordenó la mujer. Elda obedeció, tragando una gran bocanada de aire, expulsándola lentamente—. Visualiza una corriente de aire moviendo el espacio en negro que hay en tu mente ahora mismo.

¿Qué forma tenía el viento? ¡Era invisible! Entonces se imaginó que la oscuridad mental formaba unas vibraciones.

— Concéntrate en esas ondas y toma constancia de tu alrededor. Visualiza el vaso que te he puesto delante y piensa en levantarlo.

Aquello era ridículo. Jamás había logrado hacer nada salvo levantar un poco de viento a su alrededor, sería del todo imposible hacer levitar un objeto. El ceño de Elda se hizo más profundo conforme pasaban los segundos, y una gota de sudor le bajó por la sien hasta la barbilla. Lo intentaba, los dioses sabían cuanto, pero cuando abrió los ojos solo vio el vaso donde la primera vez.

— Es inútil. No puedo hacerlo.

— Si sigues diciendo que no puedes o piensas que lo que haces es un desperdicio, te perderás muchas cosas en esta vida.

— Pero cuesta, no sale nada de mí.

— Aquello que más cuesta es lo que te aportará mayores beneficios personales en el futuro.

Elda bufó, inquieta. Tenía razón, si no se esforzaba no llegaría a nada. Quizá hoy fuera un simple truquito de magia pero mañana podría ser algo más grande. Se sentía irritada al no poder acompañar a Sett al trabajo por ese día, privarse de comer con alguien conocido, y eso que la madre del mestizo lo era. Con un último suspiro, cerró los ojos y de nuevo lo intentó.

Se pasó así toda la tarde hasta la noche, cuando la madre le dijo que era suficiente y que fuera donde quisiera. Cenaron en moderado silencio, comentando cualquier cosa que se les ocurriera y Elda subió al tejado como casi cada noche. El cielo estaba despejado, la luna llena brillaba con fuerza y las estrellas parpadeaban igual que miles de ojos centelleantes. Respiró el aire puro de la montaña, la suave brisa otoñal revolviéndole los desordenados cabellos que caían en mechones desiguales por su cabeza y le hacían cosquillas en la nariz. Estornudó una vez, consciente de que el verano había quedado atrás.

— Mira a quién tenemos aquí. –soltó Sett de improvisto, asomando la cabeza por el balcón.

— ¿No sabes que es de mala educación entrar en el cuarto de una chica aunque no esté?

— Vale, en cuanto vea a una me disculparé.

Elda le sacó la lengua y volvió a estirarse, mirando la luna.

— ¿Cómo has sabido donde estaba?

— El estornudo me lo ha dicho. –contestó, encaramándose al tejado con la misma facilidad que un gato. Puede que no fuera excesivamente rápido, y por su musculatura nadie diría que fuera capaz de moverse así, pero lo cierto es que sí, podía—. ¿Cómo ha ido hoy?

— Sin novedad. –dijo, sin mirarlo—. No he sido capaz de levantar ni una brisa de nada.

— Si te soy sincero, yo no logro hacer nada de eso tampoco. –Se miró la palma rugosa y la cerró en un puño—. Mi magia es muy diferente a la tuya o a la de mi madre, si es que se puede llamar magia.

— ¿En qué consiste? –preguntó ella, intrigada. Sett se le acercó, sonriendo burlón.

— Te intereso, ¿verdad? Di que sí, venga. Quizá te lo cuente si lo admites.

— Oh, ¡por favor! –exclamó, apartándolo de un empujón.

— Eres tan fácil de molestar... –la sonrisa del mestizo se hizo más amplia.

Elda se enfurruñó y girando la cabeza obvió al hombre con todas sus fuerzas.

— ¿Por qué me molestas siempre con bromas así? Que yo sepa, no haces lo mismo con las demás mujeres. Y como digas que no parezco una mujer, te arreo un puñetazo en la garganta. –añadió al ver que Sett abría la boca. La cerró, pensativo, sentándose a su lado como tantas otras veces.

Era cierto que no sentía lo mismo con ella que con las demás mujeres. Las otras, vastaya o humanas, se acercaban a él con una única intención. Si bien el sexo estaba fenomenal, una parte de su orgullo como persona se sentía en necesidad de otro tipo de afecto... y no precisamente maternal.

— Ni idea. –dijo, contrario a lo que se le pasaba por la cabeza. Se alzó sobre las tejas y le tendió una mano—. Es tarde y mañana vas a volver al trabajo en Navori. Aplica en tu día a día lo que mi madre te haya dicho y no la decepciones. –se dio la vuelta para bajar de un salto—. Es lo único que tengo.

Una punzada de culpa se instaló en el corazón de Elda y no quería salir. Una vez sola, se estiró un rato más.

— Familia... ¿Eh? –susurró.

O.o.O.o.O

— Buenos días... –gimió una cansada chica, rascándose los ojos. Se había pasado la noche en el tejado y tenía el cuerpo entumecido del frío. Estornudó otra vez, sorbiéndose los mocos mientras se sentaba en la mesa. La fuente de leche precedía el centro y varios platos de beicon, huevos y ensalada se repartían por todo lo ancho de la madera. Normalmente el desayuno era modesto, pan con algo de cerdo curado y alguna fruta. La chica se extrañó y mirando a la mujer dijo:

— ¿Celebramos algo?

— Settrigh me ha dicho que hoy van a venir a su trabajo dos altos cargos muy importantes de Jonia. ¡Celebramos el gran reconocimiento que mi hijo ha obtenido por su gran esfuerzo!

— Oh... –miró de reojo a Sett en el sofá, quien tenía su usual taza gigantesca sorbiendo té y no le cruzó la mirada a la chica en ningún momento—. Es verdad. Se me había olvidado.

La madre sonrió y volvió a su plato. Una vez fuera de la casa, el mestizo y la chica intercambiaron apenas unas palabras.

— ¿Nervioso? –inquirió ella. Sett soltó una risotada.

— ¿Quién? ¿Yo? ¡Ja! No me hagas reír. Ellos son los que deberían estarlo.

— Te tiemblan las orejas.

Y era verdad. Las peludas orejas de Sett vibraban con la intensidad de un tren. Estaban muy rectas y solo cambiaban de dirección con el sonido de las voces del mercado, en ningún momento bajaban.

— No son nervios. –se excusó—. Es decir, sí. Pero no de lo que tú crees.

— ¿Qué es entonces?

— Son dos altos cargos. –repitió—. La fosa de Navori no es santo de su devoción. Si pudieran, echarían abajo el sitio o si les conveniera, harían lo posible por cambiar de dueño. No se acercan mucho aquí, pero uno nunca sabe lo que puede ocurrir.

— Entiendo. Te preocupa que intenten algo.

— No me fío de nadie. –gruñó—. No me fío ni de mi sombra, ¿cómo que voy a fiarme de gente que no conozco? –la miró—. Lo siento.

— No te preocupes. –contestó ella, ocultando su decepción—. Yo tampoco me fío de nadie.

Sett y Elda se miraron: El abismo que los separaba se hizo irremediablemente más grande. Ambos entraron en el despacho viendo a cuatro personas dentro, dos de ellas ya conocidas. Mareen y Wenning flanqueaban la mesa central, mientras que las otras dos, mujeres por cierto, se giraron con el sonido de la puerta e hicieron una reverencia.

Sett ladeó la cabeza y sus dos asociados salieron, no sin que Mareen le rozara el hombro, algo ya usual. El mestizo bordeó la mesa y se sentó en el ancho trono. Elda no sabía qué hacer, así que optó por quedarse apoyada contra la pared al lado de la salida.

— ¿A qué se debe el placer de esta visita, mis señoras? –se hacía patente el tono burlón en su voz.

— Saludos Sett, rey de la fosa. –dijo la más alta. Tenía el pelo muy largo y de un negro azabache precioso. Era imponente pese a ser poco más baja que Elda, de facciones elegantes y mirada afilada.

— Corta el rollo, Xan. Estás tan cómoda aquí como yo de que estéis en mi territorio.

— Haya paz, por favor. –habló la otra mujer. Sus vestimentas verdosas hacían resaltar su piel morena—. Antes de nada, ¿Quién es esta muchacha que nos acompaña en una conversación política?

— Me llamo Elda. Solo soy... una persona imparcial. –balbuceó—. Aunque no veo ninguna conversación política aún.

— Eso está por cambiar. –dijo la primera chica, relajando la expresión—. Me llamo Xan Irelia, mi compañera es Karma, la líder espiritual de Jonia. Tenemos que hablar de la llegada de un navío noxiano a estas tierras.